domingo, 18 de noviembre de 2012

Lista de las cosas que me estremecen



Un artículo en francés sobre “Aguirre, la ira de Dios”. La boca perfecta de mi hijo recién nacido. El viejo galpón de herramientas de mi papá donde yo era madre de mis osos y secretaria, maestra y astronauta, vedette y carpintera. El cuarto fresco y enorme de un hotel  en Florencia al que se llegaba subiendo demasiados escalones irregulares; el olor a cuero y el ruido que subían desde el Mercado de San Lorenzo. Mi hijo, a los seis años, encaramado al gallinero del Teatro Colón mirando, incansable,  “El Cantar de los Nibelungos” de Fritz Lang. Completar la coreografía de una clase en el gimnasio sin equivocarme ni una vez y por eso  sentirme Roxie Hart. Estar en Japón y desayunar tempranísimo  arroz con salmón; revuelto picante de chauchas y champignones;  jugo de tomate; blinis con miel y café con leche mirando la ciudad de Yokohama. Y sentirme, a pesar de semejante ingesta,  liviana y poderosa por el resto de día. Eduardo, Federico y yo riéndonos fascinados con la magia del circo. El día que aprendí a flotar, rozando las piernas de mis tíos en un tanque australiano. El frío de la noche cuando llegué a Villa General Belgrano en la víspera del Día de la Bandera. El generoso abrazo del Mediterráneo en el sur de España. EL paraguas transparente y descartable que me protegió de la lluvia, densa y vertical, en Akihabara. El perfume de la dama de noche de esa cuadra de Parque Chas.
El mar al llegar, siempre. El olor a huevos duros, manzanas y pajaritos de la casa de mis abuelos Sara y Antonio. El escondite en el que mi abuela Sara guardaba una bolsa de papas fritas. El aplomo de mi prima Andrea en la emoción de su segundo casamiento. El celeste y verde, brillantes, del paisaje de Aurelia, en las afueras de Roma, y los mismos colores en Tortuguitas, en las afueras de Buenos Aires. El cielo estrellado en una noche despejada en las sierras de Tandil. El Citroen celeste al que mi exmarido desarmó hasta la última pieza en el patio de esa casa en Villa Pueyrredón, para volver a armarlo al día siguiente e ir hasta Villa Gessell, como si nada. El delicioso timbal con el que mi familia festeja Navidad; con jamón, huevo duro, palmitos, aceitunas y pimientos. Diez panqueques finitos alternando con una poquitez de mayonesa; ni una cosa más, ni una menos. El olor a malta que hay en los suburbios de Avellaneda en ciertas tardes de invierno, en ciertas casas y abrazos. El olor a nuevo que persiste en mi auto.
El olor de Rio de Janeiro en primavera. El perfume del chico que me besó por primera vez una noche de verano cerca de la cancha de River Plate. El recuerdo de Pelusa, mi hermana caniche negra, que me regalaron cuando cumplí seis años y me acompañó hasta los veintiuno. El sabor de los tomates disecados de María y José. El vestido de plumetí  y volados de mis quince años. Florencia. La sensación única de viajar hasta el Renacimiento. Mi triciclo.  Ir con mis primos, tíos y abuelos, una noche de verano, desde la mesa del patio hasta la plaza de la calle Bucarest para seguir haciendo lo mismo pero sentados en hamacas. La cara de asombro de mi primo Hernán cuando, jugando a la maestra, le enseñé a leer. La persistencia de mi madre en su agonía, su piel transparente y la tibia resignación de su sonrisa.
La primera vez que escribí “hola” en una computadora y del otro lado alguien desconocido respondió. La puerta azul y enorme del cementerio de Saldungaray. La alegría contagiosa de Federico en la Laguna Véneta. Las azaleas de la mamá de mi amiga Andrea y sus galletitas. Las gomitas de lápiz/tinta, naranjas y celestes, que vendía mi tía Rosita en una vieja librería de la calle Paroissien. Las polleras larguísimas, las capelinas y las gafas de sol enormes de Filo. Las ruinas del Gran Hotel Sierra de la Ventana, en La Provincia de Buenos Aires. Las siluetas de mis abuelos, Sara y Antonio, viniendo desde la ruta para pasar el fin de semana en la quinta. Las tardes completas estudiando las puntas de flecha para el examen de etnografía. La complicidad de mi prima Claudia esa vez que nos colamos en un ensayo  en el Club Obras Sanitarias. La Garganta del Diablo, en Iguazú, Provincia de Misiones. La montaña rusa con Edu a los ocho años. La Paella Valenciana que prepara Alejandro cuando voy a Alicante. Una excursión al Planetario de Buenos Aires, a los siete años. Una madrugada en un cuarto de hotel de Sorrento mirando desde la ventana el Mar Tirreno; los botes volviendo de la pesca y el muelle despertando. Una noche en Venado Tuerto, en un teatro lleno de velas y cortinas hechas con papel higiénico. Una tarde andando en bicicleta cuádruple en el campo con mis primas.
Una virgen en los acantilados de Rocas Negras, en Mar del Sur. Las tortas de barro multicolor que preparábamos en el verano. Los azahares de mi casa en primavera. El walkman blanco cantando el mismo cassette una y otra vez. Los bocadillos personalizados que prepara mi prima Fernanda para pasar el día en El Campello. Los dedos perfectos del doctor;  los mismos dedos sobre un piano. Los Jacarandaes floridos alineados sobre la avenida. Los ojos turquesas de mi tía Amelia, sus mates llenos de café. Los pinceles embadurnados de pegamento de la zapatería de Don Valentín. Los sonidos del mundo con mis audífonos nuevos. Los tres pejerreyes del Río Quequén y esa tararira de un muelle en Escobar. Los viejos cartones de lotería que guarda Chiche, llenos de inscripciones y garabatos. Mamá y papá bailando un tango en el casamiento de mi tío Alberto.
Mena volviendo de trabajar, con sus tejidos interminables de agujas dobladas para no molestar. Mi abuelo Antonio tiñéndose el bigote en el patio del medio, mirándose en un espejito cascado y mínimo. Mi colección de cartas voladas por el gran dirigible alemán “Graf Zeppelin”. Mi familia celebrando la vida. Mi mamá con ruleros un sábado a la tarde, vistiéndose con un pañuelo de seda en la cabeza para no despeinarse. Ita guardando los diarios del 20 de julio de 1969 para que yo también pueda ver el paso del hombre ese día. Mi papá descorchando un champagne para preparar strawberry fizz en una fiesta. Mi pelo, largo y joven, recién lavado en la pileta de la cocina los domingos a la mañana.
Mi vecino, el abuelo Carlos, matando los sapos del jardín para que no asustaran a su mujer con un pinche de chorizos; vale decir: el abuelo Carlos haciendo brochette de sapos. Mirar alguna Sitcom con mi hijo, como si fuese parte de una religión. Mis sandalias nuevas. Pasar la tarde caminando con mi hijo por la rambla de Mar del Plata. Los churros de Manolo, o mejor, el recuerdo de esos churros. Reírme a carcajadas leyendo en el tren las tiras de Mafalda. Tomar té y comer scones con queso y mermelada. Un canal del Rio Paraná en otoño lleno de ramas. Un cine armado en un galpón en Mataderos. Un panqueque de manzana en el Mercado del Puerto en Montevideo con el sol agradable de la tarde invitando una siesta. Un perro grande de ojos humanos en Jesús María, Córdoba. Un tucán en una panadería de Tolhuin, en Tierra del Fuego. Una  siesta en Pompeya.