sábado, 26 de abril de 2008

Sierra de La Ventana

Durante una tarde nublada de las mini-vacaciones en Sierra de la Ventana me sorprenden las ruinas de un hotel,  que  –a juzgar por las ruinas– fue magnífico. 
Una simple caminata entre los escombros y uno se va de vuelta al pueblo, pero yo no me voy por completo. Me quedo con la curiosidad por saber qué pasó, imaginando lo grandioso que habrá sido y bastante triste. La tarde no ayuda, se larga a llover. 
El lugar está herrumbado, saqueado, roto, invadido por las malezas. Parece soportar con estoicismo las baldosas y revoques de una frustrada reconstrucción. No sé qué me resulta más patético: si la guía del lugar repitiendo sin ganas y a los gritos frases efectistas, o la desidia, que puede sentirse con todos los sentidos. Dan ganas de salir corriendo y llorar a escondidas. Pero me porto bien, hago algunos comentarios triviales, incluso festejo los chistes. 
El Hotel se empezó a construir en 1904. El proyecto nació con el del Ferrocarril del Sud, que incluía el emplazamiento de una nueva parada de trenes y de un hotel destinado a los constructores e ingenieros. 
Eran 6400 m2 de superficie cubierta en los que estaban repartidos la gran recepción, el hall y la galería de vista panorámica. El salón comedor, el restaurante y el bar. Un jardín de invierno, un salón de fiestas, un cine y un teatro, más tres salas de casino con bar y night
Tenía sala de música para conciertos, una completa biblioteca, una torre –la torre del mirador– y un gimnasio. Contaba con 173 habitaciones calefaccionadas 58 baños completos, más cuatro suites de dos dormitorios, cocina y baño.
Para atender a los huéspedes, el área de servicios ofrecía dos enfermerías, farmacia, peluquería de señores y de damas. Lavadero y secadero de ropa, local de planchado y depósito. Tenía una gran cocina con ocho hornos y doce hornallas, spiedos, horno de panadería, piletones de lavado y secado de vajilla al vapor. Ahí se cocinaban los manjares que todavía tientan desde el menú.
En la cocina se usaban verduras y hortalizas del huerto propio, las confituras se hacían con frutas y castañas de las cincuenta hectáreas destinadas a los frutales. Los platos de aves, huevos y embutidos se facturaban con animales de la granja y del corral. Había una lechería con galpones de ordeñe y hasta una fábrica propia para los derivados; quesos, manteca y cremas. 
Criaban su propio ganado y las carnes rojas se trasladaban a la cámara frigorífica o a la carnicería para la faena diaria.
El Hotel contaba también con un molino harinero completo con toda la maquinaria para la molienda y el depósito de harinas además de una panadería con mezcladoras, amasadoras y hornos de cocción. Allí se había armado una fábrica de fideos para el consumo interno y para distribuir en la comarca. 
Tenía sus propias abejas para la provisión de miel. 
El agua potable se obtenía de los arroyos cercanos y era dirigida mediante surtidores. Había una estación de bombeo que depositaba el agua en una enorme cisterna. El Hotel generaba la energía eléctrica que consumía con una gran usina a vapor.
La cerveza era tirada con un sistema de refrigeración y circulación con capacidad para trescientos litros. La despensa ocupaba 100m2 y había, además de cámaras frigoríficas, una fábrica de hielo. 
No todo era para el verano, el Hotel se calefaccionaba completamente con una gran caldera.
Los vehículos se reparaban en la herrería, ahí también se armaban  herramientas y se fabricaban artesanías. También había una carpintería y una ebanistería para reparar los muebles y para fabricar las aberturas del hotel.
Los alrededores del Hotel estaban parquizados, se forestaron 120 hectáreas con variadas y exóticas especies. Los parques de estilo estaban decorados con columnas de herrería artística e iluminadas mediante gas carburo.
Para las prácticas deportivas había un green de 18 hoyos; canchas de Polo, Fútbol y Tenis; pistas de vareo y salto para caballos. Una gran Piscina contaba con playa artificial de arena cercana al arroyo Las Piedras, ahí funcionaba una Casa de té y dulces.
Para acercar a los viajeros desde la estación Sauce Grande (hoy Sierra de la Ventana) se había construido una trocha angosta de doce kilómetros km dejaba a los huéspedes en la recepción del Hotel.
La estructura era de hierro, las paredes de madera recubiertas con mosaicos venecianos y andaluces, mampostería en yeso artístico y molduras de maderas fileteadas en oro. Las escaleras eran de mármol de Carrara.

Todos los baños y las cocinas tenían los pisos y paredes  cubiertos con pequeños mosaicos hexagonales brillantes que semejaban marfil. La grifería tenía incrustaciones de oro y plata.
Para abastecer de ladrillos la construcción de este enorme complejo se adquirió una fábrica de ladrillos mecánica, se instalaron rieles y un Lecauville a tracción a sangre.
Para vestir y equipar el Hotel se seleccionó lencería de hilo, vajillas Sevres, Limoges y Sheffield. La platería y la porcelana era de estilo renacentista.
Los muebles eran de roble italiano y de Eslavonia. 
Las lámparas y arañas estaban repletas de caireles de cristal de Bohemia.
El Hotel representaba la suntuosidad y el lujo característicos de la Bella Época. Hoy es una ruina, pero ruina de verdad. Claro que podríamos pensar en la vigorosa victoria de la democracia de masas sobre la oligarquía dominante y sería una buena manera de justificar el deterioro y el abandono, pero no: el Hotel fue saqueado y robado. 
Pasaron cortafierro por las paredes, arrancaron la mampostería, las escaleras y se robaron los muebles y cortinas. En 1942 la Pcia. de Buenos Aires lo compró para transformarlo en una colonia de vacaciones, era la época en la que los paraísos vacacionales se abrían a los obreros, pero la remodelación nunca llegó y terminaron de saquearlo. Tuvo su momento protagónico durante la guerra, cuando sirvió de alojamiento a los “prisioneros” alemanes del Graff Spee.
Al Hotel lo han abandonado, vendido, regalado, rematado y al final un incendio intencional llenó  los bolsillos de algún asegurado con pocos escrúpulos.
Una pena.