lunes, 28 de marzo de 2011

Un cuento chino

Fui a ver Un cuento chino, la última película de Sebastián Borenztein. Me gustó mucho, el protagónico de Ricardo Darín es seguramente el atractivo principal y deja a todos felices, pero la gran sorpresa resultó ser el debutante, Ignacio Huang. Bien.
Hace unos años, lo confieso no sin pudor, sentía por "los chinos" (así genéricamente hablando para deschavar lo obtuso de mi pensamiento) un injustificado rechazo. Eran los chinos sujetos inalcanzables para mi estima. Desconozco cuál fue el origen de tamaña actitud, dudo que aquel incidente con el par de chinos violentos conductores de la camioneta blanca que simulaba ser ambulancia me haya determinado, pero en definitiva, por esa u otras causas, la odiosidad irracional se había instalado en mí.
Un día, que no puedo precisar, el odio se fue. Otra vez, tampoco supe porque me incliné paulatinamente hacia la indiferencia y luego hacia la franca aceptación. Ahora tengo un saludable e idéntico sentimiento hacia los orientales que hacia un cartaginés, un puntano o un ruso. Me importan otras cosas a la hora de aceptar o rechazar a alguien. Por ejemplo y volviendo al cine, me resulta harto fundamental que las personas ubicadas en la fila de atrás (esos cuyos pies mi cabeza está a merced) sean cuidadosos y educados. No puede ser tan difícil concentrarse en no patear violentamente el asiento o permanecer sentado sin la urgencia imperiosa de depositar los pies (con zapatillas mugrosas incluidas) en el intersticio de los asientos de adelante.
Hasta ahora ha sido suficiente con un "disculpame, ¿ podrías dejar de patear mi asiento?" o la variante "querido, no seas maleducado y sacá tus pies de mi hombro". Pero el problema es que, como si se tratara de un mismo sujeto pateador,  mi molestia va acumulándose persona tras persona; temo reaccionar, cualquier día de estos, en forma desmedida.
Si llegan a anoticiarse acerca de una intolerante que, mientras miraba Rápido y Furioso VII, roció con gas pimienta a un espectador ubicado en la fila de atrás, podrán contar (o no) que ya lo sabían: más temprano que tarde eso iba a ocurrir.

lunes, 7 de marzo de 2011

De los Pelos

A mediados del año pasado decidí, sin reflexión previa ni justificación alguna, dejar de usar tintura en mi cabeza. 
Caí en la cuenta de la cantidad de años que venía invirtiendo valiosas horas en ese afán y me resultó un despropósito. El objetivo inicial de cambiar de color de pelo - fruto de una rebeldía adolescente en versión light acorde a esos tiempos- , se había transformado en una franca dependencia por el objetivo color uniforme rondando los treinta y cobertura total de canas a partir de los cuarenta.  
En el medio tuve nefastas épocas de transición; pasé por los reflejos, que en las peluquerías de hace veinte años, aún las más paquetas, se hacían utilizando como herramientas un infame gorro de goma,  una aguja de crochet y toda la carga emocional de una aspirante a colorista en su sexto día de 65 horas semanales jornada laboral. El método era sencillo y doloroso: se iban retirando con la aguja y a través del gorro pequeñas porciones de pelo para aislarlas y aplicarles decolorante. El resultado dependía de la cantidad de pelo extraído, ya sea por la energía de la picoteadora o la tolerancia al dolor de la picoteada. Como yo me fastidiaba antes de tiempo, el resultado dependía de la técnica que utilizara la picoteadora: aceptable si ella había distribuido las puntadas u horrible si había empezado por una parte de mi cabeza.
Dejé de hacerme los reflejos un día en el que al retirar el gorro de mi cabeza se fueron con él el 80% de los mechoncitos rubios que con tanto sacrificio me habían decolorado. Pude sentirlo, me di vuelta en la pileta de lavado, miré mis pelos arrancados, no me acuerdo que dije y huí de las coloristas por un tiempo.
De allí pasé al tono sobre tono, un producto mentiroso que deja el pelo hermoso sólo los dos primeros lavados. 
Finalmente me entregué a la tintura lisa y llana, primero en la peluquería y luego en casa. Se complica bastante con el pelo largo y las salpicaduras pero fue el método que más tiempo sostuve sin sobresaltos y lo hubiera continuado de no asaltarme la pregunta ¿Por qué un hombre con canas nos parece seductor  y una mujer canosa una mugrosa abandonada? . Como siempre, cada vez que aparece un planteo que incluye cuestiones de género termino imponiéndome algún desafío inconducente. Esta vez le tocó a mi cabeza. Con una sencilla estrategia (dos o tres tinturas previas de mi color original y flequillo) me lancé a la aventura.
Los primeros meses no dije nada, después se lo comenté al pasar a mis compañeros de trabajo, a mi hijo, a mi novio, a mis colegas filatelistas, a mis amigas, - “voy a dejar de teñirme por un tiempo a ver qué pasa” - , como para avisarles que lo mío no era descuido sino determinación.
Hace unos días alguien de mi edad, un tipo informal y canchero,  que encontré en el ascensor del estacionamiento me dijo “¿usted es nueva acá, no?”. Qué tarado. Ya vi que pasa, parezco de 42. Es  hora de abandonar la iniciativa, dar por perdida la batalla con Richard Gere  y empezar ya a  disimular las canas.
Eso sí, la tintura nunca más. Ahora uso henna.