miércoles, 29 de octubre de 2008

Diego Armando Maradona, DT

Soy mujer, ya. Pido permiso, señores, para (hacerles creer que voy a) hablar de fútbol.
Cuando leo la Historia de las civilizaciones antiguas, de las grandes campañas llenas de héroes e ídolos, trato de imaginarme las escenas de la vida cotidiana, la de los hombres y mujeres que no han trascendido en la historia individualmente.
Hay escenas magníficas y personajes únicos que nuestra cultura occidental reproduce, con menor o mayor grado de veracidad, escenas que por repetidas y difundidas han adquirido legitimidad de “reales”.
Hay eventos que el cine se encargó de dar forma y sonido para contribuir a la reconstrucción (por si alguno de nosotros carecía de imaginación profusa); de modo que después de ver “Roma”, por ejemplo, al pensar en Julio César no puedo dejar de visualizar los rasgos de Ciaran Hinds.
Otras cosas me pasan cuando leo o me recreo con los personajes magníficos, una de ellas es dudar de su real magnificencia; otra es que no puedo dejar de cuestionar las estructuras (antiguas, medievales o modernas) donde un señor muy poderoso ha definido el rumbo, la vida y la muerte de decenas de miles de personas. En una palabra: me cuesta dejarme llevar por la historia ficcionada, una molestia, en fin.
En esas cavilaciones me encontraba cuando me sorprendió la noticia de El Diego elegido DT del seleccionado argentino. Abandoné toda reflexión para dedicarme a sonreír y a esperanzarme.
No me importa mucho el fútbol (léase dejó de importarme; soy de River), tampoco me entusiasma la selección (el bombón de Crespo está veterano).
Pero El Diego es otra cosa.
No puedo ni a fuerza del género, ni a fuerza de intelectualidad, ni a fuerza del sentido común, dejar de entusiasmarme con el flamante DT.
Entonces pienso en eso y hablo y digo boludeces.
Como que se trata de un genio, un personaje magnífico, una persona trascendente.
Pienso y digo, algo ha de tener este muchacho más allá de dominar la redonda. Un carisma que lo trasciende incluso como persona. Un magnetismo que emboba y emociona. Una presencia de ánimo poderosa que lo hace caer en abismos para luego recomponerse y renovarse. Más o menos bueno, pero siempre sorprendente.
Me quedé observando una nota que le hicieron en el Aeropuerto, tenía una maraña de periodistas alrededor de él y un muchacho a sus espaldas (no más de 20 años) se esforzaba por sacarle una foto. El Diego, sin dejar de responder las preguntas, tomó la camarita, alejó su brazo y tomó las fotos.
No pude prestar atención a lo que estaba diciendo, ese gesto fue para mí elocuente y esclarecedor. La constatación de que las actitudes insignificantes y cotidianas dejan apreciar la verdadera esencia.

¡OLÉÉ - OLÉ OLÉ OLÉÉÉÉ – DIÉGOOOOO - DIÉGOOOOO!

jueves, 16 de octubre de 2008

12 de Octubre de 1492

Al Gran Almirante Genovés, Cristóbal Colón, la historia popular le atribuye dos descubrimientos fundamentales: América y la redondez de la Tierra.
Si bien es real que el hombre surcó los grandes mares hacia lo incierto y regresó con botines suculentos para beneplácito de sus inversionistas, que la Tierra era redonda ya era cosa sabida y descubrir, lo que se dice “descubrir” no descubrió nada.

"Colon descubrió que la Tierra era redonda"
Colón nació en 1451, mil setecientos años antes el griego Eratóstenes había calculado el perímetro de la circunferencia terrestre y determinando el tamaño de la Tierra. Antes aún Heráclides Póntico, astrónomo y filósofo griego, había reflexionado sobre la rotación de la Tierra sobre su eje, cada 24 horas.
Aristarco de Samos elaboró pocos años después el primer modelo heliocéntrico del Sistema Solar. Este genial astrónomo luego de sus observaciones concluyó que era la Tierra la que giraba en torno al Sol, desafiando las teorías dominantes del modelo aristotélico que la proponían como centro del universo.
En el siglo II Claudio Ptolomeo, astrónomo greco-egipcio autor del Almagesto, desarrolló la teoría geocéntrica introduciendo el concepto de las órbitas excéntricas en las que giraban los cuerpos circulares: el Sol, la Luna y las Estrellas.
En las universidades medievales del siglo XII se enseñaba que la Tierra era una esfera.
Se supone que Colón, doscientos años después, utilizando un huevo como elemento demostrativo, convenció a los reyes españoles que la Tierra era redonda. Mientras eso ocurría Nicolás Copérnico, el gran astrónomo polaco, tenía 20 años. Y ya estaba estudiando profundamente el modelo heliocéntrico del universo, con los movimientos de traslación anual, rotación diaria e inclinación del eje terrestre.
Cincuenta años después un astrónomo danés, Tycho Brahe, instalaba en su castillo el primer instituto de investigación astronómica, dotado de instrumentos creados por él mismo, que permitieron observaciones y reflexiones fundamentales para el desarrollo de los estudios astronómicos de Kepler.
En 1600 moría quemado en manos de la inquisición el napolitano Giordano Bruno, acusado de herejía por defender, entre otras cosas, la teoría heliocéntrica y la infinitud del universo. Unos años después Galileo construía su primer telescopio.
Si alguien en 1492 hubiere dudado de la “redondez” de la Tierra, se habría tratado de un iletrado, un ignorante o un distraído. “Colon descubrió que la Tierra era redonda”… la reconstrucción de la realidad nos hace incurrir en absurdas afirmaciones, ¿no?

"Colón descubrió América"
(Lo admito: esta reflexión me quedó un poco rebuscada)
Veamos en RAE,
Descubrir (Del lat. discooperīre):
3. tr. Hallar lo que estaba ignorado o escondido, principalmente Tierras o mares desconocidos.

Si esta noche, por ejemplo, sacudiéndome el letargo salgo a caminar y conozco a alguien, cinco años más tarde no se me ocurriría decir, acerca de ese momento, “fue la noche en que lo descubrí” a menos que dejará fluir sin tapujos mi egocentrismo e ignorara la existencia previa de esa persona antes de mí.
Comienza a ser a partir de mi conocimiento, antes no era nada. Este es, al menos, un pensamiento estrecho, ¿verdad?
América, a la llegada de Colón, estaba llena de gente.
Por mencionar a algunos, vivían Los Incas, 10.000.000 de hombres y mujeres organizados en un fuerte y vasto estado teocrático y politeísta. El estado Inca había extendido su poder mediante la conquista y la militarización, dominando desde el Cuzco un gran imperio. Los agricultores, artesanos y demás trabajadores eran organizados por el estado para ofrecer tributo y practicar la redistribución y la reciprocidad del trabajo y los recursos.
Vivían los Aztecas en el valle de México, sólo en su capital Tenochtitlán había 300.000 personas, organizados en un estado teocrático y fuertemente estratificado. La religión era la justificación para el carácter imperialista del estado. Tenían su vida social regulada por leyes muy duras, y un considerable desarrollo militar.
Habían vivido los Mayas, en Mesoamérica, con su sistema de escritura jeroglífica, el calendario (365 días), sus pinturas murales, hermosas cerámicas y una cuidada arquitectura e intelectualidad. Tenían un libro sagrado, el Popol Vuh, escribían en códices sobre cortezas de árboles y tiras de papel. Usaban un sistema vigesimal y conocían el 0. Era una sociedad politeísta, jerárquica, esclavista y profundamente religiosa. Su sistema de gobierno era el de ciudades-estados sostenidos por la agricultura, base de la economía maya.
Habían vivido hombres y mujeres en Tiahuanaco, Bolivia. Una de las culturas más antiguas de América del Sur. La ciudad tenia, 500 años antes de la llegada de los europeos a América, 100.000 habitantes. La ciudad había sido concebida con increíble planificación, contaba con desniveles y canales subterráneos para desagües cloacales y pluviales. Sus templos estaban astronómicamente orientados. Practicaban la agricultura intensiva en sistema de terrazas.

No hay estudios exactos y la demografía americana antes de la conquista es muy discutida, pero se estima que en 1520 la población aborigen era de 90 millones de personas. Cincuenta años después habían sido exterminados unos 75 millones, a razón de 1.500.000 por año o cuatro mil ciento y pico de personas por día. Pero esa, es otra historia.
Descubrimiento de América. Gran eufemismo.
¿Por qué no se hablará de descubrimiento de Australia?

martes, 7 de octubre de 2008

No, gracias! ...¿qué dijo?

Verano caluroso en Buenos Aires. Mi autito, sin las delicias que brinda el aire acondicionado, tiene todas las ventanillas peligrosamente bajas y mi cabeza tiene las mil cosas pendientes arremolinadas. Todo cocinándose al unísono en la ciudad a las tres de la tarde.
Semáforo largo en el barrio de Almagro, calle angosta, quedo detrás de un camión de esos que humean feo, me ofusco por ello.
En eso estoy cuando observo cinco o seis personas moviéndose entre los autos ofreciendo los objetos más variados e inútiles: cartucheritas para el celular, anteojos para sol, anotadores y barriletes.Todos pasan mirando esperanzados a los conductores de los autos, obviamente nadie hace el menor gesto de interés; aún teniéndolo, ninguna persona con AA aceptaría bajar la ventanilla para comprar un colorido barrilete.
Uno de los vendedores, insistente, se acerca a mi auto, hago un gesto negativo.
El hombre, flaco y jorobadito, empecinado en vender algo se acerca a mi ventana.
- …
Sin escuchar ni una palabra ni prestar atención a lo que dijo le digo rápidamente
- No, gracias.
- …
El hombre insiste. Yo repito automáticamente
- No, gracias.
- …
Esta vez lo miro y le sonrío, como disculpándome por no interesarme en él a pesar de su insistencia y del calor imperante.
El está azorado. Noto su expresión de asombro. Se acerca y habla más fuerte.
- Dame todo
Mis neuronas comienzan a hacer sinapsis. No es un vendedor. Por hábito digo:
- ¿Qué dijo?
El hombre se impacienta
- ¿Qué te pasa? Dame la cartera, dame la plata, dame todo o te quemo nena.
- Disculpe, soy sorda.

Le dije eso y me quede mirándolo, lo juro.
Entonces el vendedor devenido en ladrón sacó un arma de una bolsa de plástico verde y la apoyó sobre la ventanilla, colocándose contra mi auto para simular estar hablando conmigo.
-¿Qué hace?, guarde eso por favor. Alguien lo puede lastimar.
Dije esa estupidez mientras levantaba el vidrio (a mano) de mi ventanilla, ponía primera y arrancaba. Cinco metros después mis rodillas empezaron a temblar, mi corazón se desbocó y las manos se resbalaban en el volante.
Intentaron asaltarme y yo por sorda y pelotuda, estuve a punto de no darme cuenta. Dios mío. Doblo en la avenida, veo a 10 metros un policía escribiendo con su celular, lo llamo desde el auto, con gestos o a los gritos no me acuerdo.
El agente del orden, comete un gravísimo error: mira mi auto y dice “que hincha pelotas”, luego se acerca a la ventanilla, hace un gesto amable, sonríe estúpidamente y pregunta:
- ¿En qué puedo ayudarla señora?
- Disculpe si lo molesté.
- No, no me molesta señora. Estoy para ayudarla.
- ¿Y si no le molesta por qué dijo “que hincha pelotas”?
- …
- Le leí los labios. No intente engañarme, hay un ladrón acá a la vuelta que quiso asaltarme.
- ¿Quiere hacer la denuncia señora?
- No pelotudo, quiero que deje su celular, trote 20 metros y lo busque!
Dicho esto, pongo primera y me voy a casa.
La hipoacusia conlleva un verdadero mundo de sensaciones.

jueves, 2 de octubre de 2008

Historia Mínima


Estuve reflexionando sobre las elecciones que debemos tomar a lo largo de la vida; específicamente sobre las elecciones amorosas.
No creo que elegir entre ser arquitecto o cirujano nos ilumine los días u oscurezca las ilusiones, ni viceversa. A lo sumo otorga mayor o menor grado de éxito, satisfacción o prosperidad.
En cambio una mala elección amorosa puede cagarle la vida al más pintado.
Algo así le pasó al doctor, un sujeto pacífico, cálido y reflexivo. Dedicado a su profesión, era pediatra, nacido y criado en una casona de Devoto en los años 20.

La primera esposa del doctor, vecina y novia desde la adolescencia, trabajaba de profesora de geografía. Los dos usaban anteojos, leían y disfrutaban de la vida mansamente. Jóvenes, aunque envejecidos por la mansedumbre.
Pero la profesora de Geografía tenía una prima. Era una prima coqueta, de esas chicas levantiscas e inescrupulosas. Muy peluqueada y siempre sacando las tetas. Usaba jeans ajustadísimos, aros redondos de plástico, gargantillas y mucha colonia.
Cuando conocí a la rusita, como todos le decían, me recordó a Luisa Albinoni.
El doctor, por razones que ignoro aunque puedo imaginar, dejó a su pacífica esposa para caer en brazos de la rusita.
Tuvieron dos hijas, rubiecitas, preciosas.
Creo que el doctor fue el hombre más infeliz que he conocido.
El coleccionaba trenes de juguete, libros antiguos y tocaba el piano con entusiasmo.

Era capaz de hablar durante horas de cualquier tema interesante. A mis viejos y a mí nos encantaban sus visitas, le ofrecíamos cafecito con amarettis y lo hacíamos hablar, nos contaba de Kepler, de las neuronas, de Salieri, de Mussolini.
Como profesional era excelente, pero su vida privada era patética.
En una ocasión escuché a mis padres conversar preocupados acerca de él:
- me dijo que en su casa se siente un gusano
- deberíamos ir más seguido
Así empezamos a frecuentar la familia del doctor; conocí a sus suegros, ella una alemana grandota y gritona, el un señor de anteojos que hablaba poco y mal. Ambos vivían a expensas de su yerno.
Al principio las reuniones eran contenidas y de amabilidad forzada.
Al poco tiempo dejaron de simular, la rusita, su mamá, su papá y las nenas tenían al doctor por objeto de burlas. Mientras él tocaba el piano mis viejos escuchaban respetuosos y yo embelesada (tenia 11 años y ya era medio sordita, claro) ellos se dedicaban a mofarse, a hacerle burlas y gestos descalificativos a su espalda.
Años después leyendo la historia de Barreda recordé el clima del ninguneo y de las palabras descalificativas. Esa otra vida, la del odontólogo, resultó extrema, pero sus sentires y cavilaciones muestran cuan obsceno resulta que un hombre sea burlado incansablemente por su propia familia.
No sé si la rusita era una mala mina, pero definitivamente no era una mujer para el doctor. Le aburrían el piano y sus reflexiones. Se reía de sus trenes de juguete, le estorbaban sus libros y sus mañas de coleccionista.
Ella cantaba a los gritos canciones de Rafaela Carrá, leía solo Radiolandia y se reía con ganas con Berugo Carámbula. Todas sus conversaciones contenían al menos tres tópicos: el burdo doble sentido, su propio cuerpo y la inutilidad de su marido.

En eso último era asquerosamente vulgar y agotadora.
El doctor tuvo un golpe de suerte, la rusita encontró otro señor casado y aburrido y partió con sus hijas y su histeria. Creemos que se afincó en El Palomar. No la hemos vuelto a ver.
El doctor murió, hace unos años. Entre la rusita y la muerte tuvo su reconforte; llevó a vivir a su casa a una enfermera de la salita asistencial que el dirigía, la muchacha lo admiraba y cuidaba con devoción y gratitud. Una chica jovencísima, callada y preciosa.
La vida del doctor abrió mis ojos, como pueden hacerlo una buena película o un libro.
Como esas visiones que nos invaden desde la ventanilla del colectivo y nos ponen la piel de gallina. Como un grito de alerta. Como una llamada en el hombro.