martes, 20 de mayo de 2008

Mundo cuchillos


No está bueno saber como se hacen las salchichas. Algo tan práctico a la hora de alimentar niños no puede estar hecho de… de… Mejor no. Créanme, antes de saberlo, yo era mucho más feliz. Hay una felicidad basada en la ingenuidad (y el tema de las salchichas es una de las ignorancias menos trascendentes).
De todas maneras, este post trata de algo no tan superfluo como las salchichas (ni tan profundo como las mentiras terminales); trata acerca de esa felicidad rebosante que acompaña a los ingenuos.
Antes de entrar en el mundo cuchillos, yo era una ingenua. Era incapaz de diferenciar un verdadero cuchillo forjado, de un vulgar estampado y había vivido casi cuarenta años cortando mis cebollas con vulgares tramontinas.
Pero siempre hay un día para empezar y ese fue el día en el que Juan anunció que necesitaba un set de cuchillos para su cocina. Estaba claro que no se trataba de una necesidad, pero bueno. A simple vista, la compra de un set de cuchillos no parecía una actividad peligrosa, así que decidí participar.
Ya había invertido algunas horas en visitar las casas del ramo y otras horas en recorrer la web cuando entendí que no iba a ser sencillo; Juan se lo había tomado en serio.
La peor revelación vino después: toda mi vida había cortado y cuchilleado con absolutas berretadas y nunca más podría filetear ni una simple lechuga a menos que empuñara auténtico acero alemán.
El mal ya estaba hecho y fue irreversible.
Después de ver y tocar esos cuchillos forjados, después de sopesar y acariciar esos objetos… ya no podía conformarme.
En un arrebato de sensatez atiné a preguntar: Si cuestan, digamos... veinte veces más que uno común, ¿serán veinte veces mejores? Llegué a escuchar un argumento que incluía “unidades de felicidad” y otros inventos verbales … 
Debo admitirlo, los cuchillos alemanes quedan lindos y cortan primorosamente.  
Pero el viaje al mundo cuchillos fue un viaje de ida.