
I
Ese sábado soleado el yesero había llegado temprano; tenía que trabajar en la planta baja. Era una casa “de altos” en San Telmo, destinada a vivienda familiar. Se construía con moderado lujo, la casa era grande y muy bien ubicada.
En el piso superior había un bullicio de latas, rodillos, escaleras y pinceles.
El dueño del edificio, un conocido prestamista del barrio de Montserrat, confirmando su fama de avaro, había decidido encargarse personalmente de la pintura final de la obra.
- El pintor me pasó una barbaridad, fíjese usted. Por esa suma me encargo yo.
En la pinturería de la plaza le vendieron los insumos y le explicaron con desgano y sin detalles la tarea a realizar. Y allí fue el tipo, creído en su soberbia de hábil financista que el trabajo manual era cosa fácil, a dedicarle todo el sábado a los dormitorios de la casa nueva.
De nada sirvieron las protestas de su esposa ni los reclamos de sus hijos.
- Este sábado nos quedamos en la capital. Dense una vueltita por Venezuela a eso de las seis con té y masitas.Era 1970, las primeras casitas de fin de semana cobraban forma en el conurbano bonaerense. El prestamista había comprado unos lotes en San Miguel y sus hijos esperaban los sábados con ilusión para salir del oscuro departamento donde vivían amontonados.
Los albañiles terminaron temprano, a las 11 ya estaban listos para volver a Lanús. Dejaron a un peón, el Luisito, para que limpiase y ordenase las herramientas.
- Tenés tiempo hasta las 12, después te podés ir, le dijeron.El yesero, un muchacho prolijo y afable, rondaba las carreras con frecuencia. Por entusiasmo y porque los caballos estaban de moda. Esa mañana había sonado el teléfono insistentemente en la obra.
- Para usted don Chiche, tiene teléfono.El yesero dejó a un lado sus herramientas pensando que seguramente se trataba de su esposa o tal vez de su mamá, para encargarle alguna compra de último momento. Las mujeres habían organizado un encuentro familiar para esa noche, habría trajín en las cocinas.
No eran cuestiones domésticas. Era su padrino.
- Chiche: llegó el día. En la primera carrera jugale todo a “Crucigrama”, va a pagar bien. Lleva todo lo que tengas. Es una fija. Acordate, la primera carrera. No llegues tarde, ¿eh?
El trabajo era, además de una fuente de ingresos, su pasión y solía distraerse en él. Por eso le pidió al peón que le avisara a las 12, que no se olvidara, ya que tenía algo muy importante que hacer.
Siguió trabajando mientras repasaba mentalmente lo que luego haría: guardar sus herramientas, bañarse y cambiarse, buscar la camioneta. Hizo cálculos del tiempo de viaje hasta San Isidro. Trazó mentalmente la mejor alternativa para el recorrido.
Como no era hombre fantasioso, no se puso a soñar con el dinero, no imaginó cambiar la camioneta ni remodelar el cuarto de la nena. Pero el entusiasmo le iba ganando lugar a la calma mientras corría la mañana.
Al rato Luisito le pegó el grito:
-Son las doce don Chiche, yo terminé, salgo nomás. ¡Me voy!El peón apagó la radio al salir. Quedó en silencio. Empezó a guardar sus cosas mientras escuchaba al prestamista fatigándose con las latas en el piso de arriba.
Antes de salir subió a saludarlo.
En la vereda buscó la argenta roja, la había dejado a unos metros de la obra. La vio y sintió esa calma relajada que todos sentimos al encontrar nuestro auto en el lugar donde lo dejamos. Imagino que sonrió.
Desde la vereda oyó un estrépito. El ruido provenía de la obra. Subió asustado los escalones de dos en dos y encontró al prestamista en el suelo, inconsciente y rodeado de un gran charco de sangre. Había caído desde la escalera y seguramente una lata de pintura le había provocado un profundo corte en la cabeza.
No dudó. Tomó una toalla, la envolvió alrededor de la cabeza del hombre y con esfuerzo lo cargó. En la vereda le indicaron que el hospital quedaba a “siete cuadras derecho”.
Desde allí llamo a la esposa del pobre hombre; llegó a la hora y media desesperada junto con sus hijos.
Estaba impresionado.La policía le informó que no podía retirarse sin antes realizar una declaración. Salió del hospital a las cuatro de la tarde.
Al rato se enteró que
Crucigrama fue el caballo ganador de la primera carrera, como estaba previsto. Y que pagó muy bien, tal como su padrino le había anticipado: setenta y cinco pesos. El padrino era un buen hombre, pero la impotencia que le causó la situación lo hizo sentenciar:
- Lo hubieras dejado ahí. No puedo creer como te perdiste eso.
II
En ese caballo no pensé más, para no hacerme mala sangre. Tampoco tuve otra fija como esa. Esas cosas pasan solo una vez.
Años después necesitaba una plata para poder terminar el chalecito que estaba construyendo, había una inflación terrible y los materiales cambiaban de precio todos los días. La única manera de hacer diferencia era poder acopiarlos. Entonces me acordé de ese prestamista.
Yo no pretendía que me hiciera una atención, no para nada. Pero como justamente el hombre se dedicaba a eso.
- ¿Y que pasó?
- Me lo negó.
- …
- Entonces me acordé de mi padrino, por ahí tenía razón; debería haberlo dejado ahí.
- No me parece, papá.
- …
- Imaginate, estaríamos un domingo soleado como hoy, yo te preguntaría como fue que armaste la constructora. Y vos me dirías que un sábado, cuando yo tenía dos años, te llamó tu padrino y te pasó una fija. Y que salió bien. Y que ganaste mucha plata. Pero que estuviste a punto de no ganar nada porque justo un hombre se cayó y casi dejás de ir al hipódromo por llevarlo al hospital. Y yo te preguntaría que pasó con el hombre.
“Murió desangrado” me dirías.
Chiche se ríe de la ocurrencia, se le iluminan los ojitos y me acerca el mate.