viernes, 3 de abril de 2009

Cortejo

Las manifestaciones masivas siempre llamaron mi atención. No tanto como fenómeno de masas, sino como suma de sentires individuales; me gusta mirar a la gente cuando pone en común sus sentimientos.
No pude quedarme en casa viendo el funeral de Alfonsín desde la TV.
No voy a negarlo; no fue solo curiosidad, también un sentimiento de nostalgia, de extrañeza de cosa lejana y ajena. Y a la vez cercana. Que lejos, que cerca mis ingenuidades de los 14 años. Que lejos, que cerca el entusiasmo por participar. Que lejos, que cerca los ideales, las certezas, la omnipotencia adolescente.
La vida, sus vericuetos, los afanes diarios me sacaron de foco. Sospecho que las mentiras, la desidia, la ineficiencia y las manipulaciones de los políticos acabaron con mi ingenuidad. Vencedores u opositores. Ellos han transformado mi entusiasmo en escepticismo.
Escepticismo del peor, del que puede hacer que una persona pase de votar a Zamora (Luis Zamora, si el del MAS) a votar Menem (si, el mismo) sin escalas ni razones.
De modo que fui al funeral buscando gente para espiar y sacar fotos y terminé en un viaje interno que me dejó algo abrumada.
Llegar fue fácil, son algunas estaciones de subte nada más, bajé en Sáenz Peña y subí por Avda. de Mayo. De lejos se veía el tumulto frente al Congreso. Estaba terminando la misa.
Hay un cine grande allí, en sus puertas había 8 colchones de una plaza (sin fundas, solo la goma espuma) con unas 15 personas mujeres, adolescentes y niños durmiendo profundamente al resguardo de la llovizna. Enroscados entre sí, ocultando sus caras y tapados con harapos. Como la mayoría de la gente que duerme en las veredas de la ciudad.
Los que caminábamos hacia el evento los pasamos como quien pasa un árbol sin hojas.
Con la democracia se come, se cura y se educa. Escuché en estos días parodiar a un periodista esa frase de Alfonsín. Todavía no entendí cual era el sentido de la parodia. A pesar de esos 15 indigentes, sigo sin entender.
En Corrientes y Callao la gente se amontona.
Un pequeño grupo discute con un funcionario policial porque no había cortado el tránsito sobre Corrientes y los autos y colectivos seguían circulando exponiendo al peligro a numerosas personas.
Un señor alto y circunspecto me dice
- estamos acostumbrados desde hace años a que se junten 6 piqueteros y corten la calle y ahora… ¿qué están esperando?
El funcionario policial se justifica diciendo que él no podía dar la orden de cortar por que sí, que “debían darla de arriba”.
Una señora de piloto elegante le pregunta con ingenuidad
- ¿Del helicóptero?
Ahogué una carcajada. Para ser pelotuda no es necesario ser sorda. Me encantó esa señora, seguramente en 30 años voy a ser así. Ojalá.
Finalmente cortaron Corrientes y nos acomodamos mejor.
Algunos periodistas merodeaban en busca de notas para llenar el espacio televisivo que a esas horas debería ser de una monotonía agobiante; una chica de canal 9 intentó acercarse, hice un gesto rotundamente negativo y, por suerte, desistió.
Pasó la escolta de Granaderos a caballo Gral. San Martín, llamativamente eran muchos y una parejita comentó:
- Al final Cristina tuvo que entregar los granaderos.
- Se debe querer matar.

Pasó el camioncito militar, tras él la cureña con el féretro.
La emoción de la gente me alcanzó, atravesó y me dejó como suspendida en una sensación de ausencia y desasosiego.
Un señor detrás de mí estaba igual de conmovido. Creo que me dijo “se fue”, no lo oí bien, me quedé callada sin moverme. Fue un instante, pero ese hombre puso su mano en mi espalda en un gesto de consuelo. Fue sutil, pero fui por lana, en “calidad de observadora” y terminé esquilada moqueando en medio de la calle.
En eso estaba cuando una voz destemplada dice
- Esta señora emocionada…
Miro (con odio) a la chica de canal 9, no sé que me molestó más: que fuera de canal 9, que la cámara me sorprendiera moqueando y despeinada, que esos dos estúpidos me convirtieran sin contar con mi aprobación en masa televisada o que me dijera señora. Reaccioné mal, de más. Prácticamente le revoleé el micrófono por la cabeza. Espero que lo hayan editado, me consuela pensar que canal 9 lo ve poca gente.
Como quedé desconcertada por mi exabrupto y no había sacado fotos decidí sumarme al cortejo por unas cuadras. Era cuestión simplemente de ponerse a caminar en el mismo sentido que los demás, nada complejo.
Pero para la sorda y pelotuda hasta el acto más simple puede transformarse en un papelón.
Para no quedar expuesta cerca del cordón (soy tímida, lo confieso y no quería que me viera algún conocido) me arrimé al interior de la columna, cerca de la fanfarria militar.
Un hombre con brazo firme me alejó de ellos
- Puede ser peligroso
Caminamos uno al lado de otro por una o dos cuadras.
- No es bueno caminar tan cerca de los caballos.
Recién entonces lo miré, era el ex intendente de la Ciudad, destituido en juicio político por mal desempeño de funciones.
- Ah… ¿Ibarra? Es usted.
- Si.

Sigo caminando en silencio mientras observo a las personas que, desde las vallas, nos miran. Lo miran a él, mejor dicho. Yo solo soy una espectadora privilegiada. A medida que vamos bajando por Callao las personas de las vallas huelen mejor, visten mejor y se manifiestan de manera más moderada.
Algunos se codean entre sí, pienso en Ibarra pobre tipo que momento. Ahí caigo en la cuenta que no es a él a quien miran. Hay un cadáver político más flagrante caminando delante de mí: nuestro ex presidente Fernando de la Rúa. Algo más gordo y más errático (si, más) iba caminando cabizbajo. Cada tanto alguna persona bajaba de la vereda y se acercaba a saludarlo.
Pensé muchas cosas en esas cuadras mientras miraba las caras de los que desde la vereda nos veían pasar. Ellos tenían expresiones diferentes entre sí, pero todas compartían la misma intensidad. Me preguntaba que cosas pasarían por la cabeza del ex presidente, si es que aún pasan cosas por su cabeza. (Esto dicho sin ironías. Supongo que este hombre debe haber sufrido algún tipo de accidente cerebro vascular, sutil como para ser imperceptible pero lo suficientemente severo para dejarlo en ese estado de... estupidez.) Asombrosa estupidez con la que zozobró en sus últimos días como Jefe de Estado. Que vergüenza.
Qué vergüenza nuestros políticos.
Qué mal habla de ellos que de Alfonsín se destaque con entusiasmo su honestidad, su temperamento conciliador y su espíritu demócrata. Tres características inherentes e ineludibles, creo yo, a la vocación de todo político.
Al final me cansé de tanta alharaca, tomé el 92 y volví a casa. Satisfecha con mi expedición aunque cargando sentimientos ambiguos. Como pa’ variar.
Y deseando con fervor que nadie haya prestado atención a esa loca en canal 9.