domingo, 30 de mayo de 2010

Bicentenario

Los argentinos comenzamos esta semana festejando los 200 años de la Revolución de Mayo. Las celebraciones patrióticas me resultan encantadoras, por eso no sólo colgué la bandera en el balcón, sino que el 25 me encaminé gustosa al “Bicentenario”.
No pude convencer a nadie de acompañarme pero no me amedrenté, por el contrario: la soledad dio impulso a mi determinación.
Ya en el Subte me asombró la enorme cantidad de gente.
Bajé en la estación Piedras, Av. De Mayo altura Esmeralda y empecé a caminar hacia la Av. 9 de Julio. Allí había una multitud rondando los stands de las provincias. Las colas para entrar me disuadieron de cualquier intento por ver que había detrás de esas enormes paredes de durlock. Frente a ellos, más pequeños e informales, los puestitos gastronómicos no me tentaron.
Intentando salir de la Av. 9 de Julio hacia el Río me desorienté e increíblemente apareció el Congreso en mi horizonte, volví sobre mis pasos y trabajosamente crucé la 9 de Julio por Yrigoyen hasta Bolívar. La gran cantidad de gente me hizo imposible avanzar hacia la plaza, tuve que caminar hasta Moreno y por ahí bajar.
La Plaza de Mayo estaba repleta. Había pequeños grupos, de amigos o familias, también gente sola, como yo. Había representantes de corrientes políticas con banderas y bombos, quienes cantaban al ritmo de la batucada mientras se acomodaban estratégicamente en la plaza. EL resto miraba con cierto asombro y total calma.
Me acerqué a un grupo de personas que estaba acampando desde hace un mes en la plaza, eran combatientes de la Guerra de Malvinas. Uno de ellos contaba su lucha a quien estuviera dispuesto a escucharlo: aparentemente, una vez terminada la guerra, el teatro de operaciones fue modificado y los soldados que habían permanecido en campaña continental durante todo el conflicto no fueron considerados soldados de guerra. Desde hace años piden ser reconocidos como combatientes.
Más abajo en la Casa Rosada había jaleo: señores de traje oscuro y handies se movían nerviosos por los jardines.
Los granaderos hacían guardia de honor en las escalinatas mientras iban llegando los invitados a una especie de carpa de recepción instalada en un lateral.
Representantes diplomáticos, políticos, funcionarios e invitados se dejaban llevar por un enjambre de ansiosos encargados de protocolo.
Me fui de allí por Alem hacia el norte buscando un poco de sosiego; a esa altura de la tarde ya había decidido mi itinerario; las estructuras estacionadas en la Av. Rosales eran fabulosas y no quería perderme el desfile de Fuerza Bruta por nada. Pero faltaba para eso y decidí hacer tiempo en uno de los bares de la Av. Alem. Allí me sorprendió una insólita y perturbadora parafernalia de seguridad; un súper custodiado Hugo Chávez llegando al convite.
En la esquina de Alem y Sarmiento está el Palacio de Correos, devenido en Museo del Bicentenario.
Una señora, leyendo el cartel instalado en el frente, exclamó a mi paso:

- Flor de museo se mandaron ¡Que edificio!
- Este edificio está construido desde hace muchos años, es la Secretaría de Comunicaciones. Se hizo una remodelación.
- (mirándome con desconfianza) ¿No ves el cartel? Es una obra, mirá ahí dice cuánto salió me parece mucho dinero como para una remodelación. ¿No viste la tele?, Cristina lo inauguró.
- ¿Le parece señora? ...

El intercambio con esa mujer había quebrado mi pax social; no lo habían logrado los muchachos de La Cámpora, la paranoia chavista ni los gritos destemplados de los seguidores de Mario Ischi (próspero intendente de pauperizado municipio bonaerense). Con la firme intención de recuperar el ánimo patriótico me encaminé decidida a encontrar una buena ubicación para ver el desfile.

La encontré, de modo providencial, en el bar del Hotel Continental. Allí sobre Diagonal Norte y a metros del palco presidencial.
Una serie de eventos involuntarios hicieron que terminara instalándome en la vereda reservada a invitados y funcionarios.
Disfruté el desfile cerquita de dos próceres nacionales: abajo a mi derecha el Sr. Luis D’Elía y a mi izquierda el Sr. Guillermo Moreno. Todo muy curioso y digno de ser observado.

El desfile estuvo buenísimo. Asombroso, interesante. Ojalá lo repitan.
Me emocioné con la marcha de San Lorenzo cantada por todos a viva voz. También con las cruces a espaldas de los que representaban a los soldados de Malvinas.
Eso sí, la comodidad con la que vi el desfile tuvo un precio; la marcha peronista resonó en mis oídos una y otra vez. Menos mal que esto ocurre cada cien años.
No pude evitar sucumbir al ritmo pegadizo… ¡qué grande sos mi general cuánto valés!

"El mal de este tiempo y especialmente de este país son los brutos,y tú sabes que es peor un bruto que un malo".
Carta de Perón a Evita, escrita desde la cárcel el 14 de octubre de 1945.

martes, 18 de mayo de 2010

Azulejos & Libros

Hace rato que andaba con ganas de leer este libro, finalmente conseguí una edición de bolsillo (para el bolsillo de quién me pregunto, considerando el tamaño) y me lo regalé para el día de cumpleaños.

Tengo una vieja costumbre: no puedo, bajo casi ninguna circunstancia, “ir al baño” sin leer. Supongo que es una manía que resultará familiar a algunos, desagradable a otros e incomprensible a aquellos a los que ir al baño les lleva menos tiempo que descorchar un tinto, por ejemplo.
Cuando digo “sin leer” me refiero a no poder evitar pasar los ojos por letras significantes. Leer como recurso primario. Claro que con práctica se adquieren habilidades y destrezas. Ni hablar de la optimización del tiempo.

Desde pequeña supe que el baño era el mejor lugar para las Billiken y Anteojito que traía, con amorosa puntualidad, mi querida abuela Sara.
Leer en el baño se transformó en una necesidad básica. Tan básica que se lee lo que se puede; estando en baño ajeno o en el propio por imprevisión o ante situaciones extremas, tuve que recurrir al prospecto de un medicamento del botiquín, a las instrucciones de uso de la crema depilatoria e incluso hasta a las precauciones y advertencias del desodorante de ambientes. Mientras se pueda leer, no da lo mismo, pero sirve.
Por supuesto que paso tiempo en el baño y me encanta.

Antes de reflexionar sobre el uso del tiempo, más precisamente del tiempo en el baño, solía agenciarme lecturas de tipo pasatista: la revista del diario del domingo, la del cable, la revista de chimentos que me pasaba mamá, etc. Más tarde me despabilé y comprendí que “ir al baño” podía resultar intelectualmente más estimulante que las notas sobre las compras del domingo de una bailarina de sueños. Fue en esa reflexión que incluí, primero tímidamente luego sin tapujos, uno o más libros como accesorio permanente arriba de la mochila del depósito del baño.
Al principio elegí libros de fácil lectura: Bestiaria de Carolina Aguirre o Sesiones Extraordinarias de J. Guinzburg, por ejemplo. Fue con este último libro con el cual mi permanencia en el baño desconcertó definitivamente a mi familia; además de “ir al baño” y leer, me reía a carcajadas de modo incontrolable.
Una vez dominados los libros livianos, me animé a trasladar de la mesita de luz al baño a autores más serios: Saramago (creo que leí todas sus novelas allí), Eco y, que dios me perdone, las obras completas de Borges.

Desconozco si por inquietud intelectual o simple ansiedad no suelo leer los libros de a uno (a diferencia de las papas –que como los novios se pelan de a una-), habitualmente me entrego a múltiples lecturas, de modo que además del libro del baño, tengo otro sobre la almohada y un tercero sobre la mesa de la cocina. Pero, cosa curiosa, el más interesante siempre está en el baño, desde hace un mes está este. En la cama tengo “La filosofía de LOST” (es notable la capacidad de algunos editores para vendernos cualquier cosa) y en la cocina, el último libro de Sushi de Iwao Komiyama, una verdadera tentación.

Por supuesto que en ocasiones he sucumbido ante novelas atrapantes e imposibles de leer a ritmo escatológico; esos libros se convierten en verdaderos objetos transicionales y me acompañan donde vaya. Son esos que se leen casi sin parar robando minutos al desayuno, haciendo malabares en el subte y estirando la hora de ir a dormir.

También están los libros PDF; en la Palm por ejemplo (genial para leer en la oscuridad sin molestar al que duerme) estaba leyendo un clásico: “La Montaña Mágica” de Thomas Mann. Digo estaba porque me había bajado un trial para leer PDF, cuya vigencia venció y me dejó en la página 106. Pensándolo mejor, creo que el libro resultó algo denso y el plufsss tecnológico sirvió de excusa para abandonarlo. Volveré a él, aunque sea por pulsión de culpa.

Hoy leyendo “El péndulo …” descubrí la expresión que mejor define a la manía de leer en el baño: horror vacui. Debe haber un misterioso mecanismo que mantiene el equilibrio entre lo que se deja y lo que se incorpora. Un temor al vacío, a la pérdida o al abandono. No sé si estoy en lo cierto pero tal vez sea hora de dejar de preguntarme por qué y continuar el disfrute, que al fin de cuentas será una costumbre desagradable pero al menos es inocua; a nadie hace mal.

Si los deja tranquilos aclaro que no intenté, todavía, llevar la notebook al baño. Claro, una cosa es leer y otra, muy otra, intentar escribir. De modo que pueden seguir leyendo sin asco.