domingo, 21 de septiembre de 2008

Filosofía y Letras

Hay momentos cuya significancia no es percibida por sus protagonistas.
Pero habrá uno entre todos
para quien un acto sencillo resultará único e inexplicablemente significante.


Decidí avanzar con la licenciatura que tengo pendiente. Lo hice por múltiples y variadas razones: es saludable terminar lo que se empieza, para dignificar el esfuerzo previo, porque la calificación universitaria no es un tema menor, entre otras.
La razón definitiva es el deseo.
Tener ganas, motivo suficiente y fundamental para emprender una tarea.
Empecé a los 17, en una vorágine de materias durante intensos años. A los 21 suspendí mis estudios, para dedicarme a otras cosas gratificantes (criar a mi hijo, por ejemplo), a los 30 me impulsé rindiendo libre la mayoría de las materias. Quedaron asignaturas pendientes, la escasez de tiempo y otras oportunidades me hicieron encajonarlas y dejar sin curso la tesis.
Francamente me resulta inconcebible cómo es posible que alguien como yo quien se ha tomado el estudio con severa laxitud pueda, después de 23 años de haberlo iniciado, estar en condición de “alumna regular” solo por el hecho de haber tenido la precaución y viveza de censarse periódicamente. Pero ese es otro tema.

La facultad me es un ámbito hostil.
Ir a la facu me pone nerviosa, cada ocasión me torna más triste y menos tolerante.
No es que esté llena de jóvenes cada vez más jóvenes, es que yo estoy cada vez más vieja. Y temo parecerme a esa mujer peluqueada que tomaba apuntes prolijitos en la clase de etnohistoria, o a ese señor mayor, abogado e ingeniero, que estudiaba por puro placer, pero era incapaz de adquirir vuelo intelectual al menor requerimiento.
La facu está llena de gente entusiasta, llena de jóvenes, llena de ideales e idealistas.
Ahí todo se explica mediante el materialismo histórico.
Hay algunos que emprenden la militancia como lucha productiva y nutritiva para sí mismos y para la sociedad. Gente como esa no se ve en mi facu o son minoría invisible. La mayoría son crónicos deambuladores de pasillos, fatigando sus años en la intelectualidad dispersa y anacrónica.
Mi facu es bulliciosa, colorida, informal, sucia y transgresora.
Me resultaba maravillosa a los 17.
Ahora la transito en puntas de pié, sintiéndome intrusa, tratando de pasar desapercibida, con cierta fobia, con renovado asombro y con agobio.
También con esperanzas de que mis reservas de rebeldía adolescente sean suficientes para sobrevivirla. Y con el secreto deseo de impregnarme de tanto entusiasmo.

El martes pasado, con la intención de tomar contacto con un profesor para consultar sobre el examen que estoy preparando, fui a un teórico.
La facultad estaba “tomada”, palabra que escandalizaría a mi madre y que yo ya he naturalizado; los chicos habían cortado la calle y se disponían a ir a una marcha por la noche de los lápices. Decidí aprovechar la ida y comprar apuntes.
Tenia que hacer tiempo para esperar las fotocopias y me fui a tomar un café y a leer un rato a uno de esos bares que rodean la facultad que tanto han cambiado la fisonomía de esa parte del barrio de Caballito.
Las mesas estaban todas ocupadas, eran un trajín de libros y papeles, anteojos y bufandas de colores. Busqué con la mirada algún espacio libre y me crucé con una pareja que, mesa mediante, se estaba comiendo la boca.
Volteé la cabeza para buscar en el otro extremo cuando escucho una voz masculina, clara, profunda y vibrante:

- si quieres podemos compartir la mesa
Me hizo acordar a Imanol Arias diciendo “a tu lado Camila”.
Me puse nerviosa, creo haber preguntado

- ¿no les molesta?
(Señalando ridículamente la silla vacía)
- Anda pues!, si estoy solo.

Me senté, sonreí, pedí un cortado, saqué mi libro y me enfrasqué en su lectura.
Mientras pensaba en cuánto garpa el tonito extranjero a la hora de seducir.
En un voltear de hoja nos cruzamos las miradas y entonces dijo:

- Hemos creado un ambiente de biblioteca entre tú y yo.

Garpa muchísimo!!

Leímos un rato más y nos pusimos a charlar.
Me fui dándole un beso y agradeciéndole la amabilidad de haberme hecho lugar en su mesa.
Al rato estaba emprendiendo el regreso a casa, con mis apuntes nuevos y una amplia sonrisa.
En el camino compré alfajores y flores.
No, no fue un levante.
No, no sé cuántos años tenía, ni se quedó con mi teléfono.

Fue sólo eso, un momento insignificante.

martes, 9 de septiembre de 2008

Hazte la fama...


Anoche, por razones que no voy a esclarecer, necesitaba con urgencia pensar en cualquier cosa, algo que resultara lo suficientemente entretenido para distraerme y liviano para no pensar en nada.
Por azar, suerte o destino di con una película en no sé qué canal. Pude verla desde el inicio, alcancé a leer Matt Damon en el reparto y me entregué al espectáculo.
Los primeros 20 minutos estuve esperando a Matt Damon. Más tarde me acordé que en otra ocasión ya había esperado, en vano, por él (no me gusta especialmente ese muchacho, no se trata de una fijación, sólo me agrada como actúa y las pelis en las que trabajó no me han defraudado -la de los siameses no la vi-)
Luego caí en la cuenta: había confundido a Matt Damon con Matt Dillon; para ese entonces ya estaba atrapada en una comedia entretenida y liviana, lo que buscaba.
En dos ocasiones, hasta reí a carcajadas .
Fue tan pero tan útil (esto dicho sin ironía) que me dormí plácidamente antes del final, de modo que no sé con quién se quedó la chica.
De todas maneras, antes de entregarme a Morfeo, me las arreglé para pensar en algo, no pude evitarlo; la película era “You, Me and Dupree” y resulta que en una escena Dupree (Owen Wilson, muy gracioso) parlotea acerca de su inexistente profesión ante unos prolijos alumnos de escuela primaria. Les habla a los que, como él, estarán desde los 13 hasta los 30 años dedicados a holgazanear, indecisos, parrandeando y prolongando sus adolescencias. Les dice que sabe que no es fácil, que en Europa son más indulgentes, que en Sudamérica suelen ser benévolos y que cuando estuvo de visita en Argentina le pareció que todos holgazaneaban con naturalidad.
¿Seeeé?
Che, avisen si se decretó la libertad de ociosidad, galbana y dejadez porque yo vengo dale que dale trabajando con ímpetu desde los 17 años motivada sobre todo por el qué dirán.

domingo, 7 de septiembre de 2008

¿Que tenía qué?

La conversación viene bien, él está hablando entusiasmado en un tono alto y claro.
Hasta ahora no se me ha escapado una palabra.
Pero la gente tiene por costumbre, al decir las cosas graves, elegir un tono bajo, una inflexión íntima, un color opaco de voz.
Muy difícil, para mis oídos, de entender en su plenitud.
En ocasiones prefieren susurrar, en otras inevitablemente hablan entre hipos y sollozos.
Hay momentos en que lo que se dice adquiere carácter de confesión y se transforma en un secreto susurrado. Esos son los peores momentos, a mayor gravedad en el asunto, mayor secreto y menor posibilidad de sincerarse y pedirles que hablen más fuerte, que así ni a ganchos entiendo que les pasó, o que se arrimen y me digan el secreto como corresponde: bien cerquita del oído. Habitualmente no me animo a pedir tanto y es ahí cuando me pierdo lo importante.
No se emiten con la misma frecuencia de onda expresiones como: “aprobé”, “conseguí entradas”, “apurate que se hace tarde” de estas otras: “no te quiero más”, “soy homosexual” “murió de sobredosis” o “tengo herpes”.
Esta natural inflexión de voz ante las noticias incómodas me ha dejado mal parada en más de una ocasión.
Las mejores circunstancias se dan cuando la noticia es oída y escuchada por muchos. Las reacciones del entorno me permiten adivinar de qué se trata. Si la chica que está al lado manifiesta un “no te puedo creer” fue un hecho inesperado, si otra agrega un “es mejor así, para que seguir sufriendo” estamos inevitablemente estragados o ante una muerte.
Por supuesto que esto sólo me pasa en reuniones sociales.
Si tengo suficiente cercanía, privacidad o confianza pregunto y pregunto hasta entender el tema que conmueve, no soy tan estúpida, ni tan desalmada.
Pero en los grupos amontonados me da vergüenza preguntar, temo resultar desubicada: ante la frase “los resultados le dieron mal, resultó que tenía prinlgólpolis” mandarme con un “¿que tenía qué?” desde cinco metros podría resultar algo molesto.
A veces falla.
Hace un par de semanas me encontré con una ex profesora del secundario que había dado por muerta, ella me hablaba y yo la miraba con los ojos como platos mientras pensaba de dónde había sacado esa información.
Después me acordé, ahora me falta descubrir de quién se estaba hablando hace dos años en esa larga mesa de reunión de ex alumnas.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Te digo que lo leí

Viernes a la noche, mientras engolosinábamos nuestros abdómenes con frutillas con crema (ñam!) imperaba zapping.
Me detengo esperanzada en una de Harry Potter que no vi.

- Ésta no la vi, ¿la vemos?
- Bueno.
- ¿qué libro es esta película?
- “El prisionero de Azkaban”
- Pero que número de libro digo
- El tres.
- ¿el tres? ¿estás seguro? Harry Potter se ve grande.
- Van atrasados con las películas má.
- Ah
- …
- Ubícame qué pasa en el libro que no me acuerdo.
- No lo leíste, por eso no te acordás.
- ¿Cómo que no lo leí? ¡Claro que lo leí! , los leí todos.
- Ese no. Me lo devolviste pidiéndome el “cuatro” diciendo que el "tres" te resultaba aburrido.
- …
- …
- Lo leí. Me acuerdo que lo leí. Vas a ver… preguntame algo del “tres” y vas a ver que lo leí.
Eduardo lógicamente comienza a fastidiarse. Pero es bueno, o se hace el bueno y pregunta:
- Hay una especie que Hagrid cuida y quiere mucho que en ese libro está amenazada, ¿cuál es?
- Myrtle la llorona.
- Ja, una especie dije. Me refería a un Hipogrifo.
- Ah, si si, me acuerdo. Otra pregunta.
- Hay tres cosas que están conectadas: el mapa del merodeador, la casa de los gritos y…
- Mmm… (absolutamente perdida)… el anillo!
- Eh?... no. ¿quién hizo el mapa del merodeador?
- Tom Ridley!
- No. No lo leiste má. Leélo, está bueno.
- Lo leí, lo leí. Son preguntas muy difíciles. Otra pregunta, dale.
- Dumbbledore le regala a Hermione un objeto, ¿para qué sirve?
- Dame opciones, dame opciones
- Para acelerar el tiempo, para atravesar paredes, para detener el tiempo.
- Para acelerar el tiempo.
- No. ¿En qué se transforma Syrius?
- La sé, la sé… en un lobo.
- No, en un perro.
- Ah por favor, es un lobo, un perro grande, casi lo mismo.
- Mmm, nop.
- Yo lo leí. Una última pregunta dale.
Eduardo ya dio cuenta de todas las frutillas con crema y se dispone a huir.
Antes pregunta divertido:

- ¿Qué tiene Harry arriba de la nariz?
- ¿Anteojos?
- ¡Si, muy bien! Tenías razón: lo leíste.
Quedo sonriendo estúpidamente. Rumbeo hacia mi auping haciendo escala en la heladera, me decido por un paquete de habanitos terrabusi. Antes paso por la biblioteca y capturo Harry Potter “tres” mientras reflexiono que mi hijo ha madurado notablemente y yo estoy cada día más cabeza dura.