martes, 16 de julio de 2013

Colón & Choripán Buenos Aires LADO B



Qué decir, huelgan palabras. 
Todavía no sé si no estoy escribiendo más seguido porque no me hago el tiempo necesario o porque la década ganada me tiene abrumada.
La cuenta atrás hacia la Revolución Ferroviaria sigue en marcha desde el 10/1/2013, falta poco más de un año para que se cumpla el plazo. En el medio, otros pasajeros han muerto entre los fierros retorcidos de la desidia y la inoperancia.
El maquinista que no frenó me hizo a acordar a ese accidente de LAPA donde hubo error humano porque los sistemas fallaban.
Resulta que acá las alarmas no suenan para activar sistemas de control que ayudan a superar las anomalías. Acá suenan porque andan mal. 
Las luces rojas se ignoran porque la mayoría de las veces se activan sin razón. Los alertas pasan a ser una molestia a la que hay que superar a lo criollo; se ve que somos unos vivos bárbaros.
Mientras tanto al genovés lo tienen ahí tirado en el pastito. Ni que fuera Hernán Cortés; tampoco es que llegar a América fue como llegar a La Luna, es sabido que había millones aquí viviendo. Ni tanto, ni tan poco.
Me dan risa los que se desgarran las vestiduras alineándose con la causa K de reescribir la historia. Hablan de Patria Grande, vaya uno a saber qué vendría a ser. 
Yo sé que a mí me gusta la argentinidad: el mate, el tango, el folklore, el campo, las vaquitas, el colectivo y el dulce de leche. 
En cambio la latinoamericanidad me resulta, cuanto menos, desagradable: villa, mugre, vagancia, chicha, trabajo esclavo, embotamiento. 
Este año estuve en Melbourne y en Sidney, parece que son las mejores ciudades del mundo para vivir y no es precisamente porque Australia haya rescatado su cultura aborigen.
En fin. Espero que a Cristóbal lo dejen donde estaba mirando el Río y que a Juana Azurduy la pongan en el hall de la estación Once.
Donde vivo, se parece cada vez más al barrio de Once, casi no se puede caminar. 
El jefe de la comuna dice que es imposible sacar a los siete mil manteros porque hay una Secretaría que se encarga de defender sus derechos.
Imagino que en la Secretaría trabaja gente que cobra sueldo como funcionario público, como corresponde. Me pregunto de qué vivirían si los que trabajamos y tributamos nos fuésemos a la mierda masivamente, es decir  si se quedaran solo con aquellos a los que hoy les protegen los derechos.
Da ganas de irse a la mierda. 
Voy bajando en el ascensor y empiezo a enyoguizarme: no debo ponerme nerviosa, no debo mirar mal al que ocupa toda la  vereda de mi casa con cajas de juguetes  truchos, no debo sentir ganas de patear la caja de cartón en la que apoya los chocolates el tipo que tapa la bajada para discapacitados, no debo pisar las calzas de la boliviana (si, boliviana. Si la mujer fuese neozelandesa diría neozelandesa, pero esta es boliviana) que obligan a la gente a hacer la cola del colectivo en la calle, no debo empujar al imbécil que está comprando anteojos truchos frente a la óptica de al lado, no debo angustiarme con miradas furibundas al peruano (mismo caso que la boliviana) que vende películas truchas y somete a sus tres hijos –el mayor de tres años- a los avatares de la intemperie, no deb…
Pero no. Esta gente saca lo peor de mí. 
Me contracturo, me duele la panza, me enojo, salgo de mi eje. 
El problema debe ser que vivo en el 6° piso, tal vez si bajara desde un piso 23°  tendría tiempo para enyogizarme mejor.
Cambiado de tema, échenle un vistazo al código de habilitación de la CABA para el rubro gastronómico. Bastante claro, ¿no? 
Pero se ve que ya nadie lee nada o a nadie le importa hacer cumplir nada. 
Para no hacerla larga con este stand-up (que es casi un stand-down) y porque siempre hay algún descerebrado que dice que exagero con la crítica, dejo algunas fotos de la década ganada por la mugre y la ilegalidad. 
Saquen ustedes sus propias conclusiones. 
Que sueñen con los angelitos.