domingo, 4 de octubre de 2009

109 grados, 28 minutos

Mientras disfrutaba de la sombra del manzano me sorprendieron las abejas; de súbito me sobresaltaron, pululando entre las ramas.
El recuerdo de alguna picadura de la infancia, que resultó sumamente irritante, me produjo escalofríos. Pero la curiosidad pudo más y me quedé largo rato observándolas.
A simple vista las abejitas semejaban cualquier otra especie animal alimentándose, pero al mirarlas con mayor atención se las veía concentradas en su trabajo: se movían rápidamente entre las flores. Con movimientos precisos y repetitivos iban acumulando el polen en sus patas. Parecía que algunas de ellas cargaban bolsitas amarillas.
Mientras recordaba imágenes infantiles de abejas felices portando baldecitos de miel pensé que no sé nada de las abejas y concluí que ellas han sabido, por lo laboriosas, hacerse de buena prensa en nuestro imaginario.
Durante el asado compartí las sensaciones que había tenido debajo del manzano y aprendí, sin demasiados detalles, que las abejas, mientras recolectan el polen para depositarlo en las celdillas hexagonales del panal y transformarlo en alimento para las larvas, cumplen con un proceso fundamental en el desarrollo de la vida en nuestro planeta: la polinización. Las abejas transportan de flor en flor los granos de polen desde los estambres hasta los óvulos y los fecundan para que puedan formarse las semillas y los frutos.
Me quedé pensando en la vital importancia que tienen las abejas en la continuidad de la vida en nuestro planeta, tal como la conocemos.
Durante el viaje de vuelta lo comenté y obtuve miradas condescendientes. Es lógico; los piquetes, la violencia, la ley de medios audiovisuales y la clasificación de nuestra selección al mundial de fútbol resultan temas mucho más relevantes y adecuados a la conversación flotante y fragmentada del viaje familiar.
Ya en la intimidad del hogar insistí:
– Es que me parece una excelente idea para una historia de ciencia ficción.
– Pffs ... no hinches más con lo de las abejas, es una pavada
.
Como hago siempre que no encuentro interlocutores en el mundo real, me refugié en internet:
– “Si las abejas desaparecieran de la superficie del globo el hombre tendría sólo cuatro años de vida. No más abejas, no más polinización, no más plantas, no más animales, no más hombres”Esta frase atribuida a Einstein sirvió para que el director de Sexto Sentido pergeñara una historia misteriosa y realizara el film El Incidente. –
Cada vez quedan menos resquicios sin explorar.

Descartada la posibilidad de incursionar en la ciencia ficción con las abejas, dediqué un rato a informarme sobre ellas.
Resulta que a partir del año 2006 hubo una desaparición masiva de abejas en las colmenas del Hemisferio Norte, provocando alarma en los apicultores. Los científicos se pusieron a investigar y los conspirativos a proclamar el fin del mundo.
En el número de junio de la revista EXACTAmente (editada por la FCEyN, UBA) hay una investigación de Agustina Falibene sobre el tema del CCD – Colony Collapse Disorder –
Las causas del fenómeno son especulaciones pero “los nuevos pesticidas, los cultivos genéticamente modificados, los productos agrícolas, el cambio climático, los virus, las bacterias, algún patógeno desconocido y hasta los teléfonos celulares están en la mira".
Quise saber más y Santa Wikipedia hizo lo suyo.
Me resultó fascinante el sistema de vida de las colonias. Estos maravillosos insectos se organizan para construir y sostener una súper familia trabajando de forma cooperativa, asumiendo diferentes funciones dentro de la colmena. Los objetivos de la abeja individual son los de la comunidad.

No pude dejar de reflexionar que si la abejas son capaces de desarrollar tamaña organización social con tan sólo 35 días de vida en promedio y el cerebro del tamaño de una semilla de sésamo, la especie humana resulta ser una IDIOTA con mayúsculas.