lunes, 28 de enero de 2013

Revolución ferroviaria

Entusiasmada por la promesa de CFK -presidente en ejercicio desde el año 2007 y primera dama desde el 2003 hasta esa fecha- de realizar, en el término de veintiún meses,  la renovación ferroviaria más importante de los últimos 60 años, sumo mi aporte: una sencilla cuenta atrás para que no nos quedemos dormidos en los durmientes. Así -permítaseme el candor- tal como el zorro del Principito, podremos empezar a preparar nuestros corazones para el disfrute de la faraónica obra (esto dicho sin ironía).






domingo, 13 de enero de 2013

Estrago culposo


Por esos días yo andaba con una fijación: buscaba una lámpara. 
Había descubierto a Gino Vistosi, un tipo inspirado al que se le dio por fabricar lámparas con discos de cristal de Murano. 
A Vistosi lo había encontrado en Wikipedia mientras buscaba al autor de una lámpara hipnótica que había visto en San Telmo; según la incidencia de la luz,  se veía violeta o rosa; tornasol, perlada o iridiscente. 
Después de convencer al Fede de que ese era el mejor objeto que podría uno imaginar pendiendo del cielorraso de su cocina, empezó esa sucesión de días de estar con la idea fija en esas lámparas de vidrio de la década del sesenta.
Calculo que fue por eso, porque mi espíritu venía absorto en esa frivolidad, que me dejé convencer.
Esa tarde habíamos ido al mercado de antigüedades de la calle Dorrego, del barrio de Colegiales. Yo estaba bastante entusiasmada porque había conseguido una pequeña Vistosi para mí a precio módico aunque, claro, muy mugrosa y destartalada. 
Con lámpara y todo decidimos aprovechar la tarde y sentarnos a tomar la leche. De los cuatro momentos del día habilitados para comer civilizadamente según las costumbres que rigen desde mi infancia, el de la merienda es el que más me gusta compartir.
Entramos a un bar interesante, con piso de lustrosas maderas blancas. Uno de esos lugares country style shabby chic tan parecidos entre sí. 
Apenas entramos Fede se fue al baño y yo me puse a mirar el menú mientras observaba el lugar. 
Entonces lo vi: sentado en la cabecera de la única mesa grande del bar, rodeado por tres hombres y una mujer. Esos cuatro eran jóvenes y con aspecto de estudiantes de UBA, Comunicación Social. 
En la cabecera decía estaba Schiavi. El ex Secretario de Transporte de la Nación en funciones durante el evento "Once" en el que murió mucha gente y muchas más quedaron heridas aplastadas entre sí y entre los fierros de un tren sin frenos incrustado en la estación final de una línea urbana de ferrocarril en la hora punta de un día laboral.
Estaba Schiavi decía  sentado en la cabecera de esa mesa en la que parecía trabajar había carpetas y laptop usando los mismos anteojos que siempre le vi en las fotos, aunque estaba bastante más flaco que en esas fotos.
Fue verlo ahora entiendo esa expresión tantas veces leída y sentir subir desde el estómago una viscosidad de amargo rechazo.
Pero al rechazo le siguió la duda: ¿Es Schiavi? 
A los pocos días del evento "Once" pasó algo con otro funcionario, esta vez de la Ciudad creo que del área de educación fue una noticia con foto que vi  en el diario que leo por internet. 
No me acuerdo bien de la noticia, sí que mirando la foto pensé que ese hombre se parecía muchísimo a Schiavi. No fui la única que notó el parecido, otros lectores lo comentaron y hasta bromearon con eso. Creo que el funcionario había tenido un infarto. No, el del infarto era Schiavi. Como sea.
El asunto: ¿Es Schiavi o el otro? 
Fede nota de inmediato mi evidente transformación entre aquella felicidad de mi Vistosi  y esta bilis de odio.

-¿Pasó algo?
- Ese tipo, no sé si es el hijo de puta de Schiavi o un tipo parecido.
- No hagas papelones.
Pasan dos o tres minutos de reflexión en los que no puedo quitarle de encima mi mirada escrutadora. El tipo lo nota, me mira y ahí lo supe.
- Es. Es el hijo de puta de Schiavi.
- Por favor Celes, no hagas papelones.
Me defendí, dije qué papelones ni papelones. El que debiera avergonzarse es el tipo no nosotros. Pero Fede insistió y se aferró, sensato, a la ventaja lógica que yo misma le había regalado. El hombre podría no ser Schiavi.
Le dije que se estaba aprovechando, que era un exagerado y lo dejé ganar.
Es que al Fede lo quiero. Además siendo realista reproche más o menos ni a Schiavi ni a sus muertos le cambian nada.
Sé que tomé un licuado de naranja, zanahorias y algún otro ingrediente exótico. 
Sé que los tostados de jamón y amapolas estaban buenísimos. 
Sé que me esforcé en sostener mi amor por Fede por sobre todo otro sentimiento.
Fue una mascarada. 
Mientras el Fede me hablaba acerca de las diferencias entre la miel del mar, del campo y de las sierras,  yo sentía latir el pulso de mi resentimiento debajo del vestido.
El Fede me hablaba de abejas —creo que dijo que si las abejas se extinguieran el mundo tal como lo conocemos se acabaría—­ eso es lo vimos en una película de clase B, qué piensa, que no me voy a acordar, lo debe estar haciendo adrede para que me entusiasme y me ponga a hablar de las abejas. Increíble intuición matemática la de las abejas; han sabido aprovechar los hexágonos perfectos.
Mientras el Fede se distraía en su café con leche,  yo me dedicaba a mirar a Schiavi lanzándole bisturíes a los ojos. Si algunos hombres se extinguieran el mundo tal como lo conocen las abejas sería un mejor lugar para vivir. Debo haber pensando en voz alta porque mi chico dejó de hablar de mieles y apuró la merienda. 
La puerta de salida quedaba al lado de la mesa grande. 
Fede que me conoce bien  supo que para salir armoniosamente había que hacerlo rápido. Con mano segura tomó mi cuello desde atrás y me guió hacia la salida con firmeza. 
Tuvo un descuido, fue mientras me abría la puerta al acomodarse caballerosamente para dejarme pasar, dejó librado un flanco y quedé frente a frente con el tipo.
Pude echarle un último vistazo.
Él se sacó esos anteojos y me miró.
Entonces aprovechando que tenía mis manos libres atiné a juntar las muñecas en cruz como diciendo "la cárcel es tu destino". 
Fue un gesto chiquito, silencioso y fugaz. Tanto que estoy segura que al hijo de puta le pasó desapercibido.