domingo, 28 de junio de 2009

Agosto, condado Osage.

Una tarde fría andábamos con Fede por la Avda. Corrientes buscando afanosamente un lugar acogedor en el que sirvieran rico café con leche con tostadas de “pan de pan” y tuviera Wi-Fi. Después de caminar unas cuantas cuadras, mientras le explicaba mi loca idea de que el invierno no empieza el 21 de junio y él trataba de disuadirme de continuar especificando solsticios y equinoccios, dimos con El Vesubio, aparentemente la primera heladería porteña. Recomendamos el chocolate con churros.
Con la pancita llena y el corazón contento cruzamos la avenida hasta el Lola Membrives, para comprar entradas para AGOSTO.
Era domingo, la función estaba por empezar y en la boletería había jaleo. Pero yo, intentando detener un infortunio, antes de elegir ubicación y pagar le aclaré al vendedor.

- Yo soy hipoacúsica. No oigo bien. ¿Cómo es el sonido en la sala?
- Tienen micrófonos, se escucha fuerte y claro en toda la sala.
- ¿Micrófonos personales? Mire que yo oigo muy mal. ¿Voy a entender desde esa ubicación?
- Se escucha perfectamente en toda la sala.
- ¿Cómo en el cine?
- Si, como en el cine.


Conseguimos entradas para el miércoles. Ese día fuimos ansiosos al teatro, hace rato que teníamos ganas de ver AGOSTO. Ni bien terminamos de ubicamos empezó la obra a sala llena.
En un costadito del escenario están Juan M. Tenuta y una joven desconocida para mí. Él está hablando, puedo oírlo, pero no entiendo ni una palabra.

- ¿Vos escuchas bien?
- Si, mi amor, perfecto. ¿Vos no?
- No, no entiendo nada. ¿Hay micrófonos, hay parlantes?
- Creo que no, o si. No sé. No me doy cuenta, pero escucho perfectamente.
- Yo no escucho nada. NADA.
- Huy… ¿qué querés hacer?
- A ver… esperá… por ahí es él sólo el que no tiene micrófono.


Digo esa estupidez mientras busco la bolsa de confites Sugus en la cartera. Mastico siete seguidos. Me remuevo en la silla, incómoda. Pongo mi mano detrás de las orejas (como Riquelme cuando hace gol)… nada.
Miro atónita a los demás. Todos parecen entender perfectamente.
Al ratito empiezo a fastidiarme.
A los diez minutos estoy francamente angustiada.
Me esfuerzo en vano para entender algo.
Me canso.

- Vos quedate acá. Yo voy a ver que puedo hacer, ¿te parece?
- Como quieras…
- Quiero matar al boletero.
- Voy con vos…
- No, mejor quedate. Si no vuelvo disfrutá. Yo voy a estar bien. Te mando mensajito.

Salgo molestando a la fila en busca del señor de la boletería. Lo encuentro justito cerrando el boliche. Le explico, dice que se acuerda de mí y llama al productor (no Daniel Grinbank, un secuaz) con el manifiesto intento de salir de la situación.
El productor, un muchacho lleno de cables y excitadísimo, me escucha sin atención mientras saluda a un grupo de gente que sigue llegando.

- Disculpáme ¿me estás escuchando?
- Si. Decime.
- Te decía que cuando saqué las entradas advertí que soy hipoacúsica.
Me dijeron que se escuchaba bien pero no escucho nada.
- …
Advierto un gesto de conmiseración, lo ignoro y prosigo.
- Estoy con mi novio en el pulman.
- Ahh.
- …
- Tengo la sala llena, sino encantadísimo.
- ¿Encantadísimo de qué?
- …
- Yo no estoy encantadísima de nada.
- …
- Es como si estuvieran hablando en checoslovaco, ¿me explico?
- Uh, claro. A ver… vení …


Me lleva hasta la última fila de la platea contra la pared (donde ya hay ubicadas unas diez sillas extras, ocupadas)

- ¿Y acá? ¿Podés escuchar?
- No, nada. ¿Dónde están los parlantes?
- Tengo el teatro lleno…
- Me alegro por ustedes.
- Hay UNA ubicación más cerca, pero no sale a la venta.
- …
- Te puedo ofrecer ese lugar.

Me lleva hasta un asiento ubicado detrás de los palcos bajos, en el extremo de la fila treinta aproximadamente. Desde allí sólo podía ver la mitad del escenario. Pero estaba más cerca, podía oír algunas palabras.
Esforzándome mucho, con imaginación y creatividad, podía hasta entender la obra (que a esa altura de los acontecimientos ya estaba bastante avanzada)
En el entre-acto subí a ver a Fede. Le expliqué donde estaba, mintiéndole acerca de mi disfrute y comprobé que él realmente estaba pasándola bien. Eso fue suficiente para seguir.
De vez en cuando la risa de la gente de alrededor me contagiaba. Eso sí: nada de lo que ocurriera en la mitad derecha del escenario podía ser percibido por ninguno de mis sentidos.
A Fede la obra le encantó. Lástima que la vimos separados.
Al otro día escribí un larguísimo mail y lo envié al teatro, al director y al productor.
El único que me respondió amablemente fue el director (Claudio Tolcachir), quien luego de excusarse acerca de su imposibilidad para ofrecerme dos buenas ubicaciones (es notable como ha decaído la capacidad de poder hacer que tiene la gente que, se supone, puede hacer) me envió por mail el guión (adaptación de Mercedes Morán del original de Tracy Letts)
Muy bueno, disfruté la lectura recordando los gestos de los actores que acompañaban las palabras, ahora escritas, develadas para mí.
Muy bueno. También mi versión libre desde la fila treinta detrás de los palcos bajos estuvo buena.
Pero lo mejor de AGOSTO, para mí, fue que sirvió como piedra de toque para que al fin, para beneplácito de amigos, parientes y demás, yo decidiera agenciarme un bello audífono.



Soy feliz, hoy descubrí dos sonidos nuevos:
El shiits shiits de las hojas del libro al pasar.
El sruiiish sruishhh de las hojas de árbol secas en el piso al pisarlas.

jueves, 4 de junio de 2009

A los botes

Este Blog tiene un amable lector, políticamente correcto él, quien insiste en desaprobar mi autodefinición de “sorda y pelotuda”; de más está aclarar que una cosa es que lo diga yo y otra, muy otra, es que atine a decírmelo otro. Aclarado está, no se hagan los vivillos.
De pelotuda tengo unos pocos pelos y ser hipoacúsica significa simplemente oír menos, podría significar oír nada, u oír casi nada y sería lo mismo. No hay estigmas.
Perogrullo resulta aclarar que oír menos no significa pensar menos o más ni viceversa.
Por eso insisto con lo de sorda y pelotuda.
Yo les confieso a ustedes amiguitos que cada vez que me cruzo con algún sujeto que concluye que por el hecho de que yo no haya oído lo que dijo, ni me haya reído/asombrado/dado indicios de haber entendido sus palabras o por haber pedido que me repitieran algo más de una vez, más de dos o tres veces inclusive, eso me convierte en plausible de ser burlada, ese sujeto no hace más que dar ejemplos abultados de estupidez.
Habiendo soberbios pelotudos de plenas facultades auditivas que ignoran su condición, ¿cómo no iba a haber una hipoacúsica capaz de reírse de sí misma?
En eso estamos.

Ayer iba con mi chico en el subte (tengo novio, si, muy contenta, si, gracias, otro día les cuento) él hablando y hablando entusiasmadísimo de no me acuerdo qué, cuando mi nariz percibió un extraño olor, semejante a madera quemada (íbamos en las antiguallas del subte línea A, algún día añoraremos sus vagones de roble)… madera quemada decía, que me hizo abstraerme por completo de la conversación.
El subte se detiene en una estación y escucho:
- “destino … Plaza de Mayo… detenido… desperfectos técnicos”
Y repite:
- “Atención por favor, se comunica a los pasajeros que la formación … destino … Plaza de Mayo… detenido… desperfectos técnicos”
...
-Tenemos que bajar.
- ¿eh?
-¿No escuchaste? Hay que bajar, ¡dale! Hay olor a quemado.
Dirigiéndome al señor mayor sentado enfrente de mí medio dormido:
- Señor, ¡SEÑOR! Hay que bajar.
Dirigiéndome a los 7 u 8 pasajeros restantes cercanos:
- Hay que bajar, ¿no escucharon? ¡Hay olor a quemado!
La mayoría de ellos descienden obedientes del vagón, incluyendo mi novio, el viejito semidormido y por supuesto yo.
Se cierran las puertas y el subte parte tranquilamente con todos los pasajeros restantes.
Los que bajaron me miran atónitos.
Me doy cuenta de que he cometido un error.
Sonrío.
Me acerco a un guardia recostado sobre los molinetes, quien había estado observando la escena con sorna, le pregunto:
- ¿No dijeron que había que bajar?
- No. Dijeron que el tren que está en Plaza de Mayo no sale.
- Ah. Entendí mal.

Hay nueve pares de ojos mirándome con diferentes expresiones.
Me surge un espontáneo ataque de risa.
- Tomamos el siguiente, no importa. Dice mi novio, conciliador.
Mira a las personas (creo que eran todos hombres) y les dice tocándose la oreja:
- ella no escucha bien.
Desde mi ángulo de visión ese gesto podría interpretarse como “está un poco loca”.
Me da más risa. Aparecen señales de conmiseración.
- Perdón, perdón me equivoqué. Disculpen. Digo tratando de mantener la seriedad.

Por suerte, segundos después aparece la próxima formación y todos respiramos aliviados.
Creo que alcancé a oír “pobre muchacho” pero no podría asegurarlo.
Y sí. Pobre.
Pero aburrirse, ¡nunca!

"Potrero"

Diego Armando Maradona dixit.
Junio, 4 2009