domingo 5 de julio de 2009

Punto de vista

Allí por 1958 Claude Lévi-Strauss escribió Antropología Estructural.
Leí algunos capítulos hace tiempo, cuando cursaba Antropología Histórica en el CBC.
Uno tiende a olvidar (al menos yo olvido casi todo) muchas de las cosas que lee cuando dejan de ser objeto de estudio; hoy leyendo un articulo, me acordé de Levi-Strauss y de su intención de analizar los fenómenos humanos bajo un método científico que permita conocerlos sin contaminarlos, resguardando sus matices y su diversidad.

“BUENOS AIRES, jul 1 (Reuters) - La rápida expansión de la gripe H1N1 en Argentina amenaza al tradicional rito del mate, la infusión local por excelencia que se toma en grupo y de un mismo recipiente y que ahora los médicos piden que no se comparta para prevenir la propagación del virus.
En todas las casas argentinas hay al menos un mate, un pequeño cuenco donde se coloca agua y yerba, que se sorbe a través de una bombilla y que cotidianamente se comparte con colegas de trabajo, grupos de estudiantes y en reuniones familiares y de amigos. (…) La bombilla que se introduce en el líquido termina en forma de una almendra llena de agujeritos, para que pase la infusión y no la hierba.
Para muchas personas, la bebida está asociada a compartir un momento con otros. A veces, de las ruedas o "mateadas" participan hasta 10 personas y la bombilla del mate que pasa de mano en mano y de boca en boca no suele limpiarse….”


“…Todavía encienden el fuego frotando dos palos, como algunos pigmeos y aborígenes australianos. Sus ropas consisten en un pequeño taparrabos, y los hombres se ciñen el prepucio a la cintura con el kume, una cuerda de chambira. Otra característica por la que se les conoce es por tener un total de 24 dedos, rasgo diferenciador, que proviene seguramente de las uniones entre primos hermanos para preservar su etnia…”

No alarmarse, el párrafo violeta habla de otra gente.
Me pregunto si los Huaorani, si pudiesen leer el descriptivo relato con que se los distingue, sentirían lo mismo que yo.

domingo 28 de junio de 2009

Agosto, condado Osage.

Una tarde fría andábamos con Fede por la Avda. Corrientes buscando afanosamente un lugar acogedor en el que sirvieran rico café con leche con tostadas de “pan de pan” y tuviera Wi-Fi. Después de caminar unas cuantas cuadras, mientras le explicaba mi loca idea de que el invierno no empieza el 21 de junio y él trataba de disuadirme de continuar especificando solsticios y equinoccios, dimos con El Vesubio, aparentemente la primera heladería porteña. Recomendamos el chocolate con churros.
Con la pancita llena y el corazón contento cruzamos la avenida hasta el Lola Membrives, para comprar entradas para AGOSTO.
Era domingo, la función estaba por empezar y en la boletería había jaleo. Pero yo, intentando detener un infortunio, antes de elegir ubicación y pagar le aclaré al vendedor.

- Yo soy hipoacúsica. No oigo bien. ¿Cómo es el sonido en la sala?
- Tienen micrófonos, se escucha fuerte y claro en toda la sala.
- ¿Micrófonos personales? Mire que yo oigo muy mal. ¿Voy a entender desde esa ubicación?
- Se escucha perfectamente en toda la sala.
- ¿Cómo en el cine?
- Si, como en el cine.


Conseguimos entradas para el miércoles. Ese día fuimos ansiosos al teatro, hace rato que teníamos ganas de ver AGOSTO. Ni bien terminamos de ubicamos empezó la obra a sala llena.
En un costadito del escenario están Juan M. Tenuta y una joven desconocida para mí. Él está hablando, puedo oírlo, pero no entiendo ni una palabra.

- ¿Vos escuchas bien?
- Si, mi amor, perfecto. ¿Vos no?
- No, no entiendo nada. ¿Hay micrófonos, hay parlantes?
- Creo que no, o si. No sé. No me doy cuenta, pero escucho perfectamente.
- Yo no escucho nada. NADA.
- Huy… ¿qué querés hacer?
- A ver… esperá… por ahí es él sólo el que no tiene micrófono.


Digo esa estupidez mientras busco la bolsa de confites Sugus en la cartera. Mastico siete seguidos. Me remuevo en la silla, incómoda. Pongo mi mano detrás de las orejas (como Riquelme cuando hace gol)… nada.
Miro atónita a los demás. Todos parecen entender perfectamente.
Al ratito empiezo a fastidiarme.
A los diez minutos estoy francamente angustiada.
Me esfuerzo en vano para entender algo.
Me canso.

- Vos quedate acá. Yo voy a ver que puedo hacer, ¿te parece?
- Como quieras…
- Quiero matar al boletero.
- Voy con vos…
- No, mejor quedate. Si no vuelvo disfrutá. Yo voy a estar bien. Te mando mensajito.

Salgo molestando a la fila en busca del señor de la boletería. Lo encuentro justito cerrando el boliche. Le explico, dice que se acuerda de mí y llama al productor (no Daniel Grinbank, un secuaz) con el manifiesto intento de salir de la situación.
El productor, un muchacho lleno de cables y excitadísimo, me escucha sin atención mientras saluda a un grupo de gente que sigue llegando.

- Disculpáme ¿me estás escuchando?
- Si. Decime.
- Te decía que cuando saqué las entradas advertí que soy hipoacúsica.
Me dijeron que se escuchaba bien pero no escucho nada.
- …
Advierto un gesto de conmiseración, lo ignoro y prosigo.
- Estoy con mi novio en el pulman.
- Ahh.
- …
- Tengo la sala llena, sino encantadísimo.
- ¿Encantadísimo de qué?
- …
- Yo no estoy encantadísima de nada.
- …
- Es como si estuvieran hablando en checoslovaco, ¿me explico?
- Uh, claro. A ver… vení …


Me lleva hasta la última fila de la platea contra la pared (donde ya hay ubicadas unas diez sillas extras, ocupadas)

- ¿Y acá? ¿Podés escuchar?
- No, nada. ¿Dónde están los parlantes?
- Tengo el teatro lleno…
- Me alegro por ustedes.
- Hay UNA ubicación más cerca, pero no sale a la venta.
- …
- Te puedo ofrecer ese lugar.

Me lleva hasta un asiento ubicado detrás de los palcos bajos, en el extremo de la fila treinta aproximadamente. Desde allí sólo podía ver la mitad del escenario. Pero estaba más cerca, podía oír algunas palabras.
Esforzándome mucho, con imaginación y creatividad, podía hasta entender la obra (que a esa altura de los acontecimientos ya estaba bastante avanzada)
En el entre-acto subí a ver a Fede. Le expliqué donde estaba, mintiéndole acerca de mi disfrute y comprobé que él realmente estaba pasándola bien. Eso fue suficiente para seguir.
De vez en cuando la risa de la gente de alrededor me contagiaba. Eso sí: nada de lo que ocurriera en la mitad derecha del escenario podía ser percibido por ninguno de mis sentidos.
A Fede la obra le encantó. Lástima que la vimos separados.
Al otro día escribí un larguísimo mail y lo envié al teatro, al director y al productor.
El único que me respondió amablemente fue el director (Claudio Tolcachir), quien luego de excusarse acerca de su imposibilidad para ofrecerme dos buenas ubicaciones (es notable como ha decaído la capacidad de poder hacer que tiene la gente que, se supone, puede hacer) me envió por mail el guión (adaptación de Mercedes Morán del original de Tracy Letts)
Muy bueno, disfruté la lectura recordando los gestos de los actores que acompañaban las palabras, ahora escritas, develadas para mí.
Muy bueno. También mi versión libre desde la fila treinta detrás de los palcos bajos estuvo buena.
Pero lo mejor de AGOSTO, para mí, fue que sirvió como piedra de toque para que al fin, para beneplácito de amigos, parientes y demás, yo decidiera agenciarme un bello audífono.



Soy feliz, hoy descubrí dos sonidos nuevos:
El shiits shiits de las hojas del libro al pasar.
El sruiiish sruishhh de las hojas de árbol secas en el piso al pisarlas.

jueves 4 de junio de 2009

A los botes

Este Blog tiene un amable lector, políticamente correcto él, quien insiste en desaprobar mi autodefinición de “sorda y pelotuda”; de más está aclarar que una cosa es que lo diga yo y otra, muy otra, es que atine a decírmelo otro. Aclarado está, no se hagan los vivillos.
De pelotuda tengo unos pocos pelos y ser hipoacúsica significa simplemente oír menos, podría significar oír nada, u oír casi nada y sería lo mismo. No hay estigmas.
Perogrullo resulta aclarar que oír menos no significa pensar menos o más ni viceversa.
Por eso insisto con lo de sorda y pelotuda.
Yo les confieso a ustedes amiguitos que cada vez que me cruzo con algún sujeto que concluye que por el hecho de que yo no haya oído lo que dijo, ni me haya reído/asombrado/dado indicios de haber entendido sus palabras o por haber pedido que me repitieran algo más de una vez, más de dos o tres veces inclusive, eso me convierte en plausible de ser burlada, ese sujeto no hace más que dar ejemplos abultados de estupidez.
Habiendo soberbios pelotudos de plenas facultades auditivas que ignoran su condición, ¿cómo no iba a haber una hipoacúsica capaz de reírse de sí misma?
En eso estamos.

Ayer iba con mi chico en el subte (tengo novio, si, muy contenta, si, gracias, otro día les cuento) él hablando y hablando entusiasmadísimo de no me acuerdo qué, cuando mi nariz percibió un extraño olor, semejante a madera quemada (íbamos en las antiguallas del subte línea A, algún día añoraremos sus vagones de roble)… madera quemada decía, que me hizo abstraerme por completo de la conversación.
El subte se detiene en una estación y escucho:
- “destino … Plaza de Mayo… detenido… desperfectos técnicos”
Y repite:
- “Atención por favor, se comunica a los pasajeros que la formación … destino … Plaza de Mayo… detenido… desperfectos técnicos”
...
-Tenemos que bajar.
- ¿eh?
-¿No escuchaste? Hay que bajar, ¡dale! Hay olor a quemado.
Dirigiéndome al señor mayor sentado enfrente de mí medio dormido:
- Señor, ¡SEÑOR! Hay que bajar.
Dirigiéndome a los 7 u 8 pasajeros restantes cercanos:
- Hay que bajar, ¿no escucharon? ¡Hay olor a quemado!
La mayoría de ellos descienden obedientes del vagón, incluyendo mi novio, el viejito semidormido y por supuesto yo.
Se cierran las puertas y el subte parte tranquilamente con todos los pasajeros restantes.
Los que bajaron me miran atónitos.
Me doy cuenta de que he cometido un error.
Sonrío.
Me acerco a un guardia recostado sobre los molinetes, quien había estado observando la escena con sorna, le pregunto:
- ¿No dijeron que había que bajar?
- No. Dijeron que el tren que está en Plaza de Mayo no sale.
- Ah. Entendí mal.

Hay nueve pares de ojos mirándome con diferentes expresiones.
Me surge un espontáneo ataque de risa.
- Tomamos el siguiente, no importa. Dice mi novio, conciliador.
Mira a las personas (creo que eran todos hombres) y les dice tocándose la oreja:
- ella no escucha bien.
Desde mi ángulo de visión ese gesto podría interpretarse como “está un poco loca”.
Me da más risa. Aparecen señales de conmiseración.
- Perdón, perdón me equivoqué. Disculpen. Digo tratando de mantener la seriedad.

Por suerte, segundos después aparece la próxima formación y todos respiramos aliviados.
Creo que alcancé a oír “pobre muchacho” pero no podría asegurarlo.
Y sí. Pobre.
Pero aburrirse, ¡nunca!

"Potrero"

Diego Armando Maradona dixit.
Junio, 4 2009

miércoles 27 de mayo de 2009

Sorpresa

Los que leyeron esto y disfrutaron esto sabrán entenderme.
Anoche fui con una amiga al teatro EL CUBO para ver un espectáculo musical (era la última función, pero si reponen en otras tablas lo recomiendo)
Los tres protagonistas excelentes.
Salíamos de lo más gratificadas dispuestas a saludar al cantante de la obra cuando ...oh oh... diviso entre la gente (teatro lleno, gran convocatoria) al gran maestro.
Que emoción, no pude dejar de manifestársela.
Más vale guardarse la verguenza para actos atroces. ¿No?
Volví feliz.


domingo 24 de mayo de 2009

Instrucciones para preparar Guiso de Lentejas

Ya sé: no hay una única receta para el Guiso de Lentejas - así como no hay un único modo de cepillarse los dientes, ni de acostar a un bebé – pero, modestias a un lado, les garantizo que esta versión resulta sumamente eficaz a la hora de dar felicidad a la mayoría de los comensales.
Nunca faltará quien diga “mi mamá lo hacía distinto”; no vale la pena detenerse en detalles ya que siempre habrá una madre dispuesta a dar por tierra nuestros afanes culinarios.
Esta receta es más bien fácil e ideal para los días fríos. Además se puede congelar en porciones y recurrir a ellas microondas mediante.
Comprar en la carnicería 1 lonja de panceta ahumada de aprox. 1,5 cm de ancho, 1 chorizo colorado, 1 chorizo de cerdo y 1 bifecito de roast beef.
De la verdulería necesitamos 3 ramitas de cebolla de verdeo, 2 de puerros, 1 cebolla colorada grande, 1 ají rojo (usaremos medio), 2 papas medianas y ajos (usar dos dientes enteros, retirarlos antes de servir).
Medio kilo de lentejas grandes o lentejones secos (se cocinan en microondas con agua hasta cubrir, agregando más si es necesario hasta que estén tiernas), caso contrario usar 2 latas de lentejas en conserva (la campagnola); de la misma marca 1 lata de choclo cremoso (etiqueta roja).
Sal, pimienta y laurel.
En una sartén grande o cacerola de fondo grueso a fuego mediano colocar la panceta cortada en cubitos, cuando se haya empezado derretir la grasita agregar en este orden: chorizo colorado en cubitos, chorizo de cerdo desmenuzado sin la piel y la carne en cubitos pequeños.
(Tengan en cuenta que todo debe poder comerse sin necesidad de ser cortado). Una vez sellada la carne agregar el ají.
Cuando esté tierno y doradito agregar las cebollas (corte pluma), el puerro (cortado en tiritas finas) y los 2 dientes de ajo machacados enteros.
Agregar unas hojitas de laurel y salpimentar.
Ir cortando las papas con un cuchillo sobre la sartén en cortes pequeños e irregulares, desprendiendo lonjitas de papa (haciéndolas crujir en el corte), para que luego en la cocción la papa suelte todo el almidón y espese el guiso sin desarmarse.
Cubrir con agua, remover apenas y tapar. Estar atentos, no dejar el guiso a la buena de Dios.
Cuando las papas están tiernas agregar las lentejas (si usaron secas, cocidas en microondas. Si usaron las de latas, escurrirlas previamente) bajar el fuego al mínimo. Revolver. Dejar destapado unos minutos. Rectificar sal y pimienta.
A último momento agregar los choclos cremosos. Le da untuosidad al guiso, lo dulcifica y queda buenísimo!
Atenti: El agua que se agregó luego de las papas debe evaporarse durante la cocción; el equilibrio entre papa cocida y agua evaporada se logra tapando/destapando la olla. El objetivo es lograr un guiso cremoso, pero no seco ni acuoso. Nunca falla. Tener en cuenta que se prepara sin aceite agregado.
Sacar los ajitos y las hojitas de laurel antes de servir.
Puede resultar una extravagancia; pero a mí me encanta acompañar el guiso con papas fritas Bun.
¡Suerte!

domingo 17 de mayo de 2009

Ser otra

Con una pesada carga en sus espaldas esa mujer va caminando.
Es otoño o inicio del invierno. Más que por los indicios habituales lo supe por el olor. Hay olor a hojas secas en el aire, a aire húmedo y frío. Olor a hojas quemándose y a leña mojada.
Nunca sabré que lleva en su espalda. Lo que sea está colgado de los hombros, como una mochila.
Entre sus labios hay un cigarrillo apagado o un palillo de árbol seco. Hay algo entre sus labios, no sabré qué es.
Camina sobre las hojas secas, cerca de una costa de mar, laguna o ancho río. Hay agua que hace horizonte a su derecha.
Camina y se interna entre los árboles siguiendo las piedritas y las huellas que han dejado las pisadas y los automóviles.
Se detiene en una casa de ladrillos celestes, una casa pequeña, con grandes ventanas de vidrios lisos, sin rejas ni postigos. Adentro hay luz tenue de reflejos amarillos, parece iluminado con velas. Desde afuera se ve un único ambiente: una barra de cocina y sobre ella una campana rodeada de sartenes alegremente dispuestas. Cerca de la ventana hay sillones, alfombras, mantas, canastos y un perchero lleno de sombreros. Es agradable, hay ramilletes de flores secas por todas partes y un enorme y moderno TV colgado en la pared más grande.
Alguien sale de la casa. La mujer pide indicaciones.
- Pasando ese tanque, doblando a la izquierda. La calle de la mansión, más adelante, a la izquierda.
Sigue caminando. Puedo ver sus pies, lleva borceguíes Caterpillar y medias de lana a rayas multicolores, esas típicas del altiplano andino.
No es delgada, pero es ágil y persiste en su camino. Luego sabré que tampoco es joven.
Levanta su mirada y me deja ver: está mirando una especie de silo en altura, una gran construcción circular de madera con pintura descascarada. La torre está lejos y no hay un camino recto. Baja la cabeza y sigue caminando.
El cielo está gris, hay algo diáfano en el aire. La naturaleza se mueve despacio. Alguna paloma, alguna hoja, algún crujir bajo sus pies.
El camino de huellas se pone difícil, barroso. Se le hunden los borceguíes en las huellas anchas que han dejado las ruedas de los autos que surcaron la calle.
- Debe ser un camión o algo muy pesado para dejar huellas tan profundas, pienso.
Ella sigue caminando en silencio tratando de no pisar el barro fresco y revuelto por las ruedas, buscando la parte más lisa de la calle. Hay una especie de ceniza blanca cubriendo todo el camino. En las partes lisas es más perceptible, se ha amontonado allí como si se tratara de musgo. Es una capa seca de polvo gris que al pisarla se resquebraja y agrieta. Es crujiente como escarcha.
Una enorme y lujosa camioneta aparece desde atrás. Ella se hace a un lado en el camino. La camioneta pasa lenta y silenciosa dando tumbos, la conduce un hombre. Ella lo mira y saluda con cierta falsedad.
- Lo hará por cortesía, este lugar es un páramo y ese hombre está próximo a convertirse en su vecino más cercano, pienso.
Él responde su saludo con un movimiento de cabeza, la mira desconfiado detrás de sus vidrios blindados. Ella no lo conoce. Yo sí: es Tommy Lee Jones. No puedo explicar como llegó aquí, ni porqué la mujer siente un odio visceral hacia él. De puro instinto lo relaciono con la ceniza gris del camino.
La camioneta hace nuevas y profundas huellas en la calle, dobla a la derecha y se interna en un sendero angosto. Al llegar a esa bifurcación la mujer se detiene, se pone en puntas de pie tratando de ver entre las matas de arbustos y logra divisar una torre blanca y cuidados jardines. Niega con la cabeza en señal de desaprobación, mordisquea lo que tiene entre sus labios y sigue caminando.
Más adelante, sobre el borde izquierdo del camino, se ve una pequeña casa de madera construida sobre pilotes. Tiene dos pisos, techo a dos aguas con cumbreras y chimenea. La embellece la galería adornada con cenefas y los balcones. La casa empieza justo en el borde del camino; ese detalle y las dimensiones diminutas le otorgan un aire surrealista. La construyeron íntegramente en madera. Parece no haber recibido pintura alguna, se ve seca y opaca. Está vacía.
- No está mal, dice.
Sé que es allí donde eligió terminar sus días.
- Acá seré feliz, dice.
Sé que hay algo de verdad en todo eso.
Llega al frente de la casa, se para erguida en el borde del camino y respira profundo. Estática examina el lugar, parece satisfecha. Camina hacia la escalera desvencijada y ve y me deja mirar algo que llama su atención: un enorme y peludo gato rojo está durmiendo en el rellano.
Ella se agacha, lo alza y él se deja acariciar. Entonces puedo ver sus manos, lleva guantes rayados iguales a sus medias, de esos que dejan los dedos libres. Es negra.
Acaricia al gato y siente y me deja sentir la suavidad de sus pelos.
Se ríe con ganas y pienso:
- Hermoso gato.
Con ese pensamiento me despierto.
- Que sueño raro, como para escribirlo.

sábado 9 de mayo de 2009

Encrucijadas Femeninas


¿Permasec o extra-suave?
¿Lo llamo o espero?
¿Tarjeta o efectivo?
¿La invito o no la invito?
¿Comfort o Vívere?
¿Color ciruela a la moda o negro tradicional?
¿Sigo discutiendo o me hago la boluda?
Son liviandades, claro.

Hay difíciles, por ejemplo:

EAST WEST
¿...?

lunes 4 de mayo de 2009

Crucigrama

I
Ese sábado soleado el yesero había llegado temprano; tenía que trabajar en la planta baja. Era una casa “de altos” en San Telmo, destinada a vivienda familiar. Se construía con moderado lujo, la casa era grande y muy bien ubicada.
En el piso superior había un bullicio de latas, rodillos, escaleras y pinceles.
El dueño del edificio, un conocido prestamista del barrio de Montserrat, confirmando su fama de avaro, había decidido encargarse personalmente de la pintura final de la obra.
- El pintor me pasó una barbaridad, fíjese usted. Por esa suma me encargo yo.
En la pinturería de la plaza le vendieron los insumos y le explicaron con desgano y sin detalles la tarea a realizar. Y allí fue el tipo, creído en su soberbia de hábil financista que el trabajo manual era cosa fácil, a dedicarle todo el sábado a los dormitorios de la casa nueva.
De nada sirvieron las protestas de su esposa ni los reclamos de sus hijos.
- Este sábado nos quedamos en la capital. Dense una vueltita por Venezuela a eso de las seis con té y masitas.
Era 1970, las primeras casitas de fin de semana cobraban forma en el conurbano bonaerense. El prestamista había comprado unos lotes en San Miguel y sus hijos esperaban los sábados con ilusión para salir del oscuro departamento donde vivían amontonados.
Los albañiles terminaron temprano, a las 11 ya estaban listos para volver a Lanús. Dejaron a un peón, el Luisito, para que limpiase y ordenase las herramientas.
- Tenés tiempo hasta las 12, después te podés ir, le dijeron.
El yesero, un muchacho prolijo y afable, rondaba las carreras con frecuencia. Por entusiasmo y porque los caballos estaban de moda. Esa mañana había sonado el teléfono insistentemente en la obra.
- Para usted don Chiche, tiene teléfono.
El yesero dejó a un lado sus herramientas pensando que seguramente se trataba de su esposa o tal vez de su mamá, para encargarle alguna compra de último momento. Las mujeres habían organizado un encuentro familiar para esa noche, habría trajín en las cocinas.
No eran cuestiones domésticas. Era su padrino.
- Chiche: llegó el día. En la primera carrera jugale todo a “Crucigrama”, va a pagar bien. Lleva todo lo que tengas. Es una fija. Acordate, la primera carrera. No llegues tarde, ¿eh?
El trabajo era, además de una fuente de ingresos, su pasión y solía distraerse en él. Por eso le pidió al peón que le avisara a las 12, que no se olvidara, ya que tenía algo muy importante que hacer.
Siguió trabajando mientras repasaba mentalmente lo que luego haría: guardar sus herramientas, bañarse y cambiarse, buscar la camioneta. Hizo cálculos del tiempo de viaje hasta San Isidro. Trazó mentalmente la mejor alternativa para el recorrido.
Como no era hombre fantasioso, no se puso a soñar con el dinero, no imaginó cambiar la camioneta ni remodelar el cuarto de la nena. Pero el entusiasmo le iba ganando lugar a la calma mientras corría la mañana.
Al rato Luisito le pegó el grito:
-Son las doce don Chiche, yo terminé, salgo nomás. ¡Me voy!
El peón apagó la radio al salir. Quedó en silencio. Empezó a guardar sus cosas mientras escuchaba al prestamista fatigándose con las latas en el piso de arriba.
Antes de salir subió a saludarlo.
En la vereda buscó la argenta roja, la había dejado a unos metros de la obra. La vio y sintió esa calma relajada que todos sentimos al encontrar nuestro auto en el lugar donde lo dejamos. Imagino que sonrió.
Desde la vereda oyó un estrépito. El ruido provenía de la obra. Subió asustado los escalones de dos en dos y encontró al prestamista en el suelo, inconsciente y rodeado de un gran charco de sangre. Había caído desde la escalera y seguramente una lata de pintura le había provocado un profundo corte en la cabeza.
No dudó. Tomó una toalla, la envolvió alrededor de la cabeza del hombre y con esfuerzo lo cargó. En la vereda le indicaron que el hospital quedaba a “siete cuadras derecho”.
Desde allí llamo a la esposa del pobre hombre; llegó a la hora y media desesperada junto con sus hijos.
Estaba impresionado.La policía le informó que no podía retirarse sin antes realizar una declaración. Salió del hospital a las cuatro de la tarde.
Al rato se enteró que Crucigrama fue el caballo ganador de la primera carrera, como estaba previsto. Y que pagó muy bien, tal como su padrino le había anticipado: setenta y cinco pesos. El padrino era un buen hombre, pero la impotencia que le causó la situación lo hizo sentenciar:
- Lo hubieras dejado ahí. No puedo creer como te perdiste eso.

II
En ese caballo no pensé más, para no hacerme mala sangre. Tampoco tuve otra fija como esa. Esas cosas pasan solo una vez.
Años después necesitaba una plata para poder terminar el chalecito que estaba construyendo, había una inflación terrible y los materiales cambiaban de precio todos los días. La única manera de hacer diferencia era poder acopiarlos. Entonces me acordé de ese prestamista.
Yo no pretendía que me hiciera una atención, no para nada. Pero como justamente el hombre se dedicaba a eso.

- ¿Y que pasó?
- Me lo negó.
- …
- Entonces me acordé de mi padrino, por ahí tenía razón; debería haberlo dejado ahí.
- No me parece, papá.
- …
- Imaginate, estaríamos un domingo soleado como hoy, yo te preguntaría como fue que armaste la constructora. Y vos me dirías que un sábado, cuando yo tenía dos años, te llamó tu padrino y te pasó una fija. Y que salió bien. Y que ganaste mucha plata. Pero que estuviste a punto de no ganar nada porque justo un hombre se cayó y casi dejás de ir al hipódromo por llevarlo al hospital. Y yo te preguntaría que pasó con el hombre.
“Murió desangrado” me dirías.


Chiche se ríe de la ocurrencia, se le iluminan los ojitos y me acerca el mate.

sábado 2 de mayo de 2009

At The Cafe

El jueves, luego de un tiempo sin vernos, convenimos encontrarnos a tomar un café. Él es un amigo real, no de esos a los que las mujeres solemos decir amigo, cuando en verdad se trata de un tipo que nos calienta lo suficiente para transárnoslo, pero no completa todos los casilleros para calificar de novio. O viceversa.
Mariano es amigo-amigo, sin más. No se me ocurre visualizar casilleros con él y estoy segura que él, más allá de haber dejado caer sus pupilas en mi escote (de puro instinto), tampoco.
Mariano es un hombre íntegro, con esposa adorable. Exitoso y querible. Un torbellino de actividades. Energía arrolladora.
Llegué al lugar antes que él y busqué una mesa cercana a la vereda, beneficiada con el último sol de la tarde . A Mariano le gusta mirar pasar a la gente. En eso es apacible. Me puse a pensar en sus silencios, es un sujeto de silencios disfrutables.
Pasó un rato, pedí una coca-cola, el calor persiste en Buenos Aires. En mi balcón la Santa Rita, desorientada, se llenó de flores otra vez.
El teléfono se mueve en la mesa:

- “Llego tarde. No te vayas.”
¿Qué será “tarde”: diez minutos, quince, media hora?. Pucha, no traje el libro.

Estoy leyendo una compilación de Bioy Casares, libro gordo y pesado para cargar.
Podría entretenerme con un solitario, pero tampoco traje la Palm.
Está refrescando, tampoco traje el saquito. ¿Para qué salí tan apurada?
Ya sé para qué: para no ser siempre yo la que llega tarde.

- “ok, te espero hast… (¿qué será adecuado esperar? ¿media hora?) … ta las 7:30”
Hasta las 7:30 serían 40 minutos. ¿40 minutos no será mucho?
Llega Mariano, abre su celular, sonríe.

- ¿No me ibas a esperar?
- Si, puse "hasta las 7:30”
- Te ibas a ir… bueno, si estás apurada…
- No Mariano, te iba a esperar.


Muestra desacuerdo; ese gesto me recuerda a cuando con su hermana estábamos seguras que Mariano era “medio rarito”. Eso fue antes de que conociéramos a Flor, su primera novia.
Me disperso y cuando vuelvo en mí Mariano está hablando como si leyera un catálogo costumbrista del matrimonio.

- Vos no sabés de la que te salvaste.
- ¿De qué me salvé?
- La convivencia mata.
- …
- El matrimonio debería ser un contrato renovable.
- ¿cómo sería eso? (ahogando una risa)
- Fácil, funcionaría como con los contratos de alquiler. Si todo va bien se renueva.
- ¿Cada cuánto?
- A medida que va avanzando la pareja se ampliarían los plazos. Lo mejor sería a los tres o cinco años, luego a los diez, luego a los veinticinco, algo así.
- ¿Qué se ganaría con eso? Existe el divorcio, el matrimonio no es un viaje de ida.
- ¡Se ganaría muchísimo! (eufórico)
- …
- No hay mujer más adorable que una novia en etapa previa al casamiento. No es idea mía, no me mires así colorada. Preguntále a otros.
- No seas machista, por favor.
- No soy machista. Estoy siendo RE-A-LIS-TA.
- …
- No mires para el costado, no te hagas la que me escuchás. Mirame bien, leé mis labios: el contrato renovable sería la salvación. Por empezar las minas, movilizadas por la cercanía de la renovación, harían buena letra. Ya sabés.
- No. No sé. (demostrando fastidio)
- ¡Cómo que no! (más eufórico) Más sonrisas, menos caras largas. Más comida casera, menos delivery. Más gimnasio, menos televisión.
- Sólo te falta decir “más plancha, menos facebook” para aprobar Machismo IV. ¡No seas cavernícola, por favor!
- Já, te quiero ver la semana anterior al vencimiento gastándote las rodillas.

Se ríe de su chiste pueril, pide otra cerveza. Temo lo peor. Trato de cambiar de tema. Le pregunto por su negocio. Por sus clases de violín. Se las arregla para volver, como una calesita, como un disco rayado, siempre al mismo lugar. Estereotipado y poco original lugar.

- Es muy difícil plantear un divorcio cuando lo único que se tiene para decir es “estoy aburrido”. El fin del contrato facilitaría las cosas. No habría trabajo sucio.
- (...) ¿Tus amigos?
- Igual que yo. Bien, ahí andan.
- ¿Hablas con ellos de esto?
- No. Ni loco. Pero la idea del contrato renovable fue de uno de ellos. De Sergio, te hablé de Sergio el que tiene una importadora de semillas, Sergio lo planteó seriamente. Como el tema de los prenupciales. Un acuerdo interno. Y la mina aceptó.
- …
- No te asombres colorada; eso de la liberación femenina es una farsa.
- …

Miro mi reloj, siento que pasó una eternidad pero, para mi asombro, apenas son las ocho.

- Te dije que te esperaba hasta las siete y media. Son las ocho.
- ¿Eh?... Pero vine antes, ¿no?
- No sé.
- ... (confuso)
- Bueno, hablamos. Me voy Mariano, me duele la cabeza. (irónica)
- Uh… bueno ¿te alcanzo?
- No, gracias. Te quiero mucho, cuidate.


Huyo. Si todo lo que dijo lo hubiera escuchado de boca de otro (había escrito “un taxista”, lo autocensuré) estaría burlándome de su simpleza. Pero lo dijo mi amigo Mariano, un muchacho lúcido y observador. ¿Sus silencios?, puffss... ausentes sin aviso.