miércoles, 27 de mayo de 2009

Sorpresa

Los que leyeron esto y disfrutaron esto sabrán entenderme.
Anoche fui con una amiga al teatro EL CUBO para ver un espectáculo musical (era la última función, pero si reponen en otras tablas lo recomiendo)
Los tres protagonistas excelentes.
Salíamos de lo más gratificadas dispuestas a saludar al cantante de la obra cuando ...oh oh... diviso entre la gente (teatro lleno, gran convocatoria) al gran maestro.
Que emoción, no pude dejar de manifestársela.
Más vale guardarse la verguenza para actos atroces. ¿No?
Volví feliz.


domingo, 17 de mayo de 2009

Ser otra

Con una pesada carga en sus espaldas esa mujer va caminando.
Es otoño o inicio del invierno. Más que por los indicios habituales lo supe por el olor. Hay olor a hojas secas en el aire, a aire húmedo y frío. Olor a hojas quemándose y a leña mojada.
Nunca sabré que lleva en su espalda. Lo que sea está colgado de los hombros, como una mochila.
Entre sus labios hay un cigarrillo apagado o un palillo de árbol seco. Hay algo entre sus labios, no sabré qué es.
Camina sobre las hojas secas, cerca de una costa de mar, laguna o ancho río. Hay agua que hace horizonte a su derecha.
Camina y se interna entre los árboles siguiendo las piedritas y las huellas que han dejado las pisadas y los automóviles.
Se detiene en una casa de ladrillos celestes, una casa pequeña, con grandes ventanas de vidrios lisos, sin rejas ni postigos. Adentro hay luz tenue de reflejos amarillos, parece iluminado con velas. Desde afuera se ve un único ambiente: una barra de cocina y sobre ella una campana rodeada de sartenes alegremente dispuestas. Cerca de la ventana hay sillones, alfombras, mantas, canastos y un perchero lleno de sombreros. Es agradable, hay ramilletes de flores secas por todas partes y un enorme y moderno TV colgado en la pared más grande.
Alguien sale de la casa. La mujer pide indicaciones.
- Pasando ese tanque, doblando a la izquierda. La calle de la mansión, más adelante, a la izquierda.
Sigue caminando. Puedo ver sus pies, lleva borceguíes Caterpillar y medias de lana a rayas multicolores, esas típicas del altiplano andino.
No es delgada, pero es ágil y persiste en su camino. Luego sabré que tampoco es joven.
Levanta su mirada y me deja ver: está mirando una especie de silo en altura, una gran construcción circular de madera con pintura descascarada. La torre está lejos y no hay un camino recto. Baja la cabeza y sigue caminando.
El cielo está gris, hay algo diáfano en el aire. La naturaleza se mueve despacio. Alguna paloma, alguna hoja, algún crujir bajo sus pies.
El camino de huellas se pone difícil, barroso. Se le hunden los borceguíes en las huellas anchas que han dejado las ruedas de los autos que surcaron la calle.
- Debe ser un camión o algo muy pesado para dejar huellas tan profundas, pienso.
Ella sigue caminando en silencio tratando de no pisar el barro fresco y revuelto por las ruedas, buscando la parte más lisa de la calle. Hay una especie de ceniza blanca cubriendo todo el camino. En las partes lisas es más perceptible, se ha amontonado allí como si se tratara de musgo. Es una capa seca de polvo gris que al pisarla se resquebraja y agrieta. Es crujiente como escarcha.
Una enorme y lujosa camioneta aparece desde atrás. Ella se hace a un lado en el camino. La camioneta pasa lenta y silenciosa dando tumbos, la conduce un hombre. Ella lo mira y saluda con cierta falsedad.
- Lo hará por cortesía, este lugar es un páramo y ese hombre está próximo a convertirse en su vecino más cercano, pienso.
Él responde su saludo con un movimiento de cabeza, la mira desconfiado detrás de sus vidrios blindados. Ella no lo conoce. Yo sí: es Tommy Lee Jones. No puedo explicar como llegó aquí, ni porqué la mujer siente un odio visceral hacia él. De puro instinto lo relaciono con la ceniza gris del camino.
La camioneta hace nuevas y profundas huellas en la calle, dobla a la derecha y se interna en un sendero angosto. Al llegar a esa bifurcación la mujer se detiene, se pone en puntas de pie tratando de ver entre las matas de arbustos y logra divisar una torre blanca y cuidados jardines. Niega con la cabeza en señal de desaprobación, mordisquea lo que tiene entre sus labios y sigue caminando.
Más adelante, sobre el borde izquierdo del camino, se ve una pequeña casa de madera construida sobre pilotes. Tiene dos pisos, techo a dos aguas con cumbreras y chimenea. La embellece la galería adornada con cenefas y los balcones. La casa empieza justo en el borde del camino; ese detalle y las dimensiones diminutas le otorgan un aire surrealista. La construyeron íntegramente en madera. Parece no haber recibido pintura alguna, se ve seca y opaca. Está vacía.
- No está mal, dice.
Sé que es allí donde eligió terminar sus días.
- Acá seré feliz, dice.
Sé que hay algo de verdad en todo eso.
Llega al frente de la casa, se para erguida en el borde del camino y respira profundo. Estática examina el lugar, parece satisfecha. Camina hacia la escalera desvencijada y ve y me deja mirar algo que llama su atención: un enorme y peludo gato rojo está durmiendo en el rellano.
Ella se agacha, lo alza y él se deja acariciar. Entonces puedo ver sus manos, lleva guantes rayados iguales a sus medias, de esos que dejan los dedos libres. Es negra.
Acaricia al gato y siente y me deja sentir la suavidad de sus pelos.
Se ríe con ganas y pienso:
- Hermoso gato.
Con ese pensamiento me despierto.
- Que sueño raro, como para escribirlo.

sábado, 9 de mayo de 2009

Encrucijadas Femeninas


¿Permasec o extra-suave?
¿Lo llamo o espero?
¿Tarjeta o efectivo?
¿La invito o no la invito?
¿Comfort o Vívere?
¿Color ciruela a la moda o negro tradicional?
¿Sigo discutiendo o me hago la boluda?
Son liviandades, claro.

Hay difíciles, por ejemplo:

EAST WEST
¿...?

lunes, 4 de mayo de 2009

Crucigrama

I
Ese sábado soleado el yesero había llegado temprano; tenía que trabajar en la planta baja. Era una casa “de altos” en San Telmo, destinada a vivienda familiar. Se construía con moderado lujo, la casa era grande y muy bien ubicada.
En el piso superior había un bullicio de latas, rodillos, escaleras y pinceles.
El dueño del edificio, un conocido prestamista del barrio de Montserrat, confirmando su fama de avaro, había decidido encargarse personalmente de la pintura final de la obra.
- El pintor me pasó una barbaridad, fíjese usted. Por esa suma me encargo yo.
En la pinturería de la plaza le vendieron los insumos y le explicaron con desgano y sin detalles la tarea a realizar. Y allí fue el tipo, creído en su soberbia de hábil financista que el trabajo manual era cosa fácil, a dedicarle todo el sábado a los dormitorios de la casa nueva.
De nada sirvieron las protestas de su esposa ni los reclamos de sus hijos.
- Este sábado nos quedamos en la capital. Dense una vueltita por Venezuela a eso de las seis con té y masitas.
Era 1970, las primeras casitas de fin de semana cobraban forma en el conurbano bonaerense. El prestamista había comprado unos lotes en San Miguel y sus hijos esperaban los sábados con ilusión para salir del oscuro departamento donde vivían amontonados.
Los albañiles terminaron temprano, a las 11 ya estaban listos para volver a Lanús. Dejaron a un peón, el Luisito, para que limpiase y ordenase las herramientas.
- Tenés tiempo hasta las 12, después te podés ir, le dijeron.
El yesero, un muchacho prolijo y afable, rondaba las carreras con frecuencia. Por entusiasmo y porque los caballos estaban de moda. Esa mañana había sonado el teléfono insistentemente en la obra.
- Para usted don Chiche, tiene teléfono.
El yesero dejó a un lado sus herramientas pensando que seguramente se trataba de su esposa o tal vez de su mamá, para encargarle alguna compra de último momento. Las mujeres habían organizado un encuentro familiar para esa noche, habría trajín en las cocinas.
No eran cuestiones domésticas. Era su padrino.
- Chiche: llegó el día. En la primera carrera jugale todo a “Crucigrama”, va a pagar bien. Lleva todo lo que tengas. Es una fija. Acordate, la primera carrera. No llegues tarde, ¿eh?
El trabajo era, además de una fuente de ingresos, su pasión y solía distraerse en él. Por eso le pidió al peón que le avisara a las 12, que no se olvidara, ya que tenía algo muy importante que hacer.
Siguió trabajando mientras repasaba mentalmente lo que luego haría: guardar sus herramientas, bañarse y cambiarse, buscar la camioneta. Hizo cálculos del tiempo de viaje hasta San Isidro. Trazó mentalmente la mejor alternativa para el recorrido.
Como no era hombre fantasioso, no se puso a soñar con el dinero, no imaginó cambiar la camioneta ni remodelar el cuarto de la nena. Pero el entusiasmo le iba ganando lugar a la calma mientras corría la mañana.
Al rato Luisito le pegó el grito:
-Son las doce don Chiche, yo terminé, salgo nomás. ¡Me voy!
El peón apagó la radio al salir. Quedó en silencio. Empezó a guardar sus cosas mientras escuchaba al prestamista fatigándose con las latas en el piso de arriba.
Antes de salir subió a saludarlo.
En la vereda buscó la argenta roja, la había dejado a unos metros de la obra. La vio y sintió esa calma relajada que todos sentimos al encontrar nuestro auto en el lugar donde lo dejamos. Imagino que sonrió.
Desde la vereda oyó un estrépito. El ruido provenía de la obra. Subió asustado los escalones de dos en dos y encontró al prestamista en el suelo, inconsciente y rodeado de un gran charco de sangre. Había caído desde la escalera y seguramente una lata de pintura le había provocado un profundo corte en la cabeza.
No dudó. Tomó una toalla, la envolvió alrededor de la cabeza del hombre y con esfuerzo lo cargó. En la vereda le indicaron que el hospital quedaba a “siete cuadras derecho”.
Desde allí llamo a la esposa del pobre hombre; llegó a la hora y media desesperada junto con sus hijos.
Estaba impresionado.La policía le informó que no podía retirarse sin antes realizar una declaración. Salió del hospital a las cuatro de la tarde.
Al rato se enteró que Crucigrama fue el caballo ganador de la primera carrera, como estaba previsto. Y que pagó muy bien, tal como su padrino le había anticipado: setenta y cinco pesos. El padrino era un buen hombre, pero la impotencia que le causó la situación lo hizo sentenciar:
- Lo hubieras dejado ahí. No puedo creer como te perdiste eso.

II
En ese caballo no pensé más, para no hacerme mala sangre. Tampoco tuve otra fija como esa. Esas cosas pasan solo una vez.
Años después necesitaba una plata para poder terminar el chalecito que estaba construyendo, había una inflación terrible y los materiales cambiaban de precio todos los días. La única manera de hacer diferencia era poder acopiarlos. Entonces me acordé de ese prestamista.
Yo no pretendía que me hiciera una atención, no para nada. Pero como justamente el hombre se dedicaba a eso.

- ¿Y que pasó?
- Me lo negó.
- …
- Entonces me acordé de mi padrino, por ahí tenía razón; debería haberlo dejado ahí.
- No me parece, papá.
- …
- Imaginate, estaríamos un domingo soleado como hoy, yo te preguntaría como fue que armaste la constructora. Y vos me dirías que un sábado, cuando yo tenía dos años, te llamó tu padrino y te pasó una fija. Y que salió bien. Y que ganaste mucha plata. Pero que estuviste a punto de no ganar nada porque justo un hombre se cayó y casi dejás de ir al hipódromo por llevarlo al hospital. Y yo te preguntaría que pasó con el hombre.
“Murió desangrado” me dirías.


Chiche se ríe de la ocurrencia, se le iluminan los ojitos y me acerca el mate.

sábado, 2 de mayo de 2009

At The Cafe

El jueves, luego de un tiempo sin vernos, convenimos encontrarnos a tomar un café. Él es un amigo real, no de esos a los que las mujeres solemos decir amigo, cuando en verdad se trata de un tipo que nos calienta lo suficiente para transárnoslo, pero no completa todos los casilleros para calificar de novio. O viceversa.
Mariano es amigo-amigo, sin más. No se me ocurre visualizar casilleros con él y estoy segura que él, más allá de haber dejado caer sus pupilas en mi escote (de puro instinto), tampoco.
Mariano es un hombre íntegro, con esposa adorable. Exitoso y querible. Un torbellino de actividades. Energía arrolladora.
Llegué al lugar antes que él y busqué una mesa cercana a la vereda, beneficiada con el último sol de la tarde . A Mariano le gusta mirar pasar a la gente. En eso es apacible. Me puse a pensar en sus silencios, es un sujeto de silencios disfrutables.
Pasó un rato, pedí una coca-cola, el calor persiste en Buenos Aires. En mi balcón la Santa Rita, desorientada, se llenó de flores otra vez.
El teléfono se mueve en la mesa:

- “Llego tarde. No te vayas.”¿Qué será “tarde”: diez minutos, quince, media hora?. Pucha, no traje el libro.
Estoy leyendo una compilación de Bioy Casares, libro gordo y pesado para cargar.
Podría entretenerme con un solitario, pero tampoco traje la Palm.
Está refrescando, tampoco traje el saquito. ¿Para qué salí tan apurada?
Ya sé para qué: para no ser siempre yo la que llega tarde.

- “ok, te espero hast… (¿qué será adecuado esperar? ¿media hora?) … ta las 7:30”
Hasta las 7:30 serían 40 minutos. ¿40 minutos no será mucho?

Llega Mariano, abre su celular, sonríe.

- ¿No me ibas a esperar?
- Si, puse "hasta las 7:30”
- Te ibas a ir… bueno, si estás apurada…
- No Mariano, te iba a esperar.


Muestra desacuerdo; ese gesto me recuerda a cuando con su hermana estábamos seguras que Mariano era “medio rarito”. Eso fue antes de que conociéramos a Flor, su primera novia.
Me disperso y cuando vuelvo en mí Mariano está hablando como si leyera un catálogo costumbrista del matrimonio.

- Vos no sabés de la que te salvaste.
- ¿De qué me salvé?
- La convivencia mata.
- …
- El matrimonio debería ser un contrato renovable.
- ¿cómo sería eso? (ahogando una risa)- Fácil, funcionaría como con los contratos de alquiler. Si todo va bien se renueva.
- ¿Cada cuánto?
- A medida que va avanzando la pareja se ampliarían los plazos. Lo mejor sería a los tres o cinco años, luego a los diez, luego a los veinticinco, algo así.
- ¿Qué se ganaría con eso? Existe el divorcio, el matrimonio no es un viaje de ida.
- ¡Se ganaría muchísimo! (eufórico)
- …
- No hay mujer más adorable que una novia en etapa previa al casamiento. No es idea mía, no me mires así colorada. Preguntále a otros.
- No seas machista, por favor.
- No soy machista. Estoy siendo RE-A-LIS-TA.
- …
- No mires para el costado, no te hagas la que me escuchás. Mirame bien, leé mis labios: el contrato renovable sería la salvación. Por empezar las minas, movilizadas por la cercanía de la renovación, harían buena letra. Ya sabés.
- No. No sé. (demostrando fastidio)- ¡Cómo que no! (más eufórico) Más sonrisas, menos caras largas. Más comida casera, menos delivery. Más gimnasio, menos televisión.
- Sólo te falta decir “más plancha, menos facebook” para aprobar Machismo IV. ¡No seas cavernícola, por favor!
- Já, te quiero ver la semana anterior al vencimiento gastándote las rodillas.
Se ríe de su chiste pueril, pide otra cerveza. Temo lo peor. Trato de cambiar de tema. Le pregunto por su negocio. Por sus clases de violín. Se las arregla para volver, como una calesita, como un disco rayado, siempre al mismo lugar. Estereotipado y poco original lugar.

- Es muy difícil plantear un divorcio cuando lo único que se tiene para decir es “estoy aburrido”. El fin del contrato facilitaría las cosas. No habría trabajo sucio.
- (...) ¿Tus amigos?
- Igual que yo. Bien, ahí andan.
- ¿Hablas con ellos de esto?
- No. Ni loco. Pero la idea del contrato renovable fue de uno de ellos. De Sergio, te hablé de Sergio el que tiene una importadora de semillas, Sergio lo planteó seriamente. Como el tema de los prenupciales. Un acuerdo interno. Y la mina aceptó.
- …
- No te asombres colorada; eso de la liberación femenina es una farsa.
- …

Miro mi reloj, siento que pasó una eternidad pero, para mi asombro, apenas son las ocho.

- Te dije que te esperaba hasta las siete y media. Son las ocho.
- ¿Eh?... Pero vine antes, ¿no?
- No sé.
- ... (confuso)- Bueno, hablamos. Me voy Mariano, me duele la cabeza. (irónica)- Uh… bueno ¿te alcanzo?
- No, gracias. Te quiero mucho, cuidate.


Huyo. Si todo lo que dijo lo hubiera escuchado de boca de otro (había escrito “un taxista”, lo autocensuré) estaría burlándome de su simpleza. Pero lo dijo mi amigo Mariano, un muchacho lúcido y observador. ¿Sus silencios?, puffss... ausentes sin aviso.