viernes, 28 de noviembre de 2008

Tecnología de alto vuelo

El cóndor andino está en peligro de extinción; los investigadores, mediante el uso del dispositivo GPS y la aplicación google maps, pueden precisar, con absoluta exactitud y con un simple clic, por dónde vuela, se posa o cuándo duerme Lipán.
Lipán es un cóndor nacido en cautiverio. También pueden observar en un mapa online, marcado con diferentes colores, dónde amaneció la preciada ave, conocer la velocidad de su vuelo y monitorear su estado de salud.
Esa fantástica y valiosa información la obtienen gracias a un chip identificatorio colocado bajo la piel de Lipán y a un transmisor satelital dotado con energía solar. Hay 37 cóndores equipados participando, junto a Lipán, de esa suerte de gran hermano condoril.
Un despliegue de tecnología y trabajo dedicados a la preservación de una especie fascinante.
El Zoo de Buenos Aires y el de La Plata, junto con la Fundación Bioandina Argentina están trabajando desde 1991 en el Proyecto de Conservación del Cóndor Andino.
Proyecto Internacionalmente reconocido e innovador.
Un éxito que emociona y nos dignifica.
Los cóndores andinos no son las únicas criaturas con las que se aplica la tecnología del GPS para monitoreo y control.
Hay otros casos sobrecogedores, algunos han ofrecido testimonio esclarecedor sobre esta interesante experiencia:

“estuve unos meses pensando cómo violar el sistema de control (…). Hasta que un día, con un destornillador, abrí la tobillera (…) esperé hasta la llegada de la Navidad. El 24 de diciembre, a las doce en punto de la noche, me encerré en mi dormitorio, me saqué la tobillera y, en pocos segundos, me la coloqué en el brazo. Luego salí a esperar que me llamaran del SPB. Pero nunca lo hicieron. Mi plan funcionó. Es evidente que los que me tenían que controlar estaban brindando”
“… salía a la calle todos los días. Le dejaba la tobillera a mi mujer colocada en un brazo y, cuando ella no podía quedarse, dejaba a algún pibe del barrio jugando con la PlayStation en casa con la pulsera puesta y, al volver, le tiraba unos pesos. Yo salía a bailar, a comer, iba al casino y a laburar” (1)

Huelgan palabras.

(1) declaración de Ezequiel – fragmento- publicado en Clarín 4/8/2008.
Ezequiel, como todos los delincuentes que realizan declaraciones a los medios de comunicación, es beneficiado con el derecho de identidad reservada utilizando, en este caso, un nombre falso.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Al pelo.

Advierto que no se trata de una idea rara propiamente dicha sino una idea más bien tonta.
Simple y cortita. Adecuada para un lunes a la nochecita.

Hace calor. Con el correr de las horas en la tarde nos ponemos molestos.
El próximo prójimo es, ante todo, un evento a evitar. Especialmente en el subte. Si usa mangas cortas, es peludo y está transpirado, ni hablar.
Vamos generando una especie de epidermis ultrasensible. Asss.
Los espacios privados, esos cuarenta centímetros mínimos de rigor que nos separan de aquellos con los que no intimamos, suelen ser vapuleados en el transporte público. Circulamos con cara de nada (de perros post-coito -diría si me animara) como si pudiéramos permanecer impasibles a esa respiración en el hombro -pfsss pfsss- de una tibieza insoportable. Pero se puede, miramos un punto fijo sin nada interesante que ofrecer como si se tratara de la última página de la novela policial que dejamos en la mesita de luz. Punto fijo aburrido pero útil para no mirar esos ojos que, a escasos quince centímetros, también nos evitan.
Todos muy educados. Casi todos.

Hace calor. Sentimos a la altura del antebrazo un cosquilleo molesto. Semeja una hormiga diminuta caminándonos. Buscamos. Es un pelo. Un pelo propio. Un expelo mejor dicho ya que no está agarrado a la cabeza. Lo sacamos con cuidado y lo echamos lejos.
Acciones repetidas para los que tenemos pelos en la cabeza, los tenemos largos y solemos perderlos.
¿Por qué será que los pelos, llamémoslos vivos, al tocar nuestra piel no nos parecen hormigas molestas como sí los pelos muertos?
Propongo entonces. a modo de hipótesis, mi idea tonta:
Cuando un pelo se nos muere por negligentes, se suicida o nos abandona por vaya uno a saber cúales razones, pierde, al instante mismo de desprenderse, la capacidad de ser reconocido como parte propia.
Nuestros pelos vivos, pueden tocarnos, cubrirnos y hasta pegotearnos. Tal vez nos resulten molestos pero nunca nos producirán ese asss… como el vello del señor peludo de mangas cortas, como este pelo rojo que acabo de desmarañarme del collar.

Para no quedar tan mal, e intentando darle una segunda interpretación a la pavada que acabo de exponer, podría decir que la teoría de los expelos bien podría ser aplicada a exnovios.

Ass…

domingo, 9 de noviembre de 2008

Resultado Moral

Hace mucho más de un año que abandoné el cigarrillo, aún me quedan ciertos vicios por dejar. Como la costumbre del zapping (mudo) como último acto antes de entregarme a los brazos de Morfeo, clic clic, como una zombie enajenada, clic clic.
Durante el invierno mis deditos asoman por debajo del acolchado clic, clic; cuando el calor agobia suelo aferrarme al control remoto despatarrada boca abajo hasta que el sueño me vence. Desconozco la razón de semejante costumbre, no estoy desesperada por la información y la TV habitualmente me resulta insoportable, pero el clic clic ayuda a no pensar y a salirme de la vorágine del día.
A veces falla: una imagen llamativa hace volver atrás uno o dos clics y distrae más de la cuenta. Una noche lo que vi me causó tal estupor que no pude conciliar el sueño sino hasta dos horas después. Otra noche algo ridículo me despabiló de la risa. Pero lo verdaderamente problemático es cuando una imagen fugaz me hace pensar.
En esas ocasiones el método fracasa absolutamente. Pícaro sueño, como si una de las ovejitas se detuviera sobre la verja y se la pasara hablándome de cosas interesantes, jodida ovejita. Clic, clic.
Noches atrás volvió a fallar: vi algo ridículo que me hizo reír y me dejó reflexionando acerca de lo absurdo de la meritocracia.
Estaban transmitiendo un partido de fútbol local, no sé que canal de esos deportivos del veintipico en los que me detengo pocas veces. Unos jugadores eran amarillos, los otros azules creo, el resultado iba 1-0.
Llamó mi atención un gran cartel que ocupaba la parte inferior de la pantalla con la leyenda “RESULTADO MORAL”. Volví atrás, clic clic. Lo primero que se me ocurrió fue que se trataba de goles intentados aunque fallidos, descarté la hipótesis (me pareció una gran boludez) y supuse que eran actitudes deportivas loables como el juego limpio o algo así.
Mientras miraba semidormida, el contador se incrementaba notablemente a favor de un equipo; en el cuadradito superior podía leerse 1-0 pero el “RESULTADO MORAL” decía 14-1 y subiendo. Me incorporé en la cama y abrí los dos ojos, un jugador amarillo le pasaba la pelota a su compañero, éste avanzaba dos pasos y habilitaba a un delantero quien con absoluta impericia enviaba la pelota, sin posibilidad de gol, bien lejos del arco. Esa tremenda hazaña puso el contador 15-1. Una sonrisa se instaló en mi cara.
Imagínense si pudiéramos aplicar el contador mágico a las situaciones de la vida donde por falta de sabiduría, fortuna, experiencia, habilidad o por franco desgano las cosas salen mal. Un trámite inconcluso, un fracaso amoroso, un examen desaprobado. Una cita que resulta ser un fiasco total, un proyecto eterno que no se concreta. Olvidarse la cita con el odontólogo. Acabar con los ahorros familiares por un emprendimiento extravagante. Cosas que salen mal, como ese gol.
- Y vos Adolfito, ¿te recibiste?
- No.
- ¿Resultado moral?
- Cinco títulos y medio si contamos el CBC para Diseño de Indumentaria.

El resultado moral no existe. ¿Quién decidió que esos mediocres jugadores pudieran valerse del contador mágico a la hora de medir sus jugadas adocenadas?
Si alguien se ofrece a llevar el postre y avisa “flan casero” debe concurrir al ágape munido del mismo. Si preferiste dormir la siesta, te quedaste sin huevos, se te quemó la leche, lo lamento. Fallaste.
Lo que vale es el flan. No la intención.
A propósito, nunca les mostré el paraguas porque lo perdí.
Las chicas prolijitas pudieron conmigo una vez más.