sábado, 30 de agosto de 2008

Irresponsables, abstenerse

En el universo de conversaciones casuales de esta semana, hubo una que me dejó pensando.
Ocurrió en la oficina, todo empezó con un cordero asado; acabamos, curiosamente, hablando del peronismo.
Fue algo casual, esa manera de conversar “flotante” que ocasionalmente tenemos las mujeres. Es cuando lo que pensamos, se mezcla con lo que sentimos, leímos o escuchamos.
Hablar de “política” entre chicas es relajado: pensar muy distinto no nos abisma; cuando la charla se torna espinosa, nos sonreímos con afecto y pasamos a hablar del verde agua (parece que este verano viene con todo)
El asunto es que hay algo que me tiene preocupada. No tengo mucha información, ni recursos suficientes como para exponerlo con criterio, de modo que disculpen si resulto elíptica (pero éste es mi blog, que tanto pedir permiso…)
Si nos ofrecen algo que sabemos desagradable (como el aceite de hígado de bacalao, con el que asquearon a una generación de niños argentinos) podemos aceptarlo o no, al abrir la boca sabrá feo y no nos sorprenderá.
Si en cambio nos ofrecen una cucharada regordeta de dulce de leche Poncho Negro y al abrir la boca sabe espantoso, nos sentiremos frustrados y desconcertados. Enojados o tristes, pero sí profundamente decepcionados.
Hay un espacio dentro del juego político que implica manipular la información, articular estructuras demagógicas y desplegar cierto nivel de histrionismo. Nos hemos resignado a ello como nos resignamos a la ineficiencia de la gestión pública.
Ese espacio de engaño político, que se hace grosero en época de elecciones, debería tener sus límites. Hay ciertos tópicos que, por cuestiones de dignidad, no deberían recorrerse.
Insistir en recorrerlos y apropiarse de ellos como bandera es un acto de irresponsabilidad.
Al recurrir a espacios sociales no cuestionados (las organizaciones de derechos humanos por ejemplo) y no acompañar con sustento real el discurso progresista, se lo está vaciando de sentido. Y eso puede resultar muy peligroso, porque en el juego democrático es necesario que la mayoría de las personas continúen abriendo ingenuamente sus bocas.

domingo, 24 de agosto de 2008

Que PÁRpados !

Las mujeres adoramos que nos piropeen.
Así se trate de nuestro chico, los ajenos o desconocidos.
Nos hacemos las desentendidas o ponemos carita de “como te atreves a mirarme viejo verde”. En verdad nos gusta; es indiscutible el efecto autoestima-up que tiene el piropo callejero.
Claro que hay piropos y piropos: no es lo mismo un holabombón susurrado en el subte, que el alarido mamaaasa va pa la ginaaaaaashia vociferado desde el camión de pepsi.
Los primeros son bien recibidos y provocan una especie de sonrisa interna, apenas perceptible. Los otros nos dejan avergonzadas y atónitas.
A los muy bárbaros solemos acompañarlos con un gesto de desaprobación; ojitos hacia arriba mientras negamos con la cabeza.
La verdad es que tanto unos como otros siempre vienen bien.
También obviamente hay piropeadores y piropeadores: no es lo mismo un ganador diciéndonos algo bonito al pasar, que un señor entrado en carnes agitándose a nuestro paso mientras masculla obscenidades.
Como ya saben yo soy sorda y pelotuda y este asunto de los piropos se me complica.
De los tantísimos piropos que he recibido, sólo logré entender claramente un puñado de… digamos 12. Sé que se trata de piropos porque el sonido viene acompañado de gestos, bocinazos o miradas, afortunadamente los hombres suelen ser elocuentes.
Los más tímidos optan por emitir palabras apenas audibles en el exacto punto del cruce, nunca sabré que corchos han dicho. Aunque sospecho que las chicas en plenas facultades auditivas tampoco los entienden.
Una tarde íbamos caminando con mi amiga Mariana recibiendo piropos a nuestro paso (fueron casi 25 cuadras, no somos tan diosas) algunos de ellos muy entusiastas. Yo seguía hablando con ella animadamente, ignorándolos, los oía sí, pero no entendía nada como siempre.
En un punto ella me agarra el brazo y dice:
- Celes por favor, no sonrías mientras te dicen barbaridades.
- ¿Chanchadas?
- Sí, de las peores.
- ah..., ok. Vos avísame
.
Es que esto de ser sorda y tratar de resultar simpática no siempre se conjuga correctamente.
Aunque a mi autoestima la sordera le viene de perlas: siempre elijo escuchar las cosas bonitas.
Y cada vez que un hombre desconocido sonríe y me habla sin razón aparente, está diciéndome un piropo, ¿qué otra cosa podría ser? Piropo que yo por supuesto ignoro mientras continuo esbelta mi camino.

Excepto claro cuando los muy turros insisten, levantan la voz y repiten a los gritos desde el auto
“¿disculpáme, ésta es la calle Aranguren?”
… pero que tipo idiota.

sábado, 23 de agosto de 2008

Delitos Ambulantes



Domingo soleado rumbo al suburbano bonaerense en el tren San Martín.
Hacía tiempo que no viajaba en tren, está más feo, pensé.
Me impresionan las ventanillas: chiquitas, enrejadas y los asientos de chapa: duros y dispuestos a lo largo del vagón, como en el subte.
Imposible no observar a las pocas personas que están frente a mí. Son todos pasajeros solitarios, excepto una criatura madre de otra criatura más pequeña. Y yo, que voy con mi hijo adolescente enfrascado en su libro de manga.
Elijo mirar.
Empieza el desfile de vendedores ambulantes: tarjetas de teléfono, alfajores. Un señor muy entrenado llena el espacio con ruido y palabras; vende música en CD’s que él mismo compiló para complacencia de dos de mis compañeros de vagón quienes compran gustosos sendas selecciones de música tropical.
Vuelve el silencio. Quetrén- quetrén, quetrén-quetrén.
Clack clack clack!!! me sobresalto.
Hay un hombre, vestido como salido del Bronx aunque parecido a Carlitos Tévez, de pié y empuñando un cuchillo. El ruido lo provocó él mismo, golpeando el cuchillo contra el techo del vagón. Logró llamar la atención de casi todos (una chica con aires de “que asco todo esto” continúa leyendo su revista ELLE, indolente)
Mi hijo me mira y rápidamente me advierte: no digas nada. Yo no digo nada, pero mi cara es elocuente.
Mi hijo insiste susurrándome, no digas nada y no hagas gestos. No puedo no hacer gestos, la escena me resulta insoslayable.
Me quedo mirando azorada al tipo que vende cuchillos en el tren. Le doy una profunda, descalificadora y desafiante mirada. El tipo me ignora o no me ve. Menos mal.
No se trataba de cuchillos de cocina tramontinas, ni cuchillas, ni nada de esas ingenuidades, no.
El tipo vendía puñales militares. El tipo tenía un bolso lleno de armas blancas en el tren. Y las ofrecía a la venta poniéndolas en el regazo de los pasajeros.
Creo que esa misma noche vi en la TV un programa sobre la delincuencia.
Estaban haciéndoles un reportaje a un par de ladrones, que habían cometido varios asaltos a mano armada. No era una entrevista desde la cárcel, no. Ni las confesiones de un converso evangelista arrepentido por su pasado truculento. No.
Era un reportaje con caritas pixeladas para proteger a los delincuentes, con el par de malandrines caminando por la calle libremente, con un periodista hablándoles de manera amistosa y cómplice, con los chorros jactándose de sus trabajos y afanes. Contando la envergadura de sus robos. Contándonos el fin que habían dado al dinero de sus víctimas.
¿Eso no está MUY MAL?
Aún no logro discernir si yo estoy muy desubicada o los desubicados son ellos.
Este país, ineludiblemente ¿va p’atrás?

domingo, 17 de agosto de 2008

Sobre gustos...

... hay mucho escrito.
Ayer estaba leyendo un ensayo sobre el peronismo que está publicando Página12, lo escribió ese muchacho que dijo que cualquier pelotudo tiene un blog.
Aún no terminé de leerlo, se las ingenió para hablar de Borges. Y lo hace mal, claro.
No llegué vacía de prejuicio al sentarme a leer (encima la letra sale requetechiquita en la impresion) hasta ahora me hizo pensar en el asunto de las preferencias.
De cómo una misma música puede agradar a uno y dar arcadas a otros.
Y me acordé de esa afirmación polite que dice que "sobre gustos no hay nada escrito".
Me resulta una total hipocresía. Hay buenos y malos gustos.
Además hay bastante escrito.
Y si no alcanza escribo algo más: La cumbia villera es de mal gusto.

Ahora un jueguito para amenizar, lo encontré en un blog amigo y acepté el trago.
Estan invitados...

Si fuera pollo: alitas
Si fuera carne: de salmón
Si fuera pasta: con bróccoli y ajos
Si fuera pizza: a la piedraSi fuera vino: Malbec, del sur como éste.
Si fuera mate: dulce y en compañía.Si fuera café: express, con leche espumada.
Si fuera postre: panqueques con nutella y dulce de leche
Si fuera perfume: el mío.
Si fuera flor: de pajarona.
Si fuera cigarrillo: falso, de chocolate
Si fuera hombre: sería comandante de avión
Si fuera sexo: oralSi fuera perro: Mufimú, obvio.
Si fuera gato: mmm… Flic.
Si fuera ratón: Jerry
Si fuera auto: estaría lejos, por la ruta.
Si fuera bicicleta: la vieja aurorita.
Si fuera noche: de verano, estrellada y sin luna
Si fuera día: de otoño pescando
Si fuera color: celesteSi fuera verano: las sierras
Si fuera invierno: el océano
Si fuera deporte: cualquiera que no use pelotas.
Si fuera canal de TV: el que pasa friends los sábados a la mañana
Si fuera revista: Crochet de Clarín
Si fuera blog: algo así
Si fuera música: esta
Si fuera negra: cantaría mejor
Si fuera blanca: muy puta
Si fuera escritor: Borges
Si fuera pensador: MafaldaSi fuera superhéroe: El Eternauta
Si fuera veneno: el desamor
Si fuera virtud: la tolerancia
Si fuera sincera: diría que fue bajo los efectos del alcohol
Este trago me lo ofrecieron acá.
=)

sábado, 16 de agosto de 2008

Pedro Aznar, en concierto

Cuando rondaba los 13 años vivía conectada a los walkman, que eran toda una novedad, escuchando una y otra vez, canción tras canción, los casetes de Serú Girán.
Había entre toda esa música algo que la hacia diferente y especial.
Una especie de vibración torácica, dulce, sinfónica y emocional que me transportaba.
En casa nadie le prestaba mucha atención a la música, más allá de los tangos de D’arienzo de papá y los boleros de Manzanero de mamá, éramos una familia poco culta musicalmente hablando.
Tampoco tenía amigos que se dedicaran a tocar algún instrumento (esos vendrían más tarde) de modo que yo no encontraba las palabras para definir eso que me pasaba con algunas canciones de Serú.
Igual era feliz.
Después aprendí que entre todos los instrumentos estaba el bajo, y en el bajo Aznar.
Y en él su talento, sus climas, su poesía.
La preciosidad de su afinación. Su prolijidad, su buen criterio.
El impacto emocional. Su voz, su registro.
Su inteligencia para mantener sano sus talentos, su eclecticismo.
Su capacidad de aprendizaje. Su humildad.

No soy fanática de nada, ni de nadie.
Soy bastante mala siguiendo trayectorias y la de Pedro Aznar la abandoné cuando se acercó al folckore (género que no suelo transitar). Me quedé escuchando viejos casetes renovados en CDs y cómodos MP3 y fui encontrándolo en trabajos ajenos (su versión de “media verónica” de Calamaro me resultó sublime)
Gracias a un blog, hace unos días me enteré de su nuevo trabajo, y de la presentación en Buenos Aires.
Me felicito por estas dos decisiones:



De yapa algo que encontré en su página oficial:


Nunca te vi llorar.
Ahora que lo pienso,
nunca.

¿Qué muralla levantaste
al final de la playa
para que la marea
jamás llegue
a la vereda?

¿Qué pobre ventaja conseguís
andando por la vida
torciéndoles los brazos a las hadas,
apretando los dientes?

Es cierto,
alguna vez dijiste
que un día
decidiste
que ya nada te haría daño.

Le deseo
a tu engaño
que
se
d
e
s
m
o
r
o
n
e
.
Pronto.

Pedro Aznar, Nunca te ví llorar, en PRUEBAS DE FUEGO.

PD: Todo bien pero, please, no lo comparen con Spinetta.

Borges, El Reloj de Arena

Algo para compartir. Sobre el paso del tiempo.
Frase común que suele dejarse leer y escuchar, hasta banalizarla: “el inexorable paso del tiempo

R E L O J D E A R E N A

Está bien que se mida con la dura
sombra que una columna en el estío
arroja o con el agua de aquel río
en que Heráclito vio nuestra locura.


El tiempo, ya que al tiempo y al destino
se parecen los dos: la imponderable
sombra diurna y el curso irrevocable
del agua que prosigue su camino.


Está bien, pero el tiempo en los desiertos
otra substancia halló, suave y pesada,
que parece haber sido imaginada
para medir el tiempo de los muertos.


Surge así el alegórico instrumento
de los grabados de los diccionarios,
la pieza que los grises anticuarios
relegarán al mundo ceniciento


del alfil desparejo, de la espada
inerme, del borroso telescopio,
del sándalo mordido por el opio
del polvo, del azar y de la nada.

¿Quién no se ha demorado ante el severo
y tétrico instrumento que acompaña
en la diestra del dios a la guadaña
y cuyas líneas repitió Durero?

Por el ápice abierto el cono inverso
deja caer la cautelosa arena,
oro gradual que se desprende y llena
el cóncavo cristal de su universo.

Hay un agrado en observar la arcana
arena que resbala y que declina
y, a punto de caer, se arremolina
con una prisa que es del todo humana.

La arena de los ciclos es la misma

e infinita es la historia de la arena;
así, bajo tus dichas o tu pena,
la invulnerable eternidad se abisma.

No se detiene nunca la caída.
Yo me desangro, no el cristal.
El ritode decantar la arena es infinito
y con la arena se nos va la vida.

En los minutos de la arena creo
sentir el tiempo cósmico: la historia
que encierra en sus espejos la memoria
o que ha disuelto el mágico Leteo.

El pilar de humo y el pilar de fuego,
Cartago y Roma y su apretada guerra,
Simón Mago, los siete pies de tierra
que el rey sajón ofrece al rey noruego,

todo lo arrastra y pierde este incansable
hilo sutil de arena numerosa.
No he de salvarme yo, fortuita cosa
de tiempo, que es materia deleznable.

El Hacedor, 1960
Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899 – Ginebra, 14 de Junio de 1986)

Me gusta especialmente por los sinónimos, por su ritmo.
Siempre me deja pensando acerca del suspiro que somos los hombres en el tiempo,
y la perdurabilidad de las cosas: “yo me desangro, no el cristal”

SUSHI Instrucciones para preparar Salmon Skin Roll


Es un roll delicioso, lo he probado con el alga por fuera (maki) o en versión roll.
En cierto lugarcito japonés lo hacen con el agregado de una tortillita de huevo (un panqueque finito preparado con azúcar y sal) lo llaman tamago-skin roll. También lo probé sin alga nori, envuelto en tamago. Todas las versiones muy ricas.
Para darle un sabor más definido y especial a este roll, se requiere salsa Teriyaki.
Si bien es un roll algo complicado (exige cocción atenta) resulta muy económico. En los súpers chinos del barrio de Belgrano, donde venden el salmón fileteado y despinado, suelen descartar las pieles. Sólo basta con pedirlas (sonrisa mediante) y listo!
Hay que raspar la piel del salmón, para sacarle un poco las escamas (no demasiado y con cuidado que es frágil) y cortarla en trozos de 10 x 5 cm aprox.
Echar unas gotitas de aceite en una sartén de teflon, retirar el exceso con papel de cocina. Colocar en
la sartén la piel del salmón del lado de las escamas para arriba y bajar el fuego al minimísimo. Este proceso se puede hacer en el horno, colocando la piel entre placas antiadherentes, al fuego mínimo. Yo prefiero hacerlo en la sartén, dando vuelta los trozos pacientemente. Una vez que la piel del salmón se vea sequita y crocante (lleva su tiempo) le agrego salsa de soja (unas gotas) para dar sabor.
Este es el único ingrediente que tiene el salmón skin roll, si nos atuviéramos al protocolo, debería tratarse de un maki (sushi con un único ingrediente y envuelto en alga nori) pero lo he probado preparado como roll (con arroz y semillitas de sésamo por fuera) y queda muy bueno.


Para preparar el arroz y conocer la técnica de rolleo ver aquí y aquí.
La salsa teriyaki se compra los súpers chinos, ojo que hay dos versiones al menos: una líquida que se usa para marinar- esa no sirve- y otra espesita, es la que va.
Se agrega al final sobre las piezas cortadas y presentadas en el plato de servicio.

sábado, 9 de agosto de 2008

No te oí, ¿Qué dijiste?

Soy medio sorda. No “sorda tapia”, ni “escucho un poquito menos”, no… bastante sorda.
El término correcto es hipoacusia, que significa tener una disminución auditiva.
Hay diferentes grados de hipoacusia, así como hay diferentes grados de estupidez.
Yo tengo una hipoacusia media. Por eso la palabra que más repito desde que abro mis ojitos hasta que los cierro es “¿qué?”.
La variante para cuando no tengo la suficiente confianza es “Disculpáme, no te oí ¿qué dijiste?”
A veces hago la advertencia, sobre todo después de una segunda o tercera ocasión de compartir algún evento. Lo hago porque alguna vez ha llegado a mis oídos (je) que era antipática/distraída/medio rara/loca.
Los más imaginativos me creyeron bajo efecto de alguna droga y los más lógicos concluyeron en que soy lo que soy: medio sorda.
Yo me pongo en el lugar del otro, pobres… debe ser bastante desconcertante estar con una persona que aparenta ser agradable y comunicativa, pero luego preguntan “¿amargo o dulce?” y se los ignora con entera frialdad.

Desde pequeña he implementado algunos artilugios que ayudaron mi adecuación.
Al tratarse de una sordera leve y progresiva, fui adaptándome sin agobios a mis oídos en retroceso.
Así fue como aprendí naturalmente a leer los labios.
Yo podía desde lejos saber lo que estaban cuchicheando todos, siempre y cuando no me dieran la espalda.
Esa costumbre la conservo.
Claro que trae ciertos problemas consecutivos: leer los labios implica mirar la boca.
Yo miro mucho la boca.
Cierta vez un profesor de la facultad interpretó que estaba queriéndole decir algo con esa mirada constante y me invitó a “tomar un café”. Claro que algo quería decirle, si me hubiera animado le habría pedido que se afeitara el bigote.
La mayoría de las personas, se miran a los ojos. Yo en cambio tengo los míos puestos en la boca del otro. Eso es, al menos, perturbador.
Otra cosa que aprendí naturalmente es a mentir. No a decir mentiras, no. A fingir. No me refiero a orgasmos, esos no se mienten.
Aprendí a fingir que sé de qué me están hablando.
No es una apariencia intelectual.
No es que hablan de Ernes Einsteinstein y yo me hago la que sé, no. Es mucho peor: me están hablando con entusiasmo de un director de cine del cual no llegué a oír el nombre, confío en que mi animado interlocutor volverá a mencionarlo, mientras tanto sigo sonriendo calladita, seria o riendo de acuerdo a las expresiones del hablante y con cara de interés (el interés es genuino, desde ya). Mientras escucho atentamente lo maravillosa de la obra del sujeto en cuestión hago esfuerzo por encontrar el nombre en mi cabeza, al menos descubrirlo por contexto, voy atando cabos, es Ruso e hizo algo acerca de México y … bingo! Es Einsteinstein!
Entonces dejo de fingir, con gran alivio, y empiezo a hablar y contar que sí, que yo también, que está buenísimo…
Es sumamente agotador.
No tengo problemas en asumir mi parcial sordera, lo que pasa es que cuando lo hago suelen suceder algunas cosas de un modo indefectible:


Comienzan a hablar mo du lan do to do co mo si yo fue se o li go fré ni ca
(esto me sucede a menudo cuando se trata de docentes)
Comienzan a hablar a los gritos, no claro ni fuerte, a los gritos.
Comienzan a hablar gesticulando aparatosamente.
Dicen “hay… no se te nota para nada” luego me sonríen sin motivo todo el tiempo.
Se quedan helados. No saben que decir, se alejan.
Les surge una manifiesta conmiseración.
Les surge una (mal) disimulada conmiseración.


Estas cosas, a medida que fui creciendo, pasaron de molestarme a darme risa.
Para evitar pasar por desequilibrada, evito estar todo el tiempo dando explicaciones, o mejor, lo dejo en manos de los que me rodean, prefiero que ellos las den por mí.

Por suerte y parabienes, en los caminos de la vida me he cruzado
con personas que vivieron mi sordera de la mejor forma: con sentido
del humor. Y me lo han contagiado.
Que al fin de cuentas tomárselo con humorismo es la actitud
más saludable ante las cosas que no se pueden cambiar.

sábado, 2 de agosto de 2008

Mundo paraguas

Estoy harta de los paraguas chinos.
Al principio todas las cosas chinas eran feas, extremadamente rococó o decididamente espantosas.
Pero los chinos fueron perfeccionando su producción y se decidieron a imitar buenos diseños.
Entonces se transformaron en peligrosas, porque antes uno descartaba a simple vista esas porquerías inútiles, pero ahora podemos caer en la tentación de comprarnos por unos pesitos un destapador igualito al del catálogo de Alessi.
Yo despotrico con los paraguas, pero no los odio.
Me excuso diciendo que me molestan y que prefiero mojarme o caminar rápido debajo de los balcones.
La verdad del asunto de los paraguas es que ellos manifiestan dos de mis hábitos desagradables:
Suelo dejar olvidados determinados objetos personales
Acostumbro maltratar (los objetos que aún no perdí) hasta pulverizarlos.
No soy original ¿verdad?
No hay cosa más fácil de extraviar que un paraguas, sobre todo por la tarde cuando el sol está radiante y cargamos con carpetas, cartera y notebook. Dejarlo olvidado en el subte, más que una pérdida resulta una liberación.
Hacerlo añicos tampoco es tarea difícil.
Si optamos por los plegables, nótese que a mayor miniaturización, menor practicidad e inmediatez en la rotura. Es un oprobio circular con jirones de paraguas, poniendo en riesgo al próximo prójimo.
Los más grandes suelen aparecer tirados en el piso del auto, justo debajo de los pies del tío mayor que sentamos atrás. También permanecen dentro del paragüero de la oficina por meses, húmedos y amontonados con otros paraguas ajenos.
Todos terminan indefectiblemente en el carrito del cartonero.
Hace años aparecieron unos paraguas negros con botón de apertura que lo invadieron todo.
Yo se los robaba a mi papá, éramos un equipo perfecto: el mantenía su arsenal de paraguas y yo me encargaba de perderlos/destrozarlos.
Esos paraguas con botones "automáticos" eran verdaderas armas mortales, plic, shuut, trac… al principio funcionaban más o menos bien, pero al poco tiempo me machucaba las costillas tratando de mantenerlos decorosamente cerrados en medio del colectivo, una ignominia.
Como sea, lo peor de los paraguas es haber nacido chinos, aún los que portan marca.
Créanme.
Ya estoy grandecita y me pregunto ¿Cómo harán esas chicas súper-cuidadosas para lograr conservar intactos sus hermosos paraguas?
De modo que así como un buen día decidí ordenar mi placard, separando las prendas por color y conservar el orden sin remisión (lo recomiendo, no sólo se ganan minutos sino que se logra un look más acabado) esta vez me propuse adquirir el paraguas definitivo de mi vida.

Di con una antigua paragüería en el barrio de Flores, donde se puede elegir el armazón, la tela y hasta el manguito.
Una preciosura, ya verán. El viernes próximo me lo entregan, si llueve lo estreno.
Entonces dejarán de acecharme las prolijitas y sobre todo los chinos. Espero.

viernes, 1 de agosto de 2008

Mafalda, Gardel y Perón

Mafalda está siendo traducida al inglés. Un inglés bastante neutro, sin giros ni localismos, de cuidada gramática.
La nota me sorprendió hace unos meses desde el Clarín Revista: “Ahora Mafalda piensa en Inglés”.
El título me resultó poco feliz, estuve reflexionando sobre eso y ya no hay con que darle: se instaló en mi cabeza otra idea rara.
Había tenido una idea de esas hace tiempo, pero un amigo muy lúcido se encargó de hacérmela repensar. Yo decía “Los yankees no entienden a los Simpson”. Él me hizo notar que no todos los yankees son iguales. Como no todos los argentinos lo somos. Un neoyorquino difiere de un habitante de Ohio; como un rosarino lo hace a alguien que vive en Ingeniero Jacobacci.
Además estaban Woody Allen y luego vino Lost y finalmente tuve que admitir que estaba pensando como una vulgar pichiruchi.
Volviendo a “Mafalda and your friends” y a mi idea rara: ciertas tiras serán omitidas. De acuerdo a lo que leí, la mayoría de las que aluden al odio de Mafalda hacia la sopa; parece que los niños del norte adoran la sopa y se quedaban afuera de los chistes.
Acá hay algo que no comprendo: debido a mi trabajo estoy en contacto con casi 200 niños almorzando todos los días y les aseguro ¡Adoran la Sopa! Hubo una nena, muy personal ella, de unos 7 añitos que anunció mientras pedía su 3º plato: Yo sé que a Mafalda no le gusta la sopa ¡pero a mi me encanta!
En esos momentos nos divierte pensar que si Mafalda los viera se moriría del asco. Llegamos a la conclusión que se trata de una cuestión generacional.
Las maniobras del marketing han resuelto el problema y ahora la sopa goza de prestigio y deleita a las nuevas generaciones.
Entonces, si nuestros niñitos pueden discernir el chiste aún sin compartir las preferencias ¿por qué fue necesario ese sesgo para hacerlo inteligible al público norteamericano?
Debo admitirlo, esto de compartir a Mafalda me produce cierto celo.
No sentí lo mismo cuando vi la historieta traducida al francés, al chino o al italiano. Pero en este caso sí.
Me pregunto ¿a quién estará dirigida la campaña de venta?
Seguramente a los estudiantes de español, de humor gráfico, a los docentes, a los hijos de inmigrantes latinos, a algunas tribus urbanas consumidoras de exotismo.
Más de un argentino viviendo lejos lo regalará a sus amigos de habla inglesa para intentar abrirles la puerta que a él lo reflejó.
Porque Mafalda nos refleja.
No se trata sólo de una mirada aguda y crítica de la sociedad.
Es más que el personaje de una nena hablando como adulta y haciéndonos reflexionar. Es mucho más que eso. Es lo cotidiano, las costumbres, nuestros miedos, nuestra idiosincrasia, la forma de comunicarnos, de creer en nosotros, nuestras equivocaciones.
Es también la ingenuidad, la niñez y sus puertas.
Mafalda es fundamentalmente esas cosas, por añadidura nos acerca la irreverencia, la crítica social, la ironía. Pero lo que la convierte en adorable es lo menos valorado desde la mirada lejana.
No sé si me explico.
Vemos un cuadro entre cinco personas y empezamos a buscar momentos, imágenes, discursos, mensajes en, por ejemplo, unas banderitas. Encontramos al artista y le preguntamos: ¿qué metáfora ocultan esas banderitas?, Ninguna, son simplemente banderitas.

Es como si ellos se quedaran sólo con la superficie, que en el caso de Mafalda no es justamente lo más superficial sino lo más complejo.

Por otro lado me encantaría saber como corchos hicieron para traducir lo que transmite esto: