lunes, 18 de abril de 2011

Mi exmarido

Yo tengo un exmarido. Hace mucho tiempo que tengo un exmarido, más del que tuve marido, hace tanto tiempo que no me acuerdo como era la vida con él. Incluso me cuesta recordar como era él. No digo su cara y sus gestos –mi hijo se le parece y en ocasiones lo veo- me refiero a como era él siendo marido y yo siendo esposa. Es como si esa parte de mi vida me fuera ajena, como si esos diez años de matrimonio los hubiera vivido desde el limbo.
Sé que no fue un mal limbo más allá de lo anecdótico que quedó para siempre a fuerza de cliché y explicación repetida para dar respuesta a las recurrentes preguntas acerca del fin de la pareja.
Hoy, poniendo el matrimonio en perspectiva debo decir que fue una experiencia enriquecedora.
Mi exmarido es un tipo especial, un artista. Un vago simpático y charlatán, algo irascible, desordenado y sumamente sociable. Sostiene y cultiva la amistad. En eso es metódico y constante. A la amistad y a la música entrega su tiempo y pasión. Así lo recuerdo; un tipo amable hasta exasperar, con buen oído para las notas y las confesiones.
Mi exmarido, al igual que yo, no se volvió a casar, ni a convivir con nadie. No tuvo más hijos del que tuvimos juntos. Tenemos esa soledad en común,  ese pasado y ese crío crecido. No mucho más. A simple vista somos bien diferentes: yo me preocupo por la estética y el que dirán, él no. El hace visitas y llama para los cumpleaños, yo no. Yo trabajo mucho y me gusta, a él no le gusta trabajar. A él le gusta la noche y a mí el día. El es ahorrativo (por decirlo amablemente), yo gasto toda la plata que puedo. El pide favores, yo me las arreglo solita. Esas diferencias intrascendentes que no definen casi nada forman parte del cliché de preguntas y respuesta del que hablaba antes.
Pero hoy, leyendo una nota cualquiera en la revista del diario del domingo, me acordé de él, y pude asir un recuerdo. Ahora no quiero que ese recuerdo se me escape, porque sonreír ese recuerdo es un poco honrarnos. Y porque es saludable rescatar lo bueno.  
Habíamos comprado un auto nuevo, bah nuevo para nosotros porque el auto tenía casi tantos años como yo y mi exmarido quería ir a Tandil. Él no sabía manejar, pero era un copiloto locuaz, mucho antes de llegar me había grabado a fuego como eran esas sierras bajas y antiguas y las estrellas. Las estrellas!
Él solía ser muy vehemente y apasionado con las cosas que le gustaban, y Tandil definitivamente le había gustado mucho. Había hecho un viaje con el colegio o con un grupo de amigos y un monje que lo había conmovido. Quería que su hijo, quien por ese entonces era un crío de seis o siete años, viviera la intensidad de lo que él había vivido.
El viaje fue una larga charla, más bien monólogo, en el que fue anticipándonos, al crío y a mí, lo maravilloso y profundo que íbamos a sentir en esas piedras.
Durante el viaje, que no es muy largo pero en auto viejo se siente larguísimo, nos habló del monje que había oficiado de guía en aquel viaje, nos contó que era un viejo muy sabio guiando a los jóvenes. Mi exmarido mencionaba al monje llamándolo por su nombre, yo me olvidé cuál era, doy por sentado que se llamaba Ignacio. Mi exmarido hablaba y hablaba sin parar contándonos sus experiencias, mientras el crío y yo íbamos alternando emociones: atención flotante, genuino interés, emoción ansiosa o franco aburrimiento.
Al fin llegamos, luego de instalarnos (imperaba camping de rigor) el crío y yo le pusimos onda y nos fuimos los tres a caminar. Mi exmarido quería repetir el mismo recorrido que había hecho a los catorce años. Era un camino largo pero lo afrontamos con ánimo, más que nada por cariño. A esa altura del relato, era como si ya lo hubiésemos recorrido.
A medida que caminábamos se nos iba contagiando el entusiasmo y  la emoción.
El camino era solitario. No habíamos cruzado a nadie y llevábamos casi una hora caminando.
En un tramo, siempre ascendente, del camino que recuerdo árido y silencioso, luego de una curva,  vimos un grupo que caminaba adelante, a unos quinientos metros. Nosotros éramos tres, bastante ágiles y entusiastas, ellos eran unos doce y caminaban despacio. Cuando estábamos a cien metros pudimos oírlos cantar.
Estábamos solo nosotros tres y adelante ellos. Ellos llevaban palos, que usaban como bastones. “Así íbamos nosotros”, dijo mi exmarido.
Estaba hablando de la antigüedad de las piedras cuando de pronto se detuvo, titubeó, se calló un instante, pensó y me miró con asombro mientras sonreía; luego se puso las manos en círculo sobre los labios para que su voz se escuchara más fuerte y gritó: “Padre Ignacio!”.
Los del grupo de adelante se detuvieron y entre los jóvenes pude ver un tipo grande con cara de bueno que se daba vuelta a mirar quién lo llamaba. Mi exmarido corrió a abrazarlo mientras el crío me miraba preguntándose cómo sabía ese señor del que hablaba su papá desde hace veinte horas que nosotros íbamos a estar ahí.
Era eso. No quería olvidarme, porque solían pasar cosas así con mi exmarido. Y también cuando dejaba que durmiera en su hombro y se quedaba quieto toda la noche para no despertarme y cuando me animaba a hacer las cosas que me daban miedo. Él de puro irresponsable me decía que sí, que podía, y yo me lanzaba nomás.

domingo, 10 de abril de 2011

Atención, radar vigía.



Un sábado soleado de abril, justo antes de cumplir cuarenta y tres años y con la excusa de disfrutar mi auto nuevo y estrenar GPS, decidí rumbear para la ciudad de las diagonales. (Así como de la WWII se desprendió el uso masivo del transitor, de la moderna industria bélica nos llegó el GPS, una tecnología militar, desarrollada, instalada y operada por el Departamento de Defensa de EEUU usada por millones de gilipollas -como yo- para transladarse del punto A al punto B)
La noche previa estuve ansiosa, una ciudad desconocida, un rumbo desconocido, sola, con el auto nuevo y rodeada de chirimbolos tecnológicos. Como agravante al desamparo, no podía llevar a Mafalda (mis planes incluían una visita al Museo de Ciencias Naturales y no creí posible ingresar con un animal vivo al templo de los animales muertos)
Un delivery veloz acercó hasta mi casa el GPS  e intentó, en quince palabras, explicarme su funcionamiento. El aparatito resultó ser un artilugio fundamental; sin conocimiento previo acerca de la ruta a seguir logré conducir desde mi casa hasta la Catedral de La Plata sin siquiera distraerme a leer los carteles. Una muchacha tenaz se preocupó por mí de manera eficiente. Todo fue armonioso hasta que en La Plata, haciendo caso omiso de una indicación, pude ver su lado B (porque todos, hasta la muchacha castiza del GPS, tenemos un lado B):

 -        -  doble a la derecha
-        - humm (mejor doblo en la próxima)
-        - doble a la derecha – doble a la derecha - doble a la derecha !
-        - No hay  otra calle a la derecha. ¿Qué derecha?
-        -   … recalculando…
-       -    ups
-      -     Realice un giro de 180º
-      -    ¿EH?
-     -     Realice un giro de 180º - Realice un giro de 180º - Realice un giro de 180º !
-     -    ¿No sabés que está prohibido doblar en U?
-     -     Recalculando
-     -    
-     -     Realice un giro de 180º
-     -     Y no, no sabés.
-     -     Recalculando
-     -     Má sí nena. Clic. A preguntar…

Qué barbaridad.  Sólo ese contratiempo y otro menor con un señor trapito que eligió, de todos los autos que estaba cuidando, sentarse a fumar sobre el mío. Lo vi desde la mesa donde estaba tomando un cafecito, me le acerqué y le dije en tono altisonante:

-         -  ¿Vosó el que cuidás losautos?
-         -  (asiente con la cabeza)
-         -  Este auto es mío.
-         -  (se baja)
-         -  Cuidameló sin sentarte arriba.
-         - 
-         -  Grácia.
                                        (sic)

¿Por qué le hablé en villa? Yo también me lo pregunté mientras volvía  a la mesa soleada a seguir leyendo mi Orsai. Nunca lo sabré. Supongo que porque sentí  miedo y creí que hablándole así me vería más amenazante. Lo peor fue cuando le di su paga:

-                                - Chau,  grácia (insistiendo con el tono villa)
-                                -  Gracias a vos y te pido mil disculpas (impecable)

Qué horror. Cuanta vergüenza. Más para seguir reflexionando acerca de los prejuicios.
Hasta aquí mis apuntes emocionales, para saber cuan buena me resultó  la Ciudad de La Plata sírvase leer la pestaña correspondiente.