Fui a ver Un cuento chino, la última película de Sebastián Borenztein. Me gustó mucho, el protagónico de Ricardo Darín es seguramente el atractivo principal y deja a todos felices, pero la gran sorpresa resultó ser el debutante, Ignacio Huang. Bien.
Hace unos años, lo confieso no sin pudor, sentía por "los chinos" (así genéricamente hablando para deschavar lo obtuso de mi pensamiento) un injustificado rechazo. Eran los chinos sujetos inalcanzables para mi estima. Desconozco cuál fue el origen de tamaña actitud, dudo que aquel incidente con el par de chinos violentos conductores de la camioneta blanca que simulaba ser ambulancia me haya determinado, pero en definitiva, por esa u otras causas, la odiosidad irracional se había instalado en mí.
Un día, que no puedo precisar, el odio se fue. Otra vez, tampoco supe porque me incliné paulatinamente hacia la indiferencia y luego hacia la franca aceptación. Ahora tengo un saludable e idéntico sentimiento hacia los orientales que hacia un cartaginés, un puntano o un ruso. Me importan otras cosas a la hora de aceptar o rechazar a alguien. Por ejemplo y volviendo al cine, me resulta harto fundamental que las personas ubicadas en la fila de atrás (esos cuyos pies mi cabeza está a merced) sean cuidadosos y educados. No puede ser tan difícil concentrarse en no patear violentamente el asiento o permanecer sentado sin la urgencia imperiosa de depositar los pies (con zapatillas mugrosas incluidas) en el intersticio de los asientos de adelante.
Hasta ahora ha sido suficiente con un "disculpame, ¿ podrías dejar de patear mi asiento?" o la variante "querido, no seas maleducado y sacá tus pies de mi hombro". Pero el problema es que, como si se tratara de un mismo sujeto pateador, mi molestia va acumulándose persona tras persona; temo reaccionar, cualquier día de estos, en forma desmedida.
Si llegan a anoticiarse acerca de una intolerante que, mientras miraba Rápido y Furioso VII, roció con gas pimienta a un espectador ubicado en la fila de atrás, podrán contar (o no) que ya lo sabían: más temprano que tarde eso iba a ocurrir.
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