sábado, 23 de agosto de 2014

Australia


La noche anterior me costó dormir. Tantas ansias y ahora tanto miedo.
Al principio es el agua –verde, tibia– que abraza el cuerpo. Después viene todo lo demás. 
Los del barco, después de navegar por horas, dicen que hemos llegado. Salgo a la cubierta y busco un atolón, una isleta, algo. Pero nada, estamos en el medio del océano, –verde y tibio– y no hay nada a lo que asirse. 
- ¿Acá es la barrera de coral?
- Sí.
Entonces, la maravilla queda bajo el agua. 
El barco está lleno de jóvenes, ya lo noté: soy la más vieja de todos –con creces– también noté que no solo son jóvenes, también son estereotipos de atletas californianos. Rubios, bronceados, extrovertidos. Se bebe mucho en el barco –ellos beben– yo, ni por asomo. Gracias a Dios no soy de los que se esconden en los rincones a puro vómito.
Salgo a cubierta y veo un enjambre de trajes de neoprene, me dan uno –muy grande para mí– por suerte logro cambiarlo a hurtadillas. Lucho con las patas de rana. Y con las antiparras y el snórkel. Ellos, los jóvenes californianos, se tiran al agua de una, como si no pensaran. No podría calcular exactamente, porque el miedo magnifica, por eso: desde el barco hasta el agua serán como cinco metros.
Antes de lanzarme por la borda pregunto a los guías australianos por el asunto de los tiburones. Se ríen, todos –australianos y californianos– como si fuera inverosímil temerle a los tiburones en el Mar de Coral. Me gustaría preguntarles qué pasa con el asunto de la sangre –específicamente con el asunto de estar menstruando– pero no sé cómo se dice indispuesta en inglés y me quedo con la boca abierta un rato, un poco tonta, al filo de la borda con las patas y el snórkel. Al final me lanzo, en medio del océano. A la nada misma.
El agua verde y tibia abraza el cuerpo. Una ola, o una sucesión de olas sin espumas –olas del medio del océano– me golpean contra el barco. Nado, con fuerza, pataleando, con el corazón latiendo fuerte (no sé si es por el esfuerzo o de cagazo nomás), tratando de alejarme del casco. Tengo el corazón en la cabeza. 
Lo logro. Me alejo lo suficiente como para sentirme cerca de las sombras oscuras bajo el agua. 
- Hasta ahí tienen que nadar –habían dicho, en australiano– hasta esas sombras.
Las sombras están cerca, esto promete. 
Respirar es un acto elemental; respirar bajo el agua por un tubo, controlando que una ola verde no lo inunde, es un desafío interesante. Una vez, dos veces, me ahogo. Otra vez, controlate Celeste, pagaste por esto, soñaste con esto, estuviste pensando en esto desde hace un año. Otra vez, respiro. Respiro, respiro, respiro.
¡Respiro! Entonces, es el agua tibia que abraza el cuerpo y el ritmo manso de mi respiración. Como si hubiese hecho esto toda la vida.
Estoy sola, adentrándome en la maravilla. Con los ojos abiertos como platos detrás de las antiparras. Soy Ariel –así me siento– como la Sirenita. Lloro –controlada, pero lloro– y no sé si con lágrimas o no porque estamos bajo el agua, les recuerdo. Celeste –La Sirenita–, los peces de colores, las estrellas de mar –violetas, increíbles– los corales, las plantas, la increíble naturaleza, todos en un único cuerpo.
Pierdo noción del tiempo. Levanto la cabeza buscando el barco. Sigue ahí –qué bien– a unos cien metros. Quisiera seguir flotando en éxtasis pero veo que desde el barco, desde la parte más alta, subido al techo del timón de mando, uno de los guías australianos me está llamando. ¿A mí? Sí, soy la única persona que sigue en el agua.
En el barco me reciben entusiasmados, parece que hace rato que estaban llamándome con silbatos. Lógico, si les dije que era hipoacúsica, pero no me creyeron tan sorda; lo que no les dije es que audífonos y agua son incompatibles. Con razón tanto aislamiento entre los peces. Los peces, mis hermanos.
Hay un grupo a babor –o a estribor, para el caso es lo mismo– que está dándole de comer a los peces. Les tiran baldes con restos de comida, cabezas de pescado y otras delicias, y los peces se amontonan para comer. Son enormes. Parecen escalares gigantes. También hay tiburones. Estuvieron siempre ahí con la Sirenita y ella como si nada.
Esa tarde llego a casa –los hoteles en viaje son como la casa de uno– y leo en la pantalla de mi Ipad la peor noticia: falleció la abuela. Dice mi hijo.
Soy hija única. De eso lo único que me atormentó –siempre– es el miedo a la soledad sin fondo que sentiría ante la muerte de mis padres. No habría nadie más para abrazar, para compartir ese exacto desgarro. Ahora estoy sola de verdad. Sola de toda soledad y a la mayor distancia que un hombre sobre la tierra puede tomar de otro. 
Lloro. Alrededor mío hay otros como yo, atrapando el amarrete wifi en este rincón del mundo. No hay modo de explicarle a ninguno lo que pasa. Se murió mi mamá, les digo. Nadie habla español.
El cielo se oscurece de murciélagos. Son los mismos que todas las tardes a eso de las siete van desde la montaña que está al Este hasta la que está al Oeste de esta Ciudad.
Ya no me siento Ariel, igual es la misma naturaleza.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Inspiración


El artista y la modelo, una película de Fernando Trueba del año 2012. Tiene una escena inmensa. Cuando el artista le muestra a Mercè —la modelo— el dibujo más bello del mundo[1]. Le habla de Rembrandt, un holandés, le dice. Le dice también que Rembrandt lo hizo con la punta de una caña tallada, que es casi una instantánea, una fotografía. Le dice que lo mire con atención, que hay que prestar atención para entender las cosas. Le enseña a mirar los pasitos pequeños del niño. Sus primeros pasos, dice Mercè, que podría decir también mis primeros pasos.
Le señala a la hermana mayor. De la hermana no importa tanto el brazo que sostiene al niño —dibujado así nomás, dice el maestro— sino la orientación de su cabeza y la forma de su espalda: toda su atención está puesta en el niño que ríe.
El niño que ríe (creemos que ríe, no lo vemos, pero nos dejamos llevar por Rembrandt, por Trueba) extasiado por caminar por primera vez. Como Mercè, quien mira las capas de una obra por primera vez.
La madre está presente —continúa el maestro—, pero no interviene. Ella está acostumbrada, no es la primera vez que un hijo le da sus primeros pasos.
 —Y ese el padre —aventura Mercè— seguramente llegó de trabajar y está ansioso por que todos vean a su hijo caminar. ¿Y ésta? —pregunta, señalando a la mujer que aparece en la izquierda del cuadro.
—Es una vecina que pasaba por ahí, cargando un balde. El balde es pesado. Rembrandt nos lo hace notar en la tensión del brazo. No del que lleva el balde, del otro. Ella es el centro de atención, de esta mujer se vale Rembrandt para mostrarnos ese instante de vida. 
Trueba nos pone en los ojos de Mercè, como Rembrandt nos puso antes en los de la mujer que pasa con el balde. El arte encadenado, lo más parecido a un exquisito recurso literario.



[1] Niño que aprende a andar, Rembrandt. c.1660

jueves, 16 de enero de 2014

Un prólogo

¿Vieron que hay gente que todo lo que toca lo transforma en literatura?
Bueno, Borges, esto:


En el segundo siglo de nuestra era, Luciano de Samosata compuso una Historia verídica, que encierra, entre otras maravillas, una descripción de los selenitas, que (según el verídico historiador) hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los Ojos, beben zumo de aire o aire exprimido; a principios del siglo XVI, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos; en el siglo XVII, Kepler redactó un Somnium Astronomicum, que finge ser la transcripción de un libro leído en un sueño, cuyas páginas prolijamente revelan la conformación y los hábitos de las serpientes de la Luna, que durante los ardores del día se guarecen en profundas cavernas y salen al atardecer. Entre el primero y el segundo de estos viajes imaginarios hay
mil trescientos años y entre el segundo, y el tercero, unos den; los dos primeros son, sin embargo, invenciones irresponsables y libres y el tercero está como entorpecido por un afán de verosimilitud. La razón es rara. Para Ludano y para Ariosto, un viaje a la Luna era símbolo o arquetipo de lo imposible, como los cisnes de plumaje negro para el latino; para Kepler, ya era una posibilidad, como para nosotros. ¿No publicó por aquellos años John Wilkins, inventor de una lengua universal, su Descubrimiento de un Mundo en la Luna, discurso tendiente a demostrar que puede haber otro Mundo habitable en aquel Planeta, con un apéndice titulado Discurso sobre la posibilidad de una travesía? En las Noches áticas de Aulo Gelio se lee que Arquitas el pitagórico fabricó una paloma de madera que andaba por el aire; Wilkins predice que un de mecanismo análogo o parecido nos llevará, algún día, a la Luna.
Por su carácter de anticipación de un porvenir posible o probable, el Somnium Astronomicum prefigura, si no me equivoco, el nuevo género narrativo que los americanos del Norte denominan science-fiction o scientifiction (1) y del que son admirable ejemplo estas Crónicas.
Su tema es la conquista y colonización del planeta. Esta ardua empresa de los hombres futuros parece destinada a la época, pero Ray Bradbury ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y por secreta inspiración de su genio) un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo -que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena-.
Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado -el dark backward and abysm of Time del verso de Shakespeare-. Ya el Renacimiento observó, por boca de Giordano Bruno y de Bacon, que los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero.
¿Qué ha hecho este hombre de Illinois me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?
¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo "fantástico" o a lo "real", a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o novelería, de la science fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street.
Acaso La tercera expedición es la historia más alarmante de este volumen. Su horror (sospecho) es metafísico; la incertidumbre sobre la identidad de los huéspedes del capitán John Black insinúa incómodamente que tampoco sabemos quiénes somos ni cómo es, para Dios, nuestra cara. Quiero asimismo destacar el episodio titulado El marciano, que encierra una patética variación del mito de Proteo.
Hacia 1909 leí, con fascinada angustia, en el crepúsculo de una casa grande que ya no existe, Los primeros hombres en la Luna, de Wells. Por virtud de estas Crónicas de concepción y ejecución muy diversa, me ha sido dado revivir, en los últimos días del otoño de 1954, aquellos deleitables terrores.

1. Sciencefiction es un monstruo verbal en que se emalgaman el adjetivo scientific y el nombre sustantivo fiction. Jocosamente, el idioma español suele recurrir a formaciones análogas; Marcelo del Mazo habló de las orquestas de gríngaros (gringos + zíngaros) y Paul Groussac de las japonecedades que obstruían el museo de los Goncourt.

Crónicas Marcianas
Ray Bradbury

Prólogo de J.L.Borges (Minotauro, 1955)