sábado, 13 de marzo de 2010

Morfeo volvé, te perdonamos

Me mudé, cambié de casa; mismos muebles, mismos habitantes, mismas cosas. La luz es lo diferente y el espacio, desde ya. Todo es más grande. Más lugar, más sol. Bonito, bonito.
Mudarse es un emprendimiento de valientes, me puse a pensar en aquellos que se mudan de ciudad, de país, de continente. ¿Cómo han hecho? Mi pequeña distancia fueron seis o siete cuadras, pero suficientes para generar ansiedad y agotamiento.
Me concentré en el disfrute, en la celebración de mudarme a un lugar mejor, en eso estoy.
Aunque desde la mudanza algo asalta mi sueño en la madrugada.
Despierto, en general sobresaltada, entre las tres y las cuatro. Me lleva una hora o más poder volver a dormir, TV muda mediante. Ha empezado a molestarme, la bendición del sueño profundo, imperturbable y reparador me está siendo esquiva.
Supongo que es consecuencia de la mudanza, pero ya ha pasado más de un mes y continúa.
Probé con té de Tilo, de Valeriana y con unas pastillitas de venta libre que tienen esos mismos yuyos concentrados, pero nada. Antes de recurrir a cosas más fuertes decidí empezar a reflexionar acerca de mis despertares.
Me despierto con alguna pesadilla o sueño impactante e inmediatamente me pongo a pensar, primero en el fastidio que me da haberme despertado, luego en las cosas triviales que me pasaron en el día, para cuando empiece a pensar en las cosas que debo hacer al día siguiente sabré que perdí la batalla y no podré volver a dormirme así sin más. He intentado con los consejos de mamá (contar hacia atrás, respirar profundo, las ovejitas, apagar la luz) pero nada por el contrario, las estrategias infructuosas me despabilan más.
Y es ahí, en la soledad del mal dormir, cuando me toman por asalto temores ridículos y de los otros.
Grosso modo he clasificado mis temores en individuales y colectivos.
De los primeros están el miedo a la muerte, al dolor físico y a la enfermedad (propia o de mis seres queridos). Nada ha cambiado en mi entorno que justifique una escalada de alertas semejante como para quitar el sueño, más allá del natural paso de los años. Como se trata de temores que intuyo presentes en la mayoría de los mortales, me esforzaré en minimizarlos. Tema o no tema nada podré cambiar. Mejor no temo.
Con los miedos colectivos la clasificación se me complica. Podría aplicar diversos criterios: el geográfico (nacionales o globales) o el temporal (sincrónicos o diacrónicos). También podría referirme al alcance de mis miedos colectivos (casuísticos o generales) o a la distancia entre ellos y la realidad (apodícticos o discutibles).
Como sea, los miedos son muchos y se amontonan, a saber:
Nacionales: Que se rompa la represa de Yaciretá y nos inunde. Que se haga realidad “hasta el 2020 no nos para nadie”.
Globales: Que el respeto y el amor al prójimo termine de configurarse como una gran farsa.
Sincrónicos: Que el Sr. Luis D’Elia devenga en ministro de relaciones exteriores. Que River se vaya a la B.
Diacrónicos: Que ya instalada la colombianización transitemos irreparablemente hacia la venezolanización. Que se multipliquen los hambrientos.
Casuísticos: Que la hipocresía y lo políticamente correcto prime sobre el sentido común a la hora de legislar el aborto. Que mesura suene a censura tanto como equilibrio a manubrio.
Generales: Que nos igualen los inmorales. Que se deroguen las reglas ortográficas.
Apodícticos: Que nadie frene el deterioro estructural. Que vuelva “Patinando por un sueño”.
Discutibles: Que las antenas del proyecto HAARP terminen de freír nuestros cerebros.
No teman, no enloquecí. Es solo catarsis. Los quiero, sépanlo.
(O sepanlón, como prefieran, a la brevedad dará lo mismo)