domingo, 22 de enero de 2012

Narita Express


Perdimos el avión. No hay tu tía. El Narita Express no era Narita Express sino Haneda Express , nos equivocamos de aeropuerto y estamos lejos para volver. Tres señoritas japonesas explicándonos en japanglish que hasta mañana no hay nada que hacer. Eso sí, mañana más temprano.
No queda otra que asumirlo: seguimos irremediablemente en Japón. Notebook y wifi mediante, buscamos un hotel donde pasar la noche. Nos aferramos, agobiados por el calor y la desazón, al primer transfer decente que encontramos.
El micro va parando en diferentes hoteles, bajan y suben algunos felices y precavidos pasajeros. Llegamos al hotel elegido, nos llama la atención lo enorme que es y lo desolado que está. Tiene un aspecto decadentista, como de gran gloria pasada. Es un edificio enorme en forma de medialuna, hall en triple altura y decoración art decó genuina salpicada de monumentalismo oriental.
Me siento no solo lejos de casa, también lejos de 2011. Quizá es la desazón del vuelo perdido que provoca este sentimiento de ajenidad con el entorno, pero la sensación es clara: viajamos en el tiempo.
El conserje de hotel nos dice otra tarifa que la que mostraba la web. Trato de conectarme, no hay wifi. Suba hasta el 3er nivel, allá hay unas computadoras con internet de prepago que podrá usar.
Subo al tercer nivel, pienso que en el ascensor podrían caber treinta personas. Los espejos y recortes geométricos del aparato hipnotizan. En el tercer nivel funciona el Business Center, ahora en qué lugar exacto del tercer nivel, vaya uno a saber y Business Center no es una palabra asequible para nadie a la vista.
En realidad no hay nadie a la vista.
Voy hacia la derecha, el pasillo es interminable. No solo por lo largo, larguísimo, sino porque al ser curvo no puedo ver el fin. A medida que voy caminando aparecen pequeños descansos con máquinas automáticas de snacks, de agua mineral, de café, también veo otros ascensores y escaleras. Todo está muy gastado. Hay olor a sopa de apios. No hay aire acondicionado, el pasillo del Marroad Narita es un verdadero no lugar. La alfombra apesta, estoy sudando.
Retomo mis pasos, y esta vez voy hacia la izquierda. Misma situación pero al revés, aunque aquí ¡bingo! una puerta tiene un cartel de plástico que dice algo en japonés y abajo Business Center. Detrás de la puerta hay una especie de hall con dos computadoras, con monitores VGA pequeñitos y un dispositivo adaptado para colocar yenes habilitantes de internet. Por supuesto, todo está en japonés, pero lo logro y abro la página y constato que está más barato y lo guardo como imagen .jpg en mi pendrive que solo dios sabe cuánto me cuesta encontrar el dispositivo de almacenamiento extraíble en el Windows Nipon.
Tengo sed, es definitivo. Tengo sed y mucha, tanta que no me creo capaz de llegar al ascensor, entonces elijo avanzar por el pasillo un poco más hacia la izquierda donde seguramente aparecerá una máquina automática como las que hay en el otro ala. Los huecos están, pero las máquinas no. La gente del ala izquierda muere de inanición pienso, el final del pasillo me es esquivo pero tengo la sensación de haber caminado más, mucho más que en la excursión hacia la derecha.
Decido abandonar la búsqueda. Tomo el primer ascensor que encuentro y busco la tecla lobby. Pero no, estos ascensores solo van más arriba. Algo está mal. Escucho gritos, no entiendo nada, pero veo salir de un cuarto alejado un señor enojadísimo y me asusto. Viene por el pasillo hacia mí. Seguramente no por mí sino para salir de allí, pero igual me asusta. Vuelvo rápido sobre mis pasos, me subo a otro ascensor, este tiene una tecla que dice lobby, aprieto el botón justo a tiempo para encauzar mi corazón desbocado.
Llego al lobby, ahí está el Fede relajado sonriéndole al señor conserje.
¡Lo tengo! acá está la imagen, guardé un .jpg. Y quiero contarle mi hazaña que acá, en el lobby luminoso, parece chiquita.
El Fede me mira y me dice, ya está, ya arreglamos el precio y le digo pero como, hablando nomás, me dice. Y me pregunta si estoy bien, sí, aunque con mucha sed, le digo. No sabés lo que me pasó, qué te pasó. Que perdimos el avión, le digo y le sonrío y siento que ya no hay obstáculo mundano que pueda doblegarme.