Florencia es hermosa. Es tan hermosa que aturde los sentidos.
Llegamos a la estación Santa Maria Novella una tarde soleada. Veníamos de Roma, recién arribados a Italia desde Buenos Aires con muchas horas de vuelo y pesadas valijas. El Hotel elegido (por web) decía ocupar el piso superior de una villa del siglo XV en pleno casco histórico Fiorentino. Era verdad, nos separaban más de sesenta tortuosos peldaños, pero su cuarto, enorme y fresco, ofrecía una espectacular vista al complejo de San Lorenzo.
Abajo, el mercado con sus prolijos toldos blancos ardía de bullicio. Las calles angostas, más aún con el mercado a ambas manos, solo dejaban un populoso pasillo central de adoquines irregulares para transitar. El olor a cuero de los puestos era profundo y el sol, ajusticiaba nuestras cabezas. Igual caminamos felices abriéndonos paso con nuestras valijas hasta dar con la Vía dell’Ariento.
Abajo, el mercado con sus prolijos toldos blancos ardía de bullicio. Las calles angostas, más aún con el mercado a ambas manos, solo dejaban un populoso pasillo central de adoquines irregulares para transitar. El olor a cuero de los puestos era profundo y el sol, ajusticiaba nuestras cabezas. Igual caminamos felices abriéndonos paso con nuestras valijas hasta dar con la Vía dell’Ariento.
Esa misma tarde, luego de un baño refrescante, salimos a caminar sin rumbo fijo. Buscábamos una heladería y ahí nomás, en la Via Ginon y sin aviso previo se irguió frente a mis ojos la enorme Catedral Santa María Dei Fiori (XIII). Quedé pasmada y conmovida un buen rato hasta que volví en mí y me pude acercar. El helado quedó para más tarde, las siguientes tres horas que tardé en recomponerme ante semejante manifestación artística.
El conjunto gótico formado por la planta de tres naves en cruz, el campanario y la cúpula resulta impactante por su tamaño y belleza. Al costado, muy cerca, está el baptisterio de San Giovanni. Todas las construcciones están íntegramente revestidas y decoradas con mármoles blancos (Carrara), verdes (Prato) y rosas.
El baptisterio – el edificio más antiguo de Florencia- está muy ornamentado con estatuas y altorrelieves. Sus puertas de bronce son indescriptibles (son copias, las originales de Ghiberti están desde hace 20 años en un museo, supe después). Dentro del antiguo edificio (allí fue bautizado entre otros, Dante) hay un techo de mosaico dorado representando escenas del juicio final. Tema retomado en muchos frescos posteriores. El Campanile de casi 85 metros fue diseñado por Giotto y construido durante 25 años.
La Cúpula construida por Brunelleschi entre 1418 y 1464 es una colosal obra maestra de arquitectura gótica, tiene casi 115 metros y 50 de diámetro. Está formada por dos capas constructivas de bases y anillos de piedra y paredes de ladrillos romanos. Entre la cúpula interior y la exterior hay un espacio libre que permite acceder al mirador (a la vez que facilitó el acceso a la parte alta durante la construcción). Arriba se destaca la linterna, abierta, alta y hermosamente decorada con mármol de carrara. En su interior un fresco del siglo XVI impacta por su tamaño. Luego de superar 463 peldaños obtuve esta sobrecogedora vista.
Hay una enfermedad psicosomática, llamada síndrome de Stendhal, que causa vértigo y confusión en las personas expuestas a la admiración de grandes cantidades de obras de arte en un mismo lugar. También se llama Síndrome de Florencia y es perfectamente entendible. La pintura no es mi fuerte (aunque hago mis colorines en tela que incluso gustan a algunos advenedizos), pero no me llaman la atención los cuadros en general; menos aún la pintura renacentista en particular. En cambio, la arquitectura me fascina. Caminar Florencia significa quedarse boquiabierto cada 100 metros por sobredosis de belleza.
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