sábado, 20 de abril de 2013

18A



En Argentina cuando hablamos de marchar estamos hablando de caminar junto a otros en  una especie de manifiesto colectivo. Cuando marchamos lo hacemos para decir que sí y también decir que no. Marchamos no solo para expresarnos sino también para tratar de que lo que nos gusta no cambie y lo que no nos gusta sí. La marcha, pensada así, podría parecer un territorio exclusivo de jóvenes idealistas, de fanáticos o de oprimidos; pero no. 
Hay marchas y marchas. 
Las organizadas por la ideología dominante suelen ser multitudinarias y tienen un altísimo grado de ingeniería: alguien pensó en cómo organizar a la gente, qué va -esa gente- a comer, cómo llegará hasta allí y sobre todo se resolvió la cuestión de por qué la gente dejará la tranquilidad de la novela de la tarde para ser espectador de una gran marcha. 
La organización es vertical: cada gobernador a sus intendentes, cada intendente a sus dirigentes barriales, cada dirigente a sus manzaneros, dan órdenes precisas de cómo, cuándo y por qué. Así, como suele decirse harto despectivamente, barrios enteros resultan arriados hacia el centro de la ciudad para dar el presente. Una especie de temor de Dios en versión laica. Los micros se amontonan en los bordes de la ciudad, los barrios y agrupaciones hacen visible su presencia de modo contundente, para que su presente sea inequívoco y no haya consecuencias. Son frecuentes las escaramuzas para lograr una mayor visibilidad.
En esas marchas hegemónicas casi siempre hay un adelante. Un gran escenario, backlight, pantalla, música y discursos. Los tiempos están pensados como en boda; hay momentos estratégicamente distribuidos. Hay espera. Cantos organizados. Hay una mística de trapos y banderas. Hay oradores y aplausos. Hay música. Aparece el clímax del discurso del líder. Fuegos artificiales, más música y regreso.
Una vez, hace muchos años -era la vuelta de Diego Maradona a Boca Jrs.- fui a la Bombonera a ver Boca-Colón. Yo soy de River Plate, pero debo admitir que los cantos de la hinchada me impresionaron. La magia de la tribuna reside en ese canto unísono y organizado.

Las manifestaciones en contra del gobierno de Cristina Fernandez no nacieron marchas sino cacerolazos. Una variante criolla de los movimientos de indignados en Europa y Medio Oriente. La tercera movilización empezó a llamarse, creo que tímidamente, marcha de la oposición. Aunque el diario oficialista Página12 no le cedió el término y tituló Guiso a la cacerola.
El jueves pasado, mientras compartía el 18A con mis vecinos en la esquina de Acoyte y Rivadavia del barrio de Caballito, me acordé de esos cantos tribuneros y de las marchas multitudinarias organizadas por el partido hegemónico.
En mi barrio no hay bravas bravas ni dirigentes sociales. Tampoco hay mística de cantos, mucho menos choripán. Hay alguna esporádica coincidencia en el salto masivo del que no salta es un ladrón o un armónico yo no la voté, cantado con melodía vos so’ de la B, pero en general el tiempo transcurre entre ruidos de cacerolas y aplausos y el Himno Nacional cantado siempre a destiempo.
Los vecinos de Caballito, los más viejos y haraganes que nos quedamos a manifestar en el barrio, lo hacemos como una pausa doméstica. Salimos con el carrito del bebé, la bicicleta y el perro. También con la mochila de la oficina o el bolso del gimnasio a cuestas. 
En mi barrio no hay logística ni organización. Nos juntamos en la esquina e irracionalmente miramos hacia el centro de convergencia donde se cortan las dos avenidas, como si ese centro tuviera algún sentido. 
En mi barrio no hay oradores. No hay Circo Romano. En verdad tampoco marchamos, ni tenemos cantos pegadizos. A simple vista parecemos individuos desarticulados. Pero no es lo que se ve. ¿La verdad? La tenemos bastante clara; en mi barrio las caras de los viejos y los carteles son elocuentes.