martes 13 de enero de 2009

A Trip

El año pasado, en octubre, pude darme el gusto de conocer Iguazú. Voy a aclarar, por puro optimismo acerca de la difusión mundial de esta bitácora, que ese lugar hermoso queda en la Provincia de Misiones, en Argentina.
La ciudad es bonita, pequeña. Los misioneros son gente simpática y tranquila. Hay muchísimos turistas, es un lugar convocante. Los precios están altos pero vale el regateo, sobre todo siendo local.
El Parque Nacional Iguazú es muy interesante. Es como Jurassic Park sin dinosaurios. Se deja recorrer, insecticida mediante. Un lugar conmovedor.
Las cataratas son, obviamente, la estrella del lugar. Empecé visitando la “Garganta del Diablo”; al acercarse por las pasarelas, seguras y llenas de extranjeros, se puede ver la bruma que hace el agua al caer y sentir la fina llovizna que trae el viento. Más cerca se empieza a oír el ruido, como un bramido fresco y profundo. Llegando al final del camino la gente amontonada y los flashes anticipan la atracción.
No pude hacer otra cosa más que llorar. Es una sensación extraña, de inmensidad y grandeza, que emociona hasta las lágrimas. Así estuve aferrada a la baranda, con la cara mojada por la bruma y las lágrimas. muchos minutos sin dejar de sonreír. Me sentía un poco estúpida porque la gente alrededor, demostraba mayor o menor entusiasmo, pero se veía alegre y ávida por registrar el momento. Después de llorar un rato me recompuse y reaccioné, busqué la camarita y me dispuse a disfrutar junto con esa Babel entusiasta.
Conocer las cataratas fue sobrecogedor.
Los paseos que siguieron fueron maravillosos: recorrer los saltos por abajo, por arriba, en lancha. Disfrutar de los senderos larguísimos en caminatas agotadoras para recibir el premio de cascadas escondidas en la selva subtropical. Oír el silencio, escuchar la naturaleza. Los olores de la selva. Mojarse en el agua fría. Lo recomiendo.

Claro que todo tiene un lado B; allí nomás está la frontera con Brasil y tras ella la frontera con Paraguay y la famosa Ciudad del Este. Me habían contado que funcionan unos shoppings en donde venden artículos electrónicos a precios más bajos. Y allí va la sorda y pelotuda a comprar algo. Me voy en auto alquilado y en medio de una lluvia torrencial.
Ya al cruzar el puente fronterizo entre Brasil y Paraguay comprendí por que el gerente del hotel insistía, en vano, que no vaya sola.
La aduana paraguaya consiste en una sucesión de chapas oxidadas, unas vigas de hierro cruzadas en la ruta con alambres de púas al final del puente.
Desde el puente la ciudad parece abandonada y tomada por asalto.
Los carteles publicitarios de los edificios fueron pintados hace décadas. El anacronismo y deterioro (pozos, barro, óxido) sumado al tránsito descontrolado de todo tipo de vehículos recrea una atmósfera cinematográfica de ciudad post catástrofe. Sólo faltaban los zombies.
Por suerte era domingo y no había mucha gente.

Mi expectativa era un IPhone. Sorteando charcos y empapándome con la tenaz lluvia, descubro que el lugar está lleno de libaneses. Luego me enteraré charlando con una amable vendedora que la economía paraguaya está dominada por los árabes. Hay orientales también y brasileros. Pero los libaneses van armados, como en las películas.
Encuentro un lugar (todos los negocios son iguales, usan nombres como Sony, Vaio, Toshiba) donde venden un IPhone8G a 550 dólares. En caja, con todos los accesorios, nuevo y funcionando. Pruebo con el chip de mi teléfono, parece que no anda porque mi chip no funciona en Paraguay.
Pero verás que en argentina funciona. Garantizado.
El hombre que habla mucho lo hace en inglés rudimentario. Como el mío. Es libanés. Su empleado, un simpático brasilero, me convida con ensalada de frutas mientras van a buscar (vaya uno a saber dónde) mi futuro IPhone. El habla mucho más, dice "nochibuqui", me hace reír. Mientras espero salgo al pasillo y me siento en un banquito de plástico azul. Me miran. No entiendo porqué. Entonces se acerca un muchacho que lleva un arma larga cruzada en el pecho y dice, me dice, algo que no entiendo. Viene una chica a explicarme, en español al fin, que ese banquito es de un señor y nadie lo puede usar.
Me levanto, sonrío. Pido disculpas al muchacho. El también sonríe y busca una silla (mucho más cómoda e interesante que el banquito de plástico azul) y me la ofrece.
Digo gracias y me siento. No entiendo bien que pasa con el banquito pero ya viene el libanés con mi teléfono. Le pago. Me voy.
En el hotel trato de hacerlo funcionar y nada. Todo lo demás perfecto pero la función teléfono, supuestamente función fundamental, nada. Esa noche no puedo dormir bien.
Me despierto inquieta, mientras desayuno veo unas mesas más allá a un turista oriental (luego aclarará que es japonés) usando un IPhone.
Me animo a pedirle ayuda. Mira mi teléfono, lo pone al lado del suyo. Son iguales. Lo da vuelta, lo examina. Son iguales. Lo prende y recorre la interface. Me ofrece el suyo, mientras me dice muchas cosas que no entiendo, pero intuyo. Parece que la pantalla de él responde mejor al tacto. Algo anda mal. Box, me dice. Subo al cuarto, busco la caja y se la llevo. Empieza a revolver las cosas, examina los auriculares, el librito, los cables, el cargador. Encuentra una "batería auxiliar". Abre los ojos, sonríe y sentencia: Not Original.
Conduzco nuevamente hacia Ciudad del Este - Uma Thurman, un poroto- recorriendo los callejones con total decisión- Encuentro rápidamente el local de mi amigo libanés. Le digo claramente mirándolo a los ojos. Not Original. Dice cosas que no entiendo, parece estar disculpándose. Not Original. Give me my money. Creo que dice que me quede tranquila, que él está seguro que es original. Not Original. Espere señora, ya vuelvo.
En el pasillo el banquito de plástico azul sigue ahí. Hay un señor canoso, de nariz importante que lleva camisa blanca y tiradores, sentado en él. Tiene cara de pocos amigos, huele desde metros a colonia inglesa. Lo rodean sus sicarios armados como ayer. En el pasillo hace calor, ese banquito es sumamente incómodo.
¿Quién es?, le pregunto al brasilero simpático. El dueño de todo esto, tiene un palacio en el Líbano, el auto blindado que está ahí afuera es de él. ¿Y qué hace acá? Vive en Paraguay ¿Qué hace ahí sentado? Siempre está ahí sentado toda las tardes, es rico, es millonario. ¿Si? Sí millonario, tiene una mansión, muchas personas trabajan para él.
Umh... tan millonario no debe ser, está ahí sentado, en este lugar… (No continué mi apreciación sobre lo desagradable que era el lugar por respeto a mi interlocutor)
Es muy millonario, no entiendes, es poderoso. Ah… claro, pobre. Pobre dices, me gustaría a mí ser pobre como él. A mí no, ese hombre está atado a ese banquito de plástico.
Vuelve el libanés, se lo ve enojado.
Yo impasiblemente espero que llene de palabras el silencio. Sus palabras parecen insultos. Está furioso. Me mira, me sonríe, se seca la cara con una toalla. Espero que se calme.
I´m sorry, le digo, but it´s not original.
Not Original. Aifoni chino. Señora tener razón, devolver dinero.
Regreso al mundo real, sin el IPhone.
Esa noche duermo apaciblemente; me esperaban muchos lugares hermosos por recorrer.
Antes de dormir adhiero a la certeza de que ser feliz, sentirse libre y disfrutar la naturaleza, no tiene precio. Para todo lo demás, existe Mastercard.

3 comentarios:

Ivana Carina dijo...

1º Sos una genia!!

Casi que me parecía estar con vos en el auto yendo a la triple frontera ¡aajajjajaj!

2º Las Cataratas son ¡¡IM PRE SIO NAN TES!! Las conocí hace 17 años y todavía tengo esa sensación de enanita ante imponente paisaje!

3º Te felicito por haberte animado a ir sola a comprar el IPhone! jaja! Y sobre todo a regresar a reclamar! aaajaja!

Sos una genia escribiendo!

Un beso!

El gato vagabundo dijo...

Me parece celeste que sos una suicida con mala suerte.

Ahi te matan solo por sentarte en el banquito. Y devolver dinero, debe haber sido la primera vez ahi.

Me parece que el milagro ahi no fueron las cataratas. El milagro es que estes escribiendo esto.

celeste dijo...

Hola Yvana! Gracias. Qué lindo hacerte reir. =)

Gatovagabundo... no me rete.
Comandos parapaternales! La que nos faltaba! B E S O S