domingo, 28 de diciembre de 2008

Soliloquio de una hipoacúsica en reflexión.

El lavarropas automático es una de las máquinas más útiles que nos han dado los inventores de objetos. Se puede sobrevivir sin ellos -si tenemos un lave rap a mano- pero sin automatización estamos condenados a dedicar tiempo y energía al fregado manual. Dos recursos que, en mi caso, están escasos. Tengo lavarropas, qué bueno.
El fin de año está resultándome ajetreado; lo atribuyo a mis trabajos.
Mi ocupación “a” me involucró en un conflicto colectivo de índole gremial, del cual no salí indemne. Me distrajo bastante, me preocupó y ocupó más de lo necesario. El problema terminó, las partes acercaron sus cuestiones. A mí me dejó pensando en las interpretaciones de la realidad; asumiendo a la realidad como hecho indiscutible y tomando como interpretaciones a los diferentes sentimientos, sensaciones y conclusiones que cada uno -o cada grupo- hace de esa realidad. Me preocupaba perder el hilo de la verdad en medio del conflicto -¿no es la verdad acaso una interpretación de la realidad?- o dejarme llevar por el impulso de las interpretaciones. No tanto porque mis decisiones fuesen trascendentes para otros, sino por simple necesidad de estar cerca de la justicia y demás nimiedades. Simplificando: me hice malasangre.
Mi ocupación “b” se vio directamente afectada por la crisis financiera internacional. Parece que, con toda lógica, los coleccionistas filatélicos miden sus gastos en medio de las tormentas. Los comprendo. Espero que retomen su afición habitual con presteza.
Estuve soñando pavadas, pesadillas más bien. Mi mamá las atribuye a los caramelos antes de dormir. Yo sospecho que soñar con una horda de maestros empuñando palos y hoces a ritmo de “Pomp and Circumstance”, intentando derribar el muro donde se puede ver a Barak Obama encaramado sobre miles de clasificadores filatélicos mientras la voz de mi mamá le repite “es 23 y todavía no armaste el árbol” “no vas a conseguir peceto”, significa que los caramelos no tienen nada que ver.
Otro invento genial resultó internet. Si hubiese contado en mi adolescencia con esta herramienta trascendente muchas cosas se habrían simplificado en mi vida. Temo que, así como el libre acceso al mar, internet no será disfrutada plenamente por las generaciones venideras. Será mi profusa imaginación, pero creo que no pasará mucho más tiempo antes de que no podamos nadar en las costas, ni expresarnos libremente en la red. Al menos no sin ser afectados por virus tremendos (ambas acepciones).
Mi lista de metas 2008 era ambiciosa -es cómodo calificarla así para justificar que solo he cumplido unos pocos ítems- y larga. Este blog era uno de ellos. No retomé el gimnasio ni empecé terapia. Sí me amigué con mi carrera universitaria. No me puse un audífono ni pinté el pasillo. Sí ordené mi placard y aprendí cosas nuevas…
La del año próximo será más corta y precisa. Lo único que me preocupa es no dejar en claro, a la gente que quiero y me importa, cuanto la quiero, cuanto me importa. Voy a esforzarme en ello.
Ojalá que el año próximo les traiga alivio a los que sufren, que se apacigüen las guerras y que River Plate salga campeón. En fin. Pavadas, bah.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Buenos Aires, ART DECÓ

Siendo una feliz infante disfrutaba cuando, en canal 7, interrumpían las ingenuas publicidades de la época con cortos en los que mostraban lugares históricos o destacados de Buenos Aires. Creo que había un locutor que cerraba con la frase “… está llena de lugares, que no hemos mirado nunca.”

Ver y mirar, parece lo mismo a simple vista pero son acciones diferentes; para mirar es necesario al menos haber visto y haberse detenido en lo visto para pensarlo.
En ocasiones lo que vemos nos hace mirarlo a fuerza del impacto emocional, entonces lo reflexionamos para explicarnos ese impacto. Más tarde abandonaremos la mirada para, simplemente, volver a verlo. Los cartoneros son un ejemplo: al principio los veíamos con estupor, escándalo o angustia, entonces los mirábamos. Pero la indigencia ha sido naturalizada como la mugre que se junta en los rincones de las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, está allí, ya no nos asombra. No sé si a fuerza de costumbre o aplicando una compleja maquinaria negadora, dejamos de mirar para limitarnos a ver.

Paseando por Buenos Aires, con ojos inquietos, podemos ver y mirar. No sólo miseria y miserables, por suerte.
Les recomiendo, a los que anden cerca, darse una vuelta por la city porteña un sábado de estos soleados primaverales. Se sorprenderán con la soledad y el silencio imperantes. Y podrán entretenerse con alguna cacería fotográfica temática, yo elegí el art decó.
Dejándome llevar por la intuición y por la información básica sobre la arquitectura decó fotografié cosas bellísimas, que luego googleando confirmé como exponentes obligados de esa estética.
La arquitectura decó tiende a la monumentalidad y verticalidad usando volúmenes simples y piramidales, a las líneas duras, a las formas fraccionadas, a la simétricas y geométricas (cubos, rectángulos, trapecios, formas prismáticas y ortogonales). Utiliza decoración ornamental geométrica, facetada, zigzags, patrones en forma de galón y motivos radiales. Incorpora materiales lisos, brillantes o lustrosos. Intenta lograr efectos ópticos y escenográficos mediante la multiplicación de líneas y recursos lumínicos.
Lo que sigue entonces no reviste originalidad alguna; no se trata, de ningún modo, de descubrimientos. Impera el genuino y simple deseo de compartir.

Barrio de San Nicolás, más conocido como “la city porteña”.
Recorriendo la Diagonal Norte se pueden encontrar algunos edificios muy interesantes.
Está este ejemplar de Alejandro Bustillo, el Edificio Chade Volta. Actualmente tiene en su fachada lateral (suponiendo que la fuerza frontal le corresponde a la ochava) un horrible cartel de chapa que rompe la simetría e indica que allí funcionan las oficinas de adea, “ingeniería documental al servicio de su organización” (?)

Av. Pte. Roque Saenz Peña 832. Año proyecto: 1930.

Justito enfrente, el Edificio Shell Mex, realizado por el estudio Calvo, Jacobs & Giménez en 1936. Creo que ya no es de Shell, está muy bien conservado, en la ochava se destaca un elemento funcional (que funciona además)

Av. Pte. Roque Saenz Peña 788. Año proyecto: 1936.

En la otra cuadra el Instituto Ítalo Argentino de Seguros Generales, arq. Hardoy. Supongo que la forzada diagonal de las plantas le otorgaron un encuadre óptimo para destacar los elementos decó.
Av. Pte. Roque Saenz Peña 890.

Más allá del art decó, la Diagonal Norte me sorprendió con su línea continua en altura de edificios monumentales de diferentes estilos, sospecho que contemporáneos en su construcción. Se ve bonita, ¿verdad?


Edificio del National City Bank of New York y del Club Americano, estudio Aberastain Oro & Dudley
San Martin 98. Año Inauguración: 1929.

Caminé un poco más allá de plaza de Mayo y en el barrio de Monserrat encontré el City Hotel, arq. Madero, M.
Bolívar 160. Año Inauguración: 1931.

La buena noticia es que todos estos edificios han sido considerados patrimonios culturales de la Ciudad de Buenos Aires, es de esperar que sean conservados y cuidados como tales. Hay un catálogo digital del patrimonio cultural, en arquitectura decó encontré clasificadas más de 160 construcciones. Interesante el mundo para ver y mirar (continuará)

viernes, 28 de noviembre de 2008

Tecnología de alto vuelo

El cóndor andino está en peligro de extinción; los investigadores, mediante el uso del dispositivo GPS y la aplicación google maps, pueden precisar, con absoluta exactitud y con un simple clic, por dónde vuela, se posa o cuándo duerme Lipán.
Lipán es un cóndor nacido en cautiverio. También pueden observar en un mapa online, marcado con diferentes colores, dónde amaneció la preciada ave, conocer la velocidad de su vuelo y monitorear su estado de salud.
Esa fantástica y valiosa información la obtienen gracias a un chip identificatorio colocado bajo la piel de Lipán y a un transmisor satelital dotado con energía solar. Hay 37 cóndores equipados participando, junto a Lipán, de esa suerte de gran hermano condoril.
Un despliegue de tecnología y trabajo dedicados a la preservación de una especie fascinante.
El Zoo de Buenos Aires y el de La Plata, junto con la Fundación Bioandina Argentina están trabajando desde 1991 en el Proyecto de Conservación del Cóndor Andino.
Proyecto Internacionalmente reconocido e innovador.
Un éxito que emociona y nos dignifica.
Los cóndores andinos no son las únicas criaturas con las que se aplica la tecnología del GPS para monitoreo y control.
Hay otros casos sobrecogedores, algunos han ofrecido testimonio esclarecedor sobre esta interesante experiencia:

“estuve unos meses pensando cómo violar el sistema de control (…). Hasta que un día, con un destornillador, abrí la tobillera (…) esperé hasta la llegada de la Navidad. El 24 de diciembre, a las doce en punto de la noche, me encerré en mi dormitorio, me saqué la tobillera y, en pocos segundos, me la coloqué en el brazo. Luego salí a esperar que me llamaran del SPB. Pero nunca lo hicieron. Mi plan funcionó. Es evidente que los que me tenían que controlar estaban brindando”
“… salía a la calle todos los días. Le dejaba la tobillera a mi mujer colocada en un brazo y, cuando ella no podía quedarse, dejaba a algún pibe del barrio jugando con la PlayStation en casa con la pulsera puesta y, al volver, le tiraba unos pesos. Yo salía a bailar, a comer, iba al casino y a laburar” (1)

Huelgan palabras.

(1) declaración de Ezequiel – fragmento- publicado en Clarín 4/8/2008.
Ezequiel, como todos los delincuentes que realizan declaraciones a los medios de comunicación, es beneficiado con el derecho de identidad reservada utilizando, en este caso, un nombre falso.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Al pelo.

Advierto que no se trata de una idea rara propiamente dicha sino una idea más bien tonta.
Simple y cortita. Adecuada para un lunes a la nochecita.

Hace calor. Con el correr de las horas en la tarde nos ponemos molestos.
El próximo prójimo es, ante todo, un evento a evitar. Especialmente en el subte. Si usa mangas cortas, es peludo y está transpirado, ni hablar.
Vamos generando una especie de epidermis ultrasensible. Asss.
Los espacios privados, esos cuarenta centímetros mínimos de rigor que nos separan de aquellos con los que no intimamos, suelen ser vapuleados en el transporte público. Circulamos con cara de nada (de perros post-coito -diría si me animara) como si pudiéramos permanecer impasibles a esa respiración en el hombro -pfsss pfsss- de una tibieza insoportable. Pero se puede, miramos un punto fijo sin nada interesante que ofrecer como si se tratara de la última página de la novela policial que dejamos en la mesita de luz. Punto fijo aburrido pero útil para no mirar esos ojos que, a escasos quince centímetros, también nos evitan.
Todos muy educados. Casi todos.

Hace calor. Sentimos a la altura del antebrazo un cosquilleo molesto. Semeja una hormiga diminuta caminándonos. Buscamos. Es un pelo. Un pelo propio. Un expelo mejor dicho ya que no está agarrado a la cabeza. Lo sacamos con cuidado y lo echamos lejos.
Acciones repetidas para los que tenemos pelos en la cabeza, los tenemos largos y solemos perderlos.
¿Por qué será que los pelos, llamémoslos vivos, al tocar nuestra piel no nos parecen hormigas molestas como sí los pelos muertos?
Propongo entonces. a modo de hipótesis, mi idea tonta:
Cuando un pelo se nos muere por negligentes, se suicida o nos abandona por vaya uno a saber cúales razones, pierde, al instante mismo de desprenderse, la capacidad de ser reconocido como parte propia.
Nuestros pelos vivos, pueden tocarnos, cubrirnos y hasta pegotearnos. Tal vez nos resulten molestos pero nunca nos producirán ese asss… como el vello del señor peludo de mangas cortas, como este pelo rojo que acabo de desmarañarme del collar.

Para no quedar tan mal, e intentando darle una segunda interpretación a la pavada que acabo de exponer, podría decir que la teoría de los expelos bien podría ser aplicada a exnovios.

Ass…

domingo, 9 de noviembre de 2008

Resultado Moral

Hace mucho más de un año que abandoné el cigarrillo, aún me quedan ciertos vicios por dejar. Como la costumbre del zapping (mudo) como último acto antes de entregarme a los brazos de Morfeo, clic clic, como una zombie enajenada, clic clic.
Durante el invierno mis deditos asoman por debajo del acolchado clic, clic; cuando el calor agobia suelo aferrarme al control remoto despatarrada boca abajo hasta que el sueño me vence. Desconozco la razón de semejante costumbre, no estoy desesperada por la información y la TV habitualmente me resulta insoportable, pero el clic clic ayuda a no pensar y a salirme de la vorágine del día.
A veces falla: una imagen llamativa hace volver atrás uno o dos clics y distrae más de la cuenta. Una noche lo que vi me causó tal estupor que no pude conciliar el sueño sino hasta dos horas después. Otra noche algo ridículo me despabiló de la risa. Pero lo verdaderamente problemático es cuando una imagen fugaz me hace pensar.
En esas ocasiones el método fracasa absolutamente. Pícaro sueño, como si una de las ovejitas se detuviera sobre la verja y se la pasara hablándome de cosas interesantes, jodida ovejita. Clic, clic.
Noches atrás volvió a fallar: vi algo ridículo que me hizo reír y me dejó reflexionando acerca de lo absurdo de la meritocracia.
Estaban transmitiendo un partido de fútbol local, no sé que canal de esos deportivos del veintipico en los que me detengo pocas veces. Unos jugadores eran amarillos, los otros azules creo, el resultado iba 1-0.
Llamó mi atención un gran cartel que ocupaba la parte inferior de la pantalla con la leyenda “RESULTADO MORAL”. Volví atrás, clic clic. Lo primero que se me ocurrió fue que se trataba de goles intentados aunque fallidos, descarté la hipótesis (me pareció una gran boludez) y supuse que eran actitudes deportivas loables como el juego limpio o algo así.
Mientras miraba semidormida, el contador se incrementaba notablemente a favor de un equipo; en el cuadradito superior podía leerse 1-0 pero el “RESULTADO MORAL” decía 14-1 y subiendo. Me incorporé en la cama y abrí los dos ojos, un jugador amarillo le pasaba la pelota a su compañero, éste avanzaba dos pasos y habilitaba a un delantero quien con absoluta impericia enviaba la pelota, sin posibilidad de gol, bien lejos del arco. Esa tremenda hazaña puso el contador 15-1. Una sonrisa se instaló en mi cara.
Imagínense si pudiéramos aplicar el contador mágico a las situaciones de la vida donde por falta de sabiduría, fortuna, experiencia, habilidad o por franco desgano las cosas salen mal. Un trámite inconcluso, un fracaso amoroso, un examen desaprobado. Una cita que resulta ser un fiasco total, un proyecto eterno que no se concreta. Olvidarse la cita con el odontólogo. Acabar con los ahorros familiares por un emprendimiento extravagante. Cosas que salen mal, como ese gol.
- Y vos Adolfito, ¿te recibiste?
- No.
- ¿Resultado moral?
- Cinco títulos y medio si contamos el CBC para Diseño de Indumentaria.

El resultado moral no existe. ¿Quién decidió que esos mediocres jugadores pudieran valerse del contador mágico a la hora de medir sus jugadas adocenadas?
Si alguien se ofrece a llevar el postre y avisa “flan casero” debe concurrir al ágape munido del mismo. Si preferiste dormir la siesta, te quedaste sin huevos, se te quemó la leche, lo lamento. Fallaste.
Lo que vale es el flan. No la intención.
A propósito, nunca les mostré el paraguas porque lo perdí.
Las chicas prolijitas pudieron conmigo una vez más.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Diego Armando Maradona, DT

Soy mujer, ya. Pido permiso, señores, para (hacerles creer que voy a) hablar de fútbol.
Cuando leo la Historia de las civilizaciones antiguas, de las grandes campañas llenas de héroes e ídolos, trato de imaginarme las escenas de la vida cotidiana, la de los hombres y mujeres que no han trascendido en la historia individualmente.
Hay escenas magníficas y personajes únicos que nuestra cultura occidental reproduce, con menor o mayor grado de veracidad, escenas que por repetidas y difundidas han adquirido legitimidad de “reales”.
Hay eventos que el cine se encargó de dar forma y sonido para contribuir a la reconstrucción (por si alguno de nosotros carecía de imaginación profusa); de modo que después de ver “Roma”, por ejemplo, al pensar en Julio César no puedo dejar de visualizar los rasgos de Ciaran Hinds.
Otras cosas me pasan cuando leo o me recreo con los personajes magníficos, una de ellas es dudar de su real magnificencia; otra es que no puedo dejar de cuestionar las estructuras (antiguas, medievales o modernas) donde un señor muy poderoso ha definido el rumbo, la vida y la muerte de decenas de miles de personas. En una palabra: me cuesta dejarme llevar por la historia ficcionada, una molestia, en fin.
En esas cavilaciones me encontraba cuando me sorprendió la noticia de El Diego elegido DT del seleccionado argentino. Abandoné toda reflexión para dedicarme a sonreír y a esperanzarme.
No me importa mucho el fútbol (léase dejó de importarme; soy de River), tampoco me entusiasma la selección (el bombón de Crespo está veterano).
Pero El Diego es otra cosa.
No puedo ni a fuerza del género, ni a fuerza de intelectualidad, ni a fuerza del sentido común, dejar de entusiasmarme con el flamante DT.
Entonces pienso en eso y hablo y digo boludeces.
Como que se trata de un genio, un personaje magnífico, una persona trascendente.
Pienso y digo, algo ha de tener este muchacho más allá de dominar la redonda. Un carisma que lo trasciende incluso como persona. Un magnetismo que emboba y emociona. Una presencia de ánimo poderosa que lo hace caer en abismos para luego recomponerse y renovarse. Más o menos bueno, pero siempre sorprendente.
Me quedé observando una nota que le hicieron en el Aeropuerto, tenía una maraña de periodistas alrededor de él y un muchacho a sus espaldas (no más de 20 años) se esforzaba por sacarle una foto. El Diego, sin dejar de responder las preguntas, tomó la camarita, alejó su brazo y tomó las fotos.
No pude prestar atención a lo que estaba diciendo, ese gesto fue para mí elocuente y esclarecedor. La constatación de que las actitudes insignificantes y cotidianas dejan apreciar la verdadera esencia.

¡OLÉÉ - OLÉ OLÉ OLÉÉÉÉ – DIÉGOOOOO - DIÉGOOOOO!

jueves, 16 de octubre de 2008

12 de Octubre de 1492

Al Gran Almirante Genovés, Cristóbal Colón, la historia popular le atribuye dos descubrimientos fundamentales: América y la redondez de la Tierra.
Si bien es real que el hombre surcó los grandes mares hacia lo incierto y regresó con botines suculentos para beneplácito de sus inversionistas, que la Tierra era redonda ya era cosa sabida y descubrir, lo que se dice “descubrir” no descubrió nada.

"Colon descubrió que la Tierra era redonda"
Colón nació en 1451, mil setecientos años antes el griego Eratóstenes había calculado el perímetro de la circunferencia terrestre y determinando el tamaño de la Tierra. Antes aún Heráclides Póntico, astrónomo y filósofo griego, había reflexionado sobre la rotación de la Tierra sobre su eje, cada 24 horas.
Aristarco de Samos elaboró pocos años después el primer modelo heliocéntrico del Sistema Solar. Este genial astrónomo luego de sus observaciones concluyó que era la Tierra la que giraba en torno al Sol, desafiando las teorías dominantes del modelo aristotélico que la proponían como centro del universo.
En el siglo II Claudio Ptolomeo, astrónomo greco-egipcio autor del Almagesto, desarrolló la teoría geocéntrica introduciendo el concepto de las órbitas excéntricas en las que giraban los cuerpos circulares: el Sol, la Luna y las Estrellas.
En las universidades medievales del siglo XII se enseñaba que la Tierra era una esfera.
Se supone que Colón, doscientos años después, utilizando un huevo como elemento demostrativo, convenció a los reyes españoles que la Tierra era redonda. Mientras eso ocurría Nicolás Copérnico, el gran astrónomo polaco, tenía 20 años. Y ya estaba estudiando profundamente el modelo heliocéntrico del universo, con los movimientos de traslación anual, rotación diaria e inclinación del eje terrestre.
Cincuenta años después un astrónomo danés, Tycho Brahe, instalaba en su castillo el primer instituto de investigación astronómica, dotado de instrumentos creados por él mismo, que permitieron observaciones y reflexiones fundamentales para el desarrollo de los estudios astronómicos de Kepler.
En 1600 moría quemado en manos de la inquisición el napolitano Giordano Bruno, acusado de herejía por defender, entre otras cosas, la teoría heliocéntrica y la infinitud del universo. Unos años después Galileo construía su primer telescopio.
Si alguien en 1492 hubiere dudado de la “redondez” de la Tierra, se habría tratado de un iletrado, un ignorante o un distraído. “Colon descubrió que la Tierra era redonda”… la reconstrucción de la realidad nos hace incurrir en absurdas afirmaciones, ¿no?

"Colón descubrió América"
(Lo admito: esta reflexión me quedó un poco rebuscada)
Veamos en RAE,
Descubrir (Del lat. discooperīre):
3. tr. Hallar lo que estaba ignorado o escondido, principalmente Tierras o mares desconocidos.

Si esta noche, por ejemplo, sacudiéndome el letargo salgo a caminar y conozco a alguien, cinco años más tarde no se me ocurriría decir, acerca de ese momento, “fue la noche en que lo descubrí” a menos que dejará fluir sin tapujos mi egocentrismo e ignorara la existencia previa de esa persona antes de mí.
Comienza a ser a partir de mi conocimiento, antes no era nada. Este es, al menos, un pensamiento estrecho, ¿verdad?
América, a la llegada de Colón, estaba llena de gente.
Por mencionar a algunos, vivían Los Incas, 10.000.000 de hombres y mujeres organizados en un fuerte y vasto estado teocrático y politeísta. El estado Inca había extendido su poder mediante la conquista y la militarización, dominando desde el Cuzco un gran imperio. Los agricultores, artesanos y demás trabajadores eran organizados por el estado para ofrecer tributo y practicar la redistribución y la reciprocidad del trabajo y los recursos.
Vivían los Aztecas en el valle de México, sólo en su capital Tenochtitlán había 300.000 personas, organizados en un estado teocrático y fuertemente estratificado. La religión era la justificación para el carácter imperialista del estado. Tenían su vida social regulada por leyes muy duras, y un considerable desarrollo militar.
Habían vivido los Mayas, en Mesoamérica, con su sistema de escritura jeroglífica, el calendario (365 días), sus pinturas murales, hermosas cerámicas y una cuidada arquitectura e intelectualidad. Tenían un libro sagrado, el Popol Vuh, escribían en códices sobre cortezas de árboles y tiras de papel. Usaban un sistema vigesimal y conocían el 0. Era una sociedad politeísta, jerárquica, esclavista y profundamente religiosa. Su sistema de gobierno era el de ciudades-estados sostenidos por la agricultura, base de la economía maya.
Habían vivido hombres y mujeres en Tiahuanaco, Bolivia. Una de las culturas más antiguas de América del Sur. La ciudad tenia, 500 años antes de la llegada de los europeos a América, 100.000 habitantes. La ciudad había sido concebida con increíble planificación, contaba con desniveles y canales subterráneos para desagües cloacales y pluviales. Sus templos estaban astronómicamente orientados. Practicaban la agricultura intensiva en sistema de terrazas.

No hay estudios exactos y la demografía americana antes de la conquista es muy discutida, pero se estima que en 1520 la población aborigen era de 90 millones de personas. Cincuenta años después habían sido exterminados unos 75 millones, a razón de 1.500.000 por año o cuatro mil ciento y pico de personas por día. Pero esa, es otra historia.
Descubrimiento de América. Gran eufemismo.
¿Por qué no se hablará de descubrimiento de Australia?

martes, 7 de octubre de 2008

No, gracias! ...¿qué dijo?

Verano caluroso en Buenos Aires. Mi autito, sin las delicias que brinda el aire acondicionado, tiene todas las ventanillas peligrosamente bajas y mi cabeza tiene las mil cosas pendientes arremolinadas. Todo cocinándose al unísono en la ciudad a las tres de la tarde.
Semáforo largo en el barrio de Almagro, calle angosta, quedo detrás de un camión de esos que humean feo, me ofusco por ello.
En eso estoy cuando observo cinco o seis personas moviéndose entre los autos ofreciendo los objetos más variados e inútiles: cartucheritas para el celular, anteojos para sol, anotadores y barriletes.Todos pasan mirando esperanzados a los conductores de los autos, obviamente nadie hace el menor gesto de interés; aún teniéndolo, ninguna persona con AA aceptaría bajar la ventanilla para comprar un colorido barrilete.
Uno de los vendedores, insistente, se acerca a mi auto, hago un gesto negativo.
El hombre, flaco y jorobadito, empecinado en vender algo se acerca a mi ventana.
- …
Sin escuchar ni una palabra ni prestar atención a lo que dijo le digo rápidamente
- No, gracias.
- …
El hombre insiste. Yo repito automáticamente
- No, gracias.
- …
Esta vez lo miro y le sonrío, como disculpándome por no interesarme en él a pesar de su insistencia y del calor imperante.
El está azorado. Noto su expresión de asombro. Se acerca y habla más fuerte.
- Dame todo
Mis neuronas comienzan a hacer sinapsis. No es un vendedor. Por hábito digo:
- ¿Qué dijo?
El hombre se impacienta
- ¿Qué te pasa? Dame la cartera, dame la plata, dame todo o te quemo nena.
- Disculpe, soy sorda.

Le dije eso y me quede mirándolo, lo juro.
Entonces el vendedor devenido en ladrón sacó un arma de una bolsa de plástico verde y la apoyó sobre la ventanilla, colocándose contra mi auto para simular estar hablando conmigo.
-¿Qué hace?, guarde eso por favor. Alguien lo puede lastimar.
Dije esa estupidez mientras levantaba el vidrio (a mano) de mi ventanilla, ponía primera y arrancaba. Cinco metros después mis rodillas empezaron a temblar, mi corazón se desbocó y las manos se resbalaban en el volante.
Intentaron asaltarme y yo por sorda y pelotuda, estuve a punto de no darme cuenta. Dios mío. Doblo en la avenida, veo a 10 metros un policía escribiendo con su celular, lo llamo desde el auto, con gestos o a los gritos no me acuerdo.
El agente del orden, comete un gravísimo error: mira mi auto y dice “que hincha pelotas”, luego se acerca a la ventanilla, hace un gesto amable, sonríe estúpidamente y pregunta:
- ¿En qué puedo ayudarla señora?
- Disculpe si lo molesté.
- No, no me molesta señora. Estoy para ayudarla.
- ¿Y si no le molesta por qué dijo “que hincha pelotas”?
- …
- Le leí los labios. No intente engañarme, hay un ladrón acá a la vuelta que quiso asaltarme.
- ¿Quiere hacer la denuncia señora?
- No pelotudo, quiero que deje su celular, trote 20 metros y lo busque!
Dicho esto, pongo primera y me voy a casa.
La hipoacusia conlleva un verdadero mundo de sensaciones.

jueves, 2 de octubre de 2008

Historia Mínima


Estuve reflexionando sobre las elecciones que debemos tomar a lo largo de la vida; específicamente sobre las elecciones amorosas.
No creo que elegir entre ser arquitecto o cirujano nos ilumine los días u oscurezca las ilusiones, ni viceversa. A lo sumo otorga mayor o menor grado de éxito, satisfacción o prosperidad.
En cambio una mala elección amorosa puede cagarle la vida al más pintado.
Algo así le pasó al doctor, un sujeto pacífico, cálido y reflexivo. Dedicado a su profesión, era pediatra, nacido y criado en una casona de Devoto en los años 20.

La primera esposa del doctor, vecina y novia desde la adolescencia, trabajaba de profesora de geografía. Los dos usaban anteojos, leían y disfrutaban de la vida mansamente. Jóvenes, aunque envejecidos por la mansedumbre.
Pero la profesora de Geografía tenía una prima. Era una prima coqueta, de esas chicas levantiscas e inescrupulosas. Muy peluqueada y siempre sacando las tetas. Usaba jeans ajustadísimos, aros redondos de plástico, gargantillas y mucha colonia.
Cuando conocí a la rusita, como todos le decían, me recordó a Luisa Albinoni.
El doctor, por razones que ignoro aunque puedo imaginar, dejó a su pacífica esposa para caer en brazos de la rusita.
Tuvieron dos hijas, rubiecitas, preciosas.
Creo que el doctor fue el hombre más infeliz que he conocido.
El coleccionaba trenes de juguete, libros antiguos y tocaba el piano con entusiasmo.

Era capaz de hablar durante horas de cualquier tema interesante. A mis viejos y a mí nos encantaban sus visitas, le ofrecíamos cafecito con amarettis y lo hacíamos hablar, nos contaba de Kepler, de las neuronas, de Salieri, de Mussolini.
Como profesional era excelente, pero su vida privada era patética.
En una ocasión escuché a mis padres conversar preocupados acerca de él:
- me dijo que en su casa se siente un gusano
- deberíamos ir más seguido
Así empezamos a frecuentar la familia del doctor; conocí a sus suegros, ella una alemana grandota y gritona, el un señor de anteojos que hablaba poco y mal. Ambos vivían a expensas de su yerno.
Al principio las reuniones eran contenidas y de amabilidad forzada.
Al poco tiempo dejaron de simular, la rusita, su mamá, su papá y las nenas tenían al doctor por objeto de burlas. Mientras él tocaba el piano mis viejos escuchaban respetuosos y yo embelesada (tenia 11 años y ya era medio sordita, claro) ellos se dedicaban a mofarse, a hacerle burlas y gestos descalificativos a su espalda.
Años después leyendo la historia de Barreda recordé el clima del ninguneo y de las palabras descalificativas. Esa otra vida, la del odontólogo, resultó extrema, pero sus sentires y cavilaciones muestran cuan obsceno resulta que un hombre sea burlado incansablemente por su propia familia.
No sé si la rusita era una mala mina, pero definitivamente no era una mujer para el doctor. Le aburrían el piano y sus reflexiones. Se reía de sus trenes de juguete, le estorbaban sus libros y sus mañas de coleccionista.
Ella cantaba a los gritos canciones de Rafaela Carrá, leía solo Radiolandia y se reía con ganas con Berugo Carámbula. Todas sus conversaciones contenían al menos tres tópicos: el burdo doble sentido, su propio cuerpo y la inutilidad de su marido.

En eso último era asquerosamente vulgar y agotadora.
El doctor tuvo un golpe de suerte, la rusita encontró otro señor casado y aburrido y partió con sus hijas y su histeria. Creemos que se afincó en El Palomar. No la hemos vuelto a ver.
El doctor murió, hace unos años. Entre la rusita y la muerte tuvo su reconforte; llevó a vivir a su casa a una enfermera de la salita asistencial que el dirigía, la muchacha lo admiraba y cuidaba con devoción y gratitud. Una chica jovencísima, callada y preciosa.
La vida del doctor abrió mis ojos, como pueden hacerlo una buena película o un libro.
Como esas visiones que nos invaden desde la ventanilla del colectivo y nos ponen la piel de gallina. Como un grito de alerta. Como una llamada en el hombro.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Filosofía y Letras

Hay momentos cuya significancia no es percibida por sus protagonistas.
Pero habrá uno entre todos
para quien un acto sencillo resultará único e inexplicablemente significante.


Decidí avanzar con la licenciatura que tengo pendiente. Lo hice por múltiples y variadas razones: es saludable terminar lo que se empieza, para dignificar el esfuerzo previo, porque la calificación universitaria no es un tema menor, entre otras.
La razón definitiva es el deseo.
Tener ganas, motivo suficiente y fundamental para emprender una tarea.
Empecé a los 17, en una vorágine de materias durante intensos años. A los 21 suspendí mis estudios, para dedicarme a otras cosas gratificantes (criar a mi hijo, por ejemplo), a los 30 me impulsé rindiendo libre la mayoría de las materias. Quedaron asignaturas pendientes, la escasez de tiempo y otras oportunidades me hicieron encajonarlas y dejar sin curso la tesis.
Francamente me resulta inconcebible cómo es posible que alguien como yo quien se ha tomado el estudio con severa laxitud pueda, después de 23 años de haberlo iniciado, estar en condición de “alumna regular” solo por el hecho de haber tenido la precaución y viveza de censarse periódicamente. Pero ese es otro tema.

La facultad me es un ámbito hostil.
Ir a la facu me pone nerviosa, cada ocasión me torna más triste y menos tolerante.
No es que esté llena de jóvenes cada vez más jóvenes, es que yo estoy cada vez más vieja. Y temo parecerme a esa mujer peluqueada que tomaba apuntes prolijitos en la clase de etnohistoria, o a ese señor mayor, abogado e ingeniero, que estudiaba por puro placer, pero era incapaz de adquirir vuelo intelectual al menor requerimiento.
La facu está llena de gente entusiasta, llena de jóvenes, llena de ideales e idealistas.
Ahí todo se explica mediante el materialismo histórico.
Hay algunos que emprenden la militancia como lucha productiva y nutritiva para sí mismos y para la sociedad. Gente como esa no se ve en mi facu o son minoría invisible. La mayoría son crónicos deambuladores de pasillos, fatigando sus años en la intelectualidad dispersa y anacrónica.
Mi facu es bulliciosa, colorida, informal, sucia y transgresora.
Me resultaba maravillosa a los 17.
Ahora la transito en puntas de pié, sintiéndome intrusa, tratando de pasar desapercibida, con cierta fobia, con renovado asombro y con agobio.
También con esperanzas de que mis reservas de rebeldía adolescente sean suficientes para sobrevivirla. Y con el secreto deseo de impregnarme de tanto entusiasmo.

El martes pasado, con la intención de tomar contacto con un profesor para consultar sobre el examen que estoy preparando, fui a un teórico.
La facultad estaba “tomada”, palabra que escandalizaría a mi madre y que yo ya he naturalizado; los chicos habían cortado la calle y se disponían a ir a una marcha por la noche de los lápices. Decidí aprovechar la ida y comprar apuntes.
Tenia que hacer tiempo para esperar las fotocopias y me fui a tomar un café y a leer un rato a uno de esos bares que rodean la facultad que tanto han cambiado la fisonomía de esa parte del barrio de Caballito.
Las mesas estaban todas ocupadas, eran un trajín de libros y papeles, anteojos y bufandas de colores. Busqué con la mirada algún espacio libre y me crucé con una pareja que, mesa mediante, se estaba comiendo la boca.
Volteé la cabeza para buscar en el otro extremo cuando escucho una voz masculina, clara, profunda y vibrante:

- si quieres podemos compartir la mesa
Me hizo acordar a Imanol Arias diciendo “a tu lado Camila”.
Me puse nerviosa, creo haber preguntado

- ¿no les molesta?
(Señalando ridículamente la silla vacía)
- Anda pues!, si estoy solo.

Me senté, sonreí, pedí un cortado, saqué mi libro y me enfrasqué en su lectura.
Mientras pensaba en cuánto garpa el tonito extranjero a la hora de seducir.
En un voltear de hoja nos cruzamos las miradas y entonces dijo:

- Hemos creado un ambiente de biblioteca entre tú y yo.

Garpa muchísimo!!

Leímos un rato más y nos pusimos a charlar.
Me fui dándole un beso y agradeciéndole la amabilidad de haberme hecho lugar en su mesa.
Al rato estaba emprendiendo el regreso a casa, con mis apuntes nuevos y una amplia sonrisa.
En el camino compré alfajores y flores.
No, no fue un levante.
No, no sé cuántos años tenía, ni se quedó con mi teléfono.

Fue sólo eso, un momento insignificante.

martes, 9 de septiembre de 2008

Hazte la fama...


Anoche, por razones que no voy a esclarecer, necesitaba con urgencia pensar en cualquier cosa, algo que resultara lo suficientemente entretenido para distraerme y liviano para no pensar en nada.
Por azar, suerte o destino di con una película en no sé qué canal. Pude verla desde el inicio, alcancé a leer Matt Damon en el reparto y me entregué al espectáculo.
Los primeros 20 minutos estuve esperando a Matt Damon. Más tarde me acordé que en otra ocasión ya había esperado, en vano, por él (no me gusta especialmente ese muchacho, no se trata de una fijación, sólo me agrada como actúa y las pelis en las que trabajó no me han defraudado -la de los siameses no la vi-)
Luego caí en la cuenta: había confundido a Matt Damon con Matt Dillon; para ese entonces ya estaba atrapada en una comedia entretenida y liviana, lo que buscaba.
En dos ocasiones, hasta reí a carcajadas .
Fue tan pero tan útil (esto dicho sin ironía) que me dormí plácidamente antes del final, de modo que no sé con quién se quedó la chica.
De todas maneras, antes de entregarme a Morfeo, me las arreglé para pensar en algo, no pude evitarlo; la película era “You, Me and Dupree” y resulta que en una escena Dupree (Owen Wilson, muy gracioso) parlotea acerca de su inexistente profesión ante unos prolijos alumnos de escuela primaria. Les habla a los que, como él, estarán desde los 13 hasta los 30 años dedicados a holgazanear, indecisos, parrandeando y prolongando sus adolescencias. Les dice que sabe que no es fácil, que en Europa son más indulgentes, que en Sudamérica suelen ser benévolos y que cuando estuvo de visita en Argentina le pareció que todos holgazaneaban con naturalidad.
¿Seeeé?
Che, avisen si se decretó la libertad de ociosidad, galbana y dejadez porque yo vengo dale que dale trabajando con ímpetu desde los 17 años motivada sobre todo por el qué dirán.

domingo, 7 de septiembre de 2008

¿Que tenía qué?

La conversación viene bien, él está hablando entusiasmado en un tono alto y claro.
Hasta ahora no se me ha escapado una palabra.
Pero la gente tiene por costumbre, al decir las cosas graves, elegir un tono bajo, una inflexión íntima, un color opaco de voz.
Muy difícil, para mis oídos, de entender en su plenitud.
En ocasiones prefieren susurrar, en otras inevitablemente hablan entre hipos y sollozos.
Hay momentos en que lo que se dice adquiere carácter de confesión y se transforma en un secreto susurrado. Esos son los peores momentos, a mayor gravedad en el asunto, mayor secreto y menor posibilidad de sincerarse y pedirles que hablen más fuerte, que así ni a ganchos entiendo que les pasó, o que se arrimen y me digan el secreto como corresponde: bien cerquita del oído. Habitualmente no me animo a pedir tanto y es ahí cuando me pierdo lo importante.
No se emiten con la misma frecuencia de onda expresiones como: “aprobé”, “conseguí entradas”, “apurate que se hace tarde” de estas otras: “no te quiero más”, “soy homosexual” “murió de sobredosis” o “tengo herpes”.
Esta natural inflexión de voz ante las noticias incómodas me ha dejado mal parada en más de una ocasión.
Las mejores circunstancias se dan cuando la noticia es oída y escuchada por muchos. Las reacciones del entorno me permiten adivinar de qué se trata. Si la chica que está al lado manifiesta un “no te puedo creer” fue un hecho inesperado, si otra agrega un “es mejor así, para que seguir sufriendo” estamos inevitablemente estragados o ante una muerte.
Por supuesto que esto sólo me pasa en reuniones sociales.
Si tengo suficiente cercanía, privacidad o confianza pregunto y pregunto hasta entender el tema que conmueve, no soy tan estúpida, ni tan desalmada.
Pero en los grupos amontonados me da vergüenza preguntar, temo resultar desubicada: ante la frase “los resultados le dieron mal, resultó que tenía prinlgólpolis” mandarme con un “¿que tenía qué?” desde cinco metros podría resultar algo molesto.
A veces falla.
Hace un par de semanas me encontré con una ex profesora del secundario que había dado por muerta, ella me hablaba y yo la miraba con los ojos como platos mientras pensaba de dónde había sacado esa información.
Después me acordé, ahora me falta descubrir de quién se estaba hablando hace dos años en esa larga mesa de reunión de ex alumnas.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Te digo que lo leí

Viernes a la noche, mientras engolosinábamos nuestros abdómenes con frutillas con crema (ñam!) imperaba zapping.
Me detengo esperanzada en una de Harry Potter que no vi.

- Ésta no la vi, ¿la vemos?
- Bueno.
- ¿qué libro es esta película?
- “El prisionero de Azkaban”
- Pero que número de libro digo
- El tres.
- ¿el tres? ¿estás seguro? Harry Potter se ve grande.
- Van atrasados con las películas má.
- Ah
- …
- Ubícame qué pasa en el libro que no me acuerdo.
- No lo leíste, por eso no te acordás.
- ¿Cómo que no lo leí? ¡Claro que lo leí! , los leí todos.
- Ese no. Me lo devolviste pidiéndome el “cuatro” diciendo que el "tres" te resultaba aburrido.
- …
- …
- Lo leí. Me acuerdo que lo leí. Vas a ver… preguntame algo del “tres” y vas a ver que lo leí.
Eduardo lógicamente comienza a fastidiarse. Pero es bueno, o se hace el bueno y pregunta:
- Hay una especie que Hagrid cuida y quiere mucho que en ese libro está amenazada, ¿cuál es?
- Myrtle la llorona.
- Ja, una especie dije. Me refería a un Hipogrifo.
- Ah, si si, me acuerdo. Otra pregunta.
- Hay tres cosas que están conectadas: el mapa del merodeador, la casa de los gritos y…
- Mmm… (absolutamente perdida)… el anillo!
- Eh?... no. ¿quién hizo el mapa del merodeador?
- Tom Ridley!
- No. No lo leiste má. Leélo, está bueno.
- Lo leí, lo leí. Son preguntas muy difíciles. Otra pregunta, dale.
- Dumbbledore le regala a Hermione un objeto, ¿para qué sirve?
- Dame opciones, dame opciones
- Para acelerar el tiempo, para atravesar paredes, para detener el tiempo.
- Para acelerar el tiempo.
- No. ¿En qué se transforma Syrius?
- La sé, la sé… en un lobo.
- No, en un perro.
- Ah por favor, es un lobo, un perro grande, casi lo mismo.
- Mmm, nop.
- Yo lo leí. Una última pregunta dale.
Eduardo ya dio cuenta de todas las frutillas con crema y se dispone a huir.
Antes pregunta divertido:

- ¿Qué tiene Harry arriba de la nariz?
- ¿Anteojos?
- ¡Si, muy bien! Tenías razón: lo leíste.
Quedo sonriendo estúpidamente. Rumbeo hacia mi auping haciendo escala en la heladera, me decido por un paquete de habanitos terrabusi. Antes paso por la biblioteca y capturo Harry Potter “tres” mientras reflexiono que mi hijo ha madurado notablemente y yo estoy cada día más cabeza dura.

sábado, 30 de agosto de 2008

Irresponsables, abstenerse

En el universo de conversaciones casuales de esta semana, hubo una que me dejó pensando.
Ocurrió en la oficina, todo empezó con un cordero asado; acabamos, curiosamente, hablando del peronismo.
Fue algo casual, esa manera de conversar “flotante” que ocasionalmente tenemos las mujeres. Es cuando lo que pensamos, se mezcla con lo que sentimos, leímos o escuchamos.
Hablar de “política” entre chicas es relajado: pensar muy distinto no nos abisma; cuando la charla se torna espinosa, nos sonreímos con afecto y pasamos a hablar del verde agua (parece que este verano viene con todo)
El asunto es que hay algo que me tiene preocupada. No tengo mucha información, ni recursos suficientes como para exponerlo con criterio, de modo que disculpen si resulto elíptica (pero éste es mi blog, que tanto pedir permiso…)
Si nos ofrecen algo que sabemos desagradable (como el aceite de hígado de bacalao, con el que asquearon a una generación de niños argentinos) podemos aceptarlo o no, al abrir la boca sabrá feo y no nos sorprenderá.
Si en cambio nos ofrecen una cucharada regordeta de dulce de leche Poncho Negro y al abrir la boca sabe espantoso, nos sentiremos frustrados y desconcertados. Enojados o tristes, pero sí profundamente decepcionados.
Hay un espacio dentro del juego político que implica manipular la información, articular estructuras demagógicas y desplegar cierto nivel de histrionismo. Nos hemos resignado a ello como nos resignamos a la ineficiencia de la gestión pública.
Ese espacio de engaño político, que se hace grosero en época de elecciones, debería tener sus límites. Hay ciertos tópicos que, por cuestiones de dignidad, no deberían recorrerse.
Insistir en recorrerlos y apropiarse de ellos como bandera es un acto de irresponsabilidad.
Al recurrir a espacios sociales no cuestionados (las organizaciones de derechos humanos por ejemplo) y no acompañar con sustento real el discurso progresista, se lo está vaciando de sentido. Y eso puede resultar muy peligroso, porque en el juego democrático es necesario que la mayoría de las personas continúen abriendo ingenuamente sus bocas.

domingo, 24 de agosto de 2008

Que PÁRpados !

Las mujeres adoramos que nos piropeen.
Así se trate de nuestro chico, los ajenos o desconocidos.
Nos hacemos las desentendidas o ponemos carita de “como te atreves a mirarme viejo verde”. En verdad nos gusta; es indiscutible el efecto autoestima-up que tiene el piropo callejero.
Claro que hay piropos y piropos: no es lo mismo un holabombón susurrado en el subte, que el alarido mamaaasa va pa la ginaaaaaashia vociferado desde el camión de pepsi.
Los primeros son bien recibidos y provocan una especie de sonrisa interna, apenas perceptible. Los otros nos dejan avergonzadas y atónitas.
A los muy bárbaros solemos acompañarlos con un gesto de desaprobación; ojitos hacia arriba mientras negamos con la cabeza.
La verdad es que tanto unos como otros siempre vienen bien.
También obviamente hay piropeadores y piropeadores: no es lo mismo un ganador diciéndonos algo bonito al pasar, que un señor entrado en carnes agitándose a nuestro paso mientras masculla obscenidades.
Como ya saben yo soy sorda y pelotuda y este asunto de los piropos se me complica.
De los tantísimos piropos que he recibido, sólo logré entender claramente un puñado de… digamos 12. Sé que se trata de piropos porque el sonido viene acompañado de gestos, bocinazos o miradas, afortunadamente los hombres suelen ser elocuentes.
Los más tímidos optan por emitir palabras apenas audibles en el exacto punto del cruce, nunca sabré que corchos han dicho. Aunque sospecho que las chicas en plenas facultades auditivas tampoco los entienden.
Una tarde íbamos caminando con mi amiga Mariana recibiendo piropos a nuestro paso (fueron casi 25 cuadras, no somos tan diosas) algunos de ellos muy entusiastas. Yo seguía hablando con ella animadamente, ignorándolos, los oía sí, pero no entendía nada como siempre.
En un punto ella me agarra el brazo y dice:
- Celes por favor, no sonrías mientras te dicen barbaridades.
- ¿Chanchadas?
- Sí, de las peores.
- ah..., ok. Vos avísame
.
Es que esto de ser sorda y tratar de resultar simpática no siempre se conjuga correctamente.
Aunque a mi autoestima la sordera le viene de perlas: siempre elijo escuchar las cosas bonitas.
Y cada vez que un hombre desconocido sonríe y me habla sin razón aparente, está diciéndome un piropo, ¿qué otra cosa podría ser? Piropo que yo por supuesto ignoro mientras continuo esbelta mi camino.

Excepto claro cuando los muy turros insisten, levantan la voz y repiten a los gritos desde el auto
“¿disculpáme, ésta es la calle Aranguren?”
… pero que tipo idiota.

sábado, 23 de agosto de 2008

Delitos Ambulantes



Domingo soleado rumbo al suburbano bonaerense en el tren San Martín.
Hacía tiempo que no viajaba en tren, está más feo, pensé.
Me impresionan las ventanillas: chiquitas, enrejadas y los asientos de chapa: duros y dispuestos a lo largo del vagón, como en el subte.
Imposible no observar a las pocas personas que están frente a mí. Son todos pasajeros solitarios, excepto una criatura madre de otra criatura más pequeña. Y yo, que voy con mi hijo adolescente enfrascado en su libro de manga.
Elijo mirar.
Empieza el desfile de vendedores ambulantes: tarjetas de teléfono, alfajores. Un señor muy entrenado llena el espacio con ruido y palabras; vende música en CD’s que él mismo compiló para complacencia de dos de mis compañeros de vagón quienes compran gustosos sendas selecciones de música tropical.
Vuelve el silencio. Quetrén- quetrén, quetrén-quetrén.
Clack clack clack!!! me sobresalto.
Hay un hombre, vestido como salido del Bronx aunque parecido a Carlitos Tévez, de pié y empuñando un cuchillo. El ruido lo provocó él mismo, golpeando el cuchillo contra el techo del vagón. Logró llamar la atención de casi todos (una chica con aires de “que asco todo esto” continúa leyendo su revista ELLE, indolente)
Mi hijo me mira y rápidamente me advierte: no digas nada. Yo no digo nada, pero mi cara es elocuente.
Mi hijo insiste susurrándome, no digas nada y no hagas gestos. No puedo no hacer gestos, la escena me resulta insoslayable.
Me quedo mirando azorada al tipo que vende cuchillos en el tren. Le doy una profunda, descalificadora y desafiante mirada. El tipo me ignora o no me ve. Menos mal.
No se trataba de cuchillos de cocina tramontinas, ni cuchillas, ni nada de esas ingenuidades, no.
El tipo vendía puñales militares. El tipo tenía un bolso lleno de armas blancas en el tren. Y las ofrecía a la venta poniéndolas en el regazo de los pasajeros.
Creo que esa misma noche vi en la TV un programa sobre la delincuencia.
Estaban haciéndoles un reportaje a un par de ladrones, que habían cometido varios asaltos a mano armada. No era una entrevista desde la cárcel, no. Ni las confesiones de un converso evangelista arrepentido por su pasado truculento. No.
Era un reportaje con caritas pixeladas para proteger a los delincuentes, con el par de malandrines caminando por la calle libremente, con un periodista hablándoles de manera amistosa y cómplice, con los chorros jactándose de sus trabajos y afanes. Contando la envergadura de sus robos. Contándonos el fin que habían dado al dinero de sus víctimas.
¿Eso no está MUY MAL?
Aún no logro discernir si yo estoy muy desubicada o los desubicados son ellos.
Este país, ineludiblemente ¿va p’atrás?

domingo, 17 de agosto de 2008

Sobre gustos...

... hay mucho escrito.
Ayer estaba leyendo un ensayo sobre el peronismo que está publicando Página12, lo escribió ese muchacho que dijo que cualquier pelotudo tiene un blog.
Aún no terminé de leerlo, se las ingenió para hablar de Borges. Y lo hace mal, claro.
No llegué vacía de prejuicio al sentarme a leer (encima la letra sale requetechiquita en la impresion) hasta ahora me hizo pensar en el asunto de las preferencias.
De cómo una misma música puede agradar a uno y dar arcadas a otros.
Y me acordé de esa afirmación polite que dice que "sobre gustos no hay nada escrito".
Me resulta una total hipocresía. Hay buenos y malos gustos.
Además hay bastante escrito.
Y si no alcanza escribo algo más: La cumbia villera es de mal gusto.

Ahora un jueguito para amenizar, lo encontré en un blog amigo y acepté el trago.
Estan invitados...

Si fuera pollo: alitas
Si fuera carne: de salmón
Si fuera pasta: con bróccoli y ajos
Si fuera pizza: a la piedraSi fuera vino: Malbec, del sur como éste.
Si fuera mate: dulce y en compañía.Si fuera café: express, con leche espumada.
Si fuera postre: panqueques con nutella y dulce de leche
Si fuera perfume: el mío.
Si fuera flor: de pajarona.
Si fuera cigarrillo: falso, de chocolate
Si fuera hombre: sería comandante de avión
Si fuera sexo: oralSi fuera perro: Mufimú, obvio.
Si fuera gato: mmm… Flic.
Si fuera ratón: Jerry
Si fuera auto: estaría lejos, por la ruta.
Si fuera bicicleta: la vieja aurorita.
Si fuera noche: de verano, estrellada y sin luna
Si fuera día: de otoño pescando
Si fuera color: celesteSi fuera verano: las sierras
Si fuera invierno: el océano
Si fuera deporte: cualquiera que no use pelotas.
Si fuera canal de TV: el que pasa friends los sábados a la mañana
Si fuera revista: Crochet de Clarín
Si fuera blog: algo así
Si fuera música: esta
Si fuera negra: cantaría mejor
Si fuera blanca: muy puta
Si fuera escritor: Borges
Si fuera pensador: MafaldaSi fuera superhéroe: El Eternauta
Si fuera veneno: el desamor
Si fuera virtud: la tolerancia
Si fuera sincera: diría que fue bajo los efectos del alcohol
Este trago me lo ofrecieron acá.
=)

sábado, 16 de agosto de 2008

Pedro Aznar, en concierto

Cuando rondaba los 13 años vivía conectada a los walkman, que eran toda una novedad, escuchando una y otra vez, canción tras canción, los casetes de Serú Girán.
Había entre toda esa música algo que la hacia diferente y especial.
Una especie de vibración torácica, dulce, sinfónica y emocional que me transportaba.
En casa nadie le prestaba mucha atención a la música, más allá de los tangos de D’arienzo de papá y los boleros de Manzanero de mamá, éramos una familia poco culta musicalmente hablando.
Tampoco tenía amigos que se dedicaran a tocar algún instrumento (esos vendrían más tarde) de modo que yo no encontraba las palabras para definir eso que me pasaba con algunas canciones de Serú.
Igual era feliz.
Después aprendí que entre todos los instrumentos estaba el bajo, y en el bajo Aznar.
Y en él su talento, sus climas, su poesía.
La preciosidad de su afinación. Su prolijidad, su buen criterio.
El impacto emocional. Su voz, su registro.
Su inteligencia para mantener sano sus talentos, su eclecticismo.
Su capacidad de aprendizaje. Su humildad.

No soy fanática de nada, ni de nadie.
Soy bastante mala siguiendo trayectorias y la de Pedro Aznar la abandoné cuando se acercó al folckore (género que no suelo transitar). Me quedé escuchando viejos casetes renovados en CDs y cómodos MP3 y fui encontrándolo en trabajos ajenos (su versión de “media verónica” de Calamaro me resultó sublime)
Gracias a un blog, hace unos días me enteré de su nuevo trabajo, y de la presentación en Buenos Aires.
Me felicito por estas dos decisiones:



De yapa algo que encontré en su página oficial:


Nunca te vi llorar.
Ahora que lo pienso,
nunca.

¿Qué muralla levantaste
al final de la playa
para que la marea
jamás llegue
a la vereda?

¿Qué pobre ventaja conseguís
andando por la vida
torciéndoles los brazos a las hadas,
apretando los dientes?

Es cierto,
alguna vez dijiste
que un día
decidiste
que ya nada te haría daño.

Le deseo
a tu engaño
que
se
d
e
s
m
o
r
o
n
e
.
Pronto.

Pedro Aznar, Nunca te ví llorar, en PRUEBAS DE FUEGO.

PD: Todo bien pero, please, no lo comparen con Spinetta.

Borges, El Reloj de Arena

Algo para compartir. Sobre el paso del tiempo.
Frase común que suele dejarse leer y escuchar, hasta banalizarla: “el inexorable paso del tiempo

R E L O J D E A R E N A

Está bien que se mida con la dura
sombra que una columna en el estío
arroja o con el agua de aquel río
en que Heráclito vio nuestra locura.


El tiempo, ya que al tiempo y al destino
se parecen los dos: la imponderable
sombra diurna y el curso irrevocable
del agua que prosigue su camino.


Está bien, pero el tiempo en los desiertos
otra substancia halló, suave y pesada,
que parece haber sido imaginada
para medir el tiempo de los muertos.


Surge así el alegórico instrumento
de los grabados de los diccionarios,
la pieza que los grises anticuarios
relegarán al mundo ceniciento


del alfil desparejo, de la espada
inerme, del borroso telescopio,
del sándalo mordido por el opio
del polvo, del azar y de la nada.

¿Quién no se ha demorado ante el severo
y tétrico instrumento que acompaña
en la diestra del dios a la guadaña
y cuyas líneas repitió Durero?

Por el ápice abierto el cono inverso
deja caer la cautelosa arena,
oro gradual que se desprende y llena
el cóncavo cristal de su universo.

Hay un agrado en observar la arcana
arena que resbala y que declina
y, a punto de caer, se arremolina
con una prisa que es del todo humana.

La arena de los ciclos es la misma

e infinita es la historia de la arena;
así, bajo tus dichas o tu pena,
la invulnerable eternidad se abisma.

No se detiene nunca la caída.
Yo me desangro, no el cristal.
El ritode decantar la arena es infinito
y con la arena se nos va la vida.

En los minutos de la arena creo
sentir el tiempo cósmico: la historia
que encierra en sus espejos la memoria
o que ha disuelto el mágico Leteo.

El pilar de humo y el pilar de fuego,
Cartago y Roma y su apretada guerra,
Simón Mago, los siete pies de tierra
que el rey sajón ofrece al rey noruego,

todo lo arrastra y pierde este incansable
hilo sutil de arena numerosa.
No he de salvarme yo, fortuita cosa
de tiempo, que es materia deleznable.

El Hacedor, 1960
Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899 – Ginebra, 14 de Junio de 1986)

Me gusta especialmente por los sinónimos, por su ritmo.
Siempre me deja pensando acerca del suspiro que somos los hombres en el tiempo,
y la perdurabilidad de las cosas: “yo me desangro, no el cristal”

SUSHI Instrucciones para preparar Salmon Skin Roll


Es un roll delicioso, lo he probado con el alga por fuera (maki) o en versión roll.
En cierto lugarcito japonés lo hacen con el agregado de una tortillita de huevo (un panqueque finito preparado con azúcar y sal) lo llaman tamago-skin roll. También lo probé sin alga nori, envuelto en tamago. Todas las versiones muy ricas.
Para darle un sabor más definido y especial a este roll, se requiere salsa Teriyaki.
Si bien es un roll algo complicado (exige cocción atenta) resulta muy económico. En los súpers chinos del barrio de Belgrano, donde venden el salmón fileteado y despinado, suelen descartar las pieles. Sólo basta con pedirlas (sonrisa mediante) y listo!
Hay que raspar la piel del salmón, para sacarle un poco las escamas (no demasiado y con cuidado que es frágil) y cortarla en trozos de 10 x 5 cm aprox.
Echar unas gotitas de aceite en una sartén de teflon, retirar el exceso con papel de cocina. Colocar en
la sartén la piel del salmón del lado de las escamas para arriba y bajar el fuego al minimísimo. Este proceso se puede hacer en el horno, colocando la piel entre placas antiadherentes, al fuego mínimo. Yo prefiero hacerlo en la sartén, dando vuelta los trozos pacientemente. Una vez que la piel del salmón se vea sequita y crocante (lleva su tiempo) le agrego salsa de soja (unas gotas) para dar sabor.
Este es el único ingrediente que tiene el salmón skin roll, si nos atuviéramos al protocolo, debería tratarse de un maki (sushi con un único ingrediente y envuelto en alga nori) pero lo he probado preparado como roll (con arroz y semillitas de sésamo por fuera) y queda muy bueno.


Para preparar el arroz y conocer la técnica de rolleo ver aquí y aquí.
La salsa teriyaki se compra los súpers chinos, ojo que hay dos versiones al menos: una líquida que se usa para marinar- esa no sirve- y otra espesita, es la que va.
Se agrega al final sobre las piezas cortadas y presentadas en el plato de servicio.

sábado, 9 de agosto de 2008

No te oí, ¿Qué dijiste?

Soy medio sorda. No “sorda tapia”, ni “escucho un poquito menos”, no… bastante sorda.
El término correcto es hipoacusia, que significa tener una disminución auditiva.
Hay diferentes grados de hipoacusia, así como hay diferentes grados de estupidez.
Yo tengo una hipoacusia media. Por eso la palabra que más repito desde que abro mis ojitos hasta que los cierro es “¿qué?”.
La variante para cuando no tengo la suficiente confianza es “Disculpáme, no te oí ¿qué dijiste?”
A veces hago la advertencia, sobre todo después de una segunda o tercera ocasión de compartir algún evento. Lo hago porque alguna vez ha llegado a mis oídos (je) que era antipática/distraída/medio rara/loca.
Los más imaginativos me creyeron bajo efecto de alguna droga y los más lógicos concluyeron en que soy lo que soy: medio sorda.
Yo me pongo en el lugar del otro, pobres… debe ser bastante desconcertante estar con una persona que aparenta ser agradable y comunicativa, pero luego preguntan “¿amargo o dulce?” y se los ignora con entera frialdad.

Desde pequeña he implementado algunos artilugios que ayudaron mi adecuación.
Al tratarse de una sordera leve y progresiva, fui adaptándome sin agobios a mis oídos en retroceso.
Así fue como aprendí naturalmente a leer los labios.
Yo podía desde lejos saber lo que estaban cuchicheando todos, siempre y cuando no me dieran la espalda.
Esa costumbre la conservo.
Claro que trae ciertos problemas consecutivos: leer los labios implica mirar la boca.
Yo miro mucho la boca.
Cierta vez un profesor de la facultad interpretó que estaba queriéndole decir algo con esa mirada constante y me invitó a “tomar un café”. Claro que algo quería decirle, si me hubiera animado le habría pedido que se afeitara el bigote.
La mayoría de las personas, se miran a los ojos. Yo en cambio tengo los míos puestos en la boca del otro. Eso es, al menos, perturbador.
Otra cosa que aprendí naturalmente es a mentir. No a decir mentiras, no. A fingir. No me refiero a orgasmos, esos no se mienten.
Aprendí a fingir que sé de qué me están hablando.
No es una apariencia intelectual.
No es que hablan de Ernes Einsteinstein y yo me hago la que sé, no. Es mucho peor: me están hablando con entusiasmo de un director de cine del cual no llegué a oír el nombre, confío en que mi animado interlocutor volverá a mencionarlo, mientras tanto sigo sonriendo calladita, seria o riendo de acuerdo a las expresiones del hablante y con cara de interés (el interés es genuino, desde ya). Mientras escucho atentamente lo maravillosa de la obra del sujeto en cuestión hago esfuerzo por encontrar el nombre en mi cabeza, al menos descubrirlo por contexto, voy atando cabos, es Ruso e hizo algo acerca de México y … bingo! Es Einsteinstein!
Entonces dejo de fingir, con gran alivio, y empiezo a hablar y contar que sí, que yo también, que está buenísimo…
Es sumamente agotador.
No tengo problemas en asumir mi parcial sordera, lo que pasa es que cuando lo hago suelen suceder algunas cosas de un modo indefectible:


Comienzan a hablar mo du lan do to do co mo si yo fue se o li go fré ni ca
(esto me sucede a menudo cuando se trata de docentes)
Comienzan a hablar a los gritos, no claro ni fuerte, a los gritos.
Comienzan a hablar gesticulando aparatosamente.
Dicen “hay… no se te nota para nada” luego me sonríen sin motivo todo el tiempo.
Se quedan helados. No saben que decir, se alejan.
Les surge una manifiesta conmiseración.
Les surge una (mal) disimulada conmiseración.


Estas cosas, a medida que fui creciendo, pasaron de molestarme a darme risa.
Para evitar pasar por desequilibrada, evito estar todo el tiempo dando explicaciones, o mejor, lo dejo en manos de los que me rodean, prefiero que ellos las den por mí.

Por suerte y parabienes, en los caminos de la vida me he cruzado
con personas que vivieron mi sordera de la mejor forma: con sentido
del humor. Y me lo han contagiado.
Que al fin de cuentas tomárselo con humorismo es la actitud
más saludable ante las cosas que no se pueden cambiar.

sábado, 2 de agosto de 2008

Mundo paraguas

Estoy harta de los paraguas chinos.
Al principio todas las cosas chinas eran feas, extremadamente rococó o decididamente espantosas.
Pero los chinos fueron perfeccionando su producción y se decidieron a imitar buenos diseños.
Entonces se transformaron en peligrosas, porque antes uno descartaba a simple vista esas porquerías inútiles, pero ahora podemos caer en la tentación de comprarnos por unos pesitos un destapador igualito al del catálogo de Alessi.
Yo despotrico con los paraguas, pero no los odio.
Me excuso diciendo que me molestan y que prefiero mojarme o caminar rápido debajo de los balcones.
La verdad del asunto de los paraguas es que ellos manifiestan dos de mis hábitos desagradables:
Suelo dejar olvidados determinados objetos personales
Acostumbro maltratar (los objetos que aún no perdí) hasta pulverizarlos.
No soy original ¿verdad?
No hay cosa más fácil de extraviar que un paraguas, sobre todo por la tarde cuando el sol está radiante y cargamos con carpetas, cartera y notebook. Dejarlo olvidado en el subte, más que una pérdida resulta una liberación.
Hacerlo añicos tampoco es tarea difícil.
Si optamos por los plegables, nótese que a mayor miniaturización, menor practicidad e inmediatez en la rotura. Es un oprobio circular con jirones de paraguas, poniendo en riesgo al próximo prójimo.
Los más grandes suelen aparecer tirados en el piso del auto, justo debajo de los pies del tío mayor que sentamos atrás. También permanecen dentro del paragüero de la oficina por meses, húmedos y amontonados con otros paraguas ajenos.
Todos terminan indefectiblemente en el carrito del cartonero.
Hace años aparecieron unos paraguas negros con botón de apertura que lo invadieron todo.
Yo se los robaba a mi papá, éramos un equipo perfecto: el mantenía su arsenal de paraguas y yo me encargaba de perderlos/destrozarlos.
Esos paraguas con botones "automáticos" eran verdaderas armas mortales, plic, shuut, trac… al principio funcionaban más o menos bien, pero al poco tiempo me machucaba las costillas tratando de mantenerlos decorosamente cerrados en medio del colectivo, una ignominia.
Como sea, lo peor de los paraguas es haber nacido chinos, aún los que portan marca.
Créanme.
Ya estoy grandecita y me pregunto ¿Cómo harán esas chicas súper-cuidadosas para lograr conservar intactos sus hermosos paraguas?
De modo que así como un buen día decidí ordenar mi placard, separando las prendas por color y conservar el orden sin remisión (lo recomiendo, no sólo se ganan minutos sino que se logra un look más acabado) esta vez me propuse adquirir el paraguas definitivo de mi vida.

Di con una antigua paragüería en el barrio de Flores, donde se puede elegir el armazón, la tela y hasta el manguito.
Una preciosura, ya verán. El viernes próximo me lo entregan, si llueve lo estreno.
Entonces dejarán de acecharme las prolijitas y sobre todo los chinos. Espero.

viernes, 1 de agosto de 2008

Mafalda, Gardel y Perón

Mafalda está siendo traducida al inglés. Un inglés bastante neutro, sin giros ni localismos, de cuidada gramática.
La nota me sorprendió hace unos meses desde el Clarín Revista: “Ahora Mafalda piensa en Inglés”.
El título me resultó poco feliz, estuve reflexionando sobre eso y ya no hay con que darle: se instaló en mi cabeza otra idea rara.
Había tenido una idea de esas hace tiempo, pero un amigo muy lúcido se encargó de hacérmela repensar. Yo decía “Los yankees no entienden a los Simpson”. Él me hizo notar que no todos los yankees son iguales. Como no todos los argentinos lo somos. Un neoyorquino difiere de un habitante de Ohio; como un rosarino lo hace a alguien que vive en Ingeniero Jacobacci.
Además estaban Woody Allen y luego vino Lost y finalmente tuve que admitir que estaba pensando como una vulgar pichiruchi.
Volviendo a “Mafalda and your friends” y a mi idea rara: ciertas tiras serán omitidas. De acuerdo a lo que leí, la mayoría de las que aluden al odio de Mafalda hacia la sopa; parece que los niños del norte adoran la sopa y se quedaban afuera de los chistes.
Acá hay algo que no comprendo: debido a mi trabajo estoy en contacto con casi 200 niños almorzando todos los días y les aseguro ¡Adoran la Sopa! Hubo una nena, muy personal ella, de unos 7 añitos que anunció mientras pedía su 3º plato: Yo sé que a Mafalda no le gusta la sopa ¡pero a mi me encanta!
En esos momentos nos divierte pensar que si Mafalda los viera se moriría del asco. Llegamos a la conclusión que se trata de una cuestión generacional.
Las maniobras del marketing han resuelto el problema y ahora la sopa goza de prestigio y deleita a las nuevas generaciones.
Entonces, si nuestros niñitos pueden discernir el chiste aún sin compartir las preferencias ¿por qué fue necesario ese sesgo para hacerlo inteligible al público norteamericano?
Debo admitirlo, esto de compartir a Mafalda me produce cierto celo.
No sentí lo mismo cuando vi la historieta traducida al francés, al chino o al italiano. Pero en este caso sí.
Me pregunto ¿a quién estará dirigida la campaña de venta?
Seguramente a los estudiantes de español, de humor gráfico, a los docentes, a los hijos de inmigrantes latinos, a algunas tribus urbanas consumidoras de exotismo.
Más de un argentino viviendo lejos lo regalará a sus amigos de habla inglesa para intentar abrirles la puerta que a él lo reflejó.
Porque Mafalda nos refleja.
No se trata sólo de una mirada aguda y crítica de la sociedad.
Es más que el personaje de una nena hablando como adulta y haciéndonos reflexionar. Es mucho más que eso. Es lo cotidiano, las costumbres, nuestros miedos, nuestra idiosincrasia, la forma de comunicarnos, de creer en nosotros, nuestras equivocaciones.
Es también la ingenuidad, la niñez y sus puertas.
Mafalda es fundamentalmente esas cosas, por añadidura nos acerca la irreverencia, la crítica social, la ironía. Pero lo que la convierte en adorable es lo menos valorado desde la mirada lejana.
No sé si me explico.
Vemos un cuadro entre cinco personas y empezamos a buscar momentos, imágenes, discursos, mensajes en, por ejemplo, unas banderitas. Encontramos al artista y le preguntamos: ¿qué metáfora ocultan esas banderitas?, Ninguna, son simplemente banderitas.

Es como si ellos se quedaran sólo con la superficie, que en el caso de Mafalda no es justamente lo más superficial sino lo más complejo.

Por otro lado me encantaría saber como corchos hicieron para traducir lo que transmite esto:


domingo, 27 de julio de 2008

Daaaale má


1PM, domingo. Cuarto en penumbras. Hija adolescente durmiendo.
Adentro olor a pelo sucio, hormonas y zapatillas húmedas. Afuera, olor a sol y tostadas.
madre (otra, no yo): Mmm… éstas medias, ¿son para lavar?
hija adolescente (dormida): No me apagues la computadora.
10PM, sábado. Cuarto iluminado con todas las luces existentes.
Adolescente completamente vestido tirado en la cama boca abajo y sin dar señales de vida. Cena preparada. Entro, pienso ufs se durmió, lo dejo un rato más.
Salgo apagando las luces. Mi hijo despierta sobresaltado.
- Por favor má, no me apagues la computadora.
11:30PM, mismo día, misma situación, cuarto oscuras.
Vuelvo a entrar, advierto que tiene las zapatillas puestas y se las saco con cuidado.
Mi hijo se despierta de nuevo.
- (Repite alienado) No me apagues la computadora.
 0:15AM, mismo día. Ya preocupada y, fundamentalmente, hambrienta vuelvo a la carga.
-Edu, ¿vas a cenar?
- (entre sueños) No, gracias... má: no me apagues la computadora.

¿Cómo es que esos pequeños adorables, que nos hacían sonreír de emoción e inflamar de orgullo, se van convirtiendo en personas altas, de pies grandes, espaldas anchas, peludas y olorosas que arrasan con nuestra heladera? ¿Cómo es que hasta en sueños siguen conectados a su computadora?
Seguramente por la misma razón que estoy hace 15 minutos tratando de entrar a
mi correo… maldito EMULE... Acaparadores de megas... grr...
¿Qué cosas tan importantes bajan, que parece cuestión de vida o muerte?
Siempre, indefectiblemente, se trata del “último capítulo”  de PrisionBreak/LosSimpson/DoctorHouse/o cualquier película japonesa… grr...