sábado, 30 de octubre de 2010

Inés y la Alegría

Hace unos días terminé de leer la última novela de Almudena Grandes.
Me he tomado estos pocos días para reflexionar acerca de lo que me había pasado con este libro. Releí algunas partes, reflexioné otras hasta que logré dar forma a una sensación plausible de ser compartida sin sonrojarme.
Llegué con mucha expectativa; la Guerra Civil Española es una parte de la Historia que me interesa mucho y la promocionada frase  de que esta novela serviría para entender aquello que faltaba comprender me resultó muy tentadora.
En ese punto no me satisfizo, no aportó nada nuevo a mis saberes previos. Tampoco a mis reflexiones acerca de ellos.   
Es el primer libro de la Sra. Grandes que leo, no estoy habituada a su prosa pero aún así me resultó familiar; un regusto a García Márquez o Isabel Allende debe ser.
Me resultó un libro sumamente entretenido, para leer con atención no tanto para no perderse exquisiteces narrativas sino para saber quién, cuándo y dónde está hablando. Grandes hace que su historia vaya a los brincos, dando a la lectura un tono intrincado. No profundo, solo intrincado.
La voz en primera persona pasa de Inés a Galán y entre ellos discurre la historia de amor. La tercera persona es, creo,  la voz de la autora quien, sobre todo en el epílogo, se sumerge en explicar la historia en la Historia; con franqueza, me han sobrado algunas páginas en ese trance.
 Fuera de esos detalles lo he pasado de maravillas, Inés estimuló mis sentidos y sacudió el polvo a algunas sensaciones olvidadas. No pude evitar dejarme llevar por el impulso y poner manos a la obra en mi cocina.
Un acierto la continuidad audiovisual en el sitio web.

jueves, 28 de octubre de 2010

Luctus


Cuando yo era adolescente, entre los 14 y los 21 años, sentía un profundo y espontáneo amor por los más humildes.
Viajaba a diario en tren, más por necesidad que por convicción, pero sin angustia. Lo hacía para recorrer el camino que separaba la casa de mis padres del trabajo y el colegio, luego de la facultad. Recorría, a horarios hoy imposibles, el conurbano bonaerense.
Me sentía en cierta forma diferente a la mayoría de la gente que viajaba en el tren, pero esa diferencia sumaba hacia ellos admiración, respeto y deseo de ayudar.
En esa época creía firmemente en la posibilidad de construir un mundo mejor, para todos un poco mejor.
Creía que la mayor felicidad consistiría en apoyar la cabeza en la almohada y dormir tranquila sabiendo que en mi país esa noche ningún niño se había ido a dormir sintiendo hambre.
No hacía mucho para construir ese mundo, no más que algún trabajo de alfabetización comunitario efímero y desorganizado. Pero mi pecho se henchía con lo popular, con la libertad y la democracia. Estudiar Historia consistía casi en una gesta, un servicio.
Ahora que lo pienso, de haber nacido un poco antes tal vez hasta habría sido peronista. Pero no.
Hoy, 35 años después de mi apoteosis popular, sospecho que me importa más la salud e integridad de mi mascota que la de los millones de niños indigentes que habrá en nuestro país. Me consuelo pensando que esa sensación no está en mí porque soy una desalmada egoísta sino porque el anhelo de mejorar al mundo es una quimera lo suficientemente frustrante como para abandonarla.
Mientras miro la fila interminable en las exequias de NK el único sentimiento que me embarga es la envidia. ¿Cómo ha hecho esta gente para permanecer al margen, para seguir creyendo? ¿Cómo es que la duda no les aguijonea el corazón? ¿Cómo han conservado intacta la creencia en su dogma? ¿Acaso no leen los diarios, no ven el deterioro estructural en el que estamos inmersos, no sienten que se están riendo en su cara?
Sigo mirando la TV con asombro y escepticismo.
Si para algo me sirvió estudiar Historia fue para tener la certeza de que en este preciso momento estamos siendo testigos de la construcción colectiva de un mito. Si fuera la misma persona que hace 35 años estaría allí en la plaza, ayudando a construirlo. Pero no.

domingo, 10 de octubre de 2010

Big Love



El matrimonio es una institución social fijada por un acto jurídico que crea un vínculo conyugal entre sus miembros. Este vínculo establece entre los cónyuges, y sus familias, obligaciones y derechos. También permite legitimar la filiación de los hijos, procreados o adoptados, de acuerdo a las reglas del sistema de parentesco, creando relaciones de alianza entre sus miembros.
El matrimonio contribuye a definir la estructura de la sociedad mediante la procreación y la filiación dando forma al rol social y al estatus de cada individuo.
En Argentina, hasta 1954, hubo hijos adulterinos, incestuosos e incluso sacrílegos quienes no tuvieron, de acuerdo a las leyes, padre o madre, ni pariente alguno por parte de padre o madre. Tampoco tuvieron derecho a hacer investigaciones judiciales sobre su maternidad o paternidad.
En 1954 se concedió acción de filiación a todos los hijos fuera de matrimonio, derogando la   clasificación anterior y otorgando a los hijos extramatrimoniales –llamados naturales, vaya eufemismo- la mitad de los derechos hereditarios de los que gozaban los legítimos.
En 1985 se concedió la plena igualdad de derecho por filiación.
Este año se promulgó la ley de matrimonio igualitario, que permite a personas del mismo sexo convertirse en cónyuges y que muchos niños, como Abril, Jazmín y Santiago, puedan gozar de sus derechos de filiación.  
Hubo un debate intenso antes de que se aprobara la ley. Durante ese tiempo tuve mis contradicciones. Creía que el responsable de mis contradicciones era el gobierno -otro eufemismo- y la parafernalia mediática desplegada.
La familia es, para la tradición judeo-cristiana que nos impregna, padres, hermanos, abuelos, tíos y primos. Es el elemento básico de la sociedad y el elemento natural para el crecimiento y bienestar de todos sus miembros y en particular de los niños. El niño, para el pleno y armonioso desarrollo de su personalidad, debe crecer en el seno de la familia, en un ambiente de felicidad, amor y comprensión. El niño tiene derecho a conocer a sus padres y a ser cuidado por ellos y fundamentalmente a preservar sus relaciones familiares.
Por ello está muy bien que se haya establecido la ley de matrimonio igualitario, porque institucionaliza a las familias que de hecho existían y estaban siendo discriminadas.
Ahora, a pocos días de la alegría del casamiento de mi amiga Andrea con Silvina, sé qué cosa me hacía ruido.
Mi ruido no era político, era social. Tuve que recurrir a la memoria emocional para entender mi ruido. Me acordé del llanto desconsolado de Filomena, Mena, la mejor amiga de mamá, ante la muerte súbita de Armando, el amor de su vida. Estuvieron juntos más de treinta años, solo los sábados y domingos, claro, porque Armando de lunes a viernes era Agustín y estaba casado con Antonia, madre de sus hijos. Antonia y sus hijos gozaban de sus derechos de filiación. Mena en cambio se mordió a los gritos su condena de ser una nada.
El ruido se hizo más fuerte la otra tarde, mientras charlaba con un amigo y escuchaba su confesión que lo desgarraba; quería morir, partirse en dos, hacer un pacto con el diablo para poder seguir siendo el resto de su vida el marido de su mujer y el padre de sus hijos y también poder amar y cuidar y formar una familia con Mariana, su novia desde hace siete años.
Parece que el matrimonio y su derecho de filiación, tal como lo conocemos, puede por acción u omisión convertir a muchos individuos en infelices discriminados.
Creo que como sociedad es hora de animarse a debatir en profundidad y aprovechar el impulso, ya que estamos en tren de igualdad, para dejar la hipocresía de lado. Que si de igualdad de derechos se trata, nos hemos olvidado de alguien.

sábado, 2 de octubre de 2010

Buenas Noticias


            -  Pablin & Pablin  buenos días habla Yanina ¿en qué puedo ayudarlo? 
-         - Sí, buenos días, llamo por un ventilador que se rompió, para consultar por el service.
-        - ¿Lo compró aquí señora?
-        - Sí, pero no  sé en que sucursal.  Quisiera que me informe dónde debo llevarlo para su reparación.
-        - A cualquier sucursal. ¿Qué tiene el ventilador señora?
-        - Se separaron las aspas del cuerpo.
-         -  No entendí, disculpe.
-        - Es un ventilador grande, de pared. Las aspas se separaron del cuerpo… del motor.
-        - Disculpe, no le entiendo señora, ¿qué cosa se separó del motor?
-        - Las aspas.
-        - No entiendo.
-         - A S P A S
-         - …
-         - Eso que gira, señorita.
-         - Ah! (esclarecida) usted quiere decir las paletas.
-         - Quise decir aspas, pero bueno, las paletas.
-         - Acá le llamamos paletas.
-         - Ya veo. Dígame qué hacer con el ventilador, por favor. 
-        - Mire señora tiene que llevar el ventilador junto con las … paletas… a cualquier sucursal.
-        - Gracias, señorita.

¿Saben por qué no le dije imbécil, ni ninguna otra maldad?
Porque tuve dos buenas noticias: volvieron ORSAI.es y las KesBun. Y que me cuelguen de las aspas.