jueves, 13 de enero de 2011

Malparida

Imagínese viendo una novela en la TV. 
No puntualmente, ni todos los días, ni poniéndole demasiada atención, pero imagine dejándose atrapar por el juego.
Imagine que a la novela la ven, además de usted, algunos de sus compañeros de trabajo. 
No puntualmente, ni todos los días, ni poniéndole demasiada atención, pero imagine que la atención brindada trasciende los 40’ diarios de transmisión y se cuela en las conversaciones del almuerzo.
Imagine que al poco tiempo empieza a avergonzarse de su novela, las críticas a la pésima actuación de sus protagonistas no se defienden ni rescatando el oficio de los actores secundarios. Imagine que a medida que van sucediéndose los capítulos la trama se hace cada vez más inverosímil. Imagínese atrapado en una trampa para osos.
La historia se cae a pedazos; se suceden muertes, amnesias, suicidios, desapariciones, caídas traumáticas, demencias, casamientos interrumpidos, disparos y hechizos. Encuentros y desencuentros  imposibles, corrupción policial, trata de blancas, estafas y ahogos en el Rio Paraná.
Traiciones, engaños y secuestros. 
Gente envenenada, atropellada y enterrada viva. Todo junto, hasta un pica hielos.
Todo junto, sin respiro ni respeto por usted transformado en espectador involuntario del pésimo trabajo de un par de guionistas.  
Imagínese una historia donde las cosas se resuelven, siempre, gracias a que los malos espían a los buenos y escuchan sus conversaciones. Un verdadero fastidio.
Imagínese que usted, harto de sentirse un idiota mirando boludeces, decide de una vez y para siempre prescindir de la TV industrial nacional. 
Clic. Imagínese.

domingo, 9 de enero de 2011

La sonrisa de mamá


Este año me empezó, francamente, para el orto.
Ya en la madrugada del primer día de 2011 mi mamá se despertó en medio de un ACV.
La contó, a Dios gracias, y la sigue contando. Le quedó, eso sí, la sonrisa torcidita, una mano en reposo, una pierna rebelde y un empeño a prueba de toda adversidad.
Cuidar y acompañar a Ita en el hospital fue un sacudón intenso. 
Permanecer por horas atenta a sus ritmos; la gotita del suero, la medicación, su respiración. Estar con el corazón estrujado diciéndole todos los mamitequierograciasteamo que tenía atrasados por falta de tiempo y oportunidad. Tratar de explicarle qué había pasado con su mano que parecía no estar. Quedarme en esa especie de limbo fisiológico que supone la angustia: sin sed, hambre, ni sueño. 
Hacer la posta con mi viejo, viajar en ese tren de mierda y llegar a casa para comprobar que todo sigue ahí: la perra salta, el gato maúlla y la gente dice al pasar “feliz año nuevo”.
En esos días de hospital descubrí que no le tengo asco a nada y que puedo ser muy paciente. Estaba segura de carecer de esa templanza, como madre por ejemplo, no acepté la media lengua de mi hijo. Cuando él empezó a hablar ignoré sus “mame chobú” y me mantuve indeclinable hasta que dijo “dame yogur mamá por favor”. Con Ita es diferente, estaré creciendo. No sé.
También confirmé el odio visceral que siento hacia todos los trabajadores de la salud que persisten en llamar a los pacientes y a sus familiares con los apelativos  “abuela” (ella) y “mamita” (yo).
Discutí hasta el fastidio con un médico de planta revulsivo que se confundía a los pacientes, hablaba mal, no miraba a los ojos y carecía de tacto.
Lloré a todas horas y me dejé abrazar sin vergüenza.
Me dejé ayudar también, y en ese trance fui haciendo pié en el mundo.
Ahora Ita está en su casa, avanza paso a paso. El viernes jugamos al dominó y le pedí que hiciera el repulgue a tres docenas de empanadas. Nos reímos juntas, aunque haya que inventar su sonrisa -ser capaz de ver más allá de la mueca hasta encontrarla-, estuvo muy bueno.
Hoy llamó para contarme que había caminado dos metros apoyándose en papá.
Está feliz. Sigue controlándolo todo. 
Exige que no estemos tristes, que vayamos despacio y, como siempre, que tengamos cuidado al cruzar.