sábado, 24 de agosto de 2013

Australia


Había pensado refugiarme en la ficción. Mejor dicho: la ficción pedía un alejamiento de la realidad. Eso. No tanto como para vivir en un tupper pero si tanto como para preferir  dar por perdido cualquier intercambio de opinión por el asunto de la grieta K, anti K, etc.
Estoy en eso.
Pero la realidad también tiene su encanto. 
Yo entiendo lo que quiso decir la presidente Cristina Fernández cuando, desde su website, presentó un informe comparativo de las economías de Canada, Australia y Argentina. Cualquiera que le dedique doce minutos a su lectura podrá comprobar que el informe no está faltando a la verdad.
También entiendo a qué se refiere Rosendo Fraga en su columna de hoy, a la que habría que dedicarle apenas tres minutos.
Las intenciones de uno y otro también están claras: la Presidente intenta derribar el mito de la debilidad fiscal argentina demostrando –con estadísticas y gráficos– que países bien ponderados como Canadá y Australia están peor. El Columnista intenta refutarla apelando a otros indicadores –de desarrollo humano, de calidad institucional, de corrupción–. Rosendo y Cristina interpelan indicadores. Los siguen –de uno y otro lado de la grieta– los que defienden, se mofan y quieren sangre.
Yo venía bien, como viendo todo desde el tupper (aunque al principio la comparación me resultó un poco hilarante –sobre todo porque la conocí a través de un medio opositor–) hasta que me encontré con el párrafo final del informe de Cristina Fernández: ¿Saben con lo que yo sueño? Con una Argentina que esté lo suficientemente bien informada, por lo menos la mayor parte de su población, para que nadie vuelva a meterles el perro como se lo han metido…
Los indicadores no son representativos en la vida de la gente, aunque la Presidente diga que sí son importantes porque si esos indicadores cambian a lo mejor tu trabajo también peligra. 
Lo que a la mayor parte de la población le importa no es el resultado fiscal primario, la deuda pública bruta o los estudios de The Heritage Foundation sino cómo vive su vida y cómo su familia vive su vida
Tener una casa digna. Un trabajo que permita mantenerse y procrearse. Contar con cobertura médica, poder educarse y educar a los hijos. Concretar proyectos, viajar, comprarse libros, una tele más grande. Ir al dentista, a la peluquería, al teatro. Tener tiempo para disfrutar de los nietos. Poder elegir un trabajo de tiempo parcial para terminar la universidad. Comprarse zapatillas nuevas, pagar la cuota del gimnasio. Hacerle a la nena la fiesta de 15 o mandarla a Disney. Ir con tres amigos a pasar un mes a Florianópolis. Cambiar de auto cada cinco años. Tener un cuarto para la nena y otro para el nene. Poder elegir con quién convivir. Pagar la cancha de futbol5, la cuota del club. Tener un teléfono inteligente, usarlo sin miedo. Invitar amigos a almorzar y poder pagar la cuenta. Caminar por cualquier calle a cualquier hora. Tener servicio de agua corriente, gas natural y cloaca. No irse a dormir con hambre. 
De Canadá no puedo decir nada, pero en mayo estuve en Australia y volví bastante impresionada. Lo que más me impresionó fue la cantidad de orientales (chinos, taiwaneses, coreanos, vietnamitas y japoneses) que viven allí. Es lógico Australia les queda cerca. Sé que no pude conocer Australia profunda –fue un viaje de trabajo con días extras de turismo– pero caminé bastante y –más allá de algún loco, drogón o borracho perdido– no vi gente en situación de calle. No la vi porque no las hay. Tampoco manteros. Mucho menos manteros con esposa e hijos acampando en la vereda.
En Melbourne me alojé en un barrio barato muy lejos de la higth zone. Más allá de algún graffiti esporádico o un edificio intervenido por artistas hippies todo (calle, vereda, tranvía, plaza, negocios, árboles, carteles, paradas de colectivo, gente) lucía perfecto. Clic, clic, relojitos. Podía llegar al hotel caminando tarde en la noche y sentirme segura. La gente trabaja, todos trabajan, estudian o hacen algo. Fui a visitar una Escuela Pública y también a conocer un Hospital Público y casi lloro de la rabia, les juro. Conversé con mucha gente. Cada ciudad y cada barrio tienen su modo de vivir. Siempre es seguro y tranquilo ¿Aburrido?, si un poco aburrido también. El barrio más nuevo de Buenos Aires se parece a la zona que rodea el Opera Bay en Sidney: restaurantes, paseos, bicisendas. La diferencia no está en las ciudades, sino en la vastedad que las circunda. 
En Australia hay ordenamiento urbano hasta en las más alejadas periferias. Esa es la diferencia. La vida en la periferia.
Me pregunto si Cristina Fernández apelaría a compararnos con Australia sin ponerse colorada después de recorrer el conurbano ¿habrá visto la condiciones de precariedad en la que viven millones de argentinos? ¿Se detuvo a mirarle las zapatillas, los dientes, los pelos pegoteados porque en invierno el agua caliente es poca porque la garrafa se gasta? ¿Los observó mientras viajan hacia sus trabajos? ¿Alguien le mostró que en los barrios –no villas, ni asentamientos, barrios– los pibes no trabajan ni estudian y que para conseguir atenderse en un hospital hay que viajar mucho y esperar horas? ¿Sintió el olor de la pobreza, de la yerba usada amontonada, de la zanja estancada, de la basura en la esquina? ¿Conoce las rutas argentinas abandonadas a la desidia?
Yo también sueño. ¿Saben con lo que yo sueño? Con una Argentina que esté lo suficientemente bien informada, por lo menos la mayor parte de su población, para que nadie vuelva a meterles el perro como se lo han metido…