Estas Pascuas decidimos ir hasta Punta del Este (Uruguay) para conocer y respirar un poco de mar otoñal. Pudimos recorrer bastante, ya que cruzamos el auto en Ferry, y aprovechar cada una de las tardes al máximo.
Antes de salir, a la hora de preparar los bolsos, fui advertida por mi amiga July: “no lleves cosas cómodas, armate equipos” y agregó, como para no dejar dudas: “si te llevas cualquier cosa vas a sentirte fuera de lugar, en Punta del Este la gente está siempre lookeada”.
Oh merde, ¿será para tanto? … tuve en cuenta su consejo, se lo trasmití a mi novio y dejando de lado nuestro habitual cualquier remera-cualquier suéter-cualquier short-las zapatillas más cómodas nos fuimos preparados para cada ocasión. Mal no nos fue, pasamos absolutamente desapercibidos. Como no suelo designar demasiado dinero a mi guardarropas yo elegí el sentador look “hippie-chic” que aporta aceptable aspecto con presupuesto mínimo.
Punta del Este es una prolija ciudad turística. Nos resultó un tanto artificial, como vacía de contenido, sin esa vibra de vida que tienen otras ciudades donde sus habitantes, además de dedicarse al turismo, trabajan de otra cosa. Los lugares son bellos, la gente es tranquila – parecen obedientes extras de cine- y el mar, hermoso.
Está bueno tomar la Ruta 10 hacia el este y pasar por La Barra de Montoya, parar a comer una pizza a la parrilla en Manantiales (supongo que se parece a Malibú), perderse por José Ignacio y seguir hasta Laguna Garzón. Si hay coraje, una balsa cruza el auto en Laguna Garzón para ir hasta Rocha y La Paloma. Para el otro lado, subiendo hacia el Oeste por La Mansa, se llega a Punta Ballena y el fotogénico Casapueblo.
Punta Ballena y Casapueblo son paradas obligadas pero lo más lindo está en la ignota Punta Colorada. Es un lugar impresionante para instalarse a mirar el mar, las rocas (enormes y caprichosas, rojas, negras y amarillas) y soñar como casi siempre se hace con comprarse una casita de cara al acantilado. Da ganas de quedarse. El camino asfaltado zigzaguea por el borde del mar y hay sólo un puñado de casitas. Shh… no lo divulguen. Si se sigue un poco más se llega a Piriápolis. Que merece un capítulo aparte. Está a poco más de 35km de Punta del Este pero llegar hasta allí se siente como viajar en el tiempo.
Entramos a Piriápolis desde atrás, sin saber nada del lugar, a poco de andar divisamos una construcción monumental que se destacaba entre las casas bajas del pueblo. Cuando dimos la vuelta para ver de qué se trataba nos encontramos con un impactante edificio, el famoso Argentino Hotel. Me recordó al bello y lujoso Copacabana Palace (1923) de Rio de Janeiro, la única.
Resulta que (googleamos in situ) el Argentino Hotel fue construido en 1930 por Don Francisco Piria. En sus inicios era una instalación terapéutica dedicada a la Telasoterapia, luego se consolidó como un fabuloso complejo hasta que se avino la WWII y chau turistas europeos. Emprendedores entusiastas construyeron también una larguísima y profusa rambla. Caminarla también es como viajar en el tiempo.
Muchos increíbles hoteles no han sobrevivido a la debacle de la guerra y sus crisis, es fascinante recorrerlos. Mientras el Copacaba Palace sigue activo y posicionado como el más lujoso de Rio, a nuestro Gran Hotel Sierra de la Ventana lo cerraron, expropiaron, saquearon e incendiaron; el Argentino Hotel de Piriápolis sobrevive captando turistas, con un acorde sesgo decadentista que asombra, entristece, se disfruta y da risa. Todo a la vez.
Intentamos almorzar en el Argentino Hotel, pero ante la evidencia de la majestuosidad desmoronada y el ecléctico mobiliario desistimos y nos fuimos a una parrilla vecina.
De vuelta en Buenos Aires me sorprendieron unos amigos contando sus recuerdos de maravillosas vacaciones en el Hotel; yo por lo pronto me divertí mucho leyendo las experiencias que en TripAdvisor han dejado sus huéspedes. Habrá que probar, ¿o no?
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