sábado, 21 de diciembre de 2013

El alma de las cosas


Hace unos días Fede me dijo que estaba pensando en comprarse una laptop. Le dije que no hacía falta, que podía usar la Dell que habíamos comprado en Japón. Entonces me preguntó si yo no la necesitaba. Y yo, sabiendo que tenía que resultar muy convincente, le dije enfáticamente: para nada
Y fue así como la Dell se mudó a cuatro cuadras.
A la Dell la usaba para escribir. Con esto quiero ser específica: la usaba para cosas mías. 
Tengo una sólida PC instalada en el cuarto de servicio –un refugio acogedor repleto de álbumes con estampillas y catálogos de filatelia (verdadero paraíso de obsesivos) – que solo uso para trabajar.
Por eso, cuando Fede me preguntó si necesitaba la laptop le dije que no; por ese asunto del mandato atávico y porque si me preguntaran lo mismo con todas las cosas materiales, si me preguntaran específicamente si las necesito diría, con casi todas las cosas, que no, no las necesito. 
Lo que dice necesitar, los necesito a ustedes –mis queridos semejantes imprescindibles– a mi perra Mafalda, al agua y a la comida esenciales, a algún libro, al lápiz y al papel. No necesito el exprimidor de naranjas, la máquina de cocinar arroz, el termómetro digital ni la Wacom, por decir algo.
Antes de despedir a la laptop, me dispuse a trasladar los megas de cosas mías hasta un disco rígido externo. También borré historiales, claves guardadas y favoritos; no tanto por tener mucho para ocultar sino más bien por respeto. Al fin y al cabo a la Dell la había pagado Fede y era mi deber entregarla lo más aséptica posible. Por suerte los años invertidos en personalizar un dispositivo se pueden conservar en una mágica nube hasta ser insertados en otro y así uno puede respirar aliviado el aire de familiaridad que devuelve la pantalla. 
Anoche Fede se fue feliz con su Dell poderosa. La llevó a resguardo en el portafolios que compramos especialmente para ella (una 17 pulgadas no viaja en cualquier lado), acomodé primorosamente el transformador y los cables y me despedí diciendo algo así como que disfrutes.  No sé si se lo dije a ella o a él.
Hasta ahí todo (el asunto de no necesitar, la nube, la despedida) parecía inocuo, pero parece que no.

Esta mañana al pasar por el lavadero sentí un olor particular. Un amalgama de goma quemada, alquitrán y solventes. Enseguida reconocí el olor. Provenía de un carrito plegable de esos que se usan para cargar pequeñas cajas. Lo que huele así en ese carrito es específicamente el caucho de sus ruedas. Vaya uno a saber con qué residuos reciclables las han fabricado.
El carrito, con sus ruedas y el olor, está siempre ahí, en el lavadero. 
Pero algo pasó hoy que hizo que el olor volviese; mejor dicho, que el olor viajase a mi memoria. Quiero decir: que el olor me hiciera viajar.

Estábamos en Julio, caminando por Akihabara, bastante azorados por la oferta electrónica y claro; estábamos buscando una laptop para comprar. 
En Akihabara a las laptops usadas las venden como a los libros en el Parque Rivadavia: las exhiben en cajones, paradas, para que los interesados las vayan pasando con la mano. 
La Dell no estaba así –en un cajón de plástico–, la habían acomodado sobre un estante y lucía hermosa, destacada,  en uno entre los cientos de locales de esa callejuela escondida de esa ciudad.  
Lo primero que me llamó la atención fue que tenía un lector de huellas digitales (no había visto ninguna laptop con ese artilugio hasta entonces) y que, como todo lo que se vende en Japón, los caracteres del teclado resultaban incomprensibles. El windows (o lo que fuera eso) también. Nos aseguraron que podríamos occidentalizarla sin problemas, salvo el asunto de las teclas.
Después de acordar el precio, el vendedor nos hizo una factura en franco japonés, la llenó de sellos de colores y me pidió el pasaporte. Para mi sorpresa dobló cuidadosamente la factura y la pegó en una de las hojas destinadas a las visas. Dijo, como pudo, que eso era importante para las autoridades japonesas pero yo no entendí importante para qué. Igual conservé esa especie de partida de nacimiento de la Dell adherida al pasaporte. Todavía está ahí. 
El carrito lo compramos al mismo vendedor y eso sí se lo regateamos bastante. 
Apenas lo desplegué sentí el olor por primera vez. Era aún más fuerte que ahora.
Cuando salimos del negocio empezó a llover, era una lluvia inusual –para nosotros inusual– por lo copiosa y porque las gotas mantenían una impecable verticalidad. Compramos un paraguas transparente y nos regalaron una especie de capita para proteger a la Dell, que guardada en la caja original, sobre el carrito y con la capa puesta, resultaba bastante aparatosa. 
Caminamos unas cuadras dejando atrás las callejuelas tecnológicas, la lluvia cesó de repente (tanto como cuando empezó) y entramos a un café, un Segafredo. Mientras nos reconfortábamos con capuchinos decidimos comprar una valija para transportar la Dell y poder deshacernos de la caja. No fue exactamente decidimos porque en ese punto yo opuse resistencia. Para mí es fundamental conservar las cajas originales de todo. Las despliego, las doblo cuidadosamente y las guardo en un ropero destinado a eso: a las cajas de las cosas. Pero no hubo caso. Fede se mostró intransigente, estaba dispuesto a no desplazarse ni una sola cuadra más cargando semejante inutilidad. Eso dijo exactamente: semejante inutilidad. Y yo me sentí un poco fuera de lugar como casi siempre que dejo al descubierto mis obsesiones, entonces puse cara de por supuesto, tenes razón y procedí a destruir civilizadamente la caja original de la Dell.
El azar nos dejó frente a una sucursal de la tienda Tucano, se especializan en imponer diseños preciosos para transportar tecnología. Me dejé seducir por el diseño italiano y al fin dejamos, para felicidad de Fede, de parecer unos parias. Como decía él.
Entonces yo me encapriché con el carrito. Impuse conservarlo –por lo menos hasta Tokio, dije– porque me resultaba atroz tirar algo que habíamos comprado hacía menos de dos horas. Después fui estirando la cosa hasta Yokohama, hasta Narita y así logré que el destino final del carrito acabara siendo el lavadero de mi casa.
Bastante antes de llegar al lavadero, un lío de aviones me dejó sola. Estuve varada en el aeropuerto de Fiumicino toda una noche. El olor de las ruedas del carrito y el empeño que puse en descifrar el windows japonés (o como quiera que se llame) de la Dell, fue lo único que me hizo sentir cerca de casa.
Pero bueno, con todo. Se ve que no la necesito.
      
  

  

sábado, 14 de diciembre de 2013

Diciembre, catorce representaciones dispersas.


1 - No tan distintos
Quien alguna vez haya incursionado en las Ciencias Sociales habrá leído el Ensayo sobre el don de Marcel Mauss,  Los argonautas del Pacífico Occidental de Bronislaw Malinowski o Antropología y Economía  de Maurice Godelier. Al menos habrán leído alguna reseña, cuanto menos sabrán explicar –parafraseando a algún profesor– el significado de ciertas categorías como reciprocidad, redistribución, don y contradón o Potlatch.
Para los que incursionaron en otros saberes – incluso para los que decidieron saber nada– las teorías de la Antropología Social y las prácticas etnográficas de la escuela francesa están en la web al alcance de todo el que quiera leerlas. Pueden resultar esclarecedoras.

2 – Sutilezas I

-          Estás robándote una heladera.
-          No, me la estoy llevando.

3 – Sutilezas II
Hace algún un tiempo me había puesto quisquillosa con mi hijo. Se había tomado la costumbre de usar conseguir cuando debía decir comprar. Tenés que conseguir una placa nueva para que la computadora no se te cuelgue. Yo le decía que las cosas se consiguen trabajando, por lo tanto se compran. Conseguir es para lo que está fuera de mercado –por ilegal, por inhallable–; en cambio el Royal Canin, las pilas triple A y un cable mini USB se compran con efectivo o tarjeta. Una sutileza del lenguaje. No sé si dejé de prestar atención, o mi hijo abandonó la costumbre de usar conseguir. Creo que es eso, dice comprar. El de la heladera en cambio no tuvo una madre quisquillosa.

4 – Padre
Le digo que es muy triste. Dice que no, que es una barbaridad. Yo insisto, es mas bien triste. Le digo que acá el sueño americano está roto. Encima es casi obsceno el modo en el que la tele les muestra –a ellos, que tienen solo la tele– como vende la mediocridad. Le digo que piense en un hombre cualquiera, empieza el día con un acto de fe: saca el boleto y se sube a un tren. Ninguno de los que sube sin boleto parece tener consecuencias. Viaja mal. Nueve horas después está en el mismo tren. Si tiene mucha suerte podrá seguir así hasta jubilarse. No hay caso, no hay modo de que el padre de mi amiga sienta empatía por ese hombre. Dice que se hubiera preocupado por estudiar si tanto le molesta trabajar toda la vida. El problema no es trabajar, sino hacerlo para nada. No entiende.

5- Gorila
J.S. insiste. Dice: te presento a Celeste, ella es gorila. El amigo se ríe, no dice nada. Debe pensar que es una broma. Pero no, J.S. lo dice en serio.

6- Manteros
Al principio fue el asunto de caminar. Ocupan la vereda. Hay que sacarlos. Ilegales. Feos, sucios & malos. En Diciembre son más, o con el calor parecen más que nunca. Mentira que perjudican a los comerciantes, no compiten con Desiderata, mucho menos con Akiabara. Los anteojos truchos que venden los africanos destrozarán otros ojos, no los ojos del que compra un Carrera en la óptica de al lado. Después me acostumbré a caminar. Hay veredas tan angostas –incluso más angostas– que la parte de vereda que los manteros dejan libre. Además la vereda se baldea todos los días. Lo desgarrador es el bebé, debe tener más de un año ya. Está todo el día con su papá –que vende juguetes en cajas de plástico transparentes–. El hombre lo sienta en el cochecito que le quedó chico. El papá estaciona el cochecito con el bebé entre el cordón de la vereda y su manta. A veces lo desata, lo deja bajar y el nene camina por esa franja de libertad. Deben parar veinte líneas de colectivos en esta cuadra. A la nochecita pasa una camioneta blanca a buscarlos, suben los bolsones y el carrito. A veces viene también la mamá, con otro bebé más chiquito; ella tiene sus propios bolsones, se ve que tiene otro lugar asignado.

 7-  Sutileza III 
Bolsones, palabra de pobre. Bolsones de pobreza. Bolsones de ropa. Bolsones de comida. Los manteros y sus bolsones. Del lado de los renglones usamos bolsos, carteras o valijas. Los del margen usan bolsones.    

 8- Palos
Otra vez las Ciencias Sociales para traerme a la cabeza a Max Weber y su definición de Estado, la Gewaltmonopol des Staates. Desde los techos de Rosario, Córdoba y Gran Bourg hay unos tipos con rifles, sentados sobre cajones de cerveza vacíos, desafiando claramente al sociólogo alemán.

9- Progresismo
Una mamá jovencísima y para nada gorila está ofuscada, acaba de recibir un mail de la Secretaría de Educación. Me dice: todo bien ¿no? pero ¿por qué los hijos de los paraguayos ocupan las vacantes?  

10- Pajarito Azul
Las teorías conspirativas tienen pruebas y @CFKArgentina nos lo explica desde en un twitt: "Encuentran electrodomésticos saqueados en la casa de un policía" - 5:00 PM - 13 dic 13

11- Sutilezas desde Europa (el mundo que se derrumba)
“E. G., de 27 años, casada y con cuatro hijos, vive en un barrio precario de la provincia de Buenos Aires. En 2012 participó de los saqueos que ocurrieron en Argentina (…). Ella dice que lo suyo no es robo porque solo busca alimentos, cada vez más caros, para sus niños, aunque tacha de ladrones a los que se llevan bebidas alcohólicas o televisores.  La mayoría roba, pero uno va a saquear para dar de comer a los chiquitos. Cuando vas a decir al intendente (alcalde) que no tenés para comer, te dice que no tiene nada más que una bolsa con un paquete de fideos, uno de arroz, uno de azúcar, uno de puré de tomate y una botella de aceite por mes, pero te dura dos días

12- Definición
El que saquea es un ladrón que comete un delito, dice Sergio Massa llenando el espacio de palabras.

13- Fiesta
Hace calor, la gente está molesta. Tiempo de balances, metas y logros. En las vidrieras de los escaparates se exhibe todo lo que está para ser comprado. Las paritarias pasaron hace un siglo, ya no hay plata que alcance para casi nada. Menos mal que está la tarjeta. O sea, la gente hace lo mismo que el flamante Ministro de Economía. 
Solsticio de invierno, primer aguinaldo. Solsticio de verano, segundo aguinaldo. Redistribución. El General sabía lo que hacía.

14- Trabajo
Yo trabajo todo el día –iba a decir me deslomo trabajando todo el día pero se contuvo, lo sé– y después van veinte tipos y cortan la autopista para pedir subsidios. Pienso, pero no lo digo porque se me escurren los doce minutos de almuerzo y se me derrite el helado, que ni ella ni yo seríamos capaces de cortar nada, mucho menos de vivir en una franja de cinco metros entre el alambrado de una villa y el guardarrail de la autopista. Después la encuentro en la oficina, pintándose las uñas de los pies y siento vergüenza ajena. Los lúmpenes de la marquesina de Mc Donald me provocan la misma vergüenza ajena.

martes, 15 de octubre de 2013

Crónica de un Maratón Fotográfico, 2013

El domingo 28 de septiembre más de ochocientos maratonistas nos sumamos al juego: 20 fotos en doce horas con la Ciudad como escenario. Fue el 5° Maratón Fotográfico de la Ciudad, organizado por el Centro Garrick Arte y Cultura y la Asociación Civil La Usina. El evento fue un éxito de convocatoria. La cita de largada, a las doce, salió puntual desde el CMD de Barracas. Dicho sea de paso, ¡el Centro Metropolitano de Diseño está precioso!
Los maratonistas, munidos de cámaras digitales de todo tipo lucíamos orgullosos las gorras alegóricas y estábamos expectantes por recibir la ansiada hoja de ruta: una libreta con veinte palabras, frases o poemas; consignas inspiradoras para recorrer la Ciudad y hacer lo nuestro.
La participación no exige más que ser mayor de 18, tener una cámara digital y ganas de jugar. Al decir de sus organizadores, el Maratón es poner la creatividad en el descubrimiento de un momento, en la observación de un detalle que en la vida cotidiana pasa desapercibido y compartirlo. Es una excusa para salir de casa, para reunirse y hacer nuevos vínculos.
Había participado del 3° Maratón por lo que ya me sentía toda una experta. Sabía entonces que no era cuestión de leer la hoja de ruta y dejarse apabullar. Ni salir a tientas y locas por la Ciudad. Ni pedir ayuda a todos los contactos buscando inspiración. Sino tomarse un café, leer las consignas, saborear el desafío y dejarse llevar eligiendo algún rincón de la Ciudad.
Por algún lado hay que empezar… me acuerdo del Pasaje Rivarola del que contaba en un post anterior, concluyo que los edificios idénticos pueden ser un buen DÚO y caliento motores. Ahí nomás sin salir de San Nicolás hago AÚN  –otra palabra cortita e interesante–,  SUPERHÉRORES y FRÁGIL. Cuando estoy por volver encuentro mi ROJO.
Cambio de barrio, me voy hasta el fotogénico y seguro Puerto Madero. El tema de la seguridad también es importante. Por suerte todavía no llueve y hasta sale el sol. En el Miami porteño aparecen SED y el HOMBRE INVISIBLE. Hago un tentativo DESIERTO y empiezo a cruzarme con otros maratonistas. Ellos van enfrascados en sus hojas de ruta o están concentrados haciendo sus tomas. Paro a almorzar y aprovecho para evaluar el trabajo, borro algo, me enojo un poco y también me gusta. Impera hacer una lista con las palabras que faltan, algo se me tiene que ocurrir. Pido ayuda, ADN me tiene preocupada. Hago SILVESTRE, me voy hasta el puerto y hago CRUDO. Pido permiso y logró un buen MONTÓN DE NADA.
Biblioteca Nacional, más maratonistas trabajando. Sonrisas cómplices. Gorras al aire. Los de afuera son de palo y nunca entenderán porqué hay gente que se pasa minutos disparando con su cámara a una simple hoja para después estirar la mano con un cartoncito blanco, hacer una ridícula pose, sonreír satisfecho y salir presuroso hacia la próxima meta.   Un perro precioso me inspira al UNO de Discépolo, la dueña del perro dice que sí, que si quiero le saque fotos, pero que ya otros dos muchachos le sacaron fotos más temprano y le hablaron de una maratón y de un tango. Jajajj… el mundo es pequeño. Pero no me voy con las manos vacías; ahí hago SÍNTESIS y la frase que habla de la BELLEZA oculta.
Tengo una epifanía, hago una foto que me satisface mucho, pero mucho, mucho. Es mi SEGÚN.
En el semáforo unos pibes solidarios me regalan una hermosa PACHANGA.
El cielo se nubla, las reglas dicen que hay que hacer cinco tomas obligatorias luego de la puesta del sol. Voy a casa, me consigo una ayudante de lujo (Agos, la novia de mi hijo) para el tramo final y nos quedamos por el barrio. Debatiendo bastante y riéndonos más hacemos la foto de la frase IDEA PODEROSA y las fotos para ADN, QUIETO, otro CRUDO, otra BELLEZA OCULTA y nos queda el tiempo justito para inspirarnos con una foto libre. Entregamos lo nuestro en el punto de llegada de Caballito, quince minutos antes de las  23:59, la hora final.
¿Si hay premios? Sí, claro. Siempre es estimulante recibir un premio, pero les puedo asegurar que ya gané. ¡Pasé un día fantástico! 
Nos vemos en el próximo Maratón Fotográfico, ¡no se lo pierdan!
Una vez finalizado el proceso de votación compartiré las fotos mencionadas en esta crónica.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Mosquita Muerta


Estoy escribiendo ficción ¿Te había contado? Una novela. 
Trata sobre la vida de dos mujeres. Una es Ana. Una mujer de esta época, adolescente de cuarenta y pico, moviendo las piezas del tablero. La otra es Catalina, octogenaria, pero acá –en la Novela– y por obra y gracia de la ficción, está adolescente –a punto caramelo– viviendo en Buenos Aires, años cincuenta.

La cuestión es que estoy trabajando con fervor en este proyecto. Con fervor e inteligencia (porque no trabajo sola), me nutro en un taller de escritura rodeada de gente talentosa: Wanda WygachiewiczJuan SklarMariano Guevara y Santiago Laffaye. El barco lo comanda un gran maestro: Gonzalo Garcés.

El mes próximo, que es octubre, haremos una lectura. Será el miércoles 30. A las 19:30 en la Fundación Tomás Eloy Martínez (TEM), Carlos Calvo 4319 un lindo lugar en Caballito.

Si disfrutás las lecturas de mis compañeros la mitad de lo que yo disfruto cada miércoles, estás hecho.

sábado, 24 de agosto de 2013

Australia


Había pensado refugiarme en la ficción. Mejor dicho: la ficción pedía un alejamiento de la realidad. Eso. No tanto como para vivir en un tupper pero si tanto como para preferir  dar por perdido cualquier intercambio de opinión por el asunto de la grieta K, anti K, etc.
Estoy en eso.
Pero la realidad también tiene su encanto. 
Yo entiendo lo que quiso decir la presidente Cristina Fernández cuando, desde su website, presentó un informe comparativo de las economías de Canada, Australia y Argentina. Cualquiera que le dedique doce minutos a su lectura podrá comprobar que el informe no está faltando a la verdad.
También entiendo a qué se refiere Rosendo Fraga en su columna de hoy, a la que habría que dedicarle apenas tres minutos.
Las intenciones de uno y otro también están claras: la Presidente intenta derribar el mito de la debilidad fiscal argentina demostrando –con estadísticas y gráficos– que países bien ponderados como Canadá y Australia están peor. El Columnista intenta refutarla apelando a otros indicadores –de desarrollo humano, de calidad institucional, de corrupción–. Rosendo y Cristina interpelan indicadores. Los siguen –de uno y otro lado de la grieta– los que defienden, se mofan y quieren sangre.
Yo venía bien, como viendo todo desde el tupper (aunque al principio la comparación me resultó un poco hilarante –sobre todo porque la conocí a través de un medio opositor–) hasta que me encontré con el párrafo final del informe de Cristina Fernández: ¿Saben con lo que yo sueño? Con una Argentina que esté lo suficientemente bien informada, por lo menos la mayor parte de su población, para que nadie vuelva a meterles el perro como se lo han metido…
Los indicadores no son representativos en la vida de la gente, aunque la Presidente diga que sí son importantes porque si esos indicadores cambian a lo mejor tu trabajo también peligra. 
Lo que a la mayor parte de la población le importa no es el resultado fiscal primario, la deuda pública bruta o los estudios de The Heritage Foundation sino cómo vive su vida y cómo su familia vive su vida
Tener una casa digna. Un trabajo que permita mantenerse y procrearse. Contar con cobertura médica, poder educarse y educar a los hijos. Concretar proyectos, viajar, comprarse libros, una tele más grande. Ir al dentista, a la peluquería, al teatro. Tener tiempo para disfrutar de los nietos. Poder elegir un trabajo de tiempo parcial para terminar la universidad. Comprarse zapatillas nuevas, pagar la cuota del gimnasio. Hacerle a la nena la fiesta de 15 o mandarla a Disney. Ir con tres amigos a pasar un mes a Florianópolis. Cambiar de auto cada cinco años. Tener un cuarto para la nena y otro para el nene. Poder elegir con quién convivir. Pagar la cancha de futbol5, la cuota del club. Tener un teléfono inteligente, usarlo sin miedo. Invitar amigos a almorzar y poder pagar la cuenta. Caminar por cualquier calle a cualquier hora. Tener servicio de agua corriente, gas natural y cloaca. No irse a dormir con hambre. 
De Canadá no puedo decir nada, pero en mayo estuve en Australia y volví bastante impresionada. Lo que más me impresionó fue la cantidad de orientales (chinos, taiwaneses, coreanos, vietnamitas y japoneses) que viven allí. Es lógico Australia les queda cerca. Sé que no pude conocer Australia profunda –fue un viaje de trabajo con días extras de turismo– pero caminé bastante y –más allá de algún loco, drogón o borracho perdido– no vi gente en situación de calle. No la vi porque no las hay. Tampoco manteros. Mucho menos manteros con esposa e hijos acampando en la vereda.
En Melbourne me alojé en un barrio barato muy lejos de la higth zone. Más allá de algún graffiti esporádico o un edificio intervenido por artistas hippies todo (calle, vereda, tranvía, plaza, negocios, árboles, carteles, paradas de colectivo, gente) lucía perfecto. Clic, clic, relojitos. Podía llegar al hotel caminando tarde en la noche y sentirme segura. La gente trabaja, todos trabajan, estudian o hacen algo. Fui a visitar una Escuela Pública y también a conocer un Hospital Público y casi lloro de la rabia, les juro. Conversé con mucha gente. Cada ciudad y cada barrio tienen su modo de vivir. Siempre es seguro y tranquilo ¿Aburrido?, si un poco aburrido también. El barrio más nuevo de Buenos Aires se parece a la zona que rodea el Opera Bay en Sidney: restaurantes, paseos, bicisendas. La diferencia no está en las ciudades, sino en la vastedad que las circunda. 
En Australia hay ordenamiento urbano hasta en las más alejadas periferias. Esa es la diferencia. La vida en la periferia.
Me pregunto si Cristina Fernández apelaría a compararnos con Australia sin ponerse colorada después de recorrer el conurbano ¿habrá visto la condiciones de precariedad en la que viven millones de argentinos? ¿Se detuvo a mirarle las zapatillas, los dientes, los pelos pegoteados porque en invierno el agua caliente es poca porque la garrafa se gasta? ¿Los observó mientras viajan hacia sus trabajos? ¿Alguien le mostró que en los barrios –no villas, ni asentamientos, barrios– los pibes no trabajan ni estudian y que para conseguir atenderse en un hospital hay que viajar mucho y esperar horas? ¿Sintió el olor de la pobreza, de la yerba usada amontonada, de la zanja estancada, de la basura en la esquina? ¿Conoce las rutas argentinas abandonadas a la desidia?
Yo también sueño. ¿Saben con lo que yo sueño? Con una Argentina que esté lo suficientemente bien informada, por lo menos la mayor parte de su población, para que nadie vuelva a meterles el perro como se lo han metido…

martes, 16 de julio de 2013

Colón & Choripán Buenos Aires LADO B



Qué decir, huelgan palabras. 
Todavía no sé si no estoy escribiendo más seguido porque no me hago el tiempo necesario o porque la década ganada me tiene abrumada.
La cuenta atrás hacia la Revolución Ferroviaria sigue en marcha desde el 10/1/2013, falta poco más de un año para que se cumpla el plazo. En el medio, otros pasajeros han muerto entre los fierros retorcidos de la desidia y la inoperancia.
El maquinista que no frenó me hizo a acordar a ese accidente de LAPA donde hubo error humano porque los sistemas fallaban.
Resulta que acá las alarmas no suenan para activar sistemas de control que ayudan a superar las anomalías. Acá suenan porque andan mal. 
Las luces rojas se ignoran porque la mayoría de las veces se activan sin razón. Los alertas pasan a ser una molestia a la que hay que superar a lo criollo; se ve que somos unos vivos bárbaros.
Mientras tanto al genovés lo tienen ahí tirado en el pastito. Ni que fuera Hernán Cortés; tampoco es que llegar a América fue como llegar a La Luna, es sabido que había millones aquí viviendo. Ni tanto, ni tan poco.
Me dan risa los que se desgarran las vestiduras alineándose con la causa K de reescribir la historia. Hablan de Patria Grande, vaya uno a saber qué vendría a ser. 
Yo sé que a mí me gusta la argentinidad: el mate, el tango, el folklore, el campo, las vaquitas, el colectivo y el dulce de leche. 
En cambio la latinoamericanidad me resulta, cuanto menos, desagradable: villa, mugre, vagancia, chicha, trabajo esclavo, embotamiento. 
Este año estuve en Melbourne y en Sidney, parece que son las mejores ciudades del mundo para vivir y no es precisamente porque Australia haya rescatado su cultura aborigen.
En fin. Espero que a Cristóbal lo dejen donde estaba mirando el Río y que a Juana Azurduy la pongan en el hall de la estación Once.
Donde vivo, se parece cada vez más al barrio de Once, casi no se puede caminar. 
El jefe de la comuna dice que es imposible sacar a los siete mil manteros porque hay una Secretaría que se encarga de defender sus derechos.
Imagino que en la Secretaría trabaja gente que cobra sueldo como funcionario público, como corresponde. Me pregunto de qué vivirían si los que trabajamos y tributamos nos fuésemos a la mierda masivamente, es decir  si se quedaran solo con aquellos a los que hoy les protegen los derechos.
Da ganas de irse a la mierda. 
Voy bajando en el ascensor y empiezo a enyoguizarme: no debo ponerme nerviosa, no debo mirar mal al que ocupa toda la  vereda de mi casa con cajas de juguetes  truchos, no debo sentir ganas de patear la caja de cartón en la que apoya los chocolates el tipo que tapa la bajada para discapacitados, no debo pisar las calzas de la boliviana (si, boliviana. Si la mujer fuese neozelandesa diría neozelandesa, pero esta es boliviana) que obligan a la gente a hacer la cola del colectivo en la calle, no debo empujar al imbécil que está comprando anteojos truchos frente a la óptica de al lado, no debo angustiarme con miradas furibundas al peruano (mismo caso que la boliviana) que vende películas truchas y somete a sus tres hijos –el mayor de tres años- a los avatares de la intemperie, no deb…
Pero no. Esta gente saca lo peor de mí. 
Me contracturo, me duele la panza, me enojo, salgo de mi eje. 
El problema debe ser que vivo en el 6° piso, tal vez si bajara desde un piso 23°  tendría tiempo para enyogizarme mejor.
Cambiado de tema, échenle un vistazo al código de habilitación de la CABA para el rubro gastronómico. Bastante claro, ¿no? 
Pero se ve que ya nadie lee nada o a nadie le importa hacer cumplir nada. 
Para no hacerla larga con este stand-up (que es casi un stand-down) y porque siempre hay algún descerebrado que dice que exagero con la crítica, dejo algunas fotos de la década ganada por la mugre y la ilegalidad. 
Saquen ustedes sus propias conclusiones. 
Que sueñen con los angelitos.



sábado, 20 de abril de 2013

18A



En Argentina cuando hablamos de marchar estamos hablando de caminar junto a otros en  una especie de manifiesto colectivo. Cuando marchamos lo hacemos para decir que sí y también decir que no. Marchamos no solo para expresarnos sino también para tratar de que lo que nos gusta no cambie y lo que no nos gusta sí. La marcha, pensada así, podría parecer un territorio exclusivo de jóvenes idealistas, de fanáticos o de oprimidos; pero no. 
Hay marchas y marchas. 
Las organizadas por la ideología dominante suelen ser multitudinarias y tienen un altísimo grado de ingeniería: alguien pensó en cómo organizar a la gente, qué va -esa gente- a comer, cómo llegará hasta allí y sobre todo se resolvió la cuestión de por qué la gente dejará la tranquilidad de la novela de la tarde para ser espectador de una gran marcha. 
La organización es vertical: cada gobernador a sus intendentes, cada intendente a sus dirigentes barriales, cada dirigente a sus manzaneros, dan órdenes precisas de cómo, cuándo y por qué. Así, como suele decirse harto despectivamente, barrios enteros resultan arriados hacia el centro de la ciudad para dar el presente. Una especie de temor de Dios en versión laica. Los micros se amontonan en los bordes de la ciudad, los barrios y agrupaciones hacen visible su presencia de modo contundente, para que su presente sea inequívoco y no haya consecuencias. Son frecuentes las escaramuzas para lograr una mayor visibilidad.
En esas marchas hegemónicas casi siempre hay un adelante. Un gran escenario, backlight, pantalla, música y discursos. Los tiempos están pensados como en boda; hay momentos estratégicamente distribuidos. Hay espera. Cantos organizados. Hay una mística de trapos y banderas. Hay oradores y aplausos. Hay música. Aparece el clímax del discurso del líder. Fuegos artificiales, más música y regreso.
Una vez, hace muchos años -era la vuelta de Diego Maradona a Boca Jrs.- fui a la Bombonera a ver Boca-Colón. Yo soy de River Plate, pero debo admitir que los cantos de la hinchada me impresionaron. La magia de la tribuna reside en ese canto unísono y organizado.

Las manifestaciones en contra del gobierno de Cristina Fernandez no nacieron marchas sino cacerolazos. Una variante criolla de los movimientos de indignados en Europa y Medio Oriente. La tercera movilización empezó a llamarse, creo que tímidamente, marcha de la oposición. Aunque el diario oficialista Página12 no le cedió el término y tituló Guiso a la cacerola.
El jueves pasado, mientras compartía el 18A con mis vecinos en la esquina de Acoyte y Rivadavia del barrio de Caballito, me acordé de esos cantos tribuneros y de las marchas multitudinarias organizadas por el partido hegemónico.
En mi barrio no hay bravas bravas ni dirigentes sociales. Tampoco hay mística de cantos, mucho menos choripán. Hay alguna esporádica coincidencia en el salto masivo del que no salta es un ladrón o un armónico yo no la voté, cantado con melodía vos so’ de la B, pero en general el tiempo transcurre entre ruidos de cacerolas y aplausos y el Himno Nacional cantado siempre a destiempo.
Los vecinos de Caballito, los más viejos y haraganes que nos quedamos a manifestar en el barrio, lo hacemos como una pausa doméstica. Salimos con el carrito del bebé, la bicicleta y el perro. También con la mochila de la oficina o el bolso del gimnasio a cuestas. 
En mi barrio no hay logística ni organización. Nos juntamos en la esquina e irracionalmente miramos hacia el centro de convergencia donde se cortan las dos avenidas, como si ese centro tuviera algún sentido. 
En mi barrio no hay oradores. No hay Circo Romano. En verdad tampoco marchamos, ni tenemos cantos pegadizos. A simple vista parecemos individuos desarticulados. Pero no es lo que se ve. ¿La verdad? La tenemos bastante clara; en mi barrio las caras de los viejos y los carteles son elocuentes. 

domingo, 24 de marzo de 2013

Equipaje



“Vinieron a buscar a Don Pedro antes de que el alba despuntara. Él ya estaba levantado, preparando la comida para los perros. Algunos madrugadores lo vimos pasar en el camión azul de la montada, el vehículo más veloz que tenemos por acá.  Al almacenero de la esquina alcanzó a pedirle, un poco a los gritos porque el ladrido de los perros era infernal, que le cuidara las cañas. Fue un año increíble, pasaban los días con sus noches y el pueblo sólo hablaba de Don Pedro.”

Francisco sigue, a diez días de ser elegido papa, en la tapa de los diarios de mayor circulación de Argentina.  Como sucede con todas las grandes noticias –que no por grandes son buenas- no podremos olvidar dónde, cómo y con quién las recibimos.
Las torres gemelas se cayeron mientras estaba trabajando en el colegio con Luciana y Julieta; a los edificios humeantes los vimos por Yahoo.com.
Años más tarde un amigo escribió en su muro de Facebook  ¿Néstor la quedó?, diez segundos después la noticia ocupaba todo el wide del monitor de mi PC.
Cuando el helicóptero con el hijo del presidente Menem (no soy supersticiosa) se vino abajo,  yo estaba atareadísima entrando a una oficina donde me recibieron caras demudadas por el impacto. Alguien estaba escuchando subrepticiamente la radio y ya no pudimos continuar trabajando.
La muerte del comandante Chávez me pasó desapercibida, teniendo en cuenta que fue la muerte más larga de la Historia es lógico que me haya olvidado dónde, cómo y con quién.
A la noticia de Francisco la agarré tarde.
Esa tarde salí del trabajo y me fui caminando hasta la casa de Fede. En el camino escuché algunas cacerolas sonar. Que estará pasando, será Cristina en cadena nacional. La gente en la calle actúa raro; en la esquina de Acoyte y Rivadavia un hombre levanta los brazos como festejando un gol; los que pasan cerca le sonríen. Habrá renunciado Boudou, no creo, qué ilusa. Pero llego a la casa de Fede y me olvido del asunto.
Nos ponemos a mirar un capítulo de Dexter. De fondo,  las campanas de la iglesia frente a la plaza. Me parece que eligieron al Papa.
Vuelvo a casa caminando, no será mucho tanto entusiasmo por el Papa. Entonces sí, prendo el Ipad y me cuesta entender lo que pasa ¿Jorge Bergoglio,  el arzobispo de Buenos Aires,  es el nuevo Papa? Ya no queda más que hacer, solo emocionarse y mirarlo por TV. Pensar en Cristina - in your face! –, escuchar y leer sin asombro el desarrollo de la noticia en voceros del gobierno: de las madres y abuelas, del que nos odia a todos, de Horacio González, del barrilete cósmico. Y claro, como en la peor ficción, los personajes cambian de idea y se reeditan, de nuevo: las madres y abuelas, el director de la Biblioteca Nacional, 678 y claro, Cristina.
Hoy leo en una nota chiquita en La Nación (Nobles razones para comprar zapatos), algo acerca de un californiano que tuvo una excelente idea, además de entrepreneur y filántropo, se le ocurrió fabricar alpargatas, autóctonas como el dulce de leche,  bajo la marca TOMS (el logo es una bandera argentina) y la propuesta es one for one, o Buy One Give One, esto es: si te comprás algo nuevo, regalá el anterior.
La nota habla de una movida altruista. Confieso, comprar me da culpa. No la suficiente como para dejar de hacerlo, pero la expresión necesito un bolso azul me resulta patética. Se dice quiero; necesitar es otra cosa.
Al one for one lo practico desde adolescente. El secreto está en asignar el mismo espacio acotado para ropa y calzado, por razones obvias, a medida que uno compra empieza a desprenderse de lo anterior. Otra opción es preguntarse acerca de las posibilidades de usar el próximo invierno ese suéter que durante todo el invierno pasado no salió del ropero. Alguien lo usará.
Lo mejor sería, desde ya, que no hubiera nadie esperando por los gastados zapatos ni por los  suéteres de la temporada vieja, pero ya sabemos: el mundo es redondo.
Las cosas. Los libros, la ropa, las fotos, los zapatos, los muebles, los gadgets, la heladera nueva, las plantas, los objetos de arte, las especies importadas, los álbumes de estampillas, las antigüedades, las mascotas, los trofeos, los recuerdos. Esas cosas que hacen casi tan feliz a uno como los abrazos y los besos, son carga. Y cuánto más espacio ocupen más grande será el container.
Volviendo al Papa lo que más me impactó, lo que realmente me parece fascinante y me encantaría poder - así sin más- hacer, fue que el tipo agarró una valijita y se fue a vivir para siempre a otro lado.
¿Comprenden la magnitud del asunto? Una valijita. 

domingo, 24 de febrero de 2013

Sólo para entendidos


Realismo Mágico

 “Para Férula la muerte inesperada de su esposo fue un vendaval que arrasó con su escasa alegría. La sonrisa se le hizo mueca y las palabras llamas en su garganta. Se juró no olvidarlo jamás y hacerlo presente en cada recuerdo. Al día siguiente entró en su vestidor y quemó los colores de su vida y decidió que todo, para siempre, sería negro”

 “El hombre se ve bastante sucio y muy flaco. Con voz quebrada me cuenta que su General está muy mal enfermo y que hace ochenta días se ha ido lejos para ser bien atendido porque en este país no podían hacerlo. Le pregunto cómo hacen con las órdenes. Me dice que han seguido las órdenes que el general les envía mediante mensajeros. Le pregunto si confía en los mensajeros y me dice que confía en la Revolución y que el General no se va a dejar morir sin lucha”

Jaén, enero 2008 - “Esa primavera en Dublín fue inolvidable, estábamos a pocas cuadras de Pamell Street cuando escuchamos la explosión. A los pocos días nos volvíamos a casa, recuerdo que todos esos días solo escuchamos hablar de lo mismo: de los obreros del Ulster y de las Fuerzas de Seguridad Británicas. Creo que algo tuvieron que ver, pero nada pudo ser probado. De todo esto me hizo acordar la noticia que acabo de leer, Irlanda intenta persuadir al gobierno británico que libere los informes Barron para llevar a cabo las investigaciones y sacar la verdad a la luz. Es increíble, ya han pasado treinta y cuatro años.”

lunes, 28 de enero de 2013

Revolución ferroviaria

Entusiasmada por la promesa de CFK -presidente en ejercicio desde el año 2007 y primera dama desde el 2003 hasta esa fecha- de realizar, en el término de veintiún meses,  la renovación ferroviaria más importante de los últimos 60 años, sumo mi aporte: una sencilla cuenta atrás para que no nos quedemos dormidos en los durmientes. Así -permítaseme el candor- tal como el zorro del Principito, podremos empezar a preparar nuestros corazones para el disfrute de la faraónica obra (esto dicho sin ironía).






domingo, 13 de enero de 2013

Estrago culposo


Por esos días yo andaba con una fijación: buscaba una lámpara. 
Había descubierto a Gino Vistosi, un tipo inspirado al que se le dio por fabricar lámparas con discos de cristal de Murano. 
A Vistosi lo había encontrado en Wikipedia mientras buscaba al autor de una lámpara hipnótica que había visto en San Telmo; según la incidencia de la luz,  se veía violeta o rosa; tornasol, perlada o iridiscente. 
Después de convencer al Fede de que ese era el mejor objeto que podría uno imaginar pendiendo del cielorraso de su cocina, empezó esa sucesión de días de estar con la idea fija en esas lámparas de vidrio de la década del sesenta.
Calculo que fue por eso, porque mi espíritu venía absorto en esa frivolidad, que me dejé convencer.
Esa tarde habíamos ido al mercado de antigüedades de la calle Dorrego, del barrio de Colegiales. Yo estaba bastante entusiasmada porque había conseguido una pequeña Vistosi para mí a precio módico aunque, claro, muy mugrosa y destartalada. 
Con lámpara y todo decidimos aprovechar la tarde y sentarnos a tomar la leche. De los cuatro momentos del día habilitados para comer civilizadamente según las costumbres que rigen desde mi infancia, el de la merienda es el que más me gusta compartir.
Entramos a un bar interesante, con piso de lustrosas maderas blancas. Uno de esos lugares country style shabby chic tan parecidos entre sí. 
Apenas entramos Fede se fue al baño y yo me puse a mirar el menú mientras observaba el lugar. 
Entonces lo vi: sentado en la cabecera de la única mesa grande del bar, rodeado por tres hombres y una mujer. Esos cuatro eran jóvenes y con aspecto de estudiantes de UBA, Comunicación Social. 
En la cabecera decía estaba Schiavi. El ex Secretario de Transporte de la Nación en funciones durante el evento "Once" en el que murió mucha gente y muchas más quedaron heridas aplastadas entre sí y entre los fierros de un tren sin frenos incrustado en la estación final de una línea urbana de ferrocarril en la hora punta de un día laboral.
Estaba Schiavi decía  sentado en la cabecera de esa mesa en la que parecía trabajar había carpetas y laptop usando los mismos anteojos que siempre le vi en las fotos, aunque estaba bastante más flaco que en esas fotos.
Fue verlo ahora entiendo esa expresión tantas veces leída y sentir subir desde el estómago una viscosidad de amargo rechazo.
Pero al rechazo le siguió la duda: ¿Es Schiavi? 
A los pocos días del evento "Once" pasó algo con otro funcionario, esta vez de la Ciudad creo que del área de educación fue una noticia con foto que vi  en el diario que leo por internet. 
No me acuerdo bien de la noticia, sí que mirando la foto pensé que ese hombre se parecía muchísimo a Schiavi. No fui la única que notó el parecido, otros lectores lo comentaron y hasta bromearon con eso. Creo que el funcionario había tenido un infarto. No, el del infarto era Schiavi. Como sea.
El asunto: ¿Es Schiavi o el otro? 
Fede nota de inmediato mi evidente transformación entre aquella felicidad de mi Vistosi  y esta bilis de odio.

-¿Pasó algo?
- Ese tipo, no sé si es el hijo de puta de Schiavi o un tipo parecido.
- No hagas papelones.
Pasan dos o tres minutos de reflexión en los que no puedo quitarle de encima mi mirada escrutadora. El tipo lo nota, me mira y ahí lo supe.
- Es. Es el hijo de puta de Schiavi.
- Por favor Celes, no hagas papelones.
Me defendí, dije qué papelones ni papelones. El que debiera avergonzarse es el tipo no nosotros. Pero Fede insistió y se aferró, sensato, a la ventaja lógica que yo misma le había regalado. El hombre podría no ser Schiavi.
Le dije que se estaba aprovechando, que era un exagerado y lo dejé ganar.
Es que al Fede lo quiero. Además siendo realista reproche más o menos ni a Schiavi ni a sus muertos le cambian nada.
Sé que tomé un licuado de naranja, zanahorias y algún otro ingrediente exótico. 
Sé que los tostados de jamón y amapolas estaban buenísimos. 
Sé que me esforcé en sostener mi amor por Fede por sobre todo otro sentimiento.
Fue una mascarada. 
Mientras el Fede me hablaba acerca de las diferencias entre la miel del mar, del campo y de las sierras,  yo sentía latir el pulso de mi resentimiento debajo del vestido.
El Fede me hablaba de abejas —creo que dijo que si las abejas se extinguieran el mundo tal como lo conocemos se acabaría—­ eso es lo vimos en una película de clase B, qué piensa, que no me voy a acordar, lo debe estar haciendo adrede para que me entusiasme y me ponga a hablar de las abejas. Increíble intuición matemática la de las abejas; han sabido aprovechar los hexágonos perfectos.
Mientras el Fede se distraía en su café con leche,  yo me dedicaba a mirar a Schiavi lanzándole bisturíes a los ojos. Si algunos hombres se extinguieran el mundo tal como lo conocen las abejas sería un mejor lugar para vivir. Debo haber pensando en voz alta porque mi chico dejó de hablar de mieles y apuró la merienda. 
La puerta de salida quedaba al lado de la mesa grande. 
Fede que me conoce bien  supo que para salir armoniosamente había que hacerlo rápido. Con mano segura tomó mi cuello desde atrás y me guió hacia la salida con firmeza. 
Tuvo un descuido, fue mientras me abría la puerta al acomodarse caballerosamente para dejarme pasar, dejó librado un flanco y quedé frente a frente con el tipo.
Pude echarle un último vistazo.
Él se sacó esos anteojos y me miró.
Entonces aprovechando que tenía mis manos libres atiné a juntar las muñecas en cruz como diciendo "la cárcel es tu destino". 
Fue un gesto chiquito, silencioso y fugaz. Tanto que estoy segura que al hijo de puta le pasó desapercibido.