sábado, 29 de diciembre de 2012

Un paseo por las nubes


Tengo que ir hasta el centro de la ciudad para saludar a unos amigos filatelistas antes de que termine el año. Mi auto está a cinco pisos de la vereda. Me da fiaca subir por él y culpa de contaminar la ciudad, entonces  voy en Subte.
Es bajar las escaleras y sentir un golpe de olor ácido, como a persona amontonada. Cosa extraña porque estoy viajando en hora pico, pero al revés.
Hay poca gente en el andén, pero muchos portan grandes bolsas y bultos que hay que esquivar. Se los ve agobiados.
El tren llega rápido, está totalmente pintado en su lado exterior y sucio, muy sucio. Terriblemente sucio, diría mi madre.
Hay suciedad vieja acumulada en los rincones, pegotes de fluidos indescifrables chorreados en las esquinas y en el piso, con capas de polvo acumuladas. Los vidrios, los pocos vidrios que se salvaron del grafiti, están pegoteados, rayados y llenos de etiquetas viejas. Hay pegatinas de fotocopias en todas las paredes; ofrecen salir del “veraz”, aprender inglés en tres meses, bailar salsa, alojarse en Chacarita, clases de bajo, psicoanálisis y pasea- perros. También hay publicidad paga en prolijas carteleras. Es lo único que parece limpio.
Estoy apabullada, creo que la última vez que usé el Subte fue hace un año, me impresiona el deterioro. Miro alrededor, esperando encontrar un gesto que acompañe al mío, pero no. Todos han naturalizado la mugre. Se ve que viajan con más frecuencia que yo y se han ido acostumbrando. Uno se va acostumbrando a casi todo.
Estoy tentada de preguntarle a un policía, que fuma -absorto en la nada- al lado de los molinetes, si alguna vez han limpiado el piso. Desisto, más vale pasar desapercibida.
Pienso en Macri, el Jefe de Gobierno Porteño que se hará cargo del Subte en breve. No hace falta que el ingeniero haga gran cosa, con limpiar será suficiente: el Subte parecerá nuevo.
Los asientos de la línea B son un desafío a la arcada espontánea, esos asientos mullidos de pana bordó. Alguna entusiasta podría hasta quedar preñada con solo sentarse en ellos.
Empiezo a prestar atención a la gente. Hay muchas personas que dan pena, por decir algo. Más allá del cansancio de fin de año y del viernes laboral. Hay hombres y mujeres devastados; algunos muy sucios, muy obesos, muy descuidados. Mientras ellos van absortos en sus celulares yo empiezo a entristecerme.
Al salir, subiendo por la escalera mecánica, veo a un punga en acción. Y en Corrientes y Diagonal  a un  grupo de personas avanzando a los gritos y empujones. Estoy espantada.
Cuando salgo de saludar a mis amigos en el regreso me agarra la nochecita. En la esquina de Corrientes y Florida, tirados en el piso, hay al menos doce hombres con el torso desnudo tomando vino de unos cartones. La basura se amontona y sobre ella se afanan algunos cartoneros solitarios y muchos otros a revolver.
En la línea H, que no por ser más nueva se ve menos sucia, los vagones nuevos destacan -en contraste- el deterioro de los pasajeros.
En la Estación Miserere de la línea A tres mujeres con cinco niños se disponen a pasar la noche en un rincón, entre bultos de ropa y cajas. Toman sidra de una botella. Una de ellas está amamantando a un bebé. Mientras tanto, escondida en un pasillo, una mujer canta como desquiciada, rasgando una mugrosa guitarra, una canción de Silvina Garré. Tiene las uñas de los pies escamadas y usa unas sandalias negras desvencijadas. Creo que está un poco loca. Hay hombres viejos y no tanto sentados en el suelo, apoyados sobre las paredes.
I see dead people
Veo una sucesión de niños repartiendo atrocidades a cambio de limosnas, o viceversa. Soy horrible: me niego a dar mi mano en un saludo infame a la mocosa que extiende la suya ante cada pasajero en un gesto de familiaridad. A la mocosa le da resultado: no solo la saludan sino que le dan moneditas. Compruebo que soy la única ortiva de todo el vagón. 
 Fueron en total seis viajes, tres de ida y tres de vuelta. Suficientes para entender a lo que se refería Cristina en su discurso de ayer. Cuando dijo -hablando de los saqueos- que hay algunos políticos y sindicalistas nefastos que apelaron al manual de utilización de los marginales para su provecho. Provecho de los políticos y sindicalistas, desde ya.
Yo me quedé pensando en eso de los marginales. Creo que dijo grupo pequeño de marginales. Me quedé pensando porque, dicho así como lo dijo Cristina, parece que nadie es responsable de su existencia.
Pero este paseo por las nubes me hizo comprender: los marginales, que vienen a ser los que viven en Marginlandia, no tienen - como nosotros- una Presidenta exitosa.
Pobres marginales, se ve que en Marginlandia tampoco hay Secretarías de Transporte, Bienestar ni Salud que  permitan a su población - mediante gestiones eficaces y eficientes- vivir con dignidad. 
En Marginlandia tienen un vicepresidente mentiroso y ladrón, que no va preso, entonces los marginales están seguros de que el que las hace no las paga. Y como la educación es muy precaria y los buenos ejemplos no abundan, están convencidos de que robar no es un delito. 
Los marginales viven, abyectos, el presente. En Marginlandia no hay futuro y el pasado se reinventa a conveniencia de los que piensan por los marginales. Que son los mismos que deciden qué venderles en cuotas, qué mostrarles por los televisores y cuándo -los marginales- deben aplaudir.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Lista de las cosas que me estremecen



Un artículo en francés sobre “Aguirre, la ira de Dios”. La boca perfecta de mi hijo recién nacido. El viejo galpón de herramientas de mi papá donde yo era madre de mis osos y secretaria, maestra y astronauta, vedette y carpintera. El cuarto fresco y enorme de un hotel  en Florencia al que se llegaba subiendo demasiados escalones irregulares; el olor a cuero y el ruido que subían desde el Mercado de San Lorenzo. Mi hijo, a los seis años, encaramado al gallinero del Teatro Colón mirando, incansable,  “El Cantar de los Nibelungos” de Fritz Lang. Completar la coreografía de una clase en el gimnasio sin equivocarme ni una vez y por eso  sentirme Roxie Hart. Estar en Japón y desayunar tempranísimo  arroz con salmón; revuelto picante de chauchas y champignones;  jugo de tomate; blinis con miel y café con leche mirando la ciudad de Yokohama. Y sentirme, a pesar de semejante ingesta,  liviana y poderosa por el resto de día. Eduardo, Federico y yo riéndonos fascinados con la magia del circo. El día que aprendí a flotar, rozando las piernas de mis tíos en un tanque australiano. El frío de la noche cuando llegué a Villa General Belgrano en la víspera del Día de la Bandera. El generoso abrazo del Mediterráneo en el sur de España. EL paraguas transparente y descartable que me protegió de la lluvia, densa y vertical, en Akihabara. El perfume de la dama de noche de esa cuadra de Parque Chas.
El mar al llegar, siempre. El olor a huevos duros, manzanas y pajaritos de la casa de mis abuelos Sara y Antonio. El escondite en el que mi abuela Sara guardaba una bolsa de papas fritas. El aplomo de mi prima Andrea en la emoción de su segundo casamiento. El celeste y verde, brillantes, del paisaje de Aurelia, en las afueras de Roma, y los mismos colores en Tortuguitas, en las afueras de Buenos Aires. El cielo estrellado en una noche despejada en las sierras de Tandil. El Citroen celeste al que mi exmarido desarmó hasta la última pieza en el patio de esa casa en Villa Pueyrredón, para volver a armarlo al día siguiente e ir hasta Villa Gessell, como si nada. El delicioso timbal con el que mi familia festeja Navidad; con jamón, huevo duro, palmitos, aceitunas y pimientos. Diez panqueques finitos alternando con una poquitez de mayonesa; ni una cosa más, ni una menos. El olor a malta que hay en los suburbios de Avellaneda en ciertas tardes de invierno, en ciertas casas y abrazos. El olor a nuevo que persiste en mi auto.
El olor de Rio de Janeiro en primavera. El perfume del chico que me besó por primera vez una noche de verano cerca de la cancha de River Plate. El recuerdo de Pelusa, mi hermana caniche negra, que me regalaron cuando cumplí seis años y me acompañó hasta los veintiuno. El sabor de los tomates disecados de María y José. El vestido de plumetí  y volados de mis quince años. Florencia. La sensación única de viajar hasta el Renacimiento. Mi triciclo.  Ir con mis primos, tíos y abuelos, una noche de verano, desde la mesa del patio hasta la plaza de la calle Bucarest para seguir haciendo lo mismo pero sentados en hamacas. La cara de asombro de mi primo Hernán cuando, jugando a la maestra, le enseñé a leer. La persistencia de mi madre en su agonía, su piel transparente y la tibia resignación de su sonrisa.
La primera vez que escribí “hola” en una computadora y del otro lado alguien desconocido respondió. La puerta azul y enorme del cementerio de Saldungaray. La alegría contagiosa de Federico en la Laguna Véneta. Las azaleas de la mamá de mi amiga Andrea y sus galletitas. Las gomitas de lápiz/tinta, naranjas y celestes, que vendía mi tía Rosita en una vieja librería de la calle Paroissien. Las polleras larguísimas, las capelinas y las gafas de sol enormes de Filo. Las ruinas del Gran Hotel Sierra de la Ventana, en La Provincia de Buenos Aires. Las siluetas de mis abuelos, Sara y Antonio, viniendo desde la ruta para pasar el fin de semana en la quinta. Las tardes completas estudiando las puntas de flecha para el examen de etnografía. La complicidad de mi prima Claudia esa vez que nos colamos en un ensayo  en el Club Obras Sanitarias. La Garganta del Diablo, en Iguazú, Provincia de Misiones. La montaña rusa con Edu a los ocho años. La Paella Valenciana que prepara Alejandro cuando voy a Alicante. Una excursión al Planetario de Buenos Aires, a los siete años. Una madrugada en un cuarto de hotel de Sorrento mirando desde la ventana el Mar Tirreno; los botes volviendo de la pesca y el muelle despertando. Una noche en Venado Tuerto, en un teatro lleno de velas y cortinas hechas con papel higiénico. Una tarde andando en bicicleta cuádruple en el campo con mis primas.
Una virgen en los acantilados de Rocas Negras, en Mar del Sur. Las tortas de barro multicolor que preparábamos en el verano. Los azahares de mi casa en primavera. El walkman blanco cantando el mismo cassette una y otra vez. Los bocadillos personalizados que prepara mi prima Fernanda para pasar el día en El Campello. Los dedos perfectos del doctor;  los mismos dedos sobre un piano. Los Jacarandaes floridos alineados sobre la avenida. Los ojos turquesas de mi tía Amelia, sus mates llenos de café. Los pinceles embadurnados de pegamento de la zapatería de Don Valentín. Los sonidos del mundo con mis audífonos nuevos. Los tres pejerreyes del Río Quequén y esa tararira de un muelle en Escobar. Los viejos cartones de lotería que guarda Chiche, llenos de inscripciones y garabatos. Mamá y papá bailando un tango en el casamiento de mi tío Alberto.
Mena volviendo de trabajar, con sus tejidos interminables de agujas dobladas para no molestar. Mi abuelo Antonio tiñéndose el bigote en el patio del medio, mirándose en un espejito cascado y mínimo. Mi colección de cartas voladas por el gran dirigible alemán “Graf Zeppelin”. Mi familia celebrando la vida. Mi mamá con ruleros un sábado a la tarde, vistiéndose con un pañuelo de seda en la cabeza para no despeinarse. Ita guardando los diarios del 20 de julio de 1969 para que yo también pueda ver el paso del hombre ese día. Mi papá descorchando un champagne para preparar strawberry fizz en una fiesta. Mi pelo, largo y joven, recién lavado en la pileta de la cocina los domingos a la mañana.
Mi vecino, el abuelo Carlos, matando los sapos del jardín para que no asustaran a su mujer con un pinche de chorizos; vale decir: el abuelo Carlos haciendo brochette de sapos. Mirar alguna Sitcom con mi hijo, como si fuese parte de una religión. Mis sandalias nuevas. Pasar la tarde caminando con mi hijo por la rambla de Mar del Plata. Los churros de Manolo, o mejor, el recuerdo de esos churros. Reírme a carcajadas leyendo en el tren las tiras de Mafalda. Tomar té y comer scones con queso y mermelada. Un canal del Rio Paraná en otoño lleno de ramas. Un cine armado en un galpón en Mataderos. Un panqueque de manzana en el Mercado del Puerto en Montevideo con el sol agradable de la tarde invitando una siesta. Un perro grande de ojos humanos en Jesús María, Córdoba. Un tucán en una panadería de Tolhuin, en Tierra del Fuego. Una  siesta en Pompeya.



domingo, 28 de octubre de 2012

eye-opener





Es sábado, recién pasado el mediodía. Se han armado algunos grupos para caminar hasta La Plaza. Se cumplen dos años de la muerte de Néstor Kirchner; en mi país algunos muertos pelean por un lugar en el panteón peronista, éste está en el podio efímero que le garantiza su viuda poderosa. 
Pero no estoy acá, cerca de Plaza de Mayo, para rendir mi homenaje. Estoy buscando un local de remate de antigüedades que vi un día al pasar y ahora no encuentro.
Las calles transversales que suben desde la Av. Paseo Colón yendo por  Yrigoyen hacia el sur son parecidas: todas las primeras cuadras hasta Balcarce son cortas, estrechas, con adoquines irregulares y en subida pronunciada.
En un vistazo me confundo y digo, es ahí. Estaciono sobre Defensa, entre Moreno y Alsina. Voy hacia el bajo por Moreno, del lado derecho hay un restaurante pretencioso y vacío, un poco más adelante está el Museo etnográfico que solía frecuentar; del lado izquierdo, una sucesión de casas tomadas. Se escuchan algunos bombos y redoblantes que vienen de la plaza pero hay muy poca gente en esta calle. Tres o cuatro personas en la vereda escuchan música a alto volumen -digo música por decir algo, estrictamente hablando, esto no es música-. Veo que en la esquina de Balcarce y Moreno hay unos veinte hombres sentados en el piso comiendo choripán. Han armado una improvisada parrilla sobre la vereda, pegada a la ochava. También veo que en la esquina opuesta hay tres hombres fatigando unas palas, están arreglando la vereda. Mi moral se apoya en ellos como si se tratara de agentes del orden.
Al llegar a la esquina de Balcarce y Moreno sé que que me equivoqué: acá no está el negocio de remates. Pero miro hacia la izquierda y hay un policía a mitad de la calle Balcarce, entonces redoblo confianza y me tiro hasta Alsina, no sea cosa que el negocio esté ahí y se me escape. Cuando estoy a dos pasos me doy cuenta de que el hombre vestido de riguroso negro oficial, con gorra, machete y arma, no exhibe placa y que en su gorra no hay insignia alguna. Por añadidura lo escolta un mugrosísimo Peugeot 504. Ambos están estacionados en la puerta de una casa enorme, oscura y húmeda. La puerta doble, amplia y abierta, deja salir un vaho a sopa de apios, ropa sucia y agua estancada. Llego a ver un patio interno y habitaciones alrededor, pintoresco conventillo ad-hoc.
Es una foto perfecta -pienso- y tengo a mano la Nikon -colgada del hombro-. Pero también tengo una carterita en bandolera, sandalias con plataformas altísimas y un vestido importado de colores llamativos. Definitivamente no es momento para fotos. Flaqueo. El pseudo-policía me mira extrañado, es muy morocho. La piel le brilla. Hace calor, en Buenos Aires hemos despedido definitivamente al invierno.
Vuelvo sobre mis pasos, me subo al auto y me voy. Doy algunas vueltas buscando ya no la casa de remates sino el modo de racionalizar lo que veo.
Frente al Museo de la Ciudad, contra unas rejas, hay unas quince personas: hombres, mujeres y niños durmiendo en la vereda, con colchones, trastos y mantas. Parecen argentinos.
Sobre  la calle Balcarce hay una sucesión de puertas y ventanas sin número ni orden aparente desde donde  asoman ofertas de comida y ropa.
El negocio de remates estaba mucho más al sur, pasando Independencia.
No encontré lo que buscaba pero me quedó la sensación de haber viajado, en tiempo y espacio, hacía la Latinoamérica profunda que habita el barrio de San Nicolás.



domingo, 9 de septiembre de 2012

Tecnópolis, el DNI y mi rabieta.


Buenas tardes Señor Ministro,
Quiero compartir con usted mi experiencia del viernes 7 de septiembre:

Mi padre, un septuagenario laburante, decidió tramitar el nuevo DNI. Él dice que lo quiso hacer para aggiornarse, yo pienso que fue por comodidad y coquetería (la Libreta de Enrolamiento delata su década y es enorme).
La cuestión es que pidió ayuda a su única hija (dos trabajos, inquilina permanente de la Ciudad de Buenos Aires). Saqué turno para el viernes de 18 a 19 en Tecnópolis, cómodamente desde mi casa.

Mi padre vive en Tortuguitas, municipio de Malvinas Argentinas. Dicho sea de paso, no goza de agua potable, gas natural ni cloacas. Vive con mi madre; juntos, solos, sobrellevan varios ACV que la han dejado cuadripléjica. Yo, hija dedicada y culposa, decidí pedir permiso en mi trabajo de la mañana para retirarme antes, faltar a mis actividades de la tarde e ir a buscar al viejo para traerlo a Tecnópolis ida y vuelta. Entre baches y peajes, unos 75km. 
Dejamos a mamá a cargo de una enfermera, fueron $150. Sin factura. Por favor no lo divulgue.
Llegamos a Tecnópolis un poco estresados por el intenso tránsito y nos recibió un amable gendarme informando que el predio estaba cerrado.

- es que no venimos al predio, tenemos turno para tramitar el DNI.
- está cerrado señora.

No le dije Sr. Ministro: soy hipoacúsica, si bien pude comprarme audífonos nuevos, creí que estaba escuchando mal. De modo que insistí.

- tenemos turno para el DNI.
- ESTÁ CERRADO SEÑORA.

Claro y contundente. Me asombro, me exaspero, me enojo. Pido hablar con alguien más.
No hay nadie, solo gendarmes. Insisto, mucho. Tanto, que me mandan a Intendencia.
Allí un grupo, unos 6 o 7 tomando mate, me dicen lo mismo. Que el parque cierra por lluvia. Y que mañana podremos realizar el trámite, si no llueve.

Mi padre está consternado, yo furiosa. Llamo desde el auto - con el manos libres, señor ministro- a RENAPER. Me atiende una señorita, dice que solo está allí para los turnos de "veinticincodemayoypaseocolonlodemasnosabriadecirleseñora"

- yo saqué turno en la pagina de RENAPER, ¿vos no trabajas en RENAPER?
- si señora, pero solo para  los turnos de veinticinco de mayo y paseo colon señora
- ¿y Tecnópolis?
- tiene que informarse en la página web señora

Mire Señor Ministro, no sé si graban las conversaciones en RENAPER, si las graban, esa loca desaforada del viernes a la nochecita era yo. 
Pido disculpas a la señorita, no creo que ella decida qué decir en el teléfono. 
El DNI pudimos tramitarlo al día siguiente, por suerte el sábado salió el sol.

Sugiero que inserten una advertencia meteorológica en la página de turnos del nuevo DNI. 
Lo del viernes fueron casi $700 entre viáticos, enfermera y descuentos laborales. 
Mi valioso tiempo perdido, Florencio, te lo regalo. De nada.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Bullshit



Una de dos: o la verdad no es una sola o alguien miente a sabiendas.  Cristina Fernández, la presidenta de los argentinos, dice enfáticamente desde la ciudad de Concordia, que Argentina es  un país modelo, que ha crecido en estos nueve años como no lo ha hecho en los últimos doscientos de su historia (en verdad son los únicos doscientos). Dice eso en el minuto 19 de su discurso con motivo de la inauguración de nuevos tramos de la Ruta Nacional 14. Dice específicamente que se han construido 301km de autovía de los 503km totales y que cuando se inauguren los 202km que restan se estará inaugurando un sueño.
Dice otras cosas. Entre otras,  que Néstor Kirchner,  su marido fallecido hace casi dos años y ex-presidente de los argentinos entre los años 2003 y 2007, está entre nosotros. Es una licencia poética que le habilitamos. Dice, a propósito de Néstor, que era un flaco desgarbado convencido de que los argentinos podían vivir mejor. La gente aplaude, en evidencia del logro.
Volviendo a la ruta en cuestión, Wikipedia informa que la RN14 tiene  1.127Km, más del doble de los que menciona Cristina Fernández en su discurso. Supongo que ella se refería a la parte de la ruta que está sobre la provincia de Entre Ríos, lástima que no fue clara. Wikipedia también dice que la autovía empezó a construirse el 26 de noviembre del 2006 y detalla unos 210km de autovía inaugurados. Hago cuentas: se construyen unos 42km por año sobre amable llanura.
No sé si es mucho o poco. Seguramente es lo suficiente como para que en seis oportunidades las autoridades nacionales, mediante videoconferencias televisadas o personalmente, hayan destinado discursos inaugurales a cada nuevo tramo.
En Julio pude viajar por España, para una parte del recorrido decidimos alquilar un auto pequeño. Lo pedimos con GPS. Pero estaba desactualizado y acabamos subiendo a una autovía nueva que no figuraba en el mapa y que nos alejó un poco de nuestro destino. Era la nueva Autopista de Guadalmedina, la AP46. Viajar en ella fue como volar entre las nubes sin bajar del auto. En el viaje conversamos acerca de lo difícil y costoso que debe haber sido su construcción. Nos asombró el notable trabajo de ingeniería, los túneles, las curvas peraltadas –muchísimas- los interminables puentes entre montañas. Mucho mayor fue nuestro asombro cuando vimos en un mapa, ya en franco divorcio con el GPS, que esa era una de las tantas autopistas que recorrían la zona, incluso había otra – la A45 –  que corría paralela a pocos kilómetros.
La AP46 empezó a construirse en febrero de 2008, en octubre de 2011 estaba terminada.
Hace poco Cristina Fernández habló de una máquina suiza de imprimir billetes que los argentinos logramos rescatar de su destino final (el desguace), lo dijo con orgullo. Fuimos capaces de hacer funcionar algo que otros tiraban a la basura por obsoleto. Lo dijo con énfasis y cosechó aplausos. A mí me dio vergüenza, francamente. Mucha vergüenza. Hace unos meses sentí algo parecido; fue cuando Cristina Fernández  tomó un diario español para hablar a los argentinos y argentinas del mundo que se derrumba.
No sé si para entender lo inexplicable o qué, pero  trato de escuchar completos todos los discursos de Cristina Fernández. En esos minutos perdidos de lo cotidiano (cortarse las uñas de los pies, lavar los platos, planchar, etc.) sintonizo el Ipad en el canal casarosada de Youtube.
Mientras me pinto las uñas me acuerdo del cartel celeste que habían puesto hace seis años en el paso a nivel de la calle Rojas del Ferrocarril Sarmiento anunciando el soterramiento.
Hay días, como hoy, en los me siento una cipaya vendepatria.
Y bué. Ya vendrán mejores días.


domingo, 29 de abril de 2012

Crónica de una Maratón Fotográfica


La propuesta es interesante: hacer 20 fotos en doce horas, en el espacio público de la Ciudad de Buenos Aires. Fotografía callejera. Me anoté entusiasmada hace meses y llegó el día.
A las 12AM me entregan una libretita que oficia de hoja de ruta  con 20 consignas: 16 palabras, 3 frases y 1 poema. Tengo hasta las 12PM para volver al lugar y entregar las 40 fotos (una por consigna y una, inmediata, de la página de la consigna correspondiente).
Las fotos no pueden ser editadas y no están permitidos algunos artilugios fotográficos (no presté atención a esos detalles porque tengo una simple digital con pretensiones). Cinco de esas consignas indican fotos nocturnas.
Luego del vértigo que sucede a la apurada lectura hay un momento de inacción; no sé por dónde empezar. Les pido ayuda a algunos amigos creativos, vía mensaje de texto. Mando las palabras y empiezo a recibir sugerencias. Me siento un poco menos sola. Qué bueno.

ABRACADABRA – BARRIADA – CULPA – ECO – GOL – MANIFIESTO – NORMAL – ORTOGRAFÍA – PICARDÍA – SINÓNIMO – UNIVERSO – ZAFARRANCHO - FANTASÍA –LABERINTO – VOLUMEN – YA.
“¿A QUIÉN VA USTED A CREER, A MÍ O A SUS PROPIOS OJOS?” Groucho Marx
“YO VEO AL FUTURO REPETIR EL PASADO, VEO UN MUSEO DE GRANDES NOVEDADES”  O tempo no Pára, Cazuza.
“EL HOMBRE QUE NO PUEDE VISUALIZAR UN CABALLO AL GALOPE SOBRE UN TOMATE ES UN IDIOTA” André Breton
“Las cosas son dueñas de los dueños de las cosas y yo no encuentro mi cara en el espejo. Hablo lo que no digo. Estoy, pero no soy. Y subo a un tren que me lleva adonde no voy, en un país exiliado de mí”
 Ventana sobre la Nuca, Eduardo Galeano

Todo inspirador. UNIVERSO me empuja hacia la obviedad: El Planetario. Prefiero seguir la sugerencia de Pam y ver que hay en la cercana asociación de amigos de la astronomía del Parque Centenario. Hago algunas fotos que más tarde borraré. Volviendo al auto bajo una tenaz lluvia, el Hospital Naval me ofrece una fachada turquesa, luminosa, diferente entre el gris del ambiente. Los árboles jóvenes lucen un fresco verde limón. Y las ventanitas, como ojitos de buey en fila simétrica me hacen pensar en SINÓNIMO. Hago unas fotos. Una queda. Son poco más de la 1PM, hay que calentar motores. La Boca seguramente será un buen escenario, Pau pensó lo mismo, voy en buen camino.
ECO tiene un incentivo extra, la foto será convertida a 3D por un auspiciante, por lo que habrá que hacerla pensando en varios planos. ¿Pero “eco”? Lo único que se me ocurre son ondas en el agua, me llama Eduardo y dice que para él eco es ecología. Bien. También es ausencia de ecología pienso yo y me alegro de estar llegando a La Boca.
Impera un mini break higiénico, con hamburguesa sin queso, papas pequeñas y un vaso de mate cocido. En el auto y casi sin hambre, ansiosa por seguir.
Llueve y en la Bombonera hay partido en unas horas, lo bueno es que está lleno de policías y puedo hacer fotos tranquila. Sumo BARRIADA, claro, y GOL,  aunque con la esperanza de poder encontrar algo mejor, mientras July dice que para ella “culpa” es una torta gigante.
Entre la soledad de la calle Brandsen aparece una mujer como bajada del Pricipessa Mafalda que  lleva con esfuerzo una enorme torta casera, rosa y presuntuosa. Gracias princesa, quedó CULPA.
MANIFIESTO y PICARDÍA las hago sobre grafittis que encuentro en La Boca, que resultó un barrio fructífero.
Lástima el GPS, que me indica doblar a la izquierda en la Av. Pedro de Mendoza, al fondo de la calle Olavarría. Qué cosa Puerto Madero, tan paquete él y literalmente rodeado de miseria.
Sigue la lluvia, rumbeo al fotogénico Miami porteño, de tan vacío parece, más que nunca, una escenografía. Con paciencia y ensayo/error hago una foto para ORTOGRAFíA. Y me gusta.
Sobre Comodoro Py, camino a Costanera Norte veo un par de viejos surtidores en la vereda. Hago NORMAL. Y me encanta.
“El tiempo no para” en versión Bersuit resuena en mi cabeza, trabajo con unas tomas de un bar de Costa Salguero. La idea es buscar algo que muestre la novedad en el pasado. Pero me va mal. Discuto con un gendarme; según él yo estoy sacando fotos a un cajero automático del Banco Galicia que está al lado del bar. Por supuesto que yo estaba enfrascada en luz, apertura focal, paraguas, zoom y bufanda como para notar que había un Banco Galicia.
El hombre pretende que le dé mi cámara. Le digo muchas cosas agolpadas y contradictorias sin pensar: que ni en pedo, que si es estúpido o se hace, que si quiere acompañarme para cuidar que no me roben el equipo por el resto del evento, que busque un juez si quiere mi cámara, que se vaya a buscar pibes chorros en vez de molestar a la gente. Seguramente el efecto positivo lo aportó la sonrisa conciliadora con la que coroné mi exabrupto, no sé, pero finalmente el hombre entró en razón y acabó disculpándose.
La foto quedó linda, pero como no estoy segura de que Costa Salguero sea específicamente espacio público la descarto. Vuelvo hacia el sur, hasta Retiro, estoy pensando en plaza San Martín y en el universo borgeano.
Cuando era piba y vivía en los suburbios solía tomar el San Martín en Retiro. De todas las líneas que tienen sus estaciones terminales allí la San Martín es la que tiene la estación menos ostentosa: es una bonita construcción de estilo inglés hecha de hierro, chapa y madera. Es la última estación desde la Av. Libertador hacia el bajo. Entre estación y estación hay calles, depósitos e incluso vías muertas. Me acuerdo de haber caminado muchas veces por ahí. Hace quince años había, como ahora, vendedores ambulantes y puestos callejeros de porquerías imposibles de consumir. Pero ahora además está la Villa31, que se adentró en cada interciso llegando hasta el borde de la avenida. Es espeluznante. También es imposible de fotografiar.
Con la tristeza pegada a los huesos hago VENTANA SOBRE LA NUCA y EL TIEMPO NO PARA. Un hombre dueño de un paraguas como única cosa y la Torre de los Ingleses son parte de esas fotos (no solo por el reloj y el tiempo, también por El Relato). Nunca encontré al universo borgeano, la luz se agota, sigue lloviendo, tengo frío. Pierdo mi credencial.
A la vuelta de una esquina el gobierno de la Ciudad me regala una oportunidad para la frase de GROUCHO, me encanta la foto. Pero no puedo aplicarla para esa frase, porque es toma obligada nocturna y son las 5:30PM.  Sirve para la frase de BRETON, es un poco forzada pero queda.
Estoy cansada, todavía faltan ABRACADABRA, ZAFARRANCHO y FANTASÍA. Con tomas nocturnas LABERINTO, VOLUMEN, YA y la de GROUCHO. Mi GOL no me convence; UNIVERSO menos.
Tengo que parar, desensillar, elegir las tomas que van hasta ahora y ordenarme. Me tomo unos mates en la casa de Fede. Mis fotos reciben descalificaciones y halagos en dosis equivalentes, me da ánimos. Son las 7:30PM y empiezo a preocuparme por la hora de llegada.
Creo que tengo grandes ideas, pero al trabajarlas quedan banales. Encima ya es de noche. No tengo luces extras, no me gusta el flash y apenas conozco las técnicas. Pero tengo trípode, ganas y auto.
Pienso en un “ya” como reclamo del accidente de Once, pero no me animo a cruzar la Plaza hacia la estación. Examino lo que tengo a mano: hay un puesto de panchos al paso iluminado de amarillo y con una guarda como de bandera de largada en blanco y negro. Permiso, gracias. Listo YA.
Busco la magia de plaza Serrano y en el camino me encuentro con otro UNIVERSO, el gardeliano,  en el Abasto.
Ni magia ni nada, llueve Celeste llueve, no hay ni magia, ni gente, ni cosas. Me cruzo por primera vez con otros maratonistas. Intercambiamos experiencias, algunos están ateridos como yo, todos entusiasmados y apurados. Son las 8:30PM, hago ABRACADABRA, en esa foto pongo la energía que me queda, antes hice ZAFARRANCHO, no me gusta nada.
VOLUMEN podría ser el medidor de la puerta del Malba, desde el auto lo veo apagado. Además hay otro maratonista agachado con su trípode bajo la llovizna encuadrando con paciencia el rectángulo negro. Sigo viaje en busca de los travestis del Rosedal para cumplir mi FANTASIA. ¿los desalojaron? Ni uno. Qué mal, pierdo mucho tiempo buscándolos.  Para no irme con las manos vacías hago una foto del Rosedal desierto, no hay nadie. Sospecho que yo tampoco debiera estar ahí.
Me voy hasta Parque Chas, ahí desde temprano había decidido hacer LABERINTO con la calle Bauness.
Un frondoso sauce sobre la Av. Federico Lacroze me hace pensar que el VOLUMEN también es eso.
La foto que hice en El Rosedal no me gusta, ¿habrá travestis en Plaza Flores?. En el camino me acuerdo de una leyenda urbana del barrio de mi adolescencia. Ahí está FANTASIA en Campana y la vía.
Me falta GROUCHO. Son las 22:46. Siempre está el recurso de hacer una foto a un buen par de ojos. Soy tímida como para pedir ojos prestados, la calle está desolada y fría. No da como para armar el trípode en busca de un autorretrato. En eso estoy cuando veo que en una esquina de Villa Mitre, un entusiasta le puso a su parrillita “El nuevo vencedor”, ahí está mi GROUCHO. Clic. Misión cumplida.

La organización pidió no subir fotos a internet antes del resultado (en Julio, creo). Las tomas descartadas y las de referencia pueden subirse, pero las descartadas las borré. Además de los que están mencionados en la crónica, Cin y Lau respondieron con buenas ideas a mi pedido de auxilio, a lot.

domingo, 26 de febrero de 2012

Fiesta

Rio de janeiro, octubre 2011
Hoy se juega el clásico carioca: Flamengo vs Fluminense. Es un día especial en Río, aunque eso todavía no lo sabemos.
Me despierto temprano en la mañana, empujada por el sopor y la humedad. Se escucha un rumor de voces, el rumor viene de abajo. Me asomo por el pequeño espacio que permite el postigo de la ventana (cuanto más moderno el hotel, menor la posibilidad de asomarse por la ventana). Veo un desfile incesante de gente disfrazada pasando por la vereda del hotel.
Desde arriba eso parecen; pero cuando bajo a comprar unos sujetadores para mi pelo alborotado descubro que no son disfrazados sino hombres travestidos. Muchos hombres travestidos en  mujeres.
Algunos están hermosos, otros llevan ingeniosos vestidos raros, hechos con cucharas de metal, con globitos de colores, con serpentinas. Algunos se ven grotescos, tanto que hay que esquivar la mirada. Están muy gordos, demasiado masculinos o viejos para semejante trajín. Pero todos están exultantes. Mueven sus caderas como diciendo mirame, mirame. Pasan taconeando como diciendo me encanta que me mires.
Un adolescente flaquísimo me mira desafiante, lleva mínima pollerita sobre plataformas de rascacielos. Te miro, te miro. No recuerdo haber tensado mi cintura de ese modo jamás. Tengo que ponerme a practicar.
Me siento un poco fuera de lugar, en zapatillas, con el pelo alborotado y sin rastros de make up entre tanta mujerez. Un poco como La Raulito me siento.
Estoy mirándolos pasar un rato largo, la compra de las hebillitas se prolonga. No estoy sola, los empleados del hotel, del restaurante y otros transeúntes también se quedaron a mirar. Las mujeres miran divertidas, los hombres lo hacen con sorna, desaprobación o indiferencia.
Pero todos los que miran tienen algo en común: están parados derechitos, con sus brazos cruzados y sus piernas separadas. Muy machos ellos.
Yo también tengo ganas de manifestar mi sexualidad. A pesar del alboroto matutino y las zapatillas, tenso mis glúteos y hecho los hombros hacia atrás.
Me acuerdo de Fede y decido subir con la noticia.

-          Una horda de travestis viene bajando hacia Copacabana 
(tratando de ser efectista para disipar somnolencias)
-          Será la marcha por el orgullo gay 
(mejorando su posición en los brazos de Morfeo)

Claro. Era la Parada Gay. Nosotros allí, tiernos y manifiestos heterosexuales en el ojo de una tormenta que iba a durar todo el día con su noche.
Como para huir del batifondo decidimos alejarnos de la playa y ahí nos enteramos del partido.

-          Elegí un equipo
-          Flamengo
-          Bueno, entonces yo Fluminense, veremos quién gana.

Qué linda camiseta que tiene el Fluminense. Suerte que eligió el otro.
En las esquinas funcionan unos bares con barras abiertas y unas pocas mesas en las veredas donde se agolpan los cariocas a beber y mirar el partido en dos o tres enormes plasmas que instalan allí. El sonido a full, casi todos identificados con la camiseta de su equipo.
Hay grupos grandes, también gente sola. Gente peinada y depeinada. Gente blanca y negra. La odiosa diferenciación social en Rio se diluye, imposible discriminar; todos usan las mismas ojotas.
En los bares las parcialidades están distribuidas arbitrariamente. Aunque mirando con atención se puede ver más de Flamengo en los bares de la vereda izquierda y viceversa. Propongo ir a uno donde haya de los dos equipos. Caminamos cinco o seis cuadras y en todas la misma postal. Los simpatizantes están atentos al inicio del segundo tiempo, ajenos a la fiesta gigante que están dando en la playa.
Es un partido hermoso, lleno de goles para todos. Me encanta ver a los cariocas acumular botellas de cerveza sobre la mesa, mientras festejan o sufren sin descontrolarse. Hay pasión, no entiendo que dicen los cantitos que se dedican unos a otros, pero parecen más bien ingenuidades. Imaginar  esta situación ante un partido de Independiente vs Racing en un bar de Avellaneda es una triste utopía.
Fede festeja y salta con los suyos, yo con los míos.
Dos horas después de terminado el partido ya nos habíamos olvidado quien había ganado.
Había ganado el fútbol, eso sí. Y su alegría.



video







domingo, 5 de febrero de 2012

We ♥ Joe!



En Noviembre del año pasado sentí un alivio inmenso: era el último mes de débito automático de la cuota del gimnasio. Y eso que había jurado no caer más en esa trampa, pero caí.
Durante doce culposos meses sumé mi cuota  por no ir al gimnasio más de las veces que fui. ¿Razones? Varias: llovía, hacía frío, me había venido la regla, tenía que preparar un viaje, hacía calor, tenía que descansar de un viaje, etc.
El gimnasio me resulta, cuanto menos, aburrido.
Probé todas las actividades y todos los horarios: muy temprano a la mañana (el entusiasmo madrugador duró, como mucho, un mes), al salir del trabajo (ventajoso, ya que al no pasar por casa se evita la PC y su procastinación), también asistí bien tarde en la noche, que si bien es un poco agotador una se puede entretener con la fauna gimnasteril. Lo mejor son las clases, ya que nos obligan a cumplir un horario, se puede socializar e incluso pueden resultar muy divertidas. Sobre todo si involucran alguna danza non santa  en las que una se siente  Roxie Hart. Con todo, no hubo estrategia que sostuviera doce estoicos meses y en Noviembre, insisto, fui feliz.
Pero claro, llegó el verano, se fue la tonicidad. Algo hay que hacer.
 Megatonta nunca más. Algo que pueda pagar mes a mes. Y así fue como emprendí  clases de Pilates.
Decidí ir a unas clases de prueba para ver de qué viene, el folleto es interesante: prometen mejorar mi postura, tonificar mis músculos, fomentar mi resistencia física, mi fuerza, mi flexibilidad y mi equilibrio. Aumentar mi concentración y estilizar mi figura.
Una de esas clases era en una casona de Caballito. La profesora, que estaba sola para mí en esta clase iniciática, me recibió comiendo medialunas con una enorme taza de té con leche. Luego de las preguntas de rigor en las que le conté que era la primera vez que “me subía” a una cama de  Pilates y que sí, que tomaba Levotiroxina todas las mañanas, me vi tentada (sobre todo porque la profesora era Costarricense y hablaba bajo) de advertirle que soy hipoacúsica, que estoy equipada pero que tal vez si me hablaba de espaldas y de lejos podría no entenderla.
Ella se puso seria y me dijo (casi a los gritos moviendo mucho la boca y con gestos exagerados):
- Eso tiene dos problemas.
-     ¿ser hipoacúsica?
-    Sí, porque tú sabes que yo he tenido ya dos pacientes, alumnos como tú. Con ese problema y no han podido completar la clase.
-    ¿por qué?
-    Pues que se han mareado. Con el ir y volver de la camilla.
-    No te preocupes, probamos pero no creo que tenga problema.
-    Mira que es toda la hora moviéndote.
-     Me imagino, pero bueno probemos. Además a mi me encanta la montaña rusa.
-    No es broma, una de esas personas se descompuso.
-   Entiendo, si me mareo te digo. ¿Y el otro problema?
-   Es que en la clase no estarás sola como aquí. No podré hablarte a ti como lo estoy haciendo ahora, ¿entiendes?
-   Si claro, a propósito, no es necesario que me grites ni que hables de ese modo.
-    Es que me temo que no podrás seguir las indicaciones que doy desde allí (señalando un rincón). No es que te podré hablar solo a ti.
-    Si, claro. Quedáte tranquila;  mi escolaridad incluyó una carrera en la universidad pública y nunca necesité que los profesores me dieran clases personalizadas. Supongo que esto no exigirá mayor esfuerzo comprensivo que una clase de Historiografía. Hagamos la clase de prueba, por favor. Y dejá de gritarme.
-    Pues, como quieras.


La clase fue larga, la hermana latinoamericana continuó con sus comentarios disuasivos (no la mandé a su San José porque perdía mi concentración en la coordinación brazos- piernas - respiración).
Pero me sirvió, comprobé que Pilates está buenísimo, que en el edificio de enfrente de mi casa las instalaciones son más lindas que en esa casona, y que ya habrá tiempo de contarle a la profe (es criollísima) que a veces podría no oírla.
Mientras tanto me tonifico, concentro y estilizo con ahínco. Además, siempre habrá alguien para copiar en la camilla de al lado si me pierdo algo.  

domingo, 22 de enero de 2012

Narita Express


Perdimos el avión. No hay tu tía. El Narita Express no era Narita Express sino Haneda Express , nos equivocamos de aeropuerto y estamos lejos para volver. Tres señoritas japonesas explicándonos en japanglish que hasta mañana no hay nada que hacer. Eso sí, mañana más temprano.
No queda otra que asumirlo: seguimos irremediablemente en Japón. Notebook y wifi mediante, buscamos un hotel donde pasar la noche. Nos aferramos, agobiados por el calor y la desazón, al primer transfer decente que encontramos.
El micro va parando en diferentes hoteles, bajan y suben algunos felices y precavidos pasajeros. Llegamos al hotel elegido, nos llama la atención lo enorme que es y lo desolado que está. Tiene un aspecto decadentista, como de gran gloria pasada. Es un edificio enorme en forma de medialuna, hall en triple altura y decoración art decó genuina salpicada de monumentalismo oriental.
Me siento no solo lejos de casa, también lejos de 2011. Quizá es la desazón del vuelo perdido que provoca este sentimiento de ajenidad con el entorno, pero la sensación es clara: viajamos en el tiempo.
El conserje de hotel nos dice otra tarifa que la que mostraba la web. Trato de conectarme, no hay wifi. Suba hasta el 3er nivel, allá hay unas computadoras con internet de prepago que podrá usar.
Subo al tercer nivel, pienso que en el ascensor podrían caber treinta personas. Los espejos y recortes geométricos del aparato hipnotizan. En el tercer nivel funciona el Business Center, ahora en qué lugar exacto del tercer nivel, vaya uno a saber y Business Center no es una palabra asequible para nadie a la vista.
En realidad no hay nadie a la vista.
Voy hacia la derecha, el pasillo es interminable. No solo por lo largo, larguísimo, sino porque al ser curvo no puedo ver el fin. A medida que voy caminando aparecen pequeños descansos con máquinas automáticas de snacks, de agua mineral, de café, también veo otros ascensores y escaleras. Todo está muy gastado. Hay olor a sopa de apios. No hay aire acondicionado, el pasillo del Marroad Narita es un verdadero no lugar. La alfombra apesta, estoy sudando.
Retomo mis pasos, y esta vez voy hacia la izquierda. Misma situación pero al revés, aunque aquí ¡bingo! una puerta tiene un cartel de plástico que dice algo en japonés y abajo Business Center. Detrás de la puerta hay una especie de hall con dos computadoras, con monitores VGA pequeñitos y un dispositivo adaptado para colocar yenes habilitantes de internet. Por supuesto, todo está en japonés, pero lo logro y abro la página y constato que está más barato y lo guardo como imagen .jpg en mi pendrive que solo dios sabe cuánto me cuesta encontrar el dispositivo de almacenamiento extraíble en el Windows Nipon.
Tengo sed, es definitivo. Tengo sed y mucha, tanta que no me creo capaz de llegar al ascensor, entonces elijo avanzar por el pasillo un poco más hacia la izquierda donde seguramente aparecerá una máquina automática como las que hay en el otro ala. Los huecos están, pero las máquinas no. La gente del ala izquierda muere de inanición pienso, el final del pasillo me es esquivo pero tengo la sensación de haber caminado más, mucho más que en la excursión hacia la derecha.
Decido abandonar la búsqueda. Tomo el primer ascensor que encuentro y busco la tecla lobby. Pero no, estos ascensores solo van más arriba. Algo está mal. Escucho gritos, no entiendo nada, pero veo salir de un cuarto alejado un señor enojadísimo y me asusto. Viene por el pasillo hacia mí. Seguramente no por mí sino para salir de allí, pero igual me asusta. Vuelvo rápido sobre mis pasos, me subo a otro ascensor, este tiene una tecla que dice lobby, aprieto el botón justo a tiempo para encauzar mi corazón desbocado.
Llego al lobby, ahí está el Fede relajado sonriéndole al señor conserje.
¡Lo tengo! acá está la imagen, guardé un .jpg. Y quiero contarle mi hazaña que acá, en el lobby luminoso, parece chiquita.
El Fede me mira y me dice, ya está, ya arreglamos el precio y le digo pero como, hablando nomás, me dice. Y me pregunta si estoy bien, sí, aunque con mucha sed, le digo. No sabés lo que me pasó, qué te pasó. Que perdimos el avión, le digo y le sonrío y siento que ya no hay obstáculo mundano que pueda doblegarme.