sábado, 12 de noviembre de 2011

Yo me latinoamericanizo, tú te latinoamericanizas, él se latinoameric....



 Hace un tiempo acompañé a un grupo de alumnos de 6º grado a una salida didáctica a la empresa Aguas Argentinas. Allí unos guías nos llevaron a recorrer el lugar y luego nos instruyeron sobre el valor del agua potable.
Ante la consulta de uno de los niños acerca de la extensión de las redes públicas de agua potable en nuestro país la guía respondió “en algunas zonas rurales muy alejadas aún no llega la red pública”.  
No pude dejar de interrumpir para contarles, a los chicos y a las guías,  que no hace falta alejarse mucho para encontrar el fin de la red pública: acá nomás, a menos de 40km de la ciudad de Buenos Aires, en el municipio Malvinas Argentinas, no hay red de agua potable.
Tampoco hay cloacas ni gas natural. Hay unas pocas calles asfaltadas, otras con asfalto de más de 40 años y el resto son de tierra. El ABL  y el catastro indican Zona Residencial. 
No existe señalamiento urbano de ningún tipo. Me refiero a una amplia zona de casaquintas, donde cada propietario realizó su perforación y pozos sanitarios y utilizan gas envasado para el consumo. Una de las rutas que atraviesa el municipio, la RN8, no tiene banquinas, marcaciones viales, ni carteles indicadores. Una mano de ida y otra de vuelta separadas por la intuición y la costumbre de conducir del lado derecho ordenan el intenso tránsito.
Hay dos líneas de trenes que atraviesan el municipio, la LSM (Línea San MArtín) y la Belgrano Norte. Ambas sufren el mismo grado de atraso tecnológico.
Pero… ¡alegrémonos!
Está en marcha un Plan Nacional de Inversiones Ferroviarias (período 2006-2012). Se disponen de unos $ 16 mil millones, para los servicios ferroviarios del Área Metropolitana. Incluye la adquisición, recuperación y modernización del material rodante, obras de infraestructura, que abarcan el mejoramiento y renovación de vías, la remodelación de estaciones, modernización de los sistemas de señalamiento, construcción de pasos a nivel, etc. y la rehabilitación de servicios interurbanos.
Además el miércoles 9 de abril de 2008 se realizó el llamado nacional e internacional a la licitación de la obra de electrificación del LSM está  prevista una inversión de 490 millones de pesos. La obra incluye compra de nuevo material rodante fabricado especialmente en China, la electrificación y la eliminación de todos los pasos a nivel a lo largo del ramal.
¡Alguien debiera avisarles a estas activas personas que estamos en noviembre de 2011!

Vivo en la Ciudad de Buenos Aires, tengo auto y lo que suceda en los trenes del conurbano podría importarme un pirulete; pero no logro entender como la sociedad no reacciona. 
¿Acaso hay una especie de fundamentalismo enceguecedor?

Hace unos días leí en El País un artículo hilarante, de Moisés Naím
(Escritor venezolano. Ex ministro de Industria y Comercio de Venezuela)
“lo mejor que le puede pasar a Europa es parecerse a la América Latina de hoy… Europa debe aprender de América Latina”.
Espero que nadie tome en serio semejante imbecilidad.
Si hemos salido airosos de la crisis,  ¿por qué la pobreza, la desigualdad, la corrupción y la violencia son tan comunes?

Volviendo a aquella excursión:
Guía: el abastecimiento de agua potable para el área de servicio de AySA se realiza a través de las planta General Belgrano, situada al sur del Gran Buenos Aires, y de la Planta San Martín, situada en la capital. La Planta San Martín es una de las plantas potabilizadoras más grandes del mundo.
Alumnos: Ohhh…  
Mi cabeza: debe ser una de las más antiguas también, se creó en 1913. Las cañerías maestras tienen más de 100 años. ¡Las cañerías de distribución son de principios del siglo pasado!
Guía: el agua es un recurso muy valioso. Es renovable pero limitado. Ustedes (a los niños) deben tomar conciencia de su rol de guardianes de su derroche.
Alumnos: …
Guía: ¿cómo podrían ayudar? ¿qué se les ocurre?
Alumno: cerrando la canilla al lavarnos los dientes.
Mi cabeza: Aysa, ¿y si probaran con cambios estructurales y dejaran el resto en manos de Greenpeace?

Se calcula que un 30% del derroche de agua potable no se debe
al consumo real sino a las pérdidas en la red de conducciones.

Isla Maciel, de Hernán Zin.

Servicio al lector esperanzado:
INDEC, Instituto Nacional de Estadística y Censos: www.indec.gov.ar

martes, 25 de octubre de 2011

Travesuras


Como muchos habrán notado, en nuestro país uno puede hacer lo que quiera, vale decir que no ocurren cosas más horribles porque somos buenos. 
Antes de que algún entusiasta levante el dedito para acusarme de reaccionaria les pido que estese quieto, lea, cogito ergo sum.
Me resulta deleznable que algunas personas se dediquen, con mayor o menor grado de ingenio o habilidad manual, a manipular las chapas patente de sus vehículos.  
Y me da mucha, pero muchísima bronca, que los agentes del orden (de los múltiples que gozamos en la Ciudad) hagan la vista gorda ante ese delito.

Hace un tiempo había pensado en armar un proyecto gráfico con fotografías de las patentes adulteradas que iba encontrando por los caminos, pero la falta de tiempo, una discusión con un coreano (o boliviano, a los fines de este escrito lo mismo da) dueño de una enorme camioneta estacionada sobre la Av. Avellaneda  y, finalmente, saber que a alguien se le había ocurrido la misma idea antes que a mí, me disuadieron de rondar la ciudad a la caza de delincuentes.

Saben de qué hablo, ¿verdad? 
Los imbéciles usan las siguientes estrategias:
  • Dejar embarrada la chapa y el auto reluciente
  • Dejar embarrado todo el auto
  • Pegar hojitas de árbol con poxipol  (no importa la estación del año)
  • Colgar jirones de telas, trapos, cintas, sogas saliendo del baúl
  • Enganchar  papeles, sobres o artículos de embalaje desde la tapa del baúl
  • Pegar cintas de blancas o negras cambiando los números o las letras
  • Omitir la chapa trasera
  • Dejar abierta la puerta del baúl (los que tienen la chapa allí)
  • Colocar la chapa muy abajo y en ángulo imposible de leer
  • Colocar la chapa debajo del paragolpes
  • Rayar y malograr la chapa
  • Comprar una chapa ya adulterada (tienen un efecto óptico para que se vea todo borroso)
  • Pegar stickers de fútbol o cualquier pelotudez que oculte parte de la chapa
  • Colgar la franela a secar en la chapa (típica de remiseros/taxistas mafiosos)
  • Cambiar las letras con marcador indeleble
  • Plegar la chapa por la mitad en sentido transversal
  • Plegar la chapa por la mitad en sentido longitudinal
  • Etc.
Si bien a algunos bobos les resulta una simple avivada que los imbéciles hacen para evitar la multa por mal estacionamiento, yo creo que todos los que adulteran sus patentes son francos delincuentes.
Para mí lo mismo da que lo hagan para habilitarse la doble fila de la puerta del jardín (excelente ejemplo a los niños), para cruzar semáforos en rojo, para huir sin ser identificados después de atropellar a un peatón o para participar impunes de un asalto a mano armada.
Y no se trata de armar una  cadena de ciudadanía responsable que concientice a los que delinquen.
Los ciudadanos no estamos para vigilarnos entre nosotros. Para las leyes y el control de su cumplimiento están el Poder Ejecutivo,  el Poder Legislativo  y el Poder Judicial (hagan clic)
Nosotros, los ciudadanos, estamos para elegir responsablemente (?) a quienes nos gobiernan.



Servicio al lector sensible:
INADI Asistencia por situaciones de discriminación Teléfono: 0800 999 2345 (gratis las 24 horas)

domingo, 25 de septiembre de 2011

Nada personal


"mirar las estadísticas argentinas se parece mucho a que el capitán del Titanic
vaya a ver cómo suena el violín de la orquesta"
Bodou en declaraciones desde Washington, 23/09/11 

Me encanta cuando en medio de discursos prepotentes en el uso del lenguaje, 
plenos de frases vacuas y efectistas, se escapan estas cosas. 
Alguien debiera decirle a nuestro Amado ministro que ciertas analogías son contraproducentes. 
Solo a un funcionario distraído se le ocurre hablar del Titanic en referencia a la economía argentina. 
Ojalá no haya hablado su inconsciente.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Del UARS, un francés y el sushi soso


Pudieron convencerme de que una simple lata de Fanta puede ser, suelta en mi auto, un mortal proyectil. El argumento: en una colisión a 50 km/h la masa de cualquier objeto se multiplica entre 30 y 50 veces.
Ahora intentan convencerme de que la caída de un satélite obsoleto de seis toneladas - tamaño colectivo- es inofensiva. El mamotreto, despedazado en trozos, impactaría en la superficie de nuestro planeta a una velocidad entre 160 a 380km/h dependiendo del peso de los pedazos.
Dicen que la probabilidad de que le caiga encima a cualquier persona es de 1 en 3200.
Hay un francés que se ganó el Loto por segunda vez en su vida; la probabilidad de que eso sucediera era 1 en 363 billones. Y pasó.

Entre amenazas de granizo, preescripción de tomates y el UARS sobre nuestras cabezas, hay un hecho preocupante que pasa desapercibido: debido a las restricciones comerciales no hay más wasabi en la Argentina. Se acabó. Ni en el mercado chino, ni el mercado negro, ni en la alacena de mi casa.
Media pila Sr. Moreno, golpes bajos no.

domingo, 29 de mayo de 2011

Jirón del cielo en donde impera el sol

foto: Juan Cruz Ordóñez

El Sr. José Pablo Feinmann debe ser el abuelo de alguien. También ha de ser la inspiración de alguien y el amor de alguien. Por eso, no sólo no voy a decir una barbaridad sino que también elijo no pensar ninguna barbaridad al leer su discurrir acerca de la Bandera Argentina.
Estoy percibiendo, como seguramente muchos otros atentos al intercambio de opiniones, una franca radicalización de los discursos  y, sobre todo, una apropiación primero tibia y solapada más luego áspera y directa de saberes, creaciones, luchas e ideas que garpan para sumar votos, aplausos, billetes, consenso o lo que sea que sume.
Hace poco conversando con mis amigos filatelistas acerca de la sonada Boda Real, uno de ellos dijo estar convencido de que la Monarquía Constitucional era la forma de gobierno ideal para el desarrollo de Estados maduros, prósperos y serios. Yo me quedé pensando; en principio porque la persona que lo había dicho merece mi respeto por su trabajo profesional y por la seriedad de sus estudios filatélicos. Vale decir, si alguien que hace bien las cosas piensa de ese modo, sus pensamientos deben tener alguna lógica.
Desconozco cuál habrá sido esa lógica, pero después de darle vueltas al asunto creo que tiene razón. Por ejemplo, por mencionar algunas de las simples ventajas que encontré: dejaríamos de asistir impávidos a entretelones de la nefasta farándula local para dedicarnos a chimentar sobre la realeza. Que de seguro tendría en sus cabezas más neuronas que bótox. Así, los llamados artistas podrían dedicarse al arte.
Además es sabido que la realeza cultiva los buenos modales, de modo que en ese efecto espejo que hoy tinelliza a la sociedad, estaríamos multiplicando los porfavores, gracias y buenos días. Usando servilletas, caminando erguidos y sin arrastrar las ojotas por la vereda.
Estoy hablando en serio. Imaginen que los que gestionan los asuntos de Estado pudieran dedicarse a ello y no a yirar por el mundo para perder su valioso tiempo en protocolos, vestuarios y maquillajes o a descarnar sus sentires privados ante multitudes. Nada de operativos clamores, para eso está la Familia Real, cuya soberanía nadie discute y todos aceptan.  
¿Que estoy diciendo boludeces? Puede ser, pero este es mi blog. El señor José Pablo Feinmann las dice en la contratapa de un diario nacional y nadie se rasga las vestiduras por ello.
Me encantaría decirle al Sr. Feinmann que sólo los necios creen que el devenir histórico corresponde al presente, al HOY que proclama.
Le pediría que revisara la historia para ver cuán típico de los regímenes totalitarios es la inclusión de símbolos ideológicos en las banderas nacionales.
Le pediría que, en un esfuerzo intelectual, reflexionara acerca de los acuerdos que muchas naciones tuvieron que adherir para sobrevivir a sus guerras civiles (la transición de España en los 70´, por ejemplo).
Finalmente le pediría, que a partir de esas reflexiones se dedicara a construir integridad en vez de encono. Pero sería mucho pedir, supongo.
 

lunes, 18 de abril de 2011

Mi exmarido

Yo tengo un exmarido. Hace mucho tiempo que tengo un exmarido, más del que tuve marido, hace tanto tiempo que no me acuerdo como era la vida con él. Incluso me cuesta recordar como era él. No digo su cara y sus gestos –mi hijo se le parece y en ocasiones lo veo- me refiero a como era él siendo marido y yo siendo esposa. Es como si esa parte de mi vida me fuera ajena, como si esos diez años de matrimonio los hubiera vivido desde el limbo.
Sé que no fue un mal limbo más allá de lo anecdótico que quedó para siempre a fuerza de cliché y explicación repetida para dar respuesta a las recurrentes preguntas acerca del fin de la pareja.
Hoy, poniendo el matrimonio en perspectiva debo decir que fue una experiencia enriquecedora.
Mi exmarido es un tipo especial, un artista. Un vago simpático y charlatán, algo irascible, desordenado y sumamente sociable. Sostiene y cultiva la amistad. En eso es metódico y constante. A la amistad y a la música entrega su tiempo y pasión. Así lo recuerdo; un tipo amable hasta exasperar, con buen oído para las notas y las confesiones.
Mi exmarido, al igual que yo, no se volvió a casar, ni a convivir con nadie. No tuvo más hijos del que tuvimos juntos. Tenemos esa soledad en común,  ese pasado y ese crío crecido. No mucho más. A simple vista somos bien diferentes: yo me preocupo por la estética y el que dirán, él no. El hace visitas y llama para los cumpleaños, yo no. Yo trabajo mucho y me gusta, a él no le gusta trabajar. A él le gusta la noche y a mí el día. El es ahorrativo (por decirlo amablemente), yo gasto toda la plata que puedo. El pide favores, yo me las arreglo solita. Esas diferencias intrascendentes que no definen casi nada forman parte del cliché de preguntas y respuesta del que hablaba antes.
Pero hoy, leyendo una nota cualquiera en la revista del diario del domingo, me acordé de él, y pude asir un recuerdo. Ahora no quiero que ese recuerdo se me escape, porque sonreír ese recuerdo es un poco honrarnos. Y porque es saludable rescatar lo bueno.  
Habíamos comprado un auto nuevo, bah nuevo para nosotros porque el auto tenía casi tantos años como yo y mi exmarido quería ir a Tandil. Él no sabía manejar, pero era un copiloto locuaz, mucho antes de llegar me había grabado a fuego como eran esas sierras bajas y antiguas y las estrellas. Las estrellas!
Él solía ser muy vehemente y apasionado con las cosas que le gustaban, y Tandil definitivamente le había gustado mucho. Había hecho un viaje con el colegio o con un grupo de amigos y un monje que lo había conmovido. Quería que su hijo, quien por ese entonces era un crío de seis o siete años, viviera la intensidad de lo que él había vivido.
El viaje fue una larga charla, más bien monólogo, en el que fue anticipándonos, al crío y a mí, lo maravilloso y profundo que íbamos a sentir en esas piedras.
Durante el viaje, que no es muy largo pero en auto viejo se siente larguísimo, nos habló del monje que había oficiado de guía en aquel viaje, nos contó que era un viejo muy sabio guiando a los jóvenes. Mi exmarido mencionaba al monje llamándolo por su nombre, yo me olvidé cuál era, doy por sentado que se llamaba Ignacio. Mi exmarido hablaba y hablaba sin parar contándonos sus experiencias, mientras el crío y yo íbamos alternando emociones: atención flotante, genuino interés, emoción ansiosa o franco aburrimiento.
Al fin llegamos, luego de instalarnos (imperaba camping de rigor) el crío y yo le pusimos onda y nos fuimos los tres a caminar. Mi exmarido quería repetir el mismo recorrido que había hecho a los catorce años. Era un camino largo pero lo afrontamos con ánimo, más que nada por cariño. A esa altura del relato, era como si ya lo hubiésemos recorrido.
A medida que caminábamos se nos iba contagiando el entusiasmo y  la emoción.
El camino era solitario. No habíamos cruzado a nadie y llevábamos casi una hora caminando.
En un tramo, siempre ascendente, del camino que recuerdo árido y silencioso, luego de una curva,  vimos un grupo que caminaba adelante, a unos quinientos metros. Nosotros éramos tres, bastante ágiles y entusiastas, ellos eran unos doce y caminaban despacio. Cuando estábamos a cien metros pudimos oírlos cantar.
Estábamos solo nosotros tres y adelante ellos. Ellos llevaban palos, que usaban como bastones. “Así íbamos nosotros”, dijo mi exmarido.
Estaba hablando de la antigüedad de las piedras cuando de pronto se detuvo, titubeó, se calló un instante, pensó y me miró con asombro mientras sonreía; luego se puso las manos en círculo sobre los labios para que su voz se escuchara más fuerte y gritó: “Padre Ignacio!”.
Los del grupo de adelante se detuvieron y entre los jóvenes pude ver un tipo grande con cara de bueno que se daba vuelta a mirar quién lo llamaba. Mi exmarido corrió a abrazarlo mientras el crío me miraba preguntándose cómo sabía ese señor del que hablaba su papá desde hace veinte horas que nosotros íbamos a estar ahí.
Era eso. No quería olvidarme, porque solían pasar cosas así con mi exmarido. Y también cuando dejaba que durmiera en su hombro y se quedaba quieto toda la noche para no despertarme y cuando me animaba a hacer las cosas que me daban miedo. Él de puro irresponsable me decía que sí, que podía, y yo me lanzaba nomás.

domingo, 10 de abril de 2011

Atención, radar vigía.



Un sábado soleado de abril, justo antes de cumplir cuarenta y tres años y con la excusa de disfrutar mi auto nuevo y estrenar GPS, decidí rumbear para la ciudad de las diagonales. (Así como de la WWII se desprendió el uso masivo del transitor, de la moderna industria bélica nos llegó el GPS, una tecnología militar, desarrollada, instalada y operada por el Departamento de Defensa de EEUU usada por millones de gilipollas -como yo- para transladarse del punto A al punto B)
La noche previa estuve ansiosa, una ciudad desconocida, un rumbo desconocido, sola, con el auto nuevo y rodeada de chirimbolos tecnológicos. Como agravante al desamparo, no podía llevar a Mafalda (mis planes incluían una visita al Museo de Ciencias Naturales y no creí posible ingresar con un animal vivo al templo de los animales muertos)
Un delivery veloz acercó hasta mi casa el GPS  e intentó, en quince palabras, explicarme su funcionamiento. El aparatito resultó ser un artilugio fundamental; sin conocimiento previo acerca de la ruta a seguir logré conducir desde mi casa hasta la Catedral de La Plata sin siquiera distraerme a leer los carteles. Una muchacha tenaz se preocupó por mí de manera eficiente. Todo fue armonioso hasta que en La Plata, haciendo caso omiso de una indicación, pude ver su lado B (porque todos, hasta la muchacha castiza del GPS, tenemos un lado B):

 -        -  doble a la derecha
-        - humm (mejor doblo en la próxima)
-        - doble a la derecha – doble a la derecha - doble a la derecha !
-        - No hay  otra calle a la derecha. ¿Qué derecha?
-        -   … recalculando…
-       -    ups
-      -     Realice un giro de 180º
-      -    ¿EH?
-     -     Realice un giro de 180º - Realice un giro de 180º - Realice un giro de 180º !
-     -    ¿No sabés que está prohibido doblar en U?
-     -     Recalculando
-     -    
-     -     Realice un giro de 180º
-     -     Y no, no sabés.
-     -     Recalculando
-     -     Má sí nena. Clic. A preguntar…

Qué barbaridad.  Sólo ese contratiempo y otro menor con un señor trapito que eligió, de todos los autos que estaba cuidando, sentarse a fumar sobre el mío. Lo vi desde la mesa donde estaba tomando un cafecito, me le acerqué y le dije en tono altisonante:

-         -  ¿Vosó el que cuidás losautos?
-         -  (asiente con la cabeza)
-         -  Este auto es mío.
-         -  (se baja)
-         -  Cuidameló sin sentarte arriba.
-         - 
-         -  Grácia.
                                        (sic)

¿Por qué le hablé en villa? Yo también me lo pregunté mientras volvía  a la mesa soleada a seguir leyendo mi Orsai. Nunca lo sabré. Supongo que porque sentí  miedo y creí que hablándole así me vería más amenazante. Lo peor fue cuando le di su paga:

-                                - Chau,  grácia (insistiendo con el tono villa)
-                                -  Gracias a vos y te pido mil disculpas (impecable)

Qué horror. Cuanta vergüenza. Más para seguir reflexionando acerca de los prejuicios.
Hasta aquí mis apuntes emocionales, para saber cuan buena me resultó  la Ciudad de La Plata sírvase leer la pestaña correspondiente.

lunes, 28 de marzo de 2011

Un cuento chino

Fui a ver Un cuento chino, la última película de Sebastián Borenztein. Me gustó mucho, el protagónico de Ricardo Darín es seguramente el atractivo principal y deja a todos felices, pero la gran sorpresa resultó ser el debutante, Ignacio Huang. Bien.
Hace unos años, lo confieso no sin pudor, sentía por "los chinos" (así genéricamente hablando para deschavar lo obtuso de mi pensamiento) un injustificado rechazo. Eran los chinos sujetos inalcanzables para mi estima. Desconozco cuál fue el origen de tamaña actitud, dudo que aquel incidente con el par de chinos violentos conductores de la camioneta blanca que simulaba ser ambulancia me haya determinado, pero en definitiva, por esa u otras causas, la odiosidad irracional se había instalado en mí.
Un día, que no puedo precisar, el odio se fue. Otra vez, tampoco supe porque me incliné paulatinamente hacia la indiferencia y luego hacia la franca aceptación. Ahora tengo un saludable e idéntico sentimiento hacia los orientales que hacia un cartaginés, un puntano o un ruso. Me importan otras cosas a la hora de aceptar o rechazar a alguien. Por ejemplo y volviendo al cine, me resulta harto fundamental que las personas ubicadas en la fila de atrás (esos cuyos pies mi cabeza está a merced) sean cuidadosos y educados. No puede ser tan difícil concentrarse en no patear violentamente el asiento o permanecer sentado sin la urgencia imperiosa de depositar los pies (con zapatillas mugrosas incluidas) en el intersticio de los asientos de adelante.
Hasta ahora ha sido suficiente con un "disculpame, ¿ podrías dejar de patear mi asiento?" o la variante "querido, no seas maleducado y sacá tus pies de mi hombro". Pero el problema es que, como si se tratara de un mismo sujeto pateador,  mi molestia va acumulándose persona tras persona; temo reaccionar, cualquier día de estos, en forma desmedida.
Si llegan a anoticiarse acerca de una intolerante que, mientras miraba Rápido y Furioso VII, roció con gas pimienta a un espectador ubicado en la fila de atrás, podrán contar (o no) que ya lo sabían: más temprano que tarde eso iba a ocurrir.