domingo, 28 de diciembre de 2008

Soliloquio de una hipoacúsica en reflexión.

El lavarropas automático es una de las máquinas más útiles que nos han dado los inventores de objetos. Se puede sobrevivir sin ellos -si tenemos un lave rap a mano- pero sin automatización estamos condenados a dedicar tiempo y energía al fregado manual. Dos recursos que, en mi caso, están escasos. Tengo lavarropas, qué bueno.
El fin de año está resultándome ajetreado; lo atribuyo a mis trabajos.
Mi ocupación “a” me involucró en un conflicto colectivo de índole gremial, del cual no salí indemne. Me distrajo bastante, me preocupó y ocupó más de lo necesario. El problema terminó, las partes acercaron sus cuestiones. A mí me dejó pensando en las interpretaciones de la realidad; asumiendo a la realidad como hecho indiscutible y tomando como interpretaciones a los diferentes sentimientos, sensaciones y conclusiones que cada uno -o cada grupo- hace de esa realidad. Me preocupaba perder el hilo de la verdad en medio del conflicto -¿no es la verdad acaso una interpretación de la realidad?- o dejarme llevar por el impulso de las interpretaciones. No tanto porque mis decisiones fuesen trascendentes para otros, sino por simple necesidad de estar cerca de la justicia y demás nimiedades. Simplificando: me hice malasangre.
Mi ocupación “b” se vio directamente afectada por la crisis financiera internacional. Parece que, con toda lógica, los coleccionistas filatélicos miden sus gastos en medio de las tormentas. Los comprendo. Espero que retomen su afición habitual con presteza.
Estuve soñando pavadas, pesadillas más bien. Mi mamá las atribuye a los caramelos antes de dormir. Yo sospecho que soñar con una horda de maestros empuñando palos y hoces a ritmo de “Pomp and Circumstance”, intentando derribar el muro donde se puede ver a Barak Obama encaramado sobre miles de clasificadores filatélicos mientras la voz de mi mamá le repite “es 23 y todavía no armaste el árbol” “no vas a conseguir peceto”, significa que los caramelos no tienen nada que ver.
Otro invento genial resultó internet. Si hubiese contado en mi adolescencia con esta herramienta trascendente muchas cosas se habrían simplificado en mi vida. Temo que, así como el libre acceso al mar, internet no será disfrutada plenamente por las generaciones venideras. Será mi profusa imaginación, pero creo que no pasará mucho más tiempo antes de que no podamos nadar en las costas, ni expresarnos libremente en la red. Al menos no sin ser afectados por virus tremendos (ambas acepciones).
Mi lista de metas 2008 era ambiciosa -es cómodo calificarla así para justificar que solo he cumplido unos pocos ítems- y larga. Este blog era uno de ellos. No retomé el gimnasio ni empecé terapia. Sí me amigué con mi carrera universitaria. No me puse un audífono ni pinté el pasillo. Sí ordené mi placard y aprendí cosas nuevas…
La del año próximo será más corta y precisa. Lo único que me preocupa es no dejar en claro, a la gente que quiero y me importa, cuanto la quiero, cuanto me importa. Voy a esforzarme en ello.
Ojalá que el año próximo les traiga alivio a los que sufren, que se apacigüen las guerras y que River Plate salga campeón. En fin. Pavadas, bah.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Buenos Aires, ART DECÓ

Siendo una feliz infante disfrutaba cuando, en canal 7, interrumpían las ingenuas publicidades de la época con cortos en los que mostraban lugares históricos o destacados de Buenos Aires. Creo que había un locutor que cerraba con la frase “… está llena de lugares, que no hemos mirado nunca.”

Ver y mirar, parece lo mismo a simple vista pero son acciones diferentes; para mirar es necesario al menos haber visto y haberse detenido en lo visto para pensarlo.
En ocasiones lo que vemos nos hace mirarlo a fuerza del impacto emocional, entonces lo reflexionamos para explicarnos ese impacto. Más tarde abandonaremos la mirada para, simplemente, volver a verlo. Los cartoneros son un ejemplo: al principio los veíamos con estupor, escándalo o angustia, entonces los mirábamos. Pero la indigencia ha sido naturalizada como la mugre que se junta en los rincones de las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, está allí, ya no nos asombra. No sé si a fuerza de costumbre o aplicando una compleja maquinaria negadora, dejamos de mirar para limitarnos a ver.

Paseando por Buenos Aires, con ojos inquietos, podemos ver y mirar. No sólo miseria y miserables, por suerte.
Les recomiendo, a los que anden cerca, darse una vuelta por la city porteña un sábado de estos soleados primaverales. Se sorprenderán con la soledad y el silencio imperantes. Y podrán entretenerse con alguna cacería fotográfica temática, yo elegí el art decó.
Dejándome llevar por la intuición y por la información básica sobre la arquitectura decó fotografié cosas bellísimas, que luego googleando confirmé como exponentes obligados de esa estética.
La arquitectura decó tiende a la monumentalidad y verticalidad usando volúmenes simples y piramidales, a las líneas duras, a las formas fraccionadas, a la simétricas y geométricas (cubos, rectángulos, trapecios, formas prismáticas y ortogonales). Utiliza decoración ornamental geométrica, facetada, zigzags, patrones en forma de galón y motivos radiales. Incorpora materiales lisos, brillantes o lustrosos. Intenta lograr efectos ópticos y escenográficos mediante la multiplicación de líneas y recursos lumínicos.
Lo que sigue entonces no reviste originalidad alguna; no se trata, de ningún modo, de descubrimientos. Impera el genuino y simple deseo de compartir.

Barrio de San Nicolás, más conocido como “la city porteña”.
Recorriendo la Diagonal Norte se pueden encontrar algunos edificios muy interesantes.
Está este ejemplar de Alejandro Bustillo, el Edificio Chade Volta. Actualmente tiene en su fachada lateral (suponiendo que la fuerza frontal le corresponde a la ochava) un horrible cartel de chapa que rompe la simetría e indica que allí funcionan las oficinas de adea, “ingeniería documental al servicio de su organización” (?)

Av. Pte. Roque Saenz Peña 832. Año proyecto: 1930.

Justito enfrente, el Edificio Shell Mex, realizado por el estudio Calvo, Jacobs & Giménez en 1936. Creo que ya no es de Shell, está muy bien conservado, en la ochava se destaca un elemento funcional (que funciona además)

Av. Pte. Roque Saenz Peña 788. Año proyecto: 1936.

En la otra cuadra el Instituto Ítalo Argentino de Seguros Generales, arq. Hardoy. Supongo que la forzada diagonal de las plantas le otorgaron un encuadre óptimo para destacar los elementos decó.
Av. Pte. Roque Saenz Peña 890.

Más allá del art decó, la Diagonal Norte me sorprendió con su línea continua en altura de edificios monumentales de diferentes estilos, sospecho que contemporáneos en su construcción. Se ve bonita, ¿verdad?


Edificio del National City Bank of New York y del Club Americano, estudio Aberastain Oro & Dudley
San Martin 98. Año Inauguración: 1929.

Caminé un poco más allá de plaza de Mayo y en el barrio de Monserrat encontré el City Hotel, arq. Madero, M.
Bolívar 160. Año Inauguración: 1931.

La buena noticia es que todos estos edificios han sido considerados patrimonios culturales de la Ciudad de Buenos Aires, es de esperar que sean conservados y cuidados como tales. Hay un catálogo digital del patrimonio cultural, en arquitectura decó encontré clasificadas más de 160 construcciones. Interesante el mundo para ver y mirar (continuará)