viernes, 30 de julio de 2010

Desiderata

- Lo odio.
- No puede ser tan grave.
- Lo odio.
- ¿Qué pasó?
- Insiste en preparar bifes; me molesta el olor a bifes.
- Bueno, se puede hablar.
- Lo hace a propósito, sabe que me molesta.
  La última vez que hizo bifes tuve que lavar todo, almohadones, acolchados. Todo.
- ¿Las cortinas?
- Todo...
- Bueno, preparará bifes porque le gustan.
- Si, le gustan. Pero sabe que yo odio el olor a bife. Podría comerlos fuera de casa.
- ¿Le pediste que no preparara nunca más bifes?
- Si.
- ¿Y que dijo?
- Que estoy loca.

Y claro. Es lógico que piense que estás loca. Estás pasando por alto que es hombre. Los hombres no sienten igual que nosotras. Para un hombre en estado natural es mucho más lógico prepararse un jugoso bife que dejar de hacerlo por el olor. Un hombre en estado natural no percibe el olor a bife como algo desagradable; por el contrario, le gusta. En el mejor de los casos ni se percata de que su casa y todas sus cosas quedan oliendo a grasa pringosa.
No lo odies, está en su naturaleza.
Concentrá la energía en la adaptabilidad. Lleva años entrenar a un hombre en las sutilezas domésticas. Claro que lo mejor hubiera sido agenciarse un ejemplar ya entrenado por madre/novia/esposa; cuán más ordenada y limpita mejor. Pero si te liaste con uno de estreno sabrás que tendrás que echar mano a artilugios diversos, artilugios que irán variando de acuerdo a tu capacidad de negociación.
Tendrás que ir probando cúal método resulta eficaz. Puede ser un sermón, un puchero, una escena, intercambios, método Wandaná. Todo vale. Hay algunos hombres más rebeldes y otros más dispuestos, eso es cuestión suerte.
No te esfuerces en tratar que sienta como vos, sé pragmática. Demostrale los altos beneficios del orden y su bajo costo. Sé muy paciente; entrenar a un hombre en estado natural lleva tiempo, pero vale la pena.
Un día lo vas a descubrir juntando de la mesada los granitos de azúcar que él mismo desparramó, otro día secando cuidadosamente las gotitas que dejó en el vanitory.
Otro día no podrás dar crédito a tus ojos cuando lo veas secar, desde la pileta hasta el repasador, las gotitas de agua que dejó en el camino.
Con el tiempo llegan a naturalizar nuestras obsesiones y a repetirlas mecánicamente con una voluntad que enternece.
Si, eso también es amor.

miércoles, 7 de julio de 2010

Abelardo Castillo

Abelardo Castillo by Paulo Fast

En la casa de mis padres casi no hay libros o, si los hay, son esos libros objetos que sirven para ubicar en los estantes de una prolija e insípida biblioteca. Adornos del mueble.
Pasé mi infancia viviendo en una quinta del Gran Buenos Aires, pertenezco a la generación de cuatro canales en blanco y negro y soy hija única por lo que, agotados los juegos y mis brazos de trepar árboles, los libros fueron una fuente indispensable de diversión.
El mejor plan era ir cada sábado a la librería del pueblo (la librería no vendía libros sino manuales y útiles escolares) a fastidiar al comerciante hasta lograr que consiguiera muchos libros por catálogo.
El hombre contaba con dos referencias: la colección Robin Hood de tapas amarillas y otra menos conocida,  Iridium, con pocos clásicos e historias de detectives. Mis padres no se preguntaban acerca de mi impulso por leer con semejante avidez (eran 4 o 5 libros cada sábado) pero acompañaban mis caprichos sin oponerse ni dar orientación.
Por suerte el librero era un tipo sensato y mis lecturas navegaron en la tierna inocencia, aunque pensándolo mejor un poco de insensatez siempre es buena.
Yo no sabía que había mejores cosas que esas historias de adolescentes alucinadas.
Eso lo supe mucho más tarde y aún no logré recuperar el tiempo perdido.
Suelo tener una lista de libros que pretendo leer, lista que voy actualizando cada vez que algo me llama la atención. Trato de estar atenta acerca de lo que lee la gente que respeto pero, con todo, nada alcanza.
Es notable, si alguna tarde de invierno se me da por el berretín inútil de pensar en la fugacidad de la vida, lo que verdaderamente me jode es todo lo que queda por aprender.
Tengo varias maneras de elegir el libro a leer: por recomendación de un amigo, crítico o artículo literario, por alguna campaña de marketing exitosa, porque lo lee o leyó un personaje y me llama la atención, porque vi la película y quiero más, porque lo encuentro en la mesa de saldos, lo heredo de alguna tía o simplemente llega a mis manos.
Tener un hijo adolescente con el engranaje empastado en la Escuela Media tiene sus beneficios: unas seis veces al año lo encuentro perdido detrás de algún libro del programa Biblioteca Personal. Por supuesto, los leo y disfruto.
Esta vez cayó a mis manos LAS MAQUINARIAS DE LA NOCHE, una selección de cuentos de Abelardo Castillo. Fue empezar a leerlos y sentirme una pelotuda importante por no saber que existían.
Dejo un fragmento lúcido y simple:

“Cuando me contestó que no era de acá, yo pensé, sin demasiada imaginación, que estaba hablando de Buenos Aires. Es el destino, le dije, yo tampoco soy de acá, y agregué que era un buen modo de empezar una historia de amor. Ella me miró con una expresión que sólo puedo describir como de desagrado, como suelen mirar las mujeres muy jóvenes cuando el tipo que está con ellas y al que acaban de conocer dice alguna estupidez. La edad, más tarde, les enseña a disimular estos pequeños gestos helados, estas barreras de desdén, de ahí que asienten, consienten y a la larga hasta nos estiman, cuando lo que de veras sucede es que han crecido y ya no esperan demasiado del varón…”

Muchacha de otra parte, Las maquinarias de la noche.