domingo, 26 de febrero de 2012

Fiesta

Rio de janeiro, octubre 2011
Hoy se juega el clásico carioca: Flamengo vs Fluminense. Es un día especial en Río, aunque eso todavía no lo sabemos.
Me despierto temprano en la mañana, empujada por el sopor y la humedad. Se escucha un rumor de voces, el rumor viene de abajo. Me asomo por el pequeño espacio que permite el postigo de la ventana (cuanto más moderno el hotel, menor la posibilidad de asomarse por la ventana). Veo un desfile incesante de gente disfrazada pasando por la vereda del hotel.
Desde arriba eso parecen; pero cuando bajo a comprar unos sujetadores para mi pelo alborotado descubro que no son disfrazados sino hombres travestidos. Muchos hombres travestidos en  mujeres.
Algunos están hermosos, otros llevan ingeniosos vestidos raros, hechos con cucharas de metal, con globitos de colores, con serpentinas. Algunos se ven grotescos, tanto que hay que esquivar la mirada. Están muy gordos, demasiado masculinos o viejos para semejante trajín. Pero todos están exultantes. Mueven sus caderas como diciendo mirame, mirame. Pasan taconeando como diciendo me encanta que me mires.
Un adolescente flaquísimo me mira desafiante, lleva mínima pollerita sobre plataformas de rascacielos. Te miro, te miro. No recuerdo haber tensado mi cintura de ese modo jamás. Tengo que ponerme a practicar.
Me siento un poco fuera de lugar, en zapatillas, con el pelo alborotado y sin rastros de make up entre tanta mujerez. Un poco como La Raulito me siento.
Estoy mirándolos pasar un rato largo, la compra de las hebillitas se prolonga. No estoy sola, los empleados del hotel, del restaurante y otros transeúntes también se quedaron a mirar. Las mujeres miran divertidas, los hombres lo hacen con sorna, desaprobación o indiferencia.
Pero todos los que miran tienen algo en común: están parados derechitos, con sus brazos cruzados y sus piernas separadas. Muy machos ellos.
Yo también tengo ganas de manifestar mi sexualidad. A pesar del alboroto matutino y las zapatillas, tenso mis glúteos y hecho los hombros hacia atrás.
Me acuerdo de Fede y decido subir con la noticia.

-          Una horda de travestis viene bajando hacia Copacabana 
(tratando de ser efectista para disipar somnolencias)
-          Será la marcha por el orgullo gay 
(mejorando su posición en los brazos de Morfeo)

Claro. Era la Parada Gay. Nosotros allí, tiernos y manifiestos heterosexuales en el ojo de una tormenta que iba a durar todo el día con su noche.
Como para huir del batifondo decidimos alejarnos de la playa y ahí nos enteramos del partido.

-          Elegí un equipo
-          Flamengo
-          Bueno, entonces yo Fluminense, veremos quién gana.

Qué linda camiseta que tiene el Fluminense. Suerte que eligió el otro.
En las esquinas funcionan unos bares con barras abiertas y unas pocas mesas en las veredas donde se agolpan los cariocas a beber y mirar el partido en dos o tres enormes plasmas que instalan allí. El sonido a full, casi todos identificados con la camiseta de su equipo.
Hay grupos grandes, también gente sola. Gente peinada y depeinada. Gente blanca y negra. La odiosa diferenciación social en Rio se diluye, imposible discriminar; todos usan las mismas ojotas.
En los bares las parcialidades están distribuidas arbitrariamente. Aunque mirando con atención se puede ver más de Flamengo en los bares de la vereda izquierda y viceversa. Propongo ir a uno donde haya de los dos equipos. Caminamos cinco o seis cuadras y en todas la misma postal. Los simpatizantes están atentos al inicio del segundo tiempo, ajenos a la fiesta gigante que están dando en la playa.
Es un partido hermoso, lleno de goles para todos. Me encanta ver a los cariocas acumular botellas de cerveza sobre la mesa, mientras festejan o sufren sin descontrolarse. Hay pasión, no entiendo que dicen los cantitos que se dedican unos a otros, pero parecen más bien ingenuidades. Imaginar  esta situación ante un partido de Independiente vs Racing en un bar de Avellaneda es una triste utopía.
Fede festeja y salta con los suyos, yo con los míos.
Dos horas después de terminado el partido ya nos habíamos olvidado quien había ganado.
Había ganado el fútbol, eso sí. Y su alegría.



video







domingo, 5 de febrero de 2012

We ♥ Joe!



En Noviembre del año pasado sentí un alivio inmenso: era el último mes de débito automático de la cuota del gimnasio. Y eso que había jurado no caer más en esa trampa, pero caí.
Durante doce culposos meses sumé mi cuota  por no ir al gimnasio más de las veces que fui. ¿Razones? Varias: llovía, hacía frío, me había venido la regla, tenía que preparar un viaje, hacía calor, tenía que descansar de un viaje, etc.
El gimnasio me resulta, cuanto menos, aburrido.
Probé todas las actividades y todos los horarios: muy temprano a la mañana (el entusiasmo madrugador duró, como mucho, un mes), al salir del trabajo (ventajoso, ya que al no pasar por casa se evita la PC y su procastinación), también asistí bien tarde en la noche, que si bien es un poco agotador una se puede entretener con la fauna gimnasteril. Lo mejor son las clases, ya que nos obligan a cumplir un horario, se puede socializar e incluso pueden resultar muy divertidas. Sobre todo si involucran alguna danza non santa  en las que una se siente  Roxie Hart. Con todo, no hubo estrategia que sostuviera doce estoicos meses y en Noviembre, insisto, fui feliz.
Pero claro, llegó el verano, se fue la tonicidad. Algo hay que hacer.
 Megatonta nunca más. Algo que pueda pagar mes a mes. Y así fue como emprendí  clases de Pilates.
Decidí ir a unas clases de prueba para ver de qué viene, el folleto es interesante: prometen mejorar mi postura, tonificar mis músculos, fomentar mi resistencia física, mi fuerza, mi flexibilidad y mi equilibrio. Aumentar mi concentración y estilizar mi figura.
Una de esas clases era en una casona de Caballito. La profesora, que estaba sola para mí en esta clase iniciática, me recibió comiendo medialunas con una enorme taza de té con leche. Luego de las preguntas de rigor en las que le conté que era la primera vez que “me subía” a una cama de  Pilates y que sí, que tomaba Levotiroxina todas las mañanas, me vi tentada (sobre todo porque la profesora era Costarricense y hablaba bajo) de advertirle que soy hipoacúsica, que estoy equipada pero que tal vez si me hablaba de espaldas y de lejos podría no entenderla.
Ella se puso seria y me dijo (casi a los gritos moviendo mucho la boca y con gestos exagerados):
- Eso tiene dos problemas.
-     ¿ser hipoacúsica?
-    Sí, porque tú sabes que yo he tenido ya dos pacientes, alumnos como tú. Con ese problema y no han podido completar la clase.
-    ¿por qué?
-    Pues que se han mareado. Con el ir y volver de la camilla.
-    No te preocupes, probamos pero no creo que tenga problema.
-    Mira que es toda la hora moviéndote.
-     Me imagino, pero bueno probemos. Además a mi me encanta la montaña rusa.
-    No es broma, una de esas personas se descompuso.
-   Entiendo, si me mareo te digo. ¿Y el otro problema?
-   Es que en la clase no estarás sola como aquí. No podré hablarte a ti como lo estoy haciendo ahora, ¿entiendes?
-   Si claro, a propósito, no es necesario que me grites ni que hables de ese modo.
-    Es que me temo que no podrás seguir las indicaciones que doy desde allí (señalando un rincón). No es que te podré hablar solo a ti.
-    Si, claro. Quedáte tranquila;  mi escolaridad incluyó una carrera en la universidad pública y nunca necesité que los profesores me dieran clases personalizadas. Supongo que esto no exigirá mayor esfuerzo comprensivo que una clase de Historiografía. Hagamos la clase de prueba, por favor. Y dejá de gritarme.
-    Pues, como quieras.


La clase fue larga, la hermana latinoamericana continuó con sus comentarios disuasivos (no la mandé a su San José porque perdía mi concentración en la coordinación brazos- piernas - respiración).
Pero me sirvió, comprobé que Pilates está buenísimo, que en el edificio de enfrente de mi casa las instalaciones son más lindas que en esa casona, y que ya habrá tiempo de contarle a la profe (es criollísima) que a veces podría no oírla.
Mientras tanto me tonifico, concentro y estilizo con ahínco. Además, siempre habrá alguien para copiar en la camilla de al lado si me pierdo algo.