sábado, 29 de diciembre de 2012

Un paseo por las nubes


Tengo que ir hasta el centro de la ciudad para saludar a unos amigos filatelistas antes de que termine el año. Mi auto está a cinco pisos de la vereda. Me da fiaca subir por él y culpa de contaminar la ciudad, entonces  voy en Subte.
Es bajar las escaleras y sentir un golpe de olor ácido, como a persona amontonada. Cosa extraña porque estoy viajando en hora pico, pero al revés.
Hay poca gente en el andén, pero muchos portan grandes bolsas y bultos que hay que esquivar. Se los ve agobiados.
El tren llega rápido, está totalmente pintado en su lado exterior y sucio, muy sucio. Terriblemente sucio, diría mi madre.
Hay suciedad vieja acumulada en los rincones, pegotes de fluidos indescifrables chorreados en las esquinas y en el piso, con capas de polvo acumuladas. Los vidrios, los pocos vidrios que se salvaron del grafiti, están pegoteados, rayados y llenos de etiquetas viejas. Hay pegatinas de fotocopias en todas las paredes; ofrecen salir del “veraz”, aprender inglés en tres meses, bailar salsa, alojarse en Chacarita, clases de bajo, psicoanálisis y pasea- perros. También hay publicidad paga en prolijas carteleras. Es lo único que parece limpio.
Estoy apabullada, creo que la última vez que usé el Subte fue hace un año, me impresiona el deterioro. Miro alrededor, esperando encontrar un gesto que acompañe al mío, pero no. Todos han naturalizado la mugre. Se ve que viajan con más frecuencia que yo y se han ido acostumbrando. Uno se va acostumbrando a casi todo.
Estoy tentada de preguntarle a un policía, que fuma -absorto en la nada- al lado de los molinetes, si alguna vez han limpiado el piso. Desisto, más vale pasar desapercibida.
Pienso en Macri, el Jefe de Gobierno Porteño que se hará cargo del Subte en breve. No hace falta que el ingeniero haga gran cosa, con limpiar será suficiente: el Subte parecerá nuevo.
Los asientos de la línea B son un desafío a la arcada espontánea, esos asientos mullidos de pana bordó. Alguna entusiasta podría hasta quedar preñada con solo sentarse en ellos.
Empiezo a prestar atención a la gente. Hay muchas personas que dan pena, por decir algo. Más allá del cansancio de fin de año y del viernes laboral. Hay hombres y mujeres devastados; algunos muy sucios, muy obesos, muy descuidados. Mientras ellos van absortos en sus celulares yo empiezo a entristecerme.
Al salir, subiendo por la escalera mecánica, veo a un punga en acción. Y en Corrientes y Diagonal  a un  grupo de personas avanzando a los gritos y empujones. Estoy espantada.
Cuando salgo de saludar a mis amigos en el regreso me agarra la nochecita. En la esquina de Corrientes y Florida, tirados en el piso, hay al menos doce hombres con el torso desnudo tomando vino de unos cartones. La basura se amontona y sobre ella se afanan algunos cartoneros solitarios y muchos otros a revolver.
En la línea H, que no por ser más nueva se ve menos sucia, los vagones nuevos destacan -en contraste- el deterioro de los pasajeros.
En la Estación Miserere de la línea A tres mujeres con cinco niños se disponen a pasar la noche en un rincón, entre bultos de ropa y cajas. Toman sidra de una botella. Una de ellas está amamantando a un bebé. Mientras tanto, escondida en un pasillo, una mujer canta como desquiciada, rasgando una mugrosa guitarra, una canción de Silvina Garré. Tiene las uñas de los pies escamadas y usa unas sandalias negras desvencijadas. Creo que está un poco loca. Hay hombres viejos y no tanto sentados en el suelo, apoyados sobre las paredes.
I see dead people
Veo una sucesión de niños repartiendo atrocidades a cambio de limosnas, o viceversa. Soy horrible: me niego a dar mi mano en un saludo infame a la mocosa que extiende la suya ante cada pasajero en un gesto de familiaridad. A la mocosa le da resultado: no solo la saludan sino que le dan moneditas. Compruebo que soy la única ortiva de todo el vagón. 
 Fueron en total seis viajes, tres de ida y tres de vuelta. Suficientes para entender a lo que se refería Cristina en su discurso de ayer. Cuando dijo -hablando de los saqueos- que hay algunos políticos y sindicalistas nefastos que apelaron al manual de utilización de los marginales para su provecho. Provecho de los políticos y sindicalistas, desde ya.
Yo me quedé pensando en eso de los marginales. Creo que dijo grupo pequeño de marginales. Me quedé pensando porque, dicho así como lo dijo Cristina, parece que nadie es responsable de su existencia.
Pero este paseo por las nubes me hizo comprender: los marginales, que vienen a ser los que viven en Marginlandia, no tienen - como nosotros- una Presidenta exitosa.
Pobres marginales, se ve que en Marginlandia tampoco hay Secretarías de Transporte, Bienestar ni Salud que  permitan a su población - mediante gestiones eficaces y eficientes- vivir con dignidad. 
En Marginlandia tienen un vicepresidente mentiroso y ladrón, que no va preso, entonces los marginales están seguros de que el que las hace no las paga. Y como la educación es muy precaria y los buenos ejemplos no abundan, están convencidos de que robar no es un delito. 
Los marginales viven, abyectos, el presente. En Marginlandia no hay futuro y el pasado se reinventa a conveniencia de los que piensan por los marginales. Que son los mismos que deciden qué venderles en cuotas, qué mostrarles por los televisores y cuándo -los marginales- deben aplaudir.