sábado, 20 de abril de 2013

Vos, tu vieja y tu papá



En Argentina cuando hablamos de marchar estamos hablando de caminar junto a otros en  una especie de manifiesto colectivo. Cuando marchamos lo hacemos para decir que sí y también decir que no. Marchamos no solo para expresarnos sino también para tratar de que lo que nos gusta no cambie y lo que no nos gusta sí. La marcha, pensada así, podría parecer un territorio exclusivo de jóvenes idealistas, de fanáticos o de oprimidos; pero no. 

Hay marchas y marchas. 
Las organizadas por la ideología dominante suelen ser multitudinarias y tienen un altísimo grado de ingeniería: alguien pensó en cómo organizar a la gente, qué va -esa gente- a comer, cómo llegará hasta allí y sobre todo se resolvió la cuestión de por qué la gente dejará la tranquilidad de la novela de la tarde para ser espectador de una gran marcha. 
La organización es vertical: cada gobernador a sus intendentes, cada intendente a sus dirigentes barriales, cada dirigente a sus manzaneros, dan órdenes precisas de cómo, cuándo y por qué. Así, como suele decirse harto despectivamente, barrios enteros resultan arriados hacia el centro de la ciudad para dar el presente. Una especie de temor de Dios en versión laica. Los micros se amontonan en los bordes de la ciudad, los barrios y agrupaciones hacen visible su presencia de modo contundente, para que su presente sea inequívoco y no haya consecuencias. Son frecuentes las escaramuzas para lograr una mayor visibilidad.
En esas marchas hegemónicas casi siempre hay un adelante. Un gran escenario, backlight, pantalla, música y discursos. Los tiempos están pensados como en boda; hay momentos estratégicamente distribuidos. Hay espera. Cantos organizados. Hay una mística de trapos y banderas. Hay oradores y aplausos. Hay música. Aparece el clímax del discurso del líder. Fuegos artificiales, más música y regreso.
Una vez, hace muchos años -era la vuelta de Diego Maradona a Boca Jrs.- fui a la Bombonera a ver Boca-Colón. Yo soy de River Plate, pero debo admitir que los cantos de la hinchada me impresionaron. La magia de la tribuna reside en ese canto unísono y organizado.

Las manifestaciones en contra del gobierno de Cristina Fernandez no nacieron marchas sino cacerolazos. Una variante criolla de los movimientos de indignados en Europa y Medio Oriente. La tercera movilización empezó a llamarse, creo que tímidamente, marcha de la oposición. Aunque el diario oficialista Página12 no le cedió el término y tituló Guiso a la cacerola.
El jueves pasado, mientras compartía el 18A con mis vecinos en la esquina de Acoyte y Rivadavia del barrio de Caballito, me acordé de esos cantos tribuneros y de las marchas multitudinarias organizadas por el partido hegemónico.
En mi barrio no hay bravas bravas ni dirigentes sociales. Tampoco hay mística de cantos, mucho menos choripán. Hay alguna esporádica coincidencia en el salto masivo del que no salta es un ladrón o un armónico yo no la voté, cantado con melodía vos so’ de la B, pero en general el tiempo transcurre entre ruidos de cacerolas y aplausos y el Himno Nacional cantado siempre a destiempo.
Los vecinos de Caballito, los más viejos y haraganes que nos quedamos a manifestar en el barrio, lo hacemos como una pausa doméstica. Salimos con el carrito del bebé, la bicicleta y el perro. También con la mochila de la oficina o el bolso del gimnasio a cuestas. 
En mi barrio no hay logística ni organización. Nos juntamos en la esquina e irracionalmente miramos hacia el centro de convergencia donde se cortan las dos avenidas, como si ese centro tuviera algún sentido. 
En mi barrio no hay oradores. No hay Circo Romano. En verdad tampoco marchamos, ni tenemos cantos pegadizos. A simple vista parecemos individuos desarticulados. Pero no es lo que se ve. ¿La verdad? La tenemos bastante clara; en mi barrio las caras de los viejos y los carteles son elocuentes. 

domingo, 24 de marzo de 2013

Equipaje



“Vinieron a buscar a Don Pedro antes de que el alba despuntara. Él ya estaba levantado, preparando la comida para los perros. Algunos madrugadores lo vimos pasar en el camión azul de la montada, el vehículo más veloz que tenemos por acá.  Al almacenero de la esquina alcanzó a pedirle, un poco a los gritos porque el ladrido de los perros era infernal, que le cuidara las cañas. Fue un año increíble, pasaban los días con sus noches y el pueblo sólo hablaba de Don Pedro.”

Francisco sigue, a diez días de ser elegido papa, en la tapa de los diarios de mayor circulación de Argentina.  Como sucede con todas las grandes noticias –que no por grandes son buenas- no podremos olvidar dónde, cómo y con quién las recibimos.
Las torres gemelas se cayeron mientras estaba trabajando en el colegio con Luciana y Julieta; a los edificios humeantes los vimos por Yahoo.com.
Años más tarde un amigo escribió en su muro de Facebook  ¿Néstor la quedó?, diez segundos después la noticia ocupaba todo el wide del monitor de mi PC.
Cuando el helicóptero con el hijo del presidente Menem (no soy supersticiosa) se vino abajo,  yo estaba atareadísima entrando a una oficina donde me recibieron caras demudadas por el impacto. Alguien estaba escuchando subrepticiamente la radio y ya no pudimos continuar trabajando.
La muerte del comandante Chávez me pasó desapercibida, teniendo en cuenta que fue la muerte más larga de la Historia es lógico que me haya olvidado dónde, cómo y con quién.
A la noticia de Francisco la agarré tarde.
Esa tarde salí del trabajo y me fui caminando hasta la casa de Fede. En el camino escuché algunas cacerolas sonar. Que estará pasando, será Cristina en cadena nacional. La gente en la calle actúa raro; en la esquina de Acoyte y Rivadavia un hombre levanta los brazos como festejando un gol; los que pasan cerca le sonríen. Habrá renunciado Boudou, no creo, qué ilusa. Pero llego a la casa de Fede y me olvido del asunto.
Nos ponemos a mirar un capítulo de Dexter. De fondo,  las campanas de la iglesia frente a la plaza. Me parece que eligieron al Papa.
Vuelvo a casa caminando, no será mucho tanto entusiasmo por el Papa. Entonces sí, prendo el Ipad y me cuesta entender lo que pasa ¿Jorge Bergoglio,  el arzobispo de Buenos Aires,  es el nuevo Papa? Ya no queda más que hacer, solo emocionarse y mirarlo por TV. Pensar en Cristina - in your face! –, escuchar y leer sin asombro el desarrollo de la noticia en voceros del gobierno: de las madres y abuelas, del que nos odia a todos, de Horacio González, del barrilete cósmico. Y claro, como en la peor ficción, los personajes cambian de idea y se reeditan, de nuevo: las madres y abuelas, el director de la Biblioteca Nacional, 678 y claro, Cristina.
Hoy leo en una nota chiquita en La Nación (Nobles razones para comprar zapatos), algo acerca de un californiano que tuvo una excelente idea, además de entrepreneur y filántropo, se le ocurrió fabricar alpargatas, autóctonas como el dulce de leche,  bajo la marca TOMS (el logo es una bandera argentina) y la propuesta es one for one, o Buy One Give One, esto es: si te comprás algo nuevo, regalá el anterior.
La nota habla de una movida altruista. Confieso, comprar me da culpa. No la suficiente como para dejar de hacerlo, pero la expresión necesito un bolso azul me resulta patética. Se dice quiero; necesitar es otra cosa.
Al one for one lo practico desde adolescente. El secreto está en asignar el mismo espacio acotado para ropa y calzado, por razones obvias, a medida que uno compra empieza a desprenderse de lo anterior. Otra opción es preguntarse acerca de las posibilidades de usar el próximo invierno ese suéter que durante todo el invierno pasado no salió del ropero. Alguien lo usará.
Lo mejor sería, desde ya, que no hubiera nadie esperando por los gastados zapatos ni por los  suéteres de la temporada vieja, pero ya sabemos: el mundo es redondo.
Las cosas. Los libros, la ropa, las fotos, los zapatos, los muebles, los gadgets, la heladera nueva, las plantas, los objetos de arte, las especies importadas, los álbumes de estampillas, las antigüedades, las mascotas, los trofeos, los recuerdos. Esas cosas que hacen casi tan feliz a uno como los abrazos y los besos, son carga. Y cuánto más espacio ocupen más grande será el container.
Volviendo al Papa lo que más me impactó, lo que realmente me parece fascinante y me encantaría poder - así sin más- hacer, fue que el tipo agarró una valijita y se fue a vivir para siempre a otro lado.
¿Comprenden la magnitud del asunto? Una valijita. 

domingo, 24 de febrero de 2013

Sólo para entendidos


Realismo Mágico

 “Para Férula la muerte inesperada de su esposo fue un vendaval que arrasó con su escasa alegría. La sonrisa se le hizo mueca y las palabras llamas en su garganta. Se juró no olvidarlo jamás y hacerlo presente en cada recuerdo. Al día siguiente entró en su vestidor y quemó los colores de su vida y decidió que todo, para siempre, sería negro”

 “El hombre se ve bastante sucio y muy flaco. Con voz quebrada me cuenta que su General está muy mal enfermo y que hace ochenta días se ha ido lejos para ser bien atendido porque en este país no podían hacerlo. Le pregunto cómo hacen con las órdenes. Me dice que han seguido las órdenes que el general les envía mediante mensajeros. Le pregunto si confía en los mensajeros y me dice que confía en la Revolución y que el General no se va a dejar morir sin lucha”

Jaén, enero 2008 - “Esa primavera en Dublín fue inolvidable, estábamos a pocas cuadras de Pamell Street cuando escuchamos la explosión. A los pocos días nos volvíamos a casa, recuerdo que todos esos días solo escuchamos hablar de lo mismo: de los obreros del Ulster y de las Fuerzas de Seguridad Británicas. Creo que algo tuvieron que ver, pero nada pudo ser probado. De todo esto me hizo acordar la noticia que acabo de leer, Irlanda intenta persuadir al gobierno británico que libere los informes Barron para llevar a cabo las investigaciones y sacar la verdad a la luz. Es increíble, ya han pasado treinta y cuatro años.”

lunes, 28 de enero de 2013

chattanooga choo choo

Entusiasmada por la promesa de CFK -presidente en ejercicio desde el año 2007 y primera dama desde el 2003 hasta esa fecha- de realizar, en el término de veintiún meses,  la renovación ferroviaria más importante de los últimos 60 años, sumo mi aporte: una sencilla cuenta atrás para que no nos quedemos dormidos en los durmientes. Así -permítaseme el candor- tal como el zorro del Principito, podremos empezar a preparar nuestros corazones para el disfrute de la faraónica obra (esto dicho sin ironía).






***
A propósito de trenes y sonceras, abrí un blog nuevo donde escribo solo acerca de viajes. Una especie de hijo pródigo y chupasangre de esta bitácora -empezó por robarle el nombre- y vaya uno a saber donde terminará. 
Queda este blog activo para todo lo demás, lo de siempre. Parafraseando a un lector, queda aquí la parte más furiosa.
Impera nombre nuevo; probemos con Sorda y pelotuda
Va una aclaración fundamental para lectores sensibles: la sorda y pelotuda vendría a ser yo. Lo primero consta en mi Certificado de Discapacidad (gracias Siemens por hacerme la vida más fácil); lo segundo consta en mi DNI, soy argentina. 

domingo, 13 de enero de 2013

Estrago culposo


image: www.mcclellanclan.com
Por esos días yo andaba con una fijación. Buscaba una lámpara. 
Había descubierto a Gino Vistosi, un tipo inspirado al que se le dio por fabricar lámparas con discos de cristal de Murano. 
Lo había encontrado en Wikipedia mientras buscaba al autor de una lámpara hipnótica que había visto en San Telmo; según la incidencia de la luz,  se veía violeta o rosa, perlada , tornasol o iridiscente. 
Después de convencer al Fede de que ese era el mejor objeto que podría uno imaginar pendiendo del cielorraso de su cocina, empezó esa sucesión de días de estar con la idea fija en esas lámparas de vidrio de la década del sesenta.
Calculo que fue por eso, porque mi espíritu venía absorto en esa frivolidad, que me dejé convencer.
Habíamos ido al mercado de antigüedades de la calle Dorrego, del barrio de Colegiales. 
Yo estaba bastante entusiasmada porque había conseguido una pequeña Vistosi para mí, a precio módico y claro, mugrosa y destartalada. 
Decidimos ir a tomar la leche. De los cuatro momentos del día habilitados para comer civilizadamente según las costumbres que rigen desde mi infancia, el de la merienda es el que más me gusta compartir.
Entramos a un bar interesante, de piso de maderas blancas. Uno de esos lugares country style shabby chic tan parecidos entre sí. 
Fede fue al baño y yo me puse a mirar el menú mientras espiaba el lugar. 
Entonces lo ví, sentado en la cabecera de la única mesa grande del bar, rodeado por tres hombres y una mujer. Esos cuatro eran jóvenes y con aspecto de estudiantes de UBA, Comunicación Social. 
En la cabecera, decía, estaba Schiavi. El ex Secretario de Transporte de la Nación en funciones durante el evento "Once", en el que murió mucha gente y muchas más quedaron heridas en el cuerpo y en el alma, aplastados entre sí y entre los fierros de un tren sin frenos incrustado en la estación final de una línea urbana de ferrocarril en la hora punta de un día laboral.
Estaba Schiavi decía, sentado en la cabecera de esa mesa en la que parecía trabajar -había papeles, laptops y carpetas- usaba los mismos anteojos que siempre le vi en las fotos, se lo veía bastante más flaco que en esas fotos.
Fue verlo -ahora entiendo esa expresión tantas veces leída- y sentir subir desde el estómago una viscosidad de amargo rechazo.
Pero al rechazo siguió la duda. ¿Es Schiavi? 
A los pocos días del evento "Once" pasó algo con otro funcionario, esta vez de la Ciudad -creo que del área de educación- y salió una noticia con foto en el diario que leo por internet. 
No recuerdo la noticia, pero sí que mirando la foto pensé que ese hombre se parecía muchísimo a Schiavi. 
No fui la única que notó el parecido, otros lectores lo comentaron y hasta bromearon con eso. Creo que el funcionario había tenido un infarto. No, el del infarto fue Schiavi. 
Como sea.
El asunto, ¿Es Schiavi o el otro? 
Fede nota mi evidente transformación entre aquella felicidad de la lámpara nueva y esta bilis de odio.
-¿Pasó algo?
- Ese tipo, no sé si es el hijo de puta de Schiavi o un tipo que se le parece.
- No hagas papelones.
Pasaron dos o tres minutos de reflexión en los que no pude quitarle de encima mi mirada escrutadora. El tipo lo notó, me miró y ahí lo supe.
- Es. Es el hijo de puta de Schiavi.
- Por favor, no hagas papelones.
Defendí mi rencor diciendo que la vergüenza sería del tipo, no nuestra, pero Fede , sensato, insistió con que el hombre podría no ser Schiavi. También le preocupaba lo que pudiera suceder después de dar rienda suelta a un exabrupto. 
Le dije que era un exagerado.
Pero al Fede lo quiero, lo adoro. Además, siendo realista, reproche más o menos ni a Schiavi ni a sus muertos le cambian nada.
Sé que tomé un licuado de naranja, zanahorias y algún otro ingrediente exótico. 
Sé que los tostados de jamón y queso estaban ricos. 
Sé que me esforcé en sostener mi amor por Fede por sobre todo otro sentimiento.
Fue una mascarada. 
Mientras especulábamos acerca de las diferencias entre la miel del mar, del campo y de las sierras -mientras hablábamos de abejas- sentía latir el pulso de mi resentimiento debajo del vestido.
Cada vez que Fede se distraía en su café con leche yo aprovechaba para mirar a Schiavi y lanzar bisturíes a sus ojos.
Mi chico apuró la merienda, tan distraído no estaba. 
La puerta de entrada estaba al lado de la mesa grande. Fede, que me conoce bien, supo que para salir armoniosamente había que hacerlo rápido. Con mano firme agarró mi nuca desde atrás y me guió con convicción. 
Pero tuvo un descuido, fue mientras me abría la puerta; al acomodarse caballerosamente para dejarme pasar dejó libre un flanco y quedé frente a frente con el tipo.
Pude echarle un último vistazo. El se sacó esos anteojos y me miró. Entonces -aprovechando que tenía las manos libres- atiné a juntar mis muñecas en cruz como diciendo "la cárcel es tu destino". 
Fue un gesto chiquito, silencioso y fugaz. Tanto que estoy segura que al hijo de puta le pasó desapercibido.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Un paseo por las nubes


Tengo que ir hasta el centro de la ciudad para saludar a unos amigos filatelistas antes de que termine el año. Mi auto está a cinco pisos de la vereda. Me da fiaca subir por él y culpa de contaminar la ciudad, entonces  voy en Subte.
Es bajar las escaleras y sentir un golpe de olor ácido, como a persona amontonada. Cosa extraña porque estoy viajando en hora pico, pero al revés.
Hay poca gente en el andén, pero muchos portan grandes bolsas y bultos que hay que esquivar. Se los ve agobiados.
El tren llega rápido, está totalmente pintado en su lado exterior y sucio, muy sucio. Terriblemente sucio, diría mi madre.
Hay suciedad vieja acumulada en los rincones, pegotes de fluidos indescifrables chorreados en las esquinas y en el piso, con capas de polvo acumuladas. Los vidrios, los pocos vidrios que se salvaron del grafiti, están pegoteados, rayados y llenos de etiquetas viejas. Hay pegatinas de fotocopias en todas las paredes; ofrecen salir del “veraz”, aprender inglés en tres meses, bailar salsa, alojarse en Chacarita, clases de bajo, psicoanálisis y pasea- perros. También hay publicidad paga en prolijas carteleras. Es lo único que parece limpio.
Estoy apabullada, creo que la última vez que usé el Subte fue hace un año, me impresiona el deterioro. Miro alrededor, esperando encontrar un gesto que acompañe al mío, pero no. Todos han naturalizado la mugre. Se ve que viajan con más frecuencia que yo y se han ido acostumbrando. Uno se va acostumbrando a casi todo.
Estoy tentada de preguntarle a un policía, que fuma -absorto en la nada- al lado de los molinetes, si alguna vez han limpiado el piso. Desisto, más vale pasar desapercibida.
Pienso en Macri, el Jefe de Gobierno Porteño que se hará cargo del Subte en breve. No hace falta que el ingeniero haga gran cosa, con limpiar será suficiente: el Subte parecerá nuevo.
Los asientos de la línea B son un desafío a la arcada espontánea, esos asientos mullidos de pana bordó. Alguna entusiasta podría hasta quedar preñada con solo sentarse en ellos.
Empiezo a prestar atención a la gente. Hay muchas personas que dan pena, por decir algo. Más allá del cansancio de fin de año y del viernes laboral. Hay hombres y mujeres devastados; algunos muy sucios, muy obesos, muy descuidados. Mientras ellos van absortos en sus celulares yo empiezo a entristecerme.
Al salir, subiendo por la escalera mecánica, veo a un punga en acción. Y en Corrientes y Diagonal  a un  grupo de personas avanzando a los gritos y empujones. Estoy espantada.
Cuando salgo de saludar a mis amigos en el regreso me agarra la nochecita. En la esquina de Corrientes y Florida, tirados en el piso, hay al menos doce hombres con el torso desnudo tomando vino de unos cartones. La basura se amontona y sobre ella se afanan algunos cartoneros solitarios y muchos otros a revolver.
En la línea H, que no por ser más nueva se ve menos sucia, los vagones nuevos destacan -en contraste- el deterioro de los pasajeros.
En la Estación Miserere de la línea A tres mujeres con cinco niños se disponen a pasar la noche en un rincón, entre bultos de ropa y cajas. Toman sidra de una botella. Una de ellas está amamantando a un bebé. Mientras tanto, escondida en un pasillo, una mujer canta como desquiciada, rasgando una mugrosa guitarra, una canción de Silvina Garré. Tiene las uñas de los pies escamadas y usa unas sandalias negras desvencijadas. Creo que está un poco loca. Hay hombres viejos y no tanto sentados en el suelo, apoyados sobre las paredes.
I see dead people
Veo una sucesión de niños repartiendo atrocidades a cambio de limosnas, o viceversa. Soy horrible: me niego a dar mi mano en un saludo infame a la mocosa que extiende la suya ante cada pasajero en un gesto de familiaridad. A la mocosa le da resultado: no solo la saludan sino que le dan moneditas. Compruebo que soy la única ortiva de todo el vagón. 
 Fueron en total seis viajes, tres de ida y tres de vuelta. Suficientes para entender a lo que se refería Cristina en su discurso de ayer. Cuando dijo -hablando de los saqueos- que hay algunos políticos y sindicalistas nefastos que apelaron al manual de utilización de los marginales para su provecho. Provecho de los políticos y sindicalistas, desde ya.
Yo me quedé pensando en eso de los marginales. Creo que dijo grupo pequeño de marginales. Me quedé pensando porque, dicho así como lo dijo Cristina, parece que nadie es responsable de su existencia.
Pero este paseo por las nubes me hizo comprender: los marginales, que vienen a ser los que viven en Marginlandia, no tienen - como nosotros- una Presidenta exitosa.
Pobres marginales, se ve que en Marginlandia tampoco hay Secretarías de Transporte, Bienestar ni Salud que  permitan a su población - mediante gestiones eficaces y eficientes- vivir con dignidad. 
En Marginlandia tienen un vicepresidente mentiroso y ladrón, que no va preso, entonces los marginales están seguros de que el que las hace no las paga. Y como la educación es muy precaria y los buenos ejemplos no abundan, están convencidos de que robar no es un delito. 
Los marginales viven, abyectos, el presente. En Marginlandia no hay futuro y el pasado se reinventa a conveniencia de los que piensan por los marginales. Que son los mismos que deciden qué venderles en cuotas, qué mostrarles por los televisores y cuándo -los marginales- deben aplaudir.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Lista de las cosas que me estremecen



Un artículo en francés sobre “Aguirre, la ira de Dios”. La boca perfecta de mi hijo recién nacido. El viejo galpón de herramientas de mi papá donde yo era madre de mis osos y secretaria, maestra y astronauta, vedette y carpintera. El cuarto fresco y enorme de un hotel  en Florencia al que se llegaba subiendo demasiados escalones irregulares; el olor a cuero y el ruido que subían desde el Mercado de San Lorenzo. Mi hijo, a los seis años, encaramado al gallinero del Teatro Colón mirando, incansable,  “El Cantar de los Nibelungos” de Fritz Lang. Completar la coreografía de una clase en el gimnasio sin equivocarme ni una vez y por eso  sentirme Roxie Hart. Estar en Japón y desayunar tempranísimo  arroz con salmón; revuelto picante de chauchas y champignones;  jugo de tomate; blinis con miel y café con leche mirando la ciudad de Yokohama. Y sentirme, a pesar de semejante ingesta,  liviana y poderosa por el resto de día. Eduardo, Federico y yo riéndonos fascinados con la magia del circo. El día que aprendí a flotar, rozando las piernas de mis tíos en un tanque australiano. El frío de la noche cuando llegué a Villa General Belgrano en la víspera del Día de la Bandera. El generoso abrazo del Mediterráneo en el sur de España. EL paraguas transparente y descartable que me protegió de la lluvia, densa y vertical, en Akihabara. El perfume de la dama de noche de esa cuadra de Parque Chas.
El mar al llegar, siempre. El olor a huevos duros, manzanas y pajaritos de la casa de mis abuelos Sara y Antonio. El escondite en el que mi abuela Sara guardaba una bolsa de papas fritas. El aplomo de mi prima Andrea en la emoción de su segundo casamiento. El celeste y verde, brillantes, del paisaje de Aurelia, en las afueras de Roma, y los mismos colores en Tortuguitas, en las afueras de Buenos Aires. El cielo estrellado en una noche despejada en las sierras de Tandil. El Citroen celeste al que mi exmarido desarmó hasta la última pieza en el patio de esa casa en Villa Pueyrredón, para volver a armarlo al día siguiente e ir hasta Villa Gessell, como si nada. El delicioso timbal con el que mi familia festeja Navidad; con jamón, huevo duro, palmitos, aceitunas y pimientos. Diez panqueques finitos alternando con una poquitez de mayonesa; ni una cosa más, ni una menos. El olor a malta que hay en los suburbios de Avellaneda en ciertas tardes de invierno, en ciertas casas y abrazos. El olor a nuevo que persiste en mi auto.
El olor de Rio de Janeiro en primavera. El perfume del chico que me besó por primera vez una noche de verano cerca de la cancha de River Plate. El recuerdo de Pelusa, mi hermana caniche negra, que me regalaron cuando cumplí seis años y me acompañó hasta los veintiuno. El sabor de los tomates disecados de María y José. El vestido de plumetí  y volados de mis quince años. Florencia. La sensación única de viajar hasta el Renacimiento. Mi triciclo.  Ir con mis primos, tíos y abuelos, una noche de verano, desde la mesa del patio hasta la plaza de la calle Bucarest para seguir haciendo lo mismo pero sentados en hamacas. La cara de asombro de mi primo Hernán cuando, jugando a la maestra, le enseñé a leer. La persistencia de mi madre en su agonía, su piel transparente y la tibia resignación de su sonrisa.
La primera vez que escribí “hola” en una computadora y del otro lado alguien desconocido respondió. La puerta azul y enorme del cementerio de Saldungaray. La alegría contagiosa de Federico en la Laguna Véneta. Las azaleas de la mamá de mi amiga Andrea y sus galletitas. Las gomitas de lápiz/tinta, naranjas y celestes, que vendía mi tía Rosita en una vieja librería de la calle Paroissien. Las polleras larguísimas, las capelinas y las gafas de sol enormes de Filo. Las ruinas del Gran Hotel Sierra de la Ventana, en La Provincia de Buenos Aires. Las siluetas de mis abuelos, Sara y Antonio, viniendo desde la ruta para pasar el fin de semana en la quinta. Las tardes completas estudiando las puntas de flecha para el examen de etnografía. La complicidad de mi prima Claudia esa vez que nos colamos en un ensayo  en el Club Obras Sanitarias. La Garganta del Diablo, en Iguazú, Provincia de Misiones. La montaña rusa con Edu a los ocho años. La Paella Valenciana que prepara Alejandro cuando voy a Alicante. Una excursión al Planetario de Buenos Aires, a los siete años. Una madrugada en un cuarto de hotel de Sorrento mirando desde la ventana el Mar Tirreno; los botes volviendo de la pesca y el muelle despertando. Una noche en Venado Tuerto, en un teatro lleno de velas y cortinas hechas con papel higiénico. Una tarde andando en bicicleta cuádruple en el campo con mis primas.
Una virgen en los acantilados de Rocas Negras, en Mar del Sur. Las tortas de barro multicolor que preparábamos en el verano. Los azahares de mi casa en primavera. El walkman blanco cantando el mismo cassette una y otra vez. Los bocadillos personalizados que prepara mi prima Fernanda para pasar el día en El Campello. Los dedos perfectos del doctor;  los mismos dedos sobre un piano. Los Jacarandaes floridos alineados sobre la avenida. Los ojos turquesas de mi tía Amelia, sus mates llenos de café. Los pinceles embadurnados de pegamento de la zapatería de Don Valentín. Los sonidos del mundo con mis audífonos nuevos. Los tres pejerreyes del Río Quequén y esa tararira de un muelle en Escobar. Los viejos cartones de lotería que guarda Chiche, llenos de inscripciones y garabatos. Mamá y papá bailando un tango en el casamiento de mi tío Alberto.
Mena volviendo de trabajar, con sus tejidos interminables de agujas dobladas para no molestar. Mi abuelo Antonio tiñéndose el bigote en el patio del medio, mirándose en un espejito cascado y mínimo. Mi colección de cartas voladas por el gran dirigible alemán “Graf Zeppelin”. Mi familia celebrando la vida. Mi mamá con ruleros un sábado a la tarde, vistiéndose con un pañuelo de seda en la cabeza para no despeinarse. Ita guardando los diarios del 20 de julio de 1969 para que yo también pueda ver el paso del hombre ese día. Mi papá descorchando un champagne para preparar strawberry fizz en una fiesta. Mi pelo, largo y joven, recién lavado en la pileta de la cocina los domingos a la mañana.
Mi vecino, el abuelo Carlos, matando los sapos del jardín para que no asustaran a su mujer con un pinche de chorizos; vale decir: el abuelo Carlos haciendo brochette de sapos. Mirar alguna Sitcom con mi hijo, como si fuese parte de una religión. Mis sandalias nuevas. Pasar la tarde caminando con mi hijo por la rambla de Mar del Plata. Los churros de Manolo, o mejor, el recuerdo de esos churros. Reírme a carcajadas leyendo en el tren las tiras de Mafalda. Tomar té y comer scones con queso y mermelada. Un canal del Rio Paraná en otoño lleno de ramas. Un cine armado en un galpón en Mataderos. Un panqueque de manzana en el Mercado del Puerto en Montevideo con el sol agradable de la tarde invitando una siesta. Un perro grande de ojos humanos en Jesús María, Córdoba. Un tucán en una panadería de Tolhuin, en Tierra del Fuego. Una  siesta en Pompeya.



domingo, 28 de octubre de 2012

eye-opener





Es sábado, recién pasado el mediodía. Se han armado algunos grupos para caminar hasta La Plaza. Se cumplen dos años de la muerte de Néstor Kirchner; en mi país algunos muertos pelean por un lugar en el panteón peronista, éste está en el podio efímero que le garantiza su viuda poderosa. 
Pero no estoy acá, cerca de Plaza de Mayo, para rendir mi homenaje. Estoy buscando un local de remate de antigüedades que vi un día al pasar y ahora no encuentro.
Las calles transversales que suben desde la Av. Paseo Colón yendo por  Yrigoyen hacia el sur son parecidas: todas las primeras cuadras hasta Balcarce son cortas, estrechas, con adoquines irregulares y en subida pronunciada.
En un vistazo me confundo y digo, es ahí. Estaciono sobre Defensa, entre Moreno y Alsina. Voy hacia el bajo por Moreno, del lado derecho hay un restaurante pretencioso y vacío, un poco más adelante está el Museo etnográfico que solía frecuentar; del lado izquierdo, una sucesión de casas tomadas. Se escuchan algunos bombos y redoblantes que vienen de la plaza pero hay muy poca gente en esta calle. Tres o cuatro personas en la vereda escuchan música a alto volumen -digo música por decir algo, estrictamente hablando, esto no es música-. Veo que en la esquina de Balcarce y Moreno hay unos veinte hombres sentados en el piso comiendo choripán. Han armado una improvisada parrilla sobre la vereda, pegada a la ochava. También veo que en la esquina opuesta hay tres hombres fatigando unas palas, están arreglando la vereda. Mi moral se apoya en ellos como si se tratara de agentes del orden.
Al llegar a la esquina de Balcarce y Moreno sé que que me equivoqué: acá no está el negocio de remates. Pero miro hacia la izquierda y hay un policía a mitad de la calle Balcarce, entonces redoblo confianza y me tiro hasta Alsina, no sea cosa que el negocio esté ahí y se me escape. Cuando estoy a dos pasos me doy cuenta de que el hombre vestido de riguroso negro oficial, con gorra, machete y arma, no exhibe placa y que en su gorra no hay insignia alguna. Por añadidura lo escolta un mugrosísimo Peugeot 504. Ambos están estacionados en la puerta de una casa enorme, oscura y húmeda. La puerta doble, amplia y abierta, deja salir un vaho a sopa de apios, ropa sucia y agua estancada. Llego a ver un patio interno y habitaciones alrededor, pintoresco conventillo ad-hoc.
Es una foto perfecta -pienso- y tengo a mano la Nikon -colgada del hombro-. Pero también tengo una carterita en bandolera, sandalias con plataformas altísimas y un vestido importado de colores llamativos. Definitivamente no es momento para fotos. Flaqueo. El pseudo-policía me mira extrañado, es muy morocho. La piel le brilla. Hace calor, en Buenos Aires hemos despedido definitivamente al invierno.
Vuelvo sobre mis pasos, me subo al auto y me voy. Doy algunas vueltas buscando ya no la casa de remates sino el modo de racionalizar lo que veo.
Frente al Museo de la Ciudad, contra unas rejas, hay unas quince personas: hombres, mujeres y niños durmiendo en la vereda, con colchones, trastos y mantas. Parecen argentinos.
Sobre  la calle Balcarce hay una sucesión de puertas y ventanas sin número ni orden aparente desde donde  asoman ofertas de comida y ropa.
El negocio de remates estaba mucho más al sur, pasando Independencia.
No encontré lo que buscaba pero me quedó la sensación de haber viajado, en tiempo y espacio, hacía la Latinoamérica profunda que habita el barrio de San Nicolás.



domingo, 9 de septiembre de 2012

Tecnópolis, el DNI y mi rabieta.


Buenas tardes Señor Ministro,
Quiero compartir con usted mi experiencia del viernes 7 de septiembre:

Mi padre, un septuagenario laburante, decidió tramitar el nuevo DNI. Él dice que lo quiso hacer para aggiornarse, yo pienso que fue por comodidad y coquetería (la Libreta de Enrolamiento delata su década y es enorme).
La cuestión es que pidió ayuda a su única hija (dos trabajos, inquilina permanente de la Ciudad de Buenos Aires). Saqué turno para el viernes de 18 a 19 en Tecnópolis, cómodamente desde mi casa.

Mi padre vive en Tortuguitas, municipio de Malvinas Argentinas. Dicho sea de paso, no goza de agua potable, gas natural ni cloacas. Vive con mi madre; juntos, solos, sobrellevan varios ACV que la han dejado cuadripléjica. Yo, hija dedicada y culposa, decidí pedir permiso en mi trabajo de la mañana para retirarme antes, faltar a mis actividades de la tarde e ir a buscar al viejo para traerlo a Tecnópolis ida y vuelta. Entre baches y peajes, unos 75km. 
Dejamos a mamá a cargo de una enfermera, fueron $150. Sin factura. Por favor no lo divulgue.
Llegamos a Tecnópolis un poco estresados por el intenso tránsito y nos recibió un amable gendarme informando que el predio estaba cerrado.

- es que no venimos al predio, tenemos turno para tramitar el DNI.
- está cerrado señora.

No le dije Sr. Ministro: soy hipoacúsica, si bien pude comprarme audífonos nuevos, creí que estaba escuchando mal. De modo que insistí.

- tenemos turno para el DNI.
- ESTÁ CERRADO SEÑORA.

Claro y contundente. Me asombro, me exaspero, me enojo. Pido hablar con alguien más.
No hay nadie, solo gendarmes. Insisto, mucho. Tanto, que me mandan a Intendencia.
Allí un grupo, unos 6 o 7 tomando mate, me dicen lo mismo. Que el parque cierra por lluvia. Y que mañana podremos realizar el trámite, si no llueve.

Mi padre está consternado, yo furiosa. Llamo desde el auto - con el manos libres, señor ministro- a RENAPER. Me atiende una señorita, dice que solo está allí para los turnos de "veinticincodemayoypaseocolonlodemasnosabriadecirleseñora"

- yo saqué turno en la pagina de RENAPER, ¿vos no trabajas en RENAPER?
- si señora, pero solo para  los turnos de veinticinco de mayo y paseo colon señora
- ¿y Tecnópolis?
- tiene que informarse en la página web señora

Mire Señor Ministro, no sé si graban las conversaciones en RENAPER, si las graban, esa loca desaforada del viernes a la nochecita era yo. 
Pido disculpas a la señorita, no creo que ella decida qué decir en el teléfono. 
El DNI pudimos tramitarlo al día siguiente, por suerte el sábado salió el sol.

Sugiero que inserten una advertencia meteorológica en la página de turnos del nuevo DNI. 
Lo del viernes fueron casi $700 entre viáticos, enfermera y descuentos laborales. 
Mi valioso tiempo perdido, Florencio, te lo regalo. De nada.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Bullshit



Una de dos: o la verdad no es una sola o alguien miente a sabiendas.  Cristina Fernández, la presidenta de los argentinos, dice enfáticamente desde la ciudad de Concordia, que Argentina es  un país modelo, que ha crecido en estos nueve años como no lo ha hecho en los últimos doscientos de su historia (en verdad son los únicos doscientos). Dice eso en el minuto 19 de su discurso con motivo de la inauguración de nuevos tramos de la Ruta Nacional 14. Dice específicamente que se han construido 301km de autovía de los 503km totales y que cuando se inauguren los 202km que restan se estará inaugurando un sueño.
Dice otras cosas. Entre otras,  que Néstor Kirchner,  su marido fallecido hace casi dos años y ex-presidente de los argentinos entre los años 2003 y 2007, está entre nosotros. Es una licencia poética que le habilitamos. Dice, a propósito de Néstor, que era un flaco desgarbado convencido de que los argentinos podían vivir mejor. La gente aplaude, en evidencia del logro.
Volviendo a la ruta en cuestión, Wikipedia informa que la RN14 tiene  1.127Km, más del doble de los que menciona Cristina Fernández en su discurso. Supongo que ella se refería a la parte de la ruta que está sobre la provincia de Entre Ríos, lástima que no fue clara. Wikipedia también dice que la autovía empezó a construirse el 26 de noviembre del 2006 y detalla unos 210km de autovía inaugurados. Hago cuentas: se construyen unos 42km por año sobre amable llanura.
No sé si es mucho o poco. Seguramente es lo suficiente como para que en seis oportunidades las autoridades nacionales, mediante videoconferencias televisadas o personalmente, hayan destinado discursos inaugurales a cada nuevo tramo.
En Julio pude viajar por España, para una parte del recorrido decidimos alquilar un auto pequeño. Lo pedimos con GPS. Pero estaba desactualizado y acabamos subiendo a una autovía nueva que no figuraba en el mapa y que nos alejó un poco de nuestro destino. Era la nueva Autopista de Guadalmedina, la AP46. Viajar en ella fue como volar entre las nubes sin bajar del auto. En el viaje conversamos acerca de lo difícil y costoso que debe haber sido su construcción. Nos asombró el notable trabajo de ingeniería, los túneles, las curvas peraltadas –muchísimas- los interminables puentes entre montañas. Mucho mayor fue nuestro asombro cuando vimos en un mapa, ya en franco divorcio con el GPS, que esa era una de las tantas autopistas que recorrían la zona, incluso había otra – la A45 –  que corría paralela a pocos kilómetros.
La AP46 empezó a construirse en febrero de 2008, en octubre de 2011 estaba terminada.
Hace poco Cristina Fernández habló de una máquina suiza de imprimir billetes que los argentinos logramos rescatar de su destino final (el desguace), lo dijo con orgullo. Fuimos capaces de hacer funcionar algo que otros tiraban a la basura por obsoleto. Lo dijo con énfasis y cosechó aplausos. A mí me dio vergüenza, francamente. Mucha vergüenza. Hace unos meses sentí algo parecido; fue cuando Cristina Fernández  tomó un diario español para hablar a los argentinos y argentinas del mundo que se derrumba.
No sé si para entender lo inexplicable o qué, pero  trato de escuchar completos todos los discursos de Cristina Fernández. En esos minutos perdidos de lo cotidiano (cortarse las uñas de los pies, lavar los platos, planchar, etc.) sintonizo el Ipad en el canal casarosada de Youtube.
Mientras me pinto las uñas me acuerdo del cartel celeste que habían puesto hace seis años en el paso a nivel de la calle Rojas del Ferrocarril Sarmiento anunciando el soterramiento.
Hay días, como hoy, en los me siento una cipaya vendepatria.
Y bué. Ya vendrán mejores días.