miércoles, 29 de diciembre de 2010

Dentro del juego

Ayer, día de los Inocentes, fuimos hasta Mercedes - Provincia de Buenos Aires - a espiar la presentación de una revista que hicieron un par de mercedinos, escritores y editores de profesión,  que montaron una redacción en Barcelona, con una pizzería en la planta superior o una pizzería con redacción abajo, no entendí.
Al par de tipos los habíamos visto una vez en Buenos Aires, en ocasión de otra  presentación de criatura literaria, hace más de dos años. Esa vez fuimos para conocer a Hernán, del cual sabíamos muchas cosas y disfrutábamos de su nutritivo blog, al otro tipo lo conocíamos de nombre y estábamos, hasta esa noche, convencidos de que se trataba de un personaje de ficción.
Luego de eso discurrió el tiempo, que percibí larguísimo, durante el que Hernán tuvo su blog abandonado. Sin entradas nuevas, me puse a releer sus cuentos con la misma nostalgia que a las tiras de Mafalda. Había, eso sí, comentarios de lectores rezagados o ansiosos. Al menos era ansiedad compartida.
Un día encontramos actualización del blog y sentimos que orsai estaba más vivo que nunca. Y ahí nomás nos enteramos de la energía creadora que ese par traía entre manos. Mientras nos despabilábamos del letargo ellos nos anoticiaban del proyecto Orsai una revista sin publicidad, nos explicaban sus fundamentos y principios y nos invitaban a organizarnos como lectores o distribuidores.
Fue leer y saber que no quería perderme el primer ejemplar por nada del mundo. Hubo que animarse entonces a abrir la puerta a desconocidos para juntar al menos diez, para comprar un pack. En mi caso junté treinta y hubieran sido más de haber tenido más resto de energía y menos miedo al pensar en la hora del reparto. La casilla de mail fue un alboroto de gente, algunos se colaron en el celular para formar parte de una familia numerosa de apellido orsai. Muy raro.
Ayer fue perfecto. La tarde estaba perfecta, el pasto de la cancha de la liga mercedina, perfecto. El ánimo templado y el sonido perfecto.
Hernán Casciari puso un ejemplar sobre la mesa anunciando “esto es lo mejor que hice con mi vida”; su respuesta a todos los qué estás haciendo con tu vida de su vida, certero el hombre.
Christian Basilis habló de los caminos y la gente que nos acompaña en cierta parte de ellos; lo que nos dejan, lo que nos nutren. Lindo, como para repensar en esta época del año y ponerse cursi sin ponerse colorado.
Alejandro Seselovsky dijo algo sobre los sueños y perseguirlos y estuvo bueno.
Zambayonni, en su primer estadio, nos cantó “El equilibrio del mundo” y nos dimos cuenta que había en común algo más de lo que creíamos.
Osvaldo Príncipi discurrió con simpleza en la historia local - ficción de pueblo o realidad transformada-, desplegó su oficio y logró enternecernos.
Hubo un instante mágico en el que un tipo gordito de remera negra pidió permiso para hacer una pregunta, pero no pudo, la emoción le ganó. Entonces tomo el micrófono el tipo de al lado y dijo que su amigo, su mejor amigo, quería preguntar cómo habían hecho para continuar creando en la distancia (Chiri y Hernán estuvieron muchos años separados por un océano), cómo habían hecho para que la amistad sobreviviera, porque ellos se sentían parecidos, juntos escribían, y ahora él tenía que irse a vivir lejos y con su amigo, que no paraba de lagrimear, querían saber como se hacía. Ahí nomás nos salió un aplauso espontáneo que quería ser abrazo  pero las reglas de urbanidad nos sujetan, que tanto. Estamos vivos. Tonto el que no lo celebra.
Y la pizza y la cerveza. Y la gente linda que se había juntado. Todo perfecto.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Una de piratas


A finales del siglo XVI Inglaterra iniciaba su expansión hacia los territorios de ultramar.
El ímpetu colonizador se afianzaría a lo largo de los siglos XVII (colonias de Norteamérica, Canadá y Mar Caribe), XVIII (Australia),  XIX (Asia) y XX (África).
Los primeras colonias pasaron a llamarse de “dominios” a principios del siglo pasado. Durante la WWI esos dominios contaban con autonomía de gobierno aunque continuaban controlados por el Foreign Office en los asuntos de política exterior; fueron aumentando su autonomía política entre los años 30´y 40´.
Luego de la WWII la mayoría de las colonias de Asia, África y el Caribe,  impulsadas por la fuerza de sus nacionalismos y en el marco de una GB comercialmente debilitada, lograron su independencia.
He estado ordenando y clasificando los sellos postales de las Colonias Inglesas, asombrándome de tanto en tanto al caer en la cuenta de la porción del mundo que el Imperio Británico llegó a controlar. Asombrándome también del esfuerzo que habrá supuesto tamaña empresa. Imaginándome lo fabuloso que les habrá resultado el botín.
He hallado estampillas de 78 diferentes colonias inglesas, la mayoría de ellas son actualmente estados independientes y emiten sus propios sellos postales.
Los primeros en independizarse se convirtieron en estados prósperos y respetables como Canadá, Nueva Zelanda y Australia. Claro que son monarquías parlamentarias, rinden honores a la misma reina que los londinenses  y comparten su himno real. Si bien Elizabeth II protagoniza muchos de sus sellos postales, no hay marcas de la corona en ellos.
Otras colonias se convirtieron en paraísos turísticos o fiscales ¿Sabían que el Jamaiquino más famoso fue un súbdito más? Él y sus rastas, sí, sí.
Otras colonias han desaparecido, engullidas por sus vecinos.
Algunas cambiaron sus nombres.
Muchas están en vías extinción; cayendo en el despiadado pozo del abandono y el olvido. Son los despojos de un banquete, la cáscara de la naranja que ha dado todo su jugo. Como Gold Coast (actual Ghana),  Sierra Leone, la pobreza hecha diamantes, o Sudán. Allí los sellos postales son lo de menos; lo que importa es el hambre, la guerra civil y las epidemias.
Algunas ex colonias cuentan con cierta autonomía sin llegar a ser totalmente independientes (sus sellos postales incluyen los símbolos reales “ER” - Elizabeth Regina- ); las denominan Territorios Británicos de Ultramar;  las Islas Caymán y las Bermudas, en el Mar Caribe, y Gibraltar, en territorio español, son algunas de ellas.
Otras continúan siendo colonias y sus sellos postales deben tener impreso el perfil de su majestad. Como nuestras Islas Malvinas, sus Falkland Islands.

sábado, 30 de octubre de 2010

Inés y la Alegría

Hace unos días terminé de leer la última novela de Almudena Grandes.
Me he tomado estos pocos días para reflexionar acerca de lo que me había pasado con este libro. Releí algunas partes, reflexioné otras hasta que logré dar forma a una sensación plausible de ser compartida sin sonrojarme.
Llegué con mucha expectativa; la Guerra Civil Española es una parte de la Historia que me interesa mucho y la promocionada frase  de que esta novela serviría para entender aquello que faltaba comprender me resultó muy tentadora.
En ese punto no me satisfizo, no aportó nada nuevo a mis saberes previos. Tampoco a mis reflexiones acerca de ellos.   
Es el primer libro de la Sra. Grandes que leo, no estoy habituada a su prosa pero aún así me resultó familiar; un regusto a García Márquez o Isabel Allende debe ser.
Me resultó un libro sumamente entretenido, para leer con atención no tanto para no perderse exquisiteces narrativas sino para saber quién, cuándo y dónde está hablando. Grandes hace que su historia vaya a los brincos, dando a la lectura un tono intrincado. No profundo, solo intrincado.
La voz en primera persona pasa de Inés a Galán y entre ellos discurre la historia de amor. La tercera persona es, creo,  la voz de la autora quien, sobre todo en el epílogo, se sumerge en explicar la historia en la Historia; con franqueza, me han sobrado algunas páginas en ese trance.
 Fuera de esos detalles lo he pasado de maravillas, Inés estimuló mis sentidos y sacudió el polvo a algunas sensaciones olvidadas. No pude evitar dejarme llevar por el impulso y poner manos a la obra en mi cocina.
Un acierto la continuidad audiovisual en el sitio web.

jueves, 28 de octubre de 2010

Luctus


Cuando yo era adolescente, entre los 14 y los 21 años, sentía un profundo y espontáneo amor por los más humildes.
Viajaba a diario en tren, más por necesidad que por convicción, pero sin angustia. Lo hacía para recorrer el camino que separaba la casa de mis padres del trabajo y el colegio, luego de la facultad. Recorría, a horarios hoy imposibles, el conurbano bonaerense.
Me sentía en cierta forma diferente a la mayoría de la gente que viajaba en el tren, pero esa diferencia sumaba hacia ellos admiración, respeto y deseo de ayudar.
En esa época creía firmemente en la posibilidad de construir un mundo mejor, para todos un poco mejor.
Creía que la mayor felicidad consistiría en apoyar la cabeza en la almohada y dormir tranquila sabiendo que en mi país esa noche ningún niño se había ido a dormir sintiendo hambre.
No hacía mucho para construir ese mundo, no más que algún trabajo de alfabetización comunitario efímero y desorganizado. Pero mi pecho se henchía con lo popular, con la libertad y la democracia. Estudiar Historia consistía casi en una gesta, un servicio.
Ahora que lo pienso, de haber nacido un poco antes tal vez hasta habría sido peronista. Pero no.
Hoy, 35 años después de mi apoteosis popular, sospecho que me importa más la salud e integridad de mi mascota que la de los millones de niños indigentes que habrá en nuestro país. Me consuelo pensando que esa sensación no está en mí porque soy una desalmada egoísta sino porque el anhelo de mejorar al mundo es una quimera lo suficientemente frustrante como para abandonarla.
Mientras miro la fila interminable en las exequias de NK el único sentimiento que me embarga es la envidia. ¿Cómo ha hecho esta gente para permanecer al margen, para seguir creyendo? ¿Cómo es que la duda no les aguijonea el corazón? ¿Cómo han conservado intacta la creencia en su dogma? ¿Acaso no leen los diarios, no ven el deterioro estructural en el que estamos inmersos, no sienten que se están riendo en su cara?
Sigo mirando la TV con asombro y escepticismo.
Si para algo me sirvió estudiar Historia fue para tener la certeza de que en este preciso momento estamos siendo testigos de la construcción colectiva de un mito. Si fuera la misma persona que hace 35 años estaría allí en la plaza, ayudando a construirlo. Pero no.

domingo, 10 de octubre de 2010

Big Love



El matrimonio es una institución social fijada por un acto jurídico que crea un vínculo conyugal entre sus miembros. Este vínculo establece entre los cónyuges, y sus familias, obligaciones y derechos. También permite legitimar la filiación de los hijos, procreados o adoptados, de acuerdo a las reglas del sistema de parentesco, creando relaciones de alianza entre sus miembros.
El matrimonio contribuye a definir la estructura de la sociedad mediante la procreación y la filiación dando forma al rol social y al estatus de cada individuo.
En Argentina, hasta 1954, hubo hijos adulterinos, incestuosos e incluso sacrílegos quienes no tuvieron, de acuerdo a las leyes, padre o madre, ni pariente alguno por parte de padre o madre. Tampoco tuvieron derecho a hacer investigaciones judiciales sobre su maternidad o paternidad.
En 1954 se concedió acción de filiación a todos los hijos fuera de matrimonio, derogando la   clasificación anterior y otorgando a los hijos extramatrimoniales –llamados naturales, vaya eufemismo- la mitad de los derechos hereditarios de los que gozaban los legítimos.
En 1985 se concedió la plena igualdad de derecho por filiación.
Este año se promulgó la ley de matrimonio igualitario, que permite a personas del mismo sexo convertirse en cónyuges y que muchos niños, como Abril, Jazmín y Santiago, puedan gozar de sus derechos de filiación.  
Hubo un debate intenso antes de que se aprobara la ley. Durante ese tiempo tuve mis contradicciones. Creía que el responsable de mis contradicciones era el gobierno -otro eufemismo- y la parafernalia mediática desplegada.
La familia es, para la tradición judeo-cristiana que nos impregna, padres, hermanos, abuelos, tíos y primos. Es el elemento básico de la sociedad y el elemento natural para el crecimiento y bienestar de todos sus miembros y en particular de los niños. El niño, para el pleno y armonioso desarrollo de su personalidad, debe crecer en el seno de la familia, en un ambiente de felicidad, amor y comprensión. El niño tiene derecho a conocer a sus padres y a ser cuidado por ellos y fundamentalmente a preservar sus relaciones familiares.
Por ello está muy bien que se haya establecido la ley de matrimonio igualitario, porque institucionaliza a las familias que de hecho existían y estaban siendo discriminadas.
Ahora, a pocos días de la alegría del casamiento de mi amiga Andrea con Silvina, sé qué cosa me hacía ruido.
Mi ruido no era político, era social. Tuve que recurrir a la memoria emocional para entender mi ruido. Me acordé del llanto desconsolado de Filomena, Mena, la mejor amiga de mamá, ante la muerte súbita de Armando, el amor de su vida. Estuvieron juntos más de treinta años, solo los sábados y domingos, claro, porque Armando de lunes a viernes era Agustín y estaba casado con Antonia, madre de sus hijos. Antonia y sus hijos gozaban de sus derechos de filiación. Mena en cambio se mordió a los gritos su condena de ser una nada.
El ruido se hizo más fuerte la otra tarde, mientras charlaba con un amigo y escuchaba su confesión que lo desgarraba; quería morir, partirse en dos, hacer un pacto con el diablo para poder seguir siendo el resto de su vida el marido de su mujer y el padre de sus hijos y también poder amar y cuidar y formar una familia con Mariana, su novia desde hace siete años.
Parece que el matrimonio y su derecho de filiación, tal como lo conocemos, puede por acción u omisión convertir a muchos individuos en infelices discriminados.
Creo que como sociedad es hora de animarse a debatir en profundidad y aprovechar el impulso, ya que estamos en tren de igualdad, para dejar la hipocresía de lado. Que si de igualdad de derechos se trata, nos hemos olvidado de alguien.

sábado, 2 de octubre de 2010

Buenas Noticias


            -  Pablin & Pablin  buenos días habla Yanina ¿en qué puedo ayudarlo? 
-         - Sí, buenos días, llamo por un ventilador que se rompió, para consultar por el service.
-        - ¿Lo compró aquí señora?
-        - Sí, pero no  sé en que sucursal.  Quisiera que me informe dónde debo llevarlo para su reparación.
-        - A cualquier sucursal. ¿Qué tiene el ventilador señora?
-        - Se separaron las aspas del cuerpo.
-         -  No entendí, disculpe.
-        - Es un ventilador grande, de pared. Las aspas se separaron del cuerpo… del motor.
-        - Disculpe, no le entiendo señora, ¿qué cosa se separó del motor?
-        - Las aspas.
-        - No entiendo.
-         - A S P A S
-         - …
-         - Eso que gira, señorita.
-         - Ah! (esclarecida) usted quiere decir las paletas.
-         - Quise decir aspas, pero bueno, las paletas.
-         - Acá le llamamos paletas.
-         - Ya veo. Dígame qué hacer con el ventilador, por favor. 
-        - Mire señora tiene que llevar el ventilador junto con las … paletas… a cualquier sucursal.
-        - Gracias, señorita.

¿Saben por qué no le dije imbécil, ni ninguna otra maldad?
Porque tuve dos buenas noticias: volvieron ORSAI.es y las KesBun. Y que me cuelguen de las aspas.



viernes, 17 de septiembre de 2010

Brain drain


Mientras Felipe M. terminaba su posgrado de Astrofísica en el IAFE (UBA) el entonces Ministro de Economía de la Nación, D. Cavallo, recortaba el presupuesto del CONICET mientras mandaba a sus científicos e investigadores a “lavar los platos”.

Muchas valiosas personas; estudiosas, trabajadoras e inteligentes decidieron entonces abandonar el país para instalarse en otros de políticas públicas lúcidas y amigables a la investigación.
Más tarde, muy tarde, alguien se puso a hacer las cuentas y comprendió que la fuga de cerebros había significado al país una enorme pérdida; los aproximadamente veinte mil científicos argentinos  radicados en el exterior se habían educado aquí. Se ha calculado que formar a un médico, por ejemplo, tiene un costo de cincuenta mil dólares.
¿Qué se hizo entonces? Se anunció un programa de repatriación de talento argentino bautizado “Raíces”. Lo implementaron en el año 2004. Desde entonces se han repatriado a unos 600 científicos. 

Unos meses después terminar el posgrado Felipe M. se radicó en Austin luego de ser convocado por la Universidad de Texas. Unos años más tarde se fueron con él su novia y sus suegros.  
El suegro de Felipe M. tenía una fábrica de zapatos con más de 100 empleados. Hoy en el espacio donde funcionaba la fábrica hay un enorme aguantadero de inmigrantes ilegales.

Mientras nacía el programa “Raíces”, anunciado por CFK en su célebre discurso del “hache dos cero”, crecía otro bautizado “Patria Grande”. Un programa nacional de normalización documentaria migratoria. 
Las proyecciones indican que el 10% de los habitantes de Argentina nació en Bolivia, Paraguay o Perú. Del total de las personas que habitan en los barrios del Sur de la Ciudad de Buenos Aires habría entre un 30% y un 40% de inmigrantes de esos países.
Esto significa que en una escuela del distrito IX en 3º grado, por ejemplo, habría 20 alumnos argentinos, 5 bolivianos, 4 peruanos y 2 paraguayos.
También significa que de los 3mil niños por día que atiende el sector de pediatría del Hospital Vélez Sarsfield, quinientos de esos pacientes son bolivianos, cuatrocientos peruanos y doscientos nacieron en Paraguay.
De acuerdo a los últimos datos del Instituto Nacional de Estadísticas y  Censos (INDEC) el 31,4% de los argentinos son pobres. De ese total más de 4 millones son indigentes.
La Industria Argentina es una entelequia, pero cientos de miles de personas al año ingresan al país huyendo de la pobreza para nacionalizarse e incorporarse al programa de asistencia social argentino.
Sólo el 50% de los inmigrantes tienen algún tipo de trabajo para sobrevivir. La mayoría de los que no trabajan van a parar a las villas.
La Ciudad de Buenos Aires tiene unos 20 asentamientos reconocidos (170mil personas) a los que se suman 24 asentamientos nuevos e informales.
La villa 1-11-14 (llamada shopping narco, Bajo Flores) es el más extenso de los asentamientos. Allí viven más de 4mil familias procedentes de Bolivia, es  la comunidad más grande de bolivianos en suelo porteño.
Patria Grande. Puerta Abierta.
Puerta por la que cada cuatro días se repatria 1 científico.
Puerta por la que cada cuatro días ingresan 2192 inmigrantes.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Moon Landing

Hace unos años en este mismo lugar manifesté sin tapujos mi convicción acerca de lo que había sucedido el 20 de Julio de 1969. Después de leer este libro debo admitir: fue un exceso.
Javier Casado recorre la vida fabulosa de Wernher Von Braun, el genial ingeniero nacido en Prusia. Lo hace con maestría. Entre el Águila y la Esvástica se desenvuelve de manera dinámica y atrapa como si se tratara de una buena ficción.
Me dejé llevar por la fascinante historia de quien supo estar en cada momento en el lugar indicado a sus propósitos. Elegí reflexionar sobre los contrastes de su vida:
Von Braun desarrolló, como ingeniero del ejército alemán, el cohete A4 (conocido como V2); el primer misil balístico de la historia debutó asolando Londres el 8 de septiembre de 1944.
Como director del centro Marshall de la NASA protagonizó la carrera espacial, fue el responsable del desarrollo del cohete impulsor de los vehículos lanzadores del proyecto Apollo.
Fue miembro del partido nacionalsocialista y de las SS.
Se nacionalizó estadounidense.
En Peenemunde y Mittelwerk dirigió la construcción masiva de misiles utilizando como mano de obra a prisioneros de guerra controlados por las SS.
En Huntsville (Rocket City) dirigió un pequeño imperio destinado al espacio.
Trabajó con Himmler y con Walt Disney.
Su habilidad, conocimiento y convicción le permitieron transformar sus proyectos en causas fundamentales para Hitler y JFK.





Fue un hombre inteligente, hábil y carismático. Y persuasivo. Tanto que su historia me hizo dudar. No sé. Aún con el maravilloso mundo del tío Walt. Aún con la avidez americana. Tal vez hayan llegado ese día. Ya no tengo certezas acerca de lo que ocurrió, lo que haya sido les funcionó, que es casi lo mismo.

viernes, 30 de julio de 2010

Desiderata

- Lo odio.
- No puede ser tan grave.
- Lo odio.
- ¿Qué pasó?
- Insiste en preparar bifes; me molesta el olor a bifes.
- Bueno, se puede hablar.
- Lo hace a propósito, sabe que me molesta.
  La última vez que hizo bifes tuve que lavar todo, almohadones, acolchados. Todo.
- ¿Las cortinas?
- Todo...
- Bueno, preparará bifes porque le gustan.
- Si, le gustan. Pero sabe que yo odio el olor a bife. Podría comerlos fuera de casa.
- ¿Le pediste que no preparara nunca más bifes?
- Si.
- ¿Y que dijo?
- Que estoy loca.

Y claro. Es lógico que piense que estás loca. Estás pasando por alto que es hombre. Los hombres no sienten igual que nosotras. Para un hombre en estado natural es mucho más lógico prepararse un jugoso bife que dejar de hacerlo por el olor. Un hombre en estado natural no percibe el olor a bife como algo desagradable; por el contrario, le gusta. En el mejor de los casos ni se percata de que su casa y todas sus cosas quedan oliendo a grasa pringosa.
No lo odies, está en su naturaleza.
Concentrá la energía en la adaptabilidad. Lleva años entrenar a un hombre en las sutilezas domésticas. Claro que lo mejor hubiera sido agenciarse un ejemplar ya entrenado por madre/novia/esposa; cuán más ordenada y limpita mejor. Pero si te liaste con uno de estreno sabrás que tendrás que echar mano a artilugios diversos, artilugios que irán variando de acuerdo a tu capacidad de negociación.
Tendrás que ir probando cúal método resulta eficaz. Puede ser un sermón, un puchero, una escena, intercambios, método Wandaná. Todo vale. Hay algunos hombres más rebeldes y otros más dispuestos, eso es cuestión suerte.
No te esfuerces en tratar que sienta como vos, sé pragmática. Demostrale los altos beneficios del orden y su bajo costo. Sé muy paciente; entrenar a un hombre en estado natural lleva tiempo, pero vale la pena.
Un día lo vas a descubrir juntando de la mesada los granitos de azúcar que él mismo desparramó, otro día secando cuidadosamente las gotitas que dejó en el vanitory.
Otro día no podrás dar crédito a tus ojos cuando lo veas secar, desde la pileta hasta el repasador, las gotitas de agua que dejó en el camino.
Con el tiempo llegan a naturalizar nuestras obsesiones y a repetirlas mecánicamente con una voluntad que enternece.
Si, eso también es amor.

miércoles, 7 de julio de 2010

Abelardo Castillo

Abelardo Castillo by Paulo Fast

En la casa de mis padres casi no hay libros o, si los hay, son esos libros objetos que sirven para ubicar en los estantes de una prolija e insípida biblioteca. Adornos del mueble.
Pasé mi infancia viviendo en una quinta del Gran Buenos Aires, pertenezco a la generación de cuatro canales en blanco y negro y soy hija única por lo que, agotados los juegos y mis brazos de trepar árboles, los libros fueron una fuente indispensable de diversión.
El mejor plan era ir cada sábado a la librería del pueblo (la librería no vendía libros sino manuales y útiles escolares) a fastidiar al comerciante hasta lograr que consiguiera muchos libros por catálogo.
El hombre contaba con dos referencias: la colección Robin Hood de tapas amarillas y otra menos conocida,  Iridium, con pocos clásicos e historias de detectives. Mis padres no se preguntaban acerca de mi impulso por leer con semejante avidez (eran 4 o 5 libros cada sábado) pero acompañaban mis caprichos sin oponerse ni dar orientación.
Por suerte el librero era un tipo sensato y mis lecturas navegaron en la tierna inocencia, aunque pensándolo mejor un poco de insensatez siempre es buena.
Yo no sabía que había mejores cosas que esas historias de adolescentes alucinadas.
Eso lo supe mucho más tarde y aún no logré recuperar el tiempo perdido.
Suelo tener una lista de libros que pretendo leer, lista que voy actualizando cada vez que algo me llama la atención. Trato de estar atenta acerca de lo que lee la gente que respeto pero, con todo, nada alcanza.
Es notable, si alguna tarde de invierno se me da por el berretín inútil de pensar en la fugacidad de la vida, lo que verdaderamente me jode es todo lo que queda por aprender.
Tengo varias maneras de elegir el libro a leer: por recomendación de un amigo, crítico o artículo literario, por alguna campaña de marketing exitosa, porque lo lee o leyó un personaje y me llama la atención, porque vi la película y quiero más, porque lo encuentro en la mesa de saldos, lo heredo de alguna tía o simplemente llega a mis manos.
Tener un hijo adolescente con el engranaje empastado en la Escuela Media tiene sus beneficios: unas seis veces al año lo encuentro perdido detrás de algún libro del programa Biblioteca Personal. Por supuesto, los leo y disfruto.
Esta vez cayó a mis manos LAS MAQUINARIAS DE LA NOCHE, una selección de cuentos de Abelardo Castillo. Fue empezar a leerlos y sentirme una pelotuda importante por no saber que existían.
Dejo un fragmento lúcido y simple:

“Cuando me contestó que no era de acá, yo pensé, sin demasiada imaginación, que estaba hablando de Buenos Aires. Es el destino, le dije, yo tampoco soy de acá, y agregué que era un buen modo de empezar una historia de amor. Ella me miró con una expresión que sólo puedo describir como de desagrado, como suelen mirar las mujeres muy jóvenes cuando el tipo que está con ellas y al que acaban de conocer dice alguna estupidez. La edad, más tarde, les enseña a disimular estos pequeños gestos helados, estas barreras de desdén, de ahí que asienten, consienten y a la larga hasta nos estiman, cuando lo que de veras sucede es que han crecido y ya no esperan demasiado del varón…”

Muchacha de otra parte, Las maquinarias de la noche.

domingo, 30 de mayo de 2010

Bicentenario

Los argentinos comenzamos esta semana festejando los 200 años de la Revolución de Mayo. Las celebraciones patrióticas me resultan encantadoras, por eso no sólo colgué la bandera en el balcón, sino que el 25 me encaminé gustosa al “Bicentenario”.
No pude convencer a nadie de acompañarme pero no me amedrenté, por el contrario: la soledad dio impulso a mi determinación.
Ya en el Subte me asombró la enorme cantidad de gente.
Bajé en la estación Piedras, Av. De Mayo altura Esmeralda y empecé a caminar hacia la Av. 9 de Julio. Allí había una multitud rondando los stands de las provincias. Las colas para entrar me disuadieron de cualquier intento por ver que había detrás de esas enormes paredes de durlock. Frente a ellos, más pequeños e informales, los puestitos gastronómicos no me tentaron.
Intentando salir de la Av. 9 de Julio hacia el Río me desorienté e increíblemente apareció el Congreso en mi horizonte, volví sobre mis pasos y trabajosamente crucé la 9 de Julio por Yrigoyen hasta Bolívar. La gran cantidad de gente me hizo imposible avanzar hacia la plaza, tuve que caminar hasta Moreno y por ahí bajar.
La Plaza de Mayo estaba repleta. Había pequeños grupos, de amigos o familias, también gente sola, como yo. Había representantes de corrientes políticas con banderas y bombos, quienes cantaban al ritmo de la batucada mientras se acomodaban estratégicamente en la plaza. EL resto miraba con cierto asombro y total calma.
Me acerqué a un grupo de personas que estaba acampando desde hace un mes en la plaza, eran combatientes de la Guerra de Malvinas. Uno de ellos contaba su lucha a quien estuviera dispuesto a escucharlo: aparentemente, una vez terminada la guerra, el teatro de operaciones fue modificado y los soldados que habían permanecido en campaña continental durante todo el conflicto no fueron considerados soldados de guerra. Desde hace años piden ser reconocidos como combatientes.
Más abajo en la Casa Rosada había jaleo: señores de traje oscuro y handies se movían nerviosos por los jardines.
Los granaderos hacían guardia de honor en las escalinatas mientras iban llegando los invitados a una especie de carpa de recepción instalada en un lateral.
Representantes diplomáticos, políticos, funcionarios e invitados se dejaban llevar por un enjambre de ansiosos encargados de protocolo.
Me fui de allí por Alem hacia el norte buscando un poco de sosiego; a esa altura de la tarde ya había decidido mi itinerario; las estructuras estacionadas en la Av. Rosales eran fabulosas y no quería perderme el desfile de Fuerza Bruta por nada. Pero faltaba para eso y decidí hacer tiempo en uno de los bares de la Av. Alem. Allí me sorprendió una insólita y perturbadora parafernalia de seguridad; un súper custodiado Hugo Chávez llegando al convite.
En la esquina de Alem y Sarmiento está el Palacio de Correos, devenido en Museo del Bicentenario.
Una señora, leyendo el cartel instalado en el frente, exclamó a mi paso:

- Flor de museo se mandaron ¡Que edificio!
- Este edificio está construido desde hace muchos años, es la Secretaría de Comunicaciones. Se hizo una remodelación.
- (mirándome con desconfianza) ¿No ves el cartel? Es una obra, mirá ahí dice cuánto salió me parece mucho dinero como para una remodelación. ¿No viste la tele?, Cristina lo inauguró.
- ¿Le parece señora? ...

El intercambio con esa mujer había quebrado mi pax social; no lo habían logrado los muchachos de La Cámpora, la paranoia chavista ni los gritos destemplados de los seguidores de Mario Ischi (próspero intendente de pauperizado municipio bonaerense). Con la firme intención de recuperar el ánimo patriótico me encaminé decidida a encontrar una buena ubicación para ver el desfile.

La encontré, de modo providencial, en el bar del Hotel Continental. Allí sobre Diagonal Norte y a metros del palco presidencial.
Una serie de eventos involuntarios hicieron que terminara instalándome en la vereda reservada a invitados y funcionarios.
Disfruté el desfile cerquita de dos próceres nacionales: abajo a mi derecha el Sr. Luis D’Elía y a mi izquierda el Sr. Guillermo Moreno. Todo muy curioso y digno de ser observado.

El desfile estuvo buenísimo. Asombroso, interesante. Ojalá lo repitan.
Me emocioné con la marcha de San Lorenzo cantada por todos a viva voz. También con las cruces a espaldas de los que representaban a los soldados de Malvinas.
Eso sí, la comodidad con la que vi el desfile tuvo un precio; la marcha peronista resonó en mis oídos una y otra vez. Menos mal que esto ocurre cada cien años.
No pude evitar sucumbir al ritmo pegadizo… ¡qué grande sos mi general cuánto valés!

"El mal de este tiempo y especialmente de este país son los brutos,y tú sabes que es peor un bruto que un malo".
Carta de Perón a Evita, escrita desde la cárcel el 14 de octubre de 1945.

martes, 18 de mayo de 2010

Azulejos & Libros

Hace rato que andaba con ganas de leer este libro, finalmente conseguí una edición de bolsillo (para el bolsillo de quién me pregunto, considerando el tamaño) y me lo regalé para el día de cumpleaños.

Tengo una vieja costumbre: no puedo, bajo casi ninguna circunstancia, “ir al baño” sin leer. Supongo que es una manía que resultará familiar a algunos, desagradable a otros e incomprensible a aquellos a los que ir al baño les lleva menos tiempo que descorchar un tinto, por ejemplo.
Cuando digo “sin leer” me refiero a no poder evitar pasar los ojos por letras significantes. Leer como recurso primario. Claro que con práctica se adquieren habilidades y destrezas. Ni hablar de la optimización del tiempo.

Desde pequeña supe que el baño era el mejor lugar para las Billiken y Anteojito que traía, con amorosa puntualidad, mi querida abuela Sara.
Leer en el baño se transformó en una necesidad básica. Tan básica que se lee lo que se puede; estando en baño ajeno o en el propio por imprevisión o ante situaciones extremas, tuve que recurrir al prospecto de un medicamento del botiquín, a las instrucciones de uso de la crema depilatoria e incluso hasta a las precauciones y advertencias del desodorante de ambientes. Mientras se pueda leer, no da lo mismo, pero sirve.
Por supuesto que paso tiempo en el baño y me encanta.

Antes de reflexionar sobre el uso del tiempo, más precisamente del tiempo en el baño, solía agenciarme lecturas de tipo pasatista: la revista del diario del domingo, la del cable, la revista de chimentos que me pasaba mamá, etc. Más tarde me despabilé y comprendí que “ir al baño” podía resultar intelectualmente más estimulante que las notas sobre las compras del domingo de una bailarina de sueños. Fue en esa reflexión que incluí, primero tímidamente luego sin tapujos, uno o más libros como accesorio permanente arriba de la mochila del depósito del baño.
Al principio elegí libros de fácil lectura: Bestiaria de Carolina Aguirre o Sesiones Extraordinarias de J. Guinzburg, por ejemplo. Fue con este último libro con el cual mi permanencia en el baño desconcertó definitivamente a mi familia; además de “ir al baño” y leer, me reía a carcajadas de modo incontrolable.
Una vez dominados los libros livianos, me animé a trasladar de la mesita de luz al baño a autores más serios: Saramago (creo que leí todas sus novelas allí), Eco y, que dios me perdone, las obras completas de Borges.

Desconozco si por inquietud intelectual o simple ansiedad no suelo leer los libros de a uno (a diferencia de las papas –que como los novios se pelan de a una-), habitualmente me entrego a múltiples lecturas, de modo que además del libro del baño, tengo otro sobre la almohada y un tercero sobre la mesa de la cocina. Pero, cosa curiosa, el más interesante siempre está en el baño, desde hace un mes está este. En la cama tengo “La filosofía de LOST” (es notable la capacidad de algunos editores para vendernos cualquier cosa) y en la cocina, el último libro de Sushi de Iwao Komiyama, una verdadera tentación.

Por supuesto que en ocasiones he sucumbido ante novelas atrapantes e imposibles de leer a ritmo escatológico; esos libros se convierten en verdaderos objetos transicionales y me acompañan donde vaya. Son esos que se leen casi sin parar robando minutos al desayuno, haciendo malabares en el subte y estirando la hora de ir a dormir.

También están los libros PDF; en la Palm por ejemplo (genial para leer en la oscuridad sin molestar al que duerme) estaba leyendo un clásico: “La Montaña Mágica” de Thomas Mann. Digo estaba porque me había bajado un trial para leer PDF, cuya vigencia venció y me dejó en la página 106. Pensándolo mejor, creo que el libro resultó algo denso y el plufsss tecnológico sirvió de excusa para abandonarlo. Volveré a él, aunque sea por pulsión de culpa.

Hoy leyendo “El péndulo …” descubrí la expresión que mejor define a la manía de leer en el baño: horror vacui. Debe haber un misterioso mecanismo que mantiene el equilibrio entre lo que se deja y lo que se incorpora. Un temor al vacío, a la pérdida o al abandono. No sé si estoy en lo cierto pero tal vez sea hora de dejar de preguntarme por qué y continuar el disfrute, que al fin de cuentas será una costumbre desagradable pero al menos es inocua; a nadie hace mal.

Si los deja tranquilos aclaro que no intenté, todavía, llevar la notebook al baño. Claro, una cosa es leer y otra, muy otra, intentar escribir. De modo que pueden seguir leyendo sin asco.

sábado, 13 de marzo de 2010

Morfeo volvé, te perdonamos

Me mudé, cambié de casa; mismos muebles, mismos habitantes, mismas cosas. La luz es lo diferente y el espacio, desde ya. Todo es más grande. Más lugar, más sol. Bonito, bonito.
Mudarse es un emprendimiento de valientes, me puse a pensar en aquellos que se mudan de ciudad, de país, de continente. ¿Cómo han hecho? Mi pequeña distancia fueron seis o siete cuadras, pero suficientes para generar ansiedad y agotamiento.
Me concentré en el disfrute, en la celebración de mudarme a un lugar mejor, en eso estoy.
Aunque desde la mudanza algo asalta mi sueño en la madrugada.
Despierto, en general sobresaltada, entre las tres y las cuatro. Me lleva una hora o más poder volver a dormir, TV muda mediante. Ha empezado a molestarme, la bendición del sueño profundo, imperturbable y reparador me está siendo esquiva.
Supongo que es consecuencia de la mudanza, pero ya ha pasado más de un mes y continúa.
Probé con té de Tilo, de Valeriana y con unas pastillitas de venta libre que tienen esos mismos yuyos concentrados, pero nada. Antes de recurrir a cosas más fuertes decidí empezar a reflexionar acerca de mis despertares.
Me despierto con alguna pesadilla o sueño impactante e inmediatamente me pongo a pensar, primero en el fastidio que me da haberme despertado, luego en las cosas triviales que me pasaron en el día, para cuando empiece a pensar en las cosas que debo hacer al día siguiente sabré que perdí la batalla y no podré volver a dormirme así sin más. He intentado con los consejos de mamá (contar hacia atrás, respirar profundo, las ovejitas, apagar la luz) pero nada por el contrario, las estrategias infructuosas me despabilan más.
Y es ahí, en la soledad del mal dormir, cuando me toman por asalto temores ridículos y de los otros.
Grosso modo he clasificado mis temores en individuales y colectivos.
De los primeros están el miedo a la muerte, al dolor físico y a la enfermedad (propia o de mis seres queridos). Nada ha cambiado en mi entorno que justifique una escalada de alertas semejante como para quitar el sueño, más allá del natural paso de los años. Como se trata de temores que intuyo presentes en la mayoría de los mortales, me esforzaré en minimizarlos. Tema o no tema nada podré cambiar. Mejor no temo.
Con los miedos colectivos la clasificación se me complica. Podría aplicar diversos criterios: el geográfico (nacionales o globales) o el temporal (sincrónicos o diacrónicos). También podría referirme al alcance de mis miedos colectivos (casuísticos o generales) o a la distancia entre ellos y la realidad (apodícticos o discutibles).
Como sea, los miedos son muchos y se amontonan, a saber:
Nacionales: Que se rompa la represa de Yaciretá y nos inunde. Que se haga realidad “hasta el 2020 no nos para nadie”.
Globales: Que el respeto y el amor al prójimo termine de configurarse como una gran farsa.
Sincrónicos: Que el Sr. Luis D’Elia devenga en ministro de relaciones exteriores. Que River se vaya a la B.
Diacrónicos: Que ya instalada la colombianización transitemos irreparablemente hacia la venezolanización. Que se multipliquen los hambrientos.
Casuísticos: Que la hipocresía y lo políticamente correcto prime sobre el sentido común a la hora de legislar el aborto. Que mesura suene a censura tanto como equilibrio a manubrio.
Generales: Que nos igualen los inmorales. Que se deroguen las reglas ortográficas.
Apodícticos: Que nadie frene el deterioro estructural. Que vuelva “Patinando por un sueño”.
Discutibles: Que las antenas del proyecto HAARP terminen de freír nuestros cerebros.
No teman, no enloquecí. Es solo catarsis. Los quiero, sépanlo.
(O sepanlón, como prefieran, a la brevedad dará lo mismo)

jueves, 28 de enero de 2010

Diletante




Pork better for sex than Viagra - Argentine leader
Reuters January 28, 2010, 8:05 am

BUENOS AIRES (Reuters) - Argentina's president recommended pork as an alternative to Viagra on Wednesday, saying she spent a satisfying weekend with her husband after eating barbecued pork.
"I've just been told something I didn't know; that eating pork improves your sex life ... I'd say it's a lot nicer to eat a bit of grilled pork than take Viagra," President Cristina Fernandez said to leaders of the pig farming industry.
She said she recently ate pork and "things went very well that weekend, so it could well be true." Argentines are the world's biggest per capita consumers of beef, but the government has sought to promote pork as an alternative in recent years due to rising steak prices and as a way to diversify the meat industry.
"Trying it doesn't cost anything, so let's give it a go," Fernandez said in the televised speech.


Oink !

sábado, 23 de enero de 2010

Una Palabra


Zapping mudo. Clic. Está la misma mujer, clic en varios canales. Clic. Mirándola mejor es Julia Roberts. No sé lo que dice clic, pero puedo imaginarlo. Están hablando de Haití. Clic. Juntando dinero o adoptando niños. Clic.
Si escribes HAITI en tu celular y envías un mensaje estarás donando 10 dólares. Clic. Se juntan millones de dólares. Para ayudar a las víctimas del terremoto. Clic.

La Española era una boscosa isla tropical del mar Caribe. Allí, tierras adentro, vivían los Taínos organizando poblados en los claros de la selva. Construían sus viviendas (bohíos) con hojas de hinea y maderas de los árboles, para dormir usaban hamacas (a ellos debemos la palabra). Trabajaban la cerámica, eran talladores, hilaban redes y manufacturaban el oro de sus ríos.

Hoy el suelo es improductivo. Ha sido arrasado desde su “descubrimiento”, cuando los españoles explotaron la zona sin bosque con el monocultivo del azúcar y la trata de negros. Los siguieron los franceses talando árboles para ampliar las tierras destinadas a la explotación del café y tabaco.
A fines del siglo XVIII, mientras Europa se sacudía con la Revolución Francesa, en Haití la mano de obra esclava se rebelaba y prendía fuego las plantaciones en una tumultuosa revuelta.
En 1824 Francia reconocería la independencia de la devastada Haití no sin antes cobrar 93 millones de francos como indemnización. ¿De dónde sacó la empobrecida isla tanto dinero?, de sus bosques; una gran parte de esa fortuna la pagaron con madera.
Después de la independencia las clases pobres fueron empujadas hacia terrenos menos fértiles, dedicándose los mejores suelos a la creciente industria de carbón vegetal y destruyendo el 97% del bosque.
El suelo esponjoso de Haití está muerto, ha sido erosionado hasta su capa rocosa.
La falta de árboles y la erosión propician las inundaciones, los aludes de lodo y la falta de agua. Aún antes del terremoto conmovedor los haitianos comían, para saciar el hambre, galletitas hechas con arcilla, aceite y sal.
Los Haitianos son 10 millones, 9 ½ millones de ellos son descendientes de africanos.
Sobreviven 8 millones de indigentes.



video

martes, 5 de enero de 2010

Sonría, lo estamos filmando.

Doy por sentado que Boletos, por favor no ha de tener importancia en vuestro diario trajinar. Incluso en el mío; las cosas que tengo que hacer, las que tengo que pensar y la vida misma viene ya con suficientes distracciones.
Sin embargo hay una sensación de mínima inquietud que me acompaña mientras pasa el tiempo y yo sin escribir algo; insólita sensación de deber incumplido, tarea pendiente y desasosiego. Como contrapartida sé que luego de cliquear “publicar” me sentiré feliz. Como si se tratara de una catarsis liberadora, un alivio y hasta un fugaz éxtasis generado por algún comentario.

El mundo público en el que vivimos me ha abrumado.
Se suceden eventos extremos, hasta el colmo de ridículos y tras ellos los cronistas y tras ellos la gente que multiplica las crónicas de modo que los hechos se reproducen en una sucesión que agobia y desconcierta.
Pareciera que las cosas que pasan y su carga de dramatismo nos reducen la existencia a diálogos de ascensor, vaciando las conversaciones de interés, de pausa, dejándonos sin reflexión. Muy triste todo. No queda mucho para decir. O al menos no hay mucho políticamente correcto para decir. Nada para decir que no nos convierta en vulgares reaccionarios.

Hoy, mientras esperaba a un Sr. martillero (después de 16 años de vivir en un pintoresco y acogedor departamento decidí mudarme a otro pintoresco, acogedor y grande) me hice un mimo en Café Martínez y, cortado y bombón de ciruela mediante, me puse a leer el diario. Como siempre: de atrás para adelante. Allí nomás la tira de humor me introdujo en la noticia que más páginas llenaba:

- Uy!… murió Sandro - pensé o creí pensar.
- Sí, pobrecito.

Giré mi cabeza para comprobar que no se trataba de nadie conocido - era ignoto -, entonces dirigí una mueca semejante a una sonrisa al señor inofensivo de la mesa de atrás, acompañé con un gesto de asentimiento firme, para concluir con mi mejor cara de orto (que es buena) antes de volver a girar la cabeza.
Todavía no me entiendo tamaña hostilidad.
Traté de seguir hojeando el diario como si nada, pero la inquietud era creciente y el sentimiento de culpa por el maltrato también.
Pensé que lo mejor era explicarle que no era mi intención entablar conversación, que sin querer pensé en voz alta, que me sorprendió y me dio vergüenza, que disculpe la cara de orto… Para cuando junté coraje y me di vuelta el señor ya no estaba.

La noticia de la inauguración de una colosal torre en Dubái me impactó, había una foto muy bonita llena de luces y demás; otra noticia que relacionaba el nivel de desarrollo de un país con el de sus trenes logró ensimismarme y me olvidé del señor.

Lo de los trenes es tremendo. Si se googlean fotos de trenes del mundo los más parecidos a los nuestros son los de la India. Y no hace falta google alguno, con sólo tomarse un tren de vez en cuando puede uno sumergirse en la realidad del conurbano. Es atroz. Ya no me da miedo, eso era al principio, ni siquiera impotencia o bronca, como cuando era adolescente; ahora sólo me da una tristeza abismal. Si pueden, no lo experimenten.

En eso de los trenes estaba cuando me acordé de la teoría de la dependencia. De allí di un salto mental hacia los viajes espaciales (estuve hablando de eso con mi hijo, creo que surgió la conversación mirando algún Stars Wars yo, sin saber nada del tema, dije con convicción que el problema a resolver en esos viajes no era la distancia sino el tiempo) y la cuestión tiempo como variable inexorable me hizo concluir que nuestro país aún no pasó de siglo.
Las cosas que nos rodean, la forma en que vivimos, trabajamos y nos comunicamos, nuestras normas y la forma de gobernar son del siglo pasado.

Cerré el diario deteniéndome en la necrológica tapa y repetí, esta vez para mis adentros, Argentina está en el siglo XX.
Pedí la cuenta, pero no pude pagar porque el señor de la mesa de atrás ya lo había hecho.
Había, además, dejado un bombón y un mensaje que me transmitió la moza entre fastidiada y divertida:

- me pidió que le dijera que tenga un buen año y que le gustó conversar con usted.

Claro que me siento mal.

Lo peor de todo es que los inoperantes de Telecentro se la llevaron de arriba: después de más de 40’ en sucesivas llamadas infructuosas me indicaron que la baja es un “trámite personal”. Estoy segura que contraté el servicio por teléfono.
Pero fui, sin chistar, a las 3PM (35º) hasta las “oficinas comerciales” (pocilga en la loma del orto) para que, luego de otros 40’ y no sin preguntarme exhaustivamente los motivos de mi decisión e informarme que el mes de febrero “corresponde facturar” ( -pero faltan 26 días para que comience el mes de Febrero - son nuestras normas), me dieran un papelito sudado y manuscrito como comprobante de baja porque “nos quedamos sin tóner”.
Estaba tan pero tan mortificada con mi actitud hacia el señor indefenso de la mesa de atrás que sólo atiné a decir:

-muchas gracias.