domingo, 28 de octubre de 2012

eye-opener





Es sábado, recién pasado el mediodía. Se han armado algunos grupos para caminar hasta La Plaza. Se cumplen dos años de la muerte de Néstor Kirchner; en mi país algunos muertos pelean por un lugar en el panteón peronista, éste está en el podio efímero que le garantiza su viuda poderosa. 
Pero no estoy acá, cerca de Plaza de Mayo, para rendir mi homenaje. Estoy buscando un local de remate de antigüedades que vi un día al pasar y ahora no encuentro.
Las calles transversales que suben desde la Av. Paseo Colón yendo por  Yrigoyen hacia el sur son parecidas: todas las primeras cuadras hasta Balcarce son cortas, estrechas, con adoquines irregulares y en subida pronunciada.
En un vistazo me confundo y digo, es ahí. Estaciono sobre Defensa, entre Moreno y Alsina. Voy hacia el bajo por Moreno, del lado derecho hay un restaurante pretencioso y vacío, un poco más adelante está el Museo etnográfico que solía frecuentar; del lado izquierdo, una sucesión de casas tomadas. Se escuchan algunos bombos y redoblantes que vienen de la plaza pero hay muy poca gente en esta calle. Tres o cuatro personas en la vereda escuchan música a alto volumen -digo música por decir algo, estrictamente hablando, esto no es música-. Veo que en la esquina de Balcarce y Moreno hay unos veinte hombres sentados en el piso comiendo choripán. Han armado una improvisada parrilla sobre la vereda, pegada a la ochava. También veo que en la esquina opuesta hay tres hombres fatigando unas palas, están arreglando la vereda. Mi moral se apoya en ellos como si se tratara de agentes del orden.
Al llegar a la esquina de Balcarce y Moreno sé que que me equivoqué: acá no está el negocio de remates. Pero miro hacia la izquierda y hay un policía a mitad de la calle Balcarce, entonces redoblo confianza y me tiro hasta Alsina, no sea cosa que el negocio esté ahí y se me escape. Cuando estoy a dos pasos me doy cuenta de que el hombre vestido de riguroso negro oficial, con gorra, machete y arma, no exhibe placa y que en su gorra no hay insignia alguna. Por añadidura lo escolta un mugrosísimo Peugeot 504. Ambos están estacionados en la puerta de una casa enorme, oscura y húmeda. La puerta doble, amplia y abierta, deja salir un vaho a sopa de apios, ropa sucia y agua estancada. Llego a ver un patio interno y habitaciones alrededor, pintoresco conventillo ad-hoc.
Es una foto perfecta -pienso- y tengo a mano la Nikon -colgada del hombro-. Pero también tengo una carterita en bandolera, sandalias con plataformas altísimas y un vestido importado de colores llamativos. Definitivamente no es momento para fotos. Flaqueo. El pseudo-policía me mira extrañado, es muy morocho. La piel le brilla. Hace calor, en Buenos Aires hemos despedido definitivamente al invierno.
Vuelvo sobre mis pasos, me subo al auto y me voy. Doy algunas vueltas buscando ya no la casa de remates sino el modo de racionalizar lo que veo.
Frente al Museo de la Ciudad, contra unas rejas, hay unas quince personas: hombres, mujeres y niños durmiendo en la vereda, con colchones, trastos y mantas. Parecen argentinos.
Sobre  la calle Balcarce hay una sucesión de puertas y ventanas sin número ni orden aparente desde donde  asoman ofertas de comida y ropa.
El negocio de remates estaba mucho más al sur, pasando Independencia.
No encontré lo que buscaba pero me quedó la sensación de haber viajado, en tiempo y espacio, hacía la Latinoamérica profunda que habita el barrio de San Nicolás.