sábado, 21 de diciembre de 2013

El alma de las cosas


Hace unos días Fede me dijo que estaba pensando en comprarse una laptop. Le dije que no hacía falta, que podía usar la Dell que habíamos comprado en Japón. Entonces me preguntó si yo no la necesitaba. Y yo, sabiendo que tenía que resultar muy convincente, le dije enfáticamente: para nada
Y fue así como la Dell se mudó a cuatro cuadras.
A la Dell la usaba para escribir. Con esto quiero ser específica: la usaba para cosas mías. 
Tengo una sólida PC instalada en el cuarto de servicio –un refugio acogedor repleto de álbumes con estampillas y catálogos de filatelia (verdadero paraíso de obsesivos) – que solo uso para trabajar.
Por eso, cuando Fede me preguntó si necesitaba la laptop le dije que no; por ese asunto del mandato atávico y porque si me preguntaran lo mismo con todas las cosas materiales, si me preguntaran específicamente si las necesito diría, con casi todas las cosas, que no, no las necesito. 
Lo que dice necesitar, los necesito a ustedes –mis queridos semejantes imprescindibles– a mi perra Mafalda, al agua y a la comida esenciales, a algún libro, al lápiz y al papel. No necesito el exprimidor de naranjas, la máquina de cocinar arroz, el termómetro digital ni la Wacom, por decir algo.
Antes de despedir a la laptop, me dispuse a trasladar los megas de cosas mías hasta un disco rígido externo. También borré historiales, claves guardadas y favoritos; no tanto por tener mucho para ocultar sino más bien por respeto. Al fin y al cabo a la Dell la había pagado Fede y era mi deber entregarla lo más aséptica posible. Por suerte los años invertidos en personalizar un dispositivo se pueden conservar en una mágica nube hasta ser insertados en otro y así uno puede respirar aliviado el aire de familiaridad que devuelve la pantalla. 
Anoche Fede se fue feliz con su Dell poderosa. La llevó a resguardo en el portafolios que compramos especialmente para ella (una 17 pulgadas no viaja en cualquier lado), acomodé primorosamente el transformador y los cables y me despedí diciendo algo así como que disfrutes.  No sé si se lo dije a ella o a él.
Hasta ahí todo (el asunto de no necesitar, la nube, la despedida) parecía inocuo, pero parece que no.

Esta mañana al pasar por el lavadero sentí un olor particular. Un amalgama de goma quemada, alquitrán y solventes. Enseguida reconocí el olor. Provenía de un carrito plegable de esos que se usan para cargar pequeñas cajas. Lo que huele así en ese carrito es específicamente el caucho de sus ruedas. Vaya uno a saber con qué residuos reciclables las han fabricado.
El carrito, con sus ruedas y el olor, está siempre ahí, en el lavadero. 
Pero algo pasó hoy que hizo que el olor volviese; mejor dicho, que el olor viajase a mi memoria. Quiero decir: que el olor me hiciera viajar.

Estábamos en Julio, caminando por Akihabara, bastante azorados por la oferta electrónica y claro; estábamos buscando una laptop para comprar. 
En Akihabara a las laptops usadas las venden como a los libros en el Parque Rivadavia: las exhiben en cajones, paradas, para que los interesados las vayan pasando con la mano. 
La Dell no estaba así –en un cajón de plástico–, la habían acomodado sobre un estante y lucía hermosa, destacada,  en uno entre los cientos de locales de esa callejuela escondida de esa ciudad.  
Lo primero que me llamó la atención fue que tenía un lector de huellas digitales (no había visto ninguna laptop con ese artilugio hasta entonces) y que, como todo lo que se vende en Japón, los caracteres del teclado resultaban incomprensibles. El windows (o lo que fuera eso) también. Nos aseguraron que podríamos occidentalizarla sin problemas, salvo el asunto de las teclas.
Después de acordar el precio, el vendedor nos hizo una factura en franco japonés, la llenó de sellos de colores y me pidió el pasaporte. Para mi sorpresa dobló cuidadosamente la factura y la pegó en una de las hojas destinadas a las visas. Dijo, como pudo, que eso era importante para las autoridades japonesas pero yo no entendí importante para qué. Igual conservé esa especie de partida de nacimiento de la Dell adherida al pasaporte. Todavía está ahí. 
El carrito lo compramos al mismo vendedor y eso sí se lo regateamos bastante. 
Apenas lo desplegué sentí el olor por primera vez. Era aún más fuerte que ahora.
Cuando salimos del negocio empezó a llover, era una lluvia inusual –para nosotros inusual– por lo copiosa y porque las gotas mantenían una impecable verticalidad. Compramos un paraguas transparente y nos regalaron una especie de capita para proteger a la Dell, que guardada en la caja original, sobre el carrito y con la capa puesta, resultaba bastante aparatosa. 
Caminamos unas cuadras dejando atrás las callejuelas tecnológicas, la lluvia cesó de repente (tanto como cuando empezó) y entramos a un café, un Segafredo. Mientras nos reconfortábamos con capuchinos decidimos comprar una valija para transportar la Dell y poder deshacernos de la caja. No fue exactamente decidimos porque en ese punto yo opuse resistencia. Para mí es fundamental conservar las cajas originales de todo. Las despliego, las doblo cuidadosamente y las guardo en un ropero destinado a eso: a las cajas de las cosas. Pero no hubo caso. Fede se mostró intransigente, estaba dispuesto a no desplazarse ni una sola cuadra más cargando semejante inutilidad. Eso dijo exactamente: semejante inutilidad. Y yo me sentí un poco fuera de lugar como casi siempre que dejo al descubierto mis obsesiones, entonces puse cara de por supuesto, tenes razón y procedí a destruir civilizadamente la caja original de la Dell.
El azar nos dejó frente a una sucursal de la tienda Tucano, se especializan en imponer diseños preciosos para transportar tecnología. Me dejé seducir por el diseño italiano y al fin dejamos, para felicidad de Fede, de parecer unos parias. Como decía él.
Entonces yo me encapriché con el carrito. Impuse conservarlo –por lo menos hasta Tokio, dije– porque me resultaba atroz tirar algo que habíamos comprado hacía menos de dos horas. Después fui estirando la cosa hasta Yokohama, hasta Narita y así logré que el destino final del carrito acabara siendo el lavadero de mi casa.
Bastante antes de llegar al lavadero, un lío de aviones me dejó sola. Estuve varada en el aeropuerto de Fiumicino toda una noche. El olor de las ruedas del carrito y el empeño que puse en descifrar el windows japonés (o como quiera que se llame) de la Dell, fue lo único que me hizo sentir cerca de casa.
Pero bueno, con todo. Se ve que no la necesito.
      
  

  

sábado, 14 de diciembre de 2013

Diciembre, catorce representaciones dispersas.


1 - No tan distintos
Quien alguna vez haya incursionado en las Ciencias Sociales habrá leído el Ensayo sobre el don de Marcel Mauss,  Los argonautas del Pacífico Occidental de Bronislaw Malinowski o Antropología y Economía  de Maurice Godelier. Al menos habrán leído alguna reseña, cuanto menos sabrán explicar –parafraseando a algún profesor– el significado de ciertas categorías como reciprocidad, redistribución, don y contradón o Potlatch.
Para los que incursionaron en otros saberes – incluso para los que decidieron saber nada– las teorías de la Antropología Social y las prácticas etnográficas de la escuela francesa están en la web al alcance de todo el que quiera leerlas. Pueden resultar esclarecedoras.

2 – Sutilezas I

-          Estás robándote una heladera.
-          No, me la estoy llevando.

3 – Sutilezas II
Hace algún un tiempo me había puesto quisquillosa con mi hijo. Se había tomado la costumbre de usar conseguir cuando debía decir comprar. Tenés que conseguir una placa nueva para que la computadora no se te cuelgue. Yo le decía que las cosas se consiguen trabajando, por lo tanto se compran. Conseguir es para lo que está fuera de mercado –por ilegal, por inhallable–; en cambio el Royal Canin, las pilas triple A y un cable mini USB se compran con efectivo o tarjeta. Una sutileza del lenguaje. No sé si dejé de prestar atención, o mi hijo abandonó la costumbre de usar conseguir. Creo que es eso, dice comprar. El de la heladera en cambio no tuvo una madre quisquillosa.

4 – Padre
Le digo que es muy triste. Dice que no, que es una barbaridad. Yo insisto, es mas bien triste. Le digo que acá el sueño americano está roto. Encima es casi obsceno el modo en el que la tele les muestra –a ellos, que tienen solo la tele– como vende la mediocridad. Le digo que piense en un hombre cualquiera, empieza el día con un acto de fe: saca el boleto y se sube a un tren. Ninguno de los que sube sin boleto parece tener consecuencias. Viaja mal. Nueve horas después está en el mismo tren. Si tiene mucha suerte podrá seguir así hasta jubilarse. No hay caso, no hay modo de que el padre de mi amiga sienta empatía por ese hombre. Dice que se hubiera preocupado por estudiar si tanto le molesta trabajar toda la vida. El problema no es trabajar, sino hacerlo para nada. No entiende.

5- Gorila
J.S. insiste. Dice: te presento a Celeste, ella es gorila. El amigo se ríe, no dice nada. Debe pensar que es una broma. Pero no, J.S. lo dice en serio.

6- Manteros
Al principio fue el asunto de caminar. Ocupan la vereda. Hay que sacarlos. Ilegales. Feos, sucios & malos. En Diciembre son más, o con el calor parecen más que nunca. Mentira que perjudican a los comerciantes, no compiten con Desiderata, mucho menos con Akiabara. Los anteojos truchos que venden los africanos destrozarán otros ojos, no los ojos del que compra un Carrera en la óptica de al lado. Después me acostumbré a caminar. Hay veredas tan angostas –incluso más angostas– que la parte de vereda que los manteros dejan libre. Además la vereda se baldea todos los días. Lo desgarrador es el bebé, debe tener más de un año ya. Está todo el día con su papá –que vende juguetes en cajas de plástico transparentes–. El hombre lo sienta en el cochecito que le quedó chico. El papá estaciona el cochecito con el bebé entre el cordón de la vereda y su manta. A veces lo desata, lo deja bajar y el nene camina por esa franja de libertad. Deben parar veinte líneas de colectivos en esta cuadra. A la nochecita pasa una camioneta blanca a buscarlos, suben los bolsones y el carrito. A veces viene también la mamá, con otro bebé más chiquito; ella tiene sus propios bolsones, se ve que tiene otro lugar asignado.

 7-  Sutileza III 
Bolsones, palabra de pobre. Bolsones de pobreza. Bolsones de ropa. Bolsones de comida. Los manteros y sus bolsones. Del lado de los renglones usamos bolsos, carteras o valijas. Los del margen usan bolsones.    

 8- Palos
Otra vez las Ciencias Sociales para traerme a la cabeza a Max Weber y su definición de Estado, la Gewaltmonopol des Staates. Desde los techos de Rosario, Córdoba y Gran Bourg hay unos tipos con rifles, sentados sobre cajones de cerveza vacíos, desafiando claramente al sociólogo alemán.

9- Progresismo
Una mamá jovencísima y para nada gorila está ofuscada, acaba de recibir un mail de la Secretaría de Educación. Me dice: todo bien ¿no? pero ¿por qué los hijos de los paraguayos ocupan las vacantes?  

10- Pajarito Azul
Las teorías conspirativas tienen pruebas y @CFKArgentina nos lo explica desde en un twitt: "Encuentran electrodomésticos saqueados en la casa de un policía" - 5:00 PM - 13 dic 13

11- Sutilezas desde Europa (el mundo que se derrumba)
“E. G., de 27 años, casada y con cuatro hijos, vive en un barrio precario de la provincia de Buenos Aires. En 2012 participó de los saqueos que ocurrieron en Argentina (…). Ella dice que lo suyo no es robo porque solo busca alimentos, cada vez más caros, para sus niños, aunque tacha de ladrones a los que se llevan bebidas alcohólicas o televisores.  La mayoría roba, pero uno va a saquear para dar de comer a los chiquitos. Cuando vas a decir al intendente (alcalde) que no tenés para comer, te dice que no tiene nada más que una bolsa con un paquete de fideos, uno de arroz, uno de azúcar, uno de puré de tomate y una botella de aceite por mes, pero te dura dos días

12- Definición
El que saquea es un ladrón que comete un delito, dice Sergio Massa llenando el espacio de palabras.

13- Fiesta
Hace calor, la gente está molesta. Tiempo de balances, metas y logros. En las vidrieras de los escaparates se exhibe todo lo que está para ser comprado. Las paritarias pasaron hace un siglo, ya no hay plata que alcance para casi nada. Menos mal que está la tarjeta. O sea, la gente hace lo mismo que el flamante Ministro de Economía. 
Solsticio de invierno, primer aguinaldo. Solsticio de verano, segundo aguinaldo. Redistribución. El General sabía lo que hacía.

14- Trabajo
Yo trabajo todo el día –iba a decir me deslomo trabajando todo el día pero se contuvo, lo sé– y después van veinte tipos y cortan la autopista para pedir subsidios. Pienso, pero no lo digo porque se me escurren los doce minutos de almuerzo y se me derrite el helado, que ni ella ni yo seríamos capaces de cortar nada, mucho menos de vivir en una franja de cinco metros entre el alambrado de una villa y el guardarrail de la autopista. Después la encuentro en la oficina, pintándose las uñas de los pies y siento vergüenza ajena. Los lúmpenes de la marquesina de Mc Donald me provocan la misma vergüenza ajena.