lunes, 18 de enero de 2016

Una de fútbol

Fútbol Club Barcelona, 17 de enero de 2016



El partido había empezado sin muchos prolegómenos. Justo cuando estaban por celebrar el #messi5, mi celular avisó que no tenía más espacio para hacer fotos. Me tuve que poner a borrar cosas y arrancó el partido y casi que ni me doy cuenta.
Apenas una voz nombrando la formación de los visitantes seguida de una sutil abucheada general y —en continuado— la misma voz que nombra a los locales; entonces sí: prolija ovación para cada uno. Para no ser menos, digo ¡Bravo! cuando nombran a Mascherano.
Silbato y empieza el encuentro.
No me puedo meter en el partido así nomás, por empezar porque soy mujer y segundo porque no estoy acostumbrada a ver fútbol desde otra cosa que no sea una pantalla plana con sus respectivos enfoques, encuadres y repeticiones. Mucho menos estar como ahora, con los jugadores a veinte metros. Porque mi asiento está pegadito nomás al córner izquierdo, fila tres, en el césped casi, diría.
Me lleva un minuto hacer la composición de lugar: para acá van atacar los vascos. 
Durante el primer tiempo, los goles del Barça serán —porque seguro que habrá goles del Barça— en el otro arco. Por ahora tendré que conformarme con tener cerca a Claudio Bravo, el arquero de la selección de Chile, vestido de naranja flúo, tranquilo, cuidando el arco. También tengo cerca —y esto es bueno— a Gerard Piqué, el marido de Shakira, que es lindo, pero lindo de verdad. En eso estoy, distraída en los cuádriceps de Piqué, cuando veo que hace algo con sus pies, algo malo, algo que deja la pelota en los de un rival, que, ni corto ni perezoso, avanza, toque, pase, giro y, ¿gol del Athletic? No, casi. Apenas por arriba del travesaño. Recién van dos minutos. Ajá, la cosa promete.
Es impresionante esto de que entre la gente  y el juego haya nada más que unos hombres de seguridad desperdigados y los carteles de publicidad. Por ahí también haya un foso, pero no lo veo. No hay nada parecido a alambrados, mucho menos rejas, para-avalanchas, ni ninguna otra cosa típica de esas que adornan nuestras canchas.
Algo pasó en el otro extremo. Todos de pie y yo distraída en el estadio.
Minuto tres, tres y algo. Al uruguayo Suárez le hicieron penal, parece. No, es mucho más grave: el árbitro le puso roja al arquero del Athletic. 
Un hombre menos y penal antes de los cinco minutos. Que pesadilla, pobre entrenador. Los del Barça se abrazan como festejando. No los hinchas: se abrazan los jugadores.
—Es una exageración que hayan echado al arquero, con amarilla hubiera bastado —dice una mujer, hincha del Athletic.
—Aplicaron la ley del último recurso —dice mi novio.
Algo más dice un hombre grande, pelado, abrigado con una bufanda del Barça, algo que no llego a oír bien. Cada uno dice lo que piensa y nada malo pasa. 
Se va el arquero, frustradísimo, y detrás de él, otro jugador, bajito, ¿el diez? Es tan bajito que debe ser un armador, un diez o un punta, nada de un defensa. Este partido se va a poner aburrido. 
En el fondo de mi corazón quiero que ganen los vascos. Obvio. 
Por dos razones: Soy de River Plate (y acabamos de perder la Final del Mundo con el FCB) y (2) siempre me pongo del lado del más débil.
Entra el arquero suplente. Todo listo para la ejecución a doce pasos.
El estadio de pie. Ovación y banderas en alto. Son dos o tres banderas montadas en palos que mientras la pelota está en juego se mantienen bajas, respetuosamente.
Hay aliento desde atrás del arco del Athletic donde se convierte el primer gol. 
Messigol.
“Messigol”…, bué. Cuando puedas, querido, hacete un gol en la sele.
Los chicos —me doy cuenta de que las tribunas están llenas de niños, con sus padres, sus madres, sus amigos de la escuela— levantan bufandas azulgrana, se ríen y gritan cuando se pone en movimiento la pelota— con voces chiquitas, ingenuas: me-ssi, me-ssi, me-ssi.
Que amores. Son los únicos que siguen de pie..
Piqué quiere reivindicarse de la pifiada inicial con un tiro al arco que va a la nada misma. Gracias, bombón, volvé para abajo que acá te veo mejor.
El Athletic, atrás. Atrincherado.
Hace frío en la noche del Camp Nou.
Suena un ritmo de bombo y redoblante que por un momento creo que sale de algún parlante porque lo que se ve en las tribunas es tan ordenado que no entra en escena ningún bombo. Pero hay, son unas pocas voces.
Barca: toque y toque.
Quince minutos, apenas pasados y se desata una injusticia.
El Athletic hace una jugada de contragolpe que —a mis ojos— es la repetición exacta de la que terminó en penal y roja. 
La misma jugada, en el arco contrario, doce minutos después.
El 10 del Athletic avanza hacia el gol, supera a un defensor con el cuerpo (igual que antes hizo Suarez, no, igual, no, este lo supera con mayor delicadeza) y cuando está en el área chica, cuando peligra el arco del Barça, Bravo estira la mano y... lo baja. Con la mano. Revolcón del 10 del Athletic y… ¡Córner!
—¿Cómo córner? ¿Esto no fue penal, también? —pregunto, ya sin importarme mucho las formas.
— …
Qué gente mansa la del Athletic.
Barca: toque y toque.
Enjambre de piernas en el área visitantec. Neymar tiene hambre de gol. Se nota.
Neymar es generoso con el 4, uno rubio, pero el 4 la pone en el cielo.
Iniesta es más petiso de lo que pensaba, eso sí: tremendo jugador, porque cuando pasa la pelota se nota que la pelota hace lo que él quiere.
Suarez avanza por el medio, lo cruzan dos defensores, uno de cada lado, cuando ya no puede más: levanta la cabeza y se la habilita, como una cuchilla, a Neymar.
Treinta minutos y lo dicho: Neymar tiene hambre de gol: 2-0.
Cuando tenga al uruguayo de este lado voy a gritarle un par de cositas, porque soy de River Plate ya lo dije.
Tiro libre para el Barca. Barrera. La tribuna se llena de estrellitas blancas. 

No se puede entrar al estadio con nada que pese más de 500grs, eso advierten en la página web, pero cuando uno llega no le practican nada parecido a un cacheo. Nadie te toca, nadie te mira demasiado.
Uno llega con un par de hojas blancas impresas en un locutorio de El Raval, hay varios locutorios en ese barrio. Ese estaba regenteado por un hombre que hablaba catalán, únicamente catalán. Uno se imprime las entradas y mira las hojas impresas en una láser agónica y a uno le entra una duda elemental: si las entradas serán truchas y ahí nomás otra duda, un poco más sofisticada: que apenas salga del locutorio, el tipo se va a sentar en la computadora número diez, abrirá las descargas y se imprimirá mis entradas otra vez, para venderlas, o —en el mejor de los casos— para llevar a su novia a ver al Barça.
Pero no, uno llega a los molinetes y muestra las hojitas y apenas las miran y apenas le cortan un pedacito de la punta y nos dicen, amablemente, que “debemos seguir por la rampilla, tomar hacia la izquierda, vale, y más adelante, mirar bien, estéis atentos, vale, hasta la puerta dos”. Y uno entra y es una fiesta, ya es una fiesta el estadio con la gente llegando y eso que faltan nada más que veinte minutos, para qué más, si hay asientos para todos. Y qué bueno, que no eran truchas las entradas. 

Momento foto. El entretiempo es un gran momento foto. Mostrando la camiseta del glorioso River Plate, el que, de acuerdo al rigor empírico de los torneos es el segundo mejor equipo del mundo hasta la próxima final.
Momento de hablar con los vecinos de tribuna, que sois argentinos, que yo de aquí, que yo del Pais Vasco, que vosotros si que sabéis comer, que empieza el segundo tiempo con una malísima noticia para los que estamos de este lado: hay cambio. El peor cambio: Messi.
No importa, con tener al uruguayo cerca para poder gritarle un par de cositas me conformo.
A los niños vecinos de tribuna si les importa, se enojan, lloran, se frustran.  
El segundo tiempo pasa rápido. Cuatro goles más, es sabido.
Neymar me enamoró, que garra, mi dios.
Al Uruguayo, al que se mandó tres al hilo, el hat-trick como le dicen, no pude decirle lo que pensaba.
“¡Uruguayo! —pensaba decirle (porque soy de River Plate y me quedé con la vena)— ¡Es la redonda blanca, uruguayo!”
Pero no pude decirle nada por dos razones: (1) cuando lo tuve a tiro de grito, de frente, bien cerca, grité: “uruguayo” y el tipo hizo un giro, una gambeta, con ese cuerpo contundente que tiene que uno no sabe de dónde saca la posibilidad de movimiento, dejó atrás a dos y me dejó muda. Dos: la pelota no era blanca; era amarilla y naranja. Preciosa sí, pero la frase me quedaba muy larga y perdería todo efecto.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Noviembre


Del trabajo a casa. De casa al trabajo.
Distancia entre el trabajo y casa por la hipotenusa: siete cuadras.
Por los catetos: diez, doce incluso, dependiendo del cateto. El espacio es relativo. Está dicho.
Pueden pasar cosas interesantes en siete cuadras. O no pasar nada. Nada no, siempre pasa algo.  Un par de ojos que miran directo a los míos. En ese caso son los de un perro, un perro grande. No es siempre el mismo perro, quiero decir: un perro de gran tamaño. 
Los perros chiquitos están demasiado abajo, en el piso, como para completar el evento ojo-ojo. 
Además, los perros chiquitos están ocupados en otras cosas.
Los perros chiquitos son lo más. Lo he comprobado: si voy caminando detrás de un perro chiquito, puedo ver como las personas le sonríen. Al perro. No falla. Al dueño, al que lleva la correa, nada. Le sonríen al perro. 
Los perros chiquitos son fabricantes de sonrisas.

Llego a casa a las tres. Voy al baño, tomo un vaso de jugo de naranja y me acuesto. No puedo resistirlo. 
No me acuerdo de haber estado tanto tiempo en la cama nunca jamás en toda mi vida. Salvo cuando me agarré la rubeola, la que me contagió el médico a domicilio que me venía a ver por la infección urinaria (puedo escribir “infección urinaria” perfectamente, pero pronunciarla ya es otro cantar); esa vez fueron quince días por la IU y en continuado, otros quince por la rubeola. Un mes. Enero. Enero del ochenta y cuatro para ser exacta. 
Sobredosis de siesta. Empiezo a las tres y media, cuatro. Hasta las siete. Me levanto, me preparo algo de comer, me doy una ducha y arranco la otra parte vital del día. 
No duermo –a veces sí–, pero en general no duermo. Cierro los ojos. Apago el cerebro. Mentira, no apago nada, pero yo creo que apago el cerebro. 

Pienso cosas. 
Cosas como éstas:
  • “Cantá, Brenda” le dice el hombre, y una lora, chiquita, que parece joven, se manda una canción de ¡veinticinco palabras! Brenda me hace llorar. Dice “un ratón chiquitito” y me hace llorar. 
  • Un ovejero alemán levanta la tabla del inodoro. Hace lo suyo –lo primero–, baja la tabla y la manija de la mochila para que corra el agua. Alguien lo filma y lo sube a YouTube. Se hace viral. Doce de mis amigos lo comparten en Facebook.
  • Odio los programas de chimentos. No es que no me gustan: los odio. Si entro a la panadería y tienen la tele prendida en uno de esos programas, por más ganas de churros rellenos que tenga, me voy. No los soporto. En la tele están discutiendo de política. Juraría que en este mismo programa antes hablaban de la vida de los que trabajan en la tele. No sé en qué momento cambió. Ahora, con la misma estética de antes,  discuten sobre el balotaje. Tienen una rutilante y sofisticada cuenta atrás que llega hasta el 22N y, en vez de una chica escotada y maquillada, hay un señor con un poncho salteño. El hombre, traje negro y poncho rojo al hombro. Lo del poncho funciona; sé perfectamente quién es ese hombre aunque no le conozca la cara: el intendente de José C. Paz.
  • Cristina Fernández, hablando de cloacas y agua potable, dice "rincones alejados". Me enferma. Ella quiere decir que quedan algunos parajes remotos de nuestro país sin esos servicios básicos. José C. Paz: Veinticinco kilómetros de la Pirámide de Mayo. “Rincones”. A juzgar por los dichos de el del poncho, él y Cristina ya no son más amigos. “Cantá, Brenda”.
  • Hay otros loros, además de Brenda, en YouTube. Hay loros que hablan en perfecto inglés. Es lógico, pero no deja de sorprenderme. ¡En inglés! En 1983 viajábamos en el 134 con mi amiga Fernanda. Íbamos al colegio. Teníamos oral de Inglés. Usábamos todo el viaje para repetir –de memoria– el único diálogo que habíamos comprendido. Teníamos la esperanza de que la profesora eligiera ese. Éramos sordomudas en inglés. Ojalá Fernanda nunca, pero nunca, vea en YouTube a estos loros angloparlantes.
  • Pelispedia. Debería darle de baja al cable. Son las cinco de la tarde. Me saco los audífonos y el infierno urbano se apaga. Podría caer un meteorito y yo ni enterarme. Total, para qué. Pongo una película en mute, subtitulada. “Youth". Michel Caine siempre me cayó bien. Cierro un ojo, ojalá me duerma. Con el ojo abierto miro la peli, veo a Diego Armando Maradona. Abro el otro. Me pongo los audífonos, subo el volumen.
  • “Alabaré, alabaré” cantan dos loritos cristianos en YouTube.




viernes, 14 de agosto de 2015

Sine Lumine


Algo pasa cuando se corta la luz. Es como pelearse con el novio. 
El novio está ahí, viene, va, vamos al cine, a la plaza, nos abrazamos, o no. Nos besamos, mal, bien, mucho con lengua –al principio–, mucho sin lengua, después. 
El novio está. Podemos pasar unos días sin verlo, porque sabemos que está. 
Está y es natural que esté. El novio es un backup de felicidad. Una caja de seguridad llena de certezas, o incertidumbres, pero llena. 
Un día peleamos con el novio, supongamos que peleamos fulero. Que peleamos tanto que estamos seguras de que está vez dijimos más de lo que cualquier persona sensata diría en una discusión. Quemamos el disco rígido. Chau backup. Entonces, ya sin el novio, cada espacio de tiempo duele. Una hora duele. Cruzar la calle duele. 
Tragar duele, respirar duele.
Con la luz pasa lo mismo.

Está la luz y es natural que esté.
Un día se corta la luz. Y como una cosa lleva a la otra, al rato nomás se termina el agua. No es que el agua sea eléctrica, es que el agua no sube sola hasta el tanque distribuidor, la sube el milagro físico de la bomba de vacío motorizada por la electricidad. Algo tan ubicuo como girar una canilla y que salga agua fría, la de al lado y que salga agua caliente, o apretar un botón y que litros de agua cristalina borren nuestros desechos o mejor: poder seleccionar la temperatura y la presión perfectas con la ergonomia de una monocomandos; todo ya fue, es pasado, es la naturalidad que, cuando estaba, no supimos valorar.
Digo yo que no supimos valorar, porque si se cortó la luz por algo será.
Estoy al día. No me explico en qué pude haberla ofendido.

El ascensor no funciona. La simpleza de vivir en los altos ahora es un acto irracional. De más está decir, pero lo digo igual, que no hay wi-fi. Ni TV. Ni nada, casi nada.
No hay radio, primero porque ya no existen las radios a pilas y si existieran seguro no tienen pilas o las tienen sulfatadas y bajar a comprar pilas supone el riesgo de gastar plata –demasiada plata en seis pilas doble a– y que la radio no funcione. Además está el esfuerzo de bajar y de subir. Las radios eléctricas –¿Quién tiene una radio eléctrica hoy en día?– por razones obvias no funcionan (segundo) y (tercero) las radios online se alimentan de internet. Solo un rumor de ruidos desde abajo, alguna voz humana que se destaca y el resto es imaginar conversaciones. En las sombras de la tarde imaginar es toda una aventura.

Leer. Es maravilloso. Pero a las 6PM ya no se puede seguir leyendo, ni pegados al vidrio de la ventana. Siempre está el recurso de la vela (eso abunda, gracias a la moda de las velas perfumadas), pero me da miedo de que algo se prenda fuego. Digo miedo por no decir pavor. Pavor a, por ejemplo, apoyar la vela azul, la redonda, la que compré en Uruguay, sobre el piso del baño y que en un descuido, en medio de la clásica postura higiénica (inclinación hacia adelante) se me incendien los pelos. Qué espanto. Entonces, deambulo por la casa con el Ipad iluminándome el camino. ¿Linterna? Las linternas son cosa del pasado, sobre todo por lo de las pilas. Pasa lo mismo que con los aparatos de radio. Lo mismo no, peor, porque las linternas usan pilas más grandes, caras e inhallables.

Lo que mata es la falta de agua. El agua es lo primero. No puede faltar. ¿Cuántos días se sobrevive sin agua? No sé, pero impera ir hasta la planta baja a juntar agua en baldes y subir infinitos escalones “por las dudas”, por las dudas qué no se sabe. Es necesario llenar botellas, una no: dos. Hay que asegurarse de regar las plantas como si jamás hubiésemos dejado de regar las plantas cinco o seis días. Es invierno, qué tanto. Hay que asegurarse de que haya agua para el gato. Agua para la perra. Que no les falte, válgame dios, como si nunca hubiese mirado indiferente el fondo semi-seco de esas vasijas. Ah… pero ahora NO HAY AGUA y por eso, porque NO HAY, uno no puede actuar con naturalidad. No puede no haber.

No estoy sola. Por las escaleras oscuras desfilan mis vecinos. ¿Luz de emergencia? Bien, gracias. Mis vecinos se van iluminando los escalones con sus teléfonos celulares. Cada tanto te iluminan, te encandilan. Nos reconocemos en la oscuridad, como los perros. Es un alivio que usen sus celulares. Siempre es un alivio ver a un semejante haciendo lo mismo que uno. Bajo. Subo. Me cruzo con once vecinos ¡once vecinos! Juro que jamás me crucé con tantos vecinos en el ascensor, ni en ningún otro lugar de este edificio. Todos están movilizados por la fiebre de la carencia cargando con baldes y botellas. ¿Para qué quiere esta gente tantos baldes de agua? ¿Qué hago yo, incluso, con tres baldes y dos botellas para mi solita? 

Del agua de las botellas me lavo los dientes, lleno la pava para el mate, le doy a las mascotas. Un balde para el inodoro, dos para las ollas para ponerlas a calentar. ¿A calentar? ¿A quién quiero engañar? No me puedo bañar con un jarrito. ¡Dejame de joder! ¿Quién sos? Si hace… cuarenta años nomás (?) la única forma de bañarte que conocías era con un jarrito. Porque a papá y a mamá se les había ocurrido mudarse a la casa en construcción y ya se sabe cómo son las cosas en una casa en construcción. Frío, un frío de cagarse, porque en el conurbano bonaerense hace cuarenta años, en invierno, hacía un frío de cagarse, y había que bañarse metiéndose en la bañera reluciente y tirándose uno mismo agua tibia con un jarrito mientras se soñaba con que de las flamantes canillas cromadas saliera humeante y abundante AGUA de una buena vez.
Ahora, que vaya a saber cómo me urbanicé hasta la estupidez, decidí que ni en pedo me voy a bañar con un jarrito a la luz de la vela. 

Tengo un plan: trataré de amortizar los años de pago compulsivo a la cadena de gimnasios más famosa de Buenos Aires. 
Bajo lookeada como para hacer spinning. 
Una vez probé el spinning. Al día siguiente no me podía ni sentar. ¿Qué clase de persona elige  hacer spinning voluntariamente? ¿Cómo harán para sentarse y sonreír el resto de los días de su vida? La clase de spinning está llena, saludo a todos como si los conociera y sin titubear rumbeo hacia el vestuario. Tengo derecho a una ducha caliente. Una ducha caliente no se le debería negar a nadie. El pelo no me lo mojo, no soy estúpida. Si me mojara el pelo debería salir así al invierno húmedo y frío y después quién disciplina las crenchas. Antes de volver a la torre de aislamiento haré una pequeña inversión: voy a cruzar hasta la peluquería por lavado y secado. 

Listo. Estoy limpia. Esto es vida. Como si jamás me hubiese saltado un baño. Vieja careta.
Ahora, a aprender de las gallinas. Cuando no se ve nada, se cierra los ojos y a dormir. 
Clic. 
Y pensar que en algún lugar del mundo la gente vive así. Qué digo mundo, en algún lugar de Formosa sin ir más lejos. Ojalá que en la próxima vida no me toque África. Ni Formosa. La capital sí, que dicen que está linda, me refiero al monte. 

Podría ser peor, ¿Ves? No sé de qué te quejás, podría ser peor, podrías estar a oscuras como ahora, pero en medio de un monte rodeada de alimañas. Bueno, entonces no me quejo… Y que, por favor, bendice a San Edesur. Amén.

martes, 28 de abril de 2015

Una cita

Los perdedores y los autodidactas, siempre saben más que los ganadores. Si querés ganar tenés que concentrarte en una sola cosa y no perder el tiempo en saberlo todo; el placer de la erudición está reservado a los perdedores. Cuanto más sabe uno, peor le fue– Le hace decir Umberto Eco a Colonna en Número Cero. Artero. Sí, artero. Engañoso guiño al lector incauto.

martes, 17 de febrero de 2015

TIC TAC, Capítulo IV


"Verónica tiene calor. En cualquier momento se largará una lluvia de gotas gordas, frías. Verónica se va a resignar y va a comprarse un paraguas. Pero ahora tiene calor. 
No entiende la cola interminable ante cada cosa. Tan temprano. Orsay, Louvre, Notredame. Tampoco entiende a los vendedores de paraguas. Entiende menos a los que venden recuerdos. Todos venden el mismo recuerdo: torres eiffeil. 
Torres en miniatura, de hierro, doradas, marrones, de todos colores. Los vendedores, negros, amontonan torrecitas. Las llevan ensartadas en argollas de alambre. Los vendedores son los aguateros de la modernidad. No solo porque son negros, no solo por eso, pero sí: fundamentalmente por eso. 
Una familia pasea, son llamativos. A Verónica le llaman la atención. Padre, madre, nena y nene. Nene en la mochila de padre. Nena disfrazada de hada rubia, dando saltos alrededor de las piernas de padre. Madre atrás, gorda, no gorda no: madre embarazada. Madre, padre, nena y nene son pálidos y amarillos. Encandilan, de tan rubios, encandilan. El hada mira con fascinación la argolla de mini torres. Padre la deja elegir. Nena elige una. La del medio. 
Pendeja de mierda. Lo hace a propósito. Tiene torres de todos los tamaños y colores, pero la señorita posa su dedo de perla sobre la torre más difícil de desenganchar. El vendedor amaga, ofrece al pequeño monstruo alado otra torre, una más fácil. Una parecida, roja, igual de roja, apenas más chica que la ungida por la nena. Pero la nena hace una mueca –ensayada y probada– y el pálido padre interviene. This one. Fuerte y claro.
El negro desarma su grillete de eiffeilcitas. Se resigna. Debe odiarla, como yo. Guarda sus euros, que bien ganados están por achicharrarse bajo el sol de las Tullerías y por sostener su sonrisa blanca, falsa. Como sus minitorres.

(...)
En las afueras de París hay un lugar oscuro donde máquinas infernales funden plomo, estaño y otros metales apestosos. En otro lugar cercano –igual de apestoso– camiones sin habilitar descargan enjambres de piezas reticuladas, ahí las pintan. De rojo, de rosa, dorado, marrón, beige, negro. Infames torrecitas de cinco o seis tamaños. Un ejército de inmigrantes ilegales sin barbijo y con soplete le ponen color a su muerte. 
Hay otro lugar donde las ponen a secar, y otro ejército (o peor: el mismo ejército) las guarda en bolsas, de esas grandes, de consorcio. Las reparten equitativamente por colores y tamaños. O al azar, no sé, aunque deben hacerlo equitativamente (como para poner algo de equidad en todo eso). Después, el ejército sale al sol, o a la nieve, o a la lluvia, al viento, a la indiferencia, a las nenas caprichosas, con sus minitorres frescas oliendo a pintura prohibida (por tóxica) ensartadas en un alambre.
Tranquilos, todo pasa lejos de Les Marais. En Les Marais una pálida hada puede comerse una flor de pétalos helados con sabor a lavanda. 
¿Dónde va el ejercito de inmigrantes cuando no da para más? Debe hacinarse en una casa tomada en Pantin, o en algún lugar parecido, cualquier otro lugar que quede más allá del 19 arrondissement. 
Todo pasa así, adentro-afuera. Adentro, papás condescendientes y nutritivos, que te dejan disfrazar de lo que quieras, que te compran el disfraz, te festejan, te sacan fotos y las suben a su cuenta de instagram. Afuera, te suben a un barco, te llevan al lugar más oscuro del barco, para poder sacarte de un país en donde si te quedás, te mutilan. El clítoris, por ejemplo –si sos nena– o te enseñan a cargar una mochila explosiva –si sos nena o nene, indistintamente–. Después te sacan de la oscuridad del barco (con suerte te sacan, también podés morirte ahí, de hambre, de fiebre, de sed) para llevarte a otro lugar donde nada es lo que parece. O sí, capaz es lo que parece, pero no podes tocarlo. Tenés que quedarte en el suburbio, pintando las torrecitas. 
Sería maravilloso que el mundo fuese un lugar uniforme. Pero no."

sábado, 23 de agosto de 2014

Australia


La noche anterior me costó dormir. Tantas ansias y ahora tanto miedo.
Al principio es el agua –verde, tibia– que abraza el cuerpo. Después viene todo lo demás. 
Los del barco, después de navegar por horas, dicen que hemos llegado. Salgo a la cubierta y busco un atolón, una isleta, algo. Pero nada, estamos en el medio del océano, –verde y tibio– y no hay nada a lo que asirse. 
- ¿Acá es la barrera de coral?
- Sí.
Entonces, la maravilla queda bajo el agua. 
El barco está lleno de jóvenes, ya lo noté: soy la más vieja de todos –con creces– también noté que no solo son jóvenes, también son estereotipos de atletas californianos. Rubios, bronceados, extrovertidos. Se bebe mucho en el barco –ellos beben– yo, ni por asomo. Gracias a Dios no soy de los que se esconden en los rincones a puro vómito.
Salgo a cubierta y veo un enjambre de trajes de neoprene, me dan uno –muy grande para mí– por suerte logro cambiarlo a hurtadillas. Lucho con las patas de rana. Y con las antiparras y el snórkel. Ellos, los jóvenes californianos, se tiran al agua de una, como si no pensaran. No podría calcular exactamente, porque el miedo magnifica, por eso: desde el barco hasta el agua serán como cinco metros.
Antes de lanzarme por la borda pregunto a los guías australianos por el asunto de los tiburones. Se ríen, todos –australianos y californianos– como si fuera inverosímil temerle a los tiburones en el Mar de Coral. Me gustaría preguntarles qué pasa con el asunto de la sangre –específicamente con el asunto de estar menstruando– pero no sé cómo se dice indispuesta en inglés y me quedo con la boca abierta un rato, un poco tonta, al filo de la borda con las patas y el snórkel. Al final me lanzo, en medio del océano. A la nada misma.
El agua verde y tibia abraza el cuerpo. Una ola, o una sucesión de olas sin espumas –olas del medio del océano– me golpean contra el barco. Nado, con fuerza, pataleando, con el corazón latiendo fuerte (no sé si es por el esfuerzo o de cagazo nomás), tratando de alejarme del casco. Tengo el corazón en la cabeza. 
Lo logro. Me alejo lo suficiente como para sentirme cerca de las sombras oscuras bajo el agua. 
- Hasta ahí tienen que nadar –habían dicho, en australiano– hasta esas sombras.
Las sombras están cerca, esto promete. 
Respirar es un acto elemental; respirar bajo el agua por un tubo, controlando que una ola verde no lo inunde, es un desafío interesante. Una vez, dos veces, me ahogo. Otra vez, controlate Celeste, pagaste por esto, soñaste con esto, estuviste pensando en esto desde hace un año. Otra vez, respiro. Respiro, respiro, respiro.
¡Respiro! Entonces, es el agua tibia que abraza el cuerpo y el ritmo manso de mi respiración. Como si hubiese hecho esto toda la vida.
Estoy sola, adentrándome en la maravilla. Con los ojos abiertos como platos detrás de las antiparras. Soy Ariel –así me siento– como la Sirenita. Lloro –controlada, pero lloro– y no sé si con lágrimas o no porque estamos bajo el agua, les recuerdo. Celeste –La Sirenita–, los peces de colores, las estrellas de mar –violetas, increíbles– los corales, las plantas, la increíble naturaleza, todos en un único cuerpo.
Pierdo noción del tiempo. Levanto la cabeza buscando el barco. Sigue ahí –qué bien– a unos cien metros. Quisiera seguir flotando en éxtasis pero veo que desde el barco, desde la parte más alta, subido al techo del timón de mando, uno de los guías australianos me está llamando. ¿A mí? Sí, soy la única persona que sigue en el agua.
En el barco me reciben entusiasmados, parece que hace rato que estaban llamándome con silbatos. Lógico, si les dije que era hipoacúsica, pero no me creyeron tan sorda; lo que no les dije es que audífonos y agua son incompatibles. Con razón tanto aislamiento entre los peces. Los peces, mis hermanos.
Hay un grupo a babor –o a estribor, para el caso es lo mismo– que está dándole de comer a los peces. Les tiran baldes con restos de comida, cabezas de pescado y otras delicias, y los peces se amontonan para comer. Son enormes. Parecen escalares gigantes. También hay tiburones. Estuvieron siempre ahí con la Sirenita y ella como si nada.
Esa tarde llego a casa –los hoteles en viaje son como la casa de uno– y leo en la pantalla de mi Ipad la peor noticia: falleció la abuela. Dice mi hijo.
Soy hija única. De eso lo único que me atormentó –siempre– es el miedo a la soledad sin fondo que sentiría ante la muerte de mis padres. No habría nadie más para abrazar, para compartir ese exacto desgarro. Ahora estoy sola de verdad. Sola de toda soledad y a la mayor distancia que un hombre sobre la tierra puede tomar de otro. 
Lloro. Alrededor mío hay otros como yo, atrapando el amarrete wifi en este rincón del mundo. No hay modo de explicarle a ninguno lo que pasa. Se murió mi mamá, les digo. Nadie habla español.
El cielo se oscurece de murciélagos. Son los mismos que todas las tardes a eso de las siete van desde la montaña que está al Este hasta la que está al Oeste de esta Ciudad.
Ya no me siento Ariel, igual es la misma naturaleza.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Inspiración


El artista y la modelo, una película de Fernando Trueba del año 2012. Tiene una escena inmensa. Cuando el artista le muestra a Mercè —la modelo— el dibujo más bello del mundo[1]. Le habla de Rembrandt, un holandés, le dice. Le dice también que Rembrandt lo hizo con la punta de una caña tallada, que es casi una instantánea, una fotografía. Le dice que lo mire con atención, que hay que prestar atención para entender las cosas. Le enseña a mirar los pasitos pequeños del niño. Sus primeros pasos, dice Mercè, que podría decir también mis primeros pasos.
Le señala a la hermana mayor. De la hermana no importa tanto el brazo que sostiene al niño —dibujado así nomás, dice el maestro— sino la orientación de su cabeza y la forma de su espalda: toda su atención está puesta en el niño que ríe.
El niño que ríe (creemos que ríe, no lo vemos, pero nos dejamos llevar por Rembrandt, por Trueba) extasiado por caminar por primera vez. Como Mercè, quien mira las capas de una obra por primera vez.
La madre está presente —continúa el maestro—, pero no interviene. Ella está acostumbrada, no es la primera vez que un hijo le da sus primeros pasos.
 —Y ese el padre —aventura Mercè— seguramente llegó de trabajar y está ansioso por que todos vean a su hijo caminar. ¿Y ésta? —pregunta, señalando a la mujer que aparece en la izquierda del cuadro.
—Es una vecina que pasaba por ahí, cargando un balde. El balde es pesado. Rembrandt nos lo hace notar en la tensión del brazo. No del que lleva el balde, del otro. Ella es el centro de atención, de esta mujer se vale Rembrandt para mostrarnos ese instante de vida. 
Trueba nos pone en los ojos de Mercè, como Rembrandt nos puso antes en los de la mujer que pasa con el balde. El arte encadenado, lo más parecido a un exquisito recurso literario.



[1] Niño que aprende a andar, Rembrandt. c.1660

jueves, 16 de enero de 2014

Un prólogo

¿Vieron que hay gente que todo lo que toca lo transforma en literatura?
Bueno, Borges, esto:


En el segundo siglo de nuestra era, Luciano de Samosata compuso una Historia verídica, que encierra, entre otras maravillas, una descripción de los selenitas, que (según el verídico historiador) hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los Ojos, beben zumo de aire o aire exprimido; a principios del siglo XVI, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos; en el siglo XVII, Kepler redactó un Somnium Astronomicum, que finge ser la transcripción de un libro leído en un sueño, cuyas páginas prolijamente revelan la conformación y los hábitos de las serpientes de la Luna, que durante los ardores del día se guarecen en profundas cavernas y salen al atardecer. Entre el primero y el segundo de estos viajes imaginarios hay
mil trescientos años y entre el segundo, y el tercero, unos den; los dos primeros son, sin embargo, invenciones irresponsables y libres y el tercero está como entorpecido por un afán de verosimilitud. La razón es rara. Para Ludano y para Ariosto, un viaje a la Luna era símbolo o arquetipo de lo imposible, como los cisnes de plumaje negro para el latino; para Kepler, ya era una posibilidad, como para nosotros. ¿No publicó por aquellos años John Wilkins, inventor de una lengua universal, su Descubrimiento de un Mundo en la Luna, discurso tendiente a demostrar que puede haber otro Mundo habitable en aquel Planeta, con un apéndice titulado Discurso sobre la posibilidad de una travesía? En las Noches áticas de Aulo Gelio se lee que Arquitas el pitagórico fabricó una paloma de madera que andaba por el aire; Wilkins predice que un de mecanismo análogo o parecido nos llevará, algún día, a la Luna.
Por su carácter de anticipación de un porvenir posible o probable, el Somnium Astronomicum prefigura, si no me equivoco, el nuevo género narrativo que los americanos del Norte denominan science-fiction o scientifiction (1) y del que son admirable ejemplo estas Crónicas.
Su tema es la conquista y colonización del planeta. Esta ardua empresa de los hombres futuros parece destinada a la época, pero Ray Bradbury ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y por secreta inspiración de su genio) un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo -que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena-.
Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado -el dark backward and abysm of Time del verso de Shakespeare-. Ya el Renacimiento observó, por boca de Giordano Bruno y de Bacon, que los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero.
¿Qué ha hecho este hombre de Illinois me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?
¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo "fantástico" o a lo "real", a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o novelería, de la science fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street.
Acaso La tercera expedición es la historia más alarmante de este volumen. Su horror (sospecho) es metafísico; la incertidumbre sobre la identidad de los huéspedes del capitán John Black insinúa incómodamente que tampoco sabemos quiénes somos ni cómo es, para Dios, nuestra cara. Quiero asimismo destacar el episodio titulado El marciano, que encierra una patética variación del mito de Proteo.
Hacia 1909 leí, con fascinada angustia, en el crepúsculo de una casa grande que ya no existe, Los primeros hombres en la Luna, de Wells. Por virtud de estas Crónicas de concepción y ejecución muy diversa, me ha sido dado revivir, en los últimos días del otoño de 1954, aquellos deleitables terrores.

1. Sciencefiction es un monstruo verbal en que se emalgaman el adjetivo scientific y el nombre sustantivo fiction. Jocosamente, el idioma español suele recurrir a formaciones análogas; Marcelo del Mazo habló de las orquestas de gríngaros (gringos + zíngaros) y Paul Groussac de las japonecedades que obstruían el museo de los Goncourt.

Crónicas Marcianas
Ray Bradbury

Prólogo de J.L.Borges (Minotauro, 1955)

sábado, 21 de diciembre de 2013

El alma de las cosas


Hace unos días Fede me dijo que estaba pensando en comprarse una laptop. Le dije que no hacía falta, que podía usar la Dell que habíamos comprado en Japón. Entonces me preguntó si yo no la necesitaba. Y yo, sabiendo que tenía que resultar muy convincente, le dije enfáticamente: para nada
Y fue así como la Dell se mudó a cuatro cuadras.
A la Dell la usaba para escribir. Con esto quiero ser específica: la usaba para cosas mías. 
Tengo una sólida PC instalada en el cuarto de servicio –un refugio acogedor repleto de álbumes con estampillas y catálogos de filatelia (verdadero paraíso de obsesivos) – que solo uso para trabajar.
Por eso, cuando Fede me preguntó si necesitaba la laptop le dije que no; por ese asunto del mandato atávico y porque si me preguntaran lo mismo con todas las cosas materiales, si me preguntaran específicamente si las necesito diría, con casi todas las cosas, que no, no las necesito. 
Lo que dice necesitar, los necesito a ustedes –mis queridos semejantes imprescindibles– a mi perra Mafalda, al agua y a la comida esenciales, a algún libro, al lápiz y al papel. No necesito el exprimidor de naranjas, la máquina de cocinar arroz, el termómetro digital ni la Wacom, por decir algo.
Antes de despedir a la laptop, me dispuse a trasladar los megas de cosas mías hasta un disco rígido externo. También borré historiales, claves guardadas y favoritos; no tanto por tener mucho para ocultar sino más bien por respeto. Al fin y al cabo a la Dell la había pagado Fede y era mi deber entregarla lo más aséptica posible. Por suerte los años invertidos en personalizar un dispositivo se pueden conservar en una mágica nube hasta ser insertados en otro y así uno puede respirar aliviado el aire de familiaridad que devuelve la pantalla. 
Anoche Fede se fue feliz con su Dell poderosa. La llevó a resguardo en el portafolios que compramos especialmente para ella (una 17 pulgadas no viaja en cualquier lado), acomodé primorosamente el transformador y los cables y me despedí diciendo algo así como que disfrutes.  No sé si se lo dije a ella o a él.
Hasta ahí todo (el asunto de no necesitar, la nube, la despedida) parecía inocuo, pero parece que no.

Esta mañana al pasar por el lavadero sentí un olor particular. Un amalgama de goma quemada, alquitrán y solventes. Enseguida reconocí el olor. Provenía de un carrito plegable de esos que se usan para cargar pequeñas cajas. Lo que huele así en ese carrito es específicamente el caucho de sus ruedas. Vaya uno a saber con qué residuos reciclables las han fabricado.
El carrito, con sus ruedas y el olor, está siempre ahí, en el lavadero. 
Pero algo pasó hoy que hizo que el olor volviese; mejor dicho, que el olor viajase a mi memoria. Quiero decir: que el olor me hiciera viajar.

Estábamos en Julio, caminando por Akihabara, bastante azorados por la oferta electrónica y claro; estábamos buscando una laptop para comprar. 
En Akihabara a las laptops usadas las venden como a los libros en el Parque Rivadavia: las exhiben en cajones, paradas, para que los interesados las vayan pasando con la mano. 
La Dell no estaba así –en un cajón de plástico–, la habían acomodado sobre un estante y lucía hermosa, destacada,  en uno entre los cientos de locales de esa callejuela escondida de esa ciudad.  
Lo primero que me llamó la atención fue que tenía un lector de huellas digitales (no había visto ninguna laptop con ese artilugio hasta entonces) y que, como todo lo que se vende en Japón, los caracteres del teclado resultaban incomprensibles. El windows (o lo que fuera eso) también. Nos aseguraron que podríamos occidentalizarla sin problemas, salvo el asunto de las teclas.
Después de acordar el precio, el vendedor nos hizo una factura en franco japonés, la llenó de sellos de colores y me pidió el pasaporte. Para mi sorpresa dobló cuidadosamente la factura y la pegó en una de las hojas destinadas a las visas. Dijo, como pudo, que eso era importante para las autoridades japonesas pero yo no entendí importante para qué. Igual conservé esa especie de partida de nacimiento de la Dell adherida al pasaporte. Todavía está ahí. 
El carrito lo compramos al mismo vendedor y eso sí se lo regateamos bastante. 
Apenas lo desplegué sentí el olor por primera vez. Era aún más fuerte que ahora.
Cuando salimos del negocio empezó a llover, era una lluvia inusual –para nosotros inusual– por lo copiosa y porque las gotas mantenían una impecable verticalidad. Compramos un paraguas transparente y nos regalaron una especie de capita para proteger a la Dell, que guardada en la caja original, sobre el carrito y con la capa puesta, resultaba bastante aparatosa. 
Caminamos unas cuadras dejando atrás las callejuelas tecnológicas, la lluvia cesó de repente (tanto como cuando empezó) y entramos a un café, un Segafredo. Mientras nos reconfortábamos con capuchinos decidimos comprar una valija para transportar la Dell y poder deshacernos de la caja. No fue exactamente decidimos porque en ese punto yo opuse resistencia. Para mí es fundamental conservar las cajas originales de todo. Las despliego, las doblo cuidadosamente y las guardo en un ropero destinado a eso: a las cajas de las cosas. Pero no hubo caso. Fede se mostró intransigente, estaba dispuesto a no desplazarse ni una sola cuadra más cargando semejante inutilidad. Eso dijo exactamente: semejante inutilidad. Y yo me sentí un poco fuera de lugar como casi siempre que dejo al descubierto mis obsesiones, entonces puse cara de por supuesto, tenes razón y procedí a destruir civilizadamente la caja original de la Dell.
El azar nos dejó frente a una sucursal de la tienda Tucano, se especializan en imponer diseños preciosos para transportar tecnología. Me dejé seducir por el diseño italiano y al fin dejamos, para felicidad de Fede, de parecer unos parias. Como decía él.
Entonces yo me encapriché con el carrito. Impuse conservarlo –por lo menos hasta Tokio, dije– porque me resultaba atroz tirar algo que habíamos comprado hacía menos de dos horas. Después fui estirando la cosa hasta Yokohama, hasta Narita y así logré que el destino final del carrito acabara siendo el lavadero de mi casa.
Bastante antes de llegar al lavadero, un lío de aviones me dejó sola. Estuve varada en el aeropuerto de Fiumicino toda una noche. El olor de las ruedas del carrito y el empeño que puse en descifrar el windows japonés (o como quiera que se llame) de la Dell, fue lo único que me hizo sentir cerca de casa.
Pero bueno, con todo. Se ve que no la necesito.