A mediados del año pasado decidí, sin reflexión previa ni justificación alguna, dejar de usar tintura en mi cabeza.
Caí en la cuenta de la cantidad de años que venía invirtiendo valiosas horas en ese afán y me resultó un despropósito. El objetivo inicial de cambiar de color de pelo - fruto de una rebeldía adolescente en versión light acorde a esos tiempos- , se había transformado en una franca dependencia por el objetivo color uniforme rondando los treinta y cobertura total de canas a partir de los cuarenta.
Caí en la cuenta de la cantidad de años que venía invirtiendo valiosas horas en ese afán y me resultó un despropósito. El objetivo inicial de cambiar de color de pelo - fruto de una rebeldía adolescente en versión light acorde a esos tiempos- , se había transformado en una franca dependencia por el objetivo color uniforme rondando los treinta y cobertura total de canas a partir de los cuarenta.
En el medio tuve nefastas épocas de transición; pasé por los reflejos, que en las peluquerías de hace veinte años, aún las más paquetas, se hacían utilizando como herramientas un infame gorro de goma, una aguja de crochet y toda la carga emocional de una aspirante a colorista en su sexto día de 65 horas semanales jornada laboral. El método era sencillo y doloroso: se iban retirando con la aguja y a través del gorro pequeñas porciones de pelo para aislarlas y aplicarles decolorante. El resultado dependía de la cantidad de pelo extraído, ya sea por la energía de la picoteadora o la tolerancia al dolor de la picoteada. Como yo me fastidiaba antes de tiempo, el resultado dependía de la técnica que utilizara la picoteadora: aceptable si ella había distribuido las puntadas u horrible si había empezado por una parte de mi cabeza.
Dejé de hacerme los reflejos un día en el que al retirar el gorro de mi cabeza se fueron con él el 80% de los mechoncitos rubios que con tanto sacrificio me habían decolorado. Pude sentirlo, me di vuelta en la pileta de lavado, miré mis pelos arrancados, no me acuerdo que dije y huí de las coloristas por un tiempo.
De allí pasé al tono sobre tono, un producto mentiroso que deja el pelo hermoso sólo los dos primeros lavados.
Finalmente me entregué a la tintura lisa y llana, primero en la peluquería y luego en casa. Se complica bastante con el pelo largo y las salpicaduras pero fue el método que más tiempo sostuve sin sobresaltos y lo hubiera continuado de no asaltarme la pregunta ¿Por qué un hombre con canas nos parece seductor y una mujer canosa una mugrosa abandonada? . Como siempre, cada vez que aparece un planteo que incluye cuestiones de género termino imponiéndome algún desafío inconducente. Esta vez le tocó a mi cabeza. Con una sencilla estrategia (dos o tres tinturas previas de mi color original y flequillo) me lancé a la aventura.
Los primeros meses no dije nada, después se lo comenté al pasar a mis compañeros de trabajo, a mi hijo, a mi novio, a mis colegas filatelistas, a mis amigas, - “voy a dejar de teñirme por un tiempo a ver qué pasa” - , como para avisarles que lo mío no era descuido sino determinación.
Hace unos días alguien de mi edad, un tipo informal y canchero, que encontré en el ascensor del estacionamiento me dijo “¿usted es nueva acá, no?”. Qué tarado. Ya vi que pasa, parezco de 42. Es hora de abandonar la iniciativa, dar por perdida la batalla con Richard Gere y empezar ya a disimular las canas.
Eso sí, la tintura nunca más. Ahora uso henna.


2 comentarios:
Efectivamente aún no estoy peinado, pero en este caso no me importa. Desde el lado masculino el tema ofrece más de una mirada (curiosidad, desconocimiento, y varios etc.). Lo del gorro podrás explicarlo varias veces pero guarda muchos enigmas. En cuanto a las tonalidades no sé todavía por qué las de los hombres lucen tanto más artificiales que las de las mujeres. Un beso.
Es al ñudo, mi Tío augusto fue un visionario de esos que ya no hay o hay pocos, o hay muchos pero no se llaman augusto ni son mis Tíos. Él siempre decía: "una mujer con canas es una vieja o una hippie". Así lo decía, con todas las palabras y sus arrugas de hombre sabio y vivido. También decía que las mujeres jóvenes, de alrededor de cuarenta, con canas son lesbianas. Y lo aseguraba con una seguridad que generaba seguridad en quien lo escuchara, tanto que su esposa, que no era mi tía, de setenta y tantos años, se teñía el pelo de rojo con papel crepe desteñido. Sólo para no parecer lesbiana ante los ojos de augusto, mi Tío. En fin, haber tenido un Tío sabio me hace un poco sabio.
¡Salud!
Isidoro.
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