domingo, 8 de noviembre de 2015

Noviembre


Del trabajo a casa. De casa al trabajo.
Distancia entre el trabajo y casa por la hipotenusa: siete cuadras.
Por los catetos: diez, doce incluso, dependiendo del cateto. El espacio es relativo. Está dicho.
Pueden pasar cosas interesantes en siete cuadras. O no pasar nada. Nada no, siempre pasa algo.  Un par de ojos que miran directo a los míos. En ese caso son los de un perro, un perro grande. No es siempre el mismo perro, quiero decir: un perro de gran tamaño. 
Los perros chiquitos están demasiado abajo, en el piso, como para completar el evento ojo-ojo. 
Además, los perros chiquitos están ocupados en otras cosas.
Los perros chiquitos son lo más. Lo he comprobado: si voy caminando detrás de un perro chiquito, puedo ver como las personas le sonríen. Al perro. No falla. Al dueño, al que lleva la correa, nada. Le sonríen al perro. 
Los perros chiquitos son fabricantes de sonrisas.

Llego a casa a las tres. Voy al baño, tomo un vaso de jugo de naranja y me acuesto. No puedo resistirlo. 
No me acuerdo de haber estado tanto tiempo en la cama nunca jamás en toda mi vida. Salvo cuando me agarré la rubeola, la que me contagió el médico a domicilio que me venía a ver por la infección urinaria (puedo escribir “infección urinaria” perfectamente, pero pronunciarla ya es otro cantar); esa vez fueron quince días por la IU y en continuado, otros quince por la rubeola. Un mes. Enero. Enero del ochenta y cuatro para ser exacta. 
Sobredosis de siesta. Empiezo a las tres y media, cuatro. Hasta las siete. Me levanto, me preparo algo de comer, me doy una ducha y arranco la otra parte vital del día. 
No duermo –a veces sí–, pero en general no duermo. Cierro los ojos. Apago el cerebro. Mentira, no apago nada, pero yo creo que apago el cerebro. 

Pienso cosas. 
Cosas como éstas:
  • “Cantá, Brenda” le dice el hombre, y una lora, chiquita, que parece joven, se manda una canción de ¡veinticinco palabras! Brenda me hace llorar. Dice “un ratón chiquitito” y me hace llorar. 
  • Un ovejero alemán levanta la tabla del inodoro. Hace lo suyo –lo primero–, baja la tabla y la manija de la mochila para que corra el agua. Alguien lo filma y lo sube a YouTube. Se hace viral. Doce de mis amigos lo comparten en Facebook.
  • Odio los programas de chimentos. No es que no me gustan: los odio. Si entro a la panadería y tienen la tele prendida en uno de esos programas, por más ganas de churros rellenos que tenga, me voy. No los soporto. En la tele están discutiendo de política. Juraría que en este mismo programa antes hablaban de la vida de los que trabajan en la tele. No sé en qué momento cambió. Ahora, con la misma estética de antes,  discuten sobre el balotaje. Tienen una rutilante y sofisticada cuenta atrás que llega hasta el 22N y, en vez de una chica escotada y maquillada, hay un señor con un poncho salteño. El hombre, traje negro y poncho rojo al hombro. Lo del poncho funciona; sé perfectamente quién es ese hombre aunque no le conozca la cara: el intendente de José C. Paz.
  • Cristina Fernández, hablando de cloacas y agua potable, dice "rincones alejados". Me enferma. Ella quiere decir que quedan algunos parajes remotos de nuestro país sin esos servicios básicos. José C. Paz: Veinticinco kilómetros de la Pirámide de Mayo. “Rincones”. A juzgar por los dichos de el del poncho, él y Cristina ya no son más amigos. “Cantá, Brenda”.
  • Hay otros loros, además de Brenda, en YouTube. Hay loros que hablan en perfecto inglés. Es lógico, pero no deja de sorprenderme. ¡En inglés! En 1983 viajábamos en el 134 con mi amiga Fernanda. Íbamos al colegio. Teníamos oral de Inglés. Usábamos todo el viaje para repetir –de memoria– el único diálogo que habíamos comprendido. Teníamos la esperanza de que la profesora eligiera ese. Éramos sordomudas en inglés. Ojalá Fernanda nunca, pero nunca, vea en YouTube a estos loros angloparlantes.
  • Pelispedia. Debería darle de baja al cable. Son las cinco de la tarde. Me saco los audífonos y el infierno urbano se apaga. Podría caer un meteorito y yo ni enterarme. Total, para qué. Pongo una película en mute, subtitulada. “Youth". Michel Caine siempre me cayó bien. Cierro un ojo, ojalá me duerma. Con el ojo abierto miro la peli, veo a Diego Armando Maradona. Abro el otro. Me pongo los audífonos, subo el volumen.
  • “Alabaré, alabaré” cantan dos loritos cristianos en YouTube.




viernes, 14 de agosto de 2015

Sine Lumine


Algo pasa cuando se corta la luz. Es como pelearse con el novio. 
El novio está ahí, viene, va, vamos al cine, a la plaza, nos abrazamos, o no. Nos besamos, mal, bien, mucho con lengua –al principio–, mucho sin lengua, después. 
El novio está. Podemos pasar unos días sin verlo, porque sabemos que está. 
Está y es natural que esté. El novio es un backup de felicidad. Una caja de seguridad llena de certezas, o incertidumbres, pero llena. 
Un día peleamos con el novio, supongamos que peleamos fulero. Que peleamos tanto que estamos seguras de que está vez dijimos más de lo que cualquier persona sensata diría en una discusión. Quemamos el disco rígido. Chau backup. Entonces, ya sin el novio, cada espacio de tiempo duele. Una hora duele. Cruzar la calle duele. 
Tragar duele, respirar duele.
Con la luz pasa lo mismo.

Está la luz y es natural que esté.
Un día se corta la luz. Y como una cosa lleva a la otra, al rato nomás se termina el agua. No es que el agua sea eléctrica, es que el agua no sube sola hasta el tanque distribuidor, la sube el milagro físico de la bomba de vacío motorizada por la electricidad. Algo tan ubicuo como girar una canilla y que salga agua fría, la de al lado y que salga agua caliente, o apretar un botón y que litros de agua cristalina borren nuestros desechos o mejor: poder seleccionar la temperatura y la presión perfectas con la ergonomia de una monocomandos; todo ya fue, es pasado, es la naturalidad que, cuando estaba, no supimos valorar.
Digo yo que no supimos valorar, porque si se cortó la luz por algo será.
Estoy al día. No me explico en qué pude haberla ofendido.

El ascensor no funciona. La simpleza de vivir en los altos ahora es un acto irracional. De más está decir, pero lo digo igual, que no hay wi-fi. Ni TV. Ni nada, casi nada.
No hay radio, primero porque ya no existen las radios a pilas y si existieran seguro no tienen pilas o las tienen sulfatadas y bajar a comprar pilas supone el riesgo de gastar plata –demasiada plata en seis pilas doble a– y que la radio no funcione. Además está el esfuerzo de bajar y de subir. Las radios eléctricas –¿Quién tiene una radio eléctrica hoy en día?– por razones obvias no funcionan (segundo) y (tercero) las radios online se alimentan de internet. Solo un rumor de ruidos desde abajo, alguna voz humana que se destaca y el resto es imaginar conversaciones. En las sombras de la tarde imaginar es toda una aventura.

Leer. Es maravilloso. Pero a las 6PM ya no se puede seguir leyendo, ni pegados al vidrio de la ventana. Siempre está el recurso de la vela (eso abunda, gracias a la moda de las velas perfumadas), pero me da miedo de que algo se prenda fuego. Digo miedo por no decir pavor. Pavor a, por ejemplo, apoyar la vela azul, la redonda, la que compré en Uruguay, sobre el piso del baño y que en un descuido, en medio de la clásica postura higiénica (inclinación hacia adelante) se me incendien los pelos. Qué espanto. Entonces, deambulo por la casa con el Ipad iluminándome el camino. ¿Linterna? Las linternas son cosa del pasado, sobre todo por lo de las pilas. Pasa lo mismo que con los aparatos de radio. Lo mismo no, peor, porque las linternas usan pilas más grandes, caras e inhallables.

Lo que mata es la falta de agua. El agua es lo primero. No puede faltar. ¿Cuántos días se sobrevive sin agua? No sé, pero impera ir hasta la planta baja a juntar agua en baldes y subir infinitos escalones “por las dudas”, por las dudas qué no se sabe. Es necesario llenar botellas, una no: dos. Hay que asegurarse de regar las plantas como si jamás hubiésemos dejado de regar las plantas cinco o seis días. Es invierno, qué tanto. Hay que asegurarse de que haya agua para el gato. Agua para la perra. Que no les falte, válgame dios, como si nunca hubiese mirado indiferente el fondo semi-seco de esas vasijas. Ah… pero ahora NO HAY AGUA y por eso, porque NO HAY, uno no puede actuar con naturalidad. No puede no haber.

No estoy sola. Por las escaleras oscuras desfilan mis vecinos. ¿Luz de emergencia? Bien, gracias. Mis vecinos se van iluminando los escalones con sus teléfonos celulares. Cada tanto te iluminan, te encandilan. Nos reconocemos en la oscuridad, como los perros. Es un alivio que usen sus celulares. Siempre es un alivio ver a un semejante haciendo lo mismo que uno. Bajo. Subo. Me cruzo con once vecinos ¡once vecinos! Juro que jamás me crucé con tantos vecinos en el ascensor, ni en ningún otro lugar de este edificio. Todos están movilizados por la fiebre de la carencia cargando con baldes y botellas. ¿Para qué quiere esta gente tantos baldes de agua? ¿Qué hago yo, incluso, con tres baldes y dos botellas para mi solita? 

Del agua de las botellas me lavo los dientes, lleno la pava para el mate, le doy a las mascotas. Un balde para el inodoro, dos para las ollas para ponerlas a calentar. ¿A calentar? ¿A quién quiero engañar? No me puedo bañar con un jarrito. ¡Dejame de joder! ¿Quién sos? Si hace… cuarenta años nomás (?) la única forma de bañarte que conocías era con un jarrito. Porque a papá y a mamá se les había ocurrido mudarse a la casa en construcción y ya se sabe cómo son las cosas en una casa en construcción. Frío, un frío de cagarse, porque en el conurbano bonaerense hace cuarenta años, en invierno, hacía un frío de cagarse, y había que bañarse metiéndose en la bañera reluciente y tirándose uno mismo agua tibia con un jarrito mientras se soñaba con que de las flamantes canillas cromadas saliera humeante y abundante AGUA de una buena vez.
Ahora, que vaya a saber cómo me urbanicé hasta la estupidez, decidí que ni en pedo me voy a bañar con un jarrito a la luz de la vela. 

Tengo un plan: trataré de amortizar los años de pago compulsivo a la cadena de gimnasios más famosa de Buenos Aires. 
Bajo lookeada como para hacer spinning. 
Una vez probé el spinning. Al día siguiente no me podía ni sentar. ¿Qué clase de persona elige  hacer spinning voluntariamente? ¿Cómo harán para sentarse y sonreír el resto de los días de su vida? La clase de spinning está llena, saludo a todos como si los conociera y sin titubear rumbeo hacia el vestuario. Tengo derecho a una ducha caliente. Una ducha caliente no se le debería negar a nadie. El pelo no me lo mojo, no soy estúpida. Si me mojara el pelo debería salir así al invierno húmedo y frío y después quién disciplina las crenchas. Antes de volver a la torre de aislamiento haré una pequeña inversión: voy a cruzar hasta la peluquería por lavado y secado. 

Listo. Estoy limpia. Esto es vida. Como si jamás me hubiese saltado un baño. Vieja careta.
Ahora, a aprender de las gallinas. Cuando no se ve nada, se cierra los ojos y a dormir. 
Clic. 
Y pensar que en algún lugar del mundo la gente vive así. Qué digo mundo, en algún lugar de Formosa sin ir más lejos. Ojalá que en la próxima vida no me toque África. Ni Formosa. La capital sí, que dicen que está linda, me refiero al monte. 

Podría ser peor, ¿Ves? No sé de qué te quejás, podría ser peor, podrías estar a oscuras como ahora, pero en medio de un monte rodeada de alimañas. Bueno, entonces no me quejo… Y que, por favor, bendice a San Edesur. Amén.

martes, 28 de abril de 2015

Una cita

Los perdedores y los autodidactas, siempre saben más que los ganadores. Si querés ganar tenés que concentrarte en una sola cosa y no perder el tiempo en saberlo todo; el placer de la erudición está reservado a los perdedores. Cuanto más sabe uno, peor le fue– Le hace decir Umberto Eco a Colonna en Número Cero. Artero. Sí, artero. Engañoso guiño al lector incauto.

martes, 17 de febrero de 2015

TIC TAC, Capítulo IV


"Verónica tiene calor. En cualquier momento se largará una lluvia de gotas gordas, frías. Verónica se va a resignar y va a comprarse un paraguas. Pero ahora tiene calor. 
No entiende la cola interminable ante cada cosa. Tan temprano. Orsay, Louvre, Notredame. Tampoco entiende a los vendedores de paraguas. Entiende menos a los que venden recuerdos. Todos venden el mismo recuerdo: torres eiffeil. 
Torres en miniatura, de hierro, doradas, marrones, de todos colores. Los vendedores, negros, amontonan torrecitas. Las llevan ensartadas en argollas de alambre. Los vendedores son los aguateros de la modernidad. No solo porque son negros, no solo por eso, pero sí: fundamentalmente por eso. 
Una familia pasea, son llamativos. A Verónica le llaman la atención. Padre, madre, nena y nene. Nene en la mochila de padre. Nena disfrazada de hada rubia, dando saltos alrededor de las piernas de padre. Madre atrás, gorda, no gorda no: madre embarazada. Madre, padre, nena y nene son pálidos y amarillos. Encandilan, de tan rubios, encandilan. El hada mira con fascinación la argolla de mini torres. Padre la deja elegir. Nena elige una. La del medio. 
Pendeja de mierda. Lo hace a propósito. Tiene torres de todos los tamaños y colores, pero la señorita posa su dedo de perla sobre la torre más difícil de desenganchar. El vendedor amaga, ofrece al pequeño monstruo alado otra torre, una más fácil. Una parecida, roja, igual de roja, apenas más chica que la ungida por la nena. Pero la nena hace una mueca –ensayada y probada– y el pálido padre interviene. This one. Fuerte y claro.
El negro desarma su grillete de eiffeilcitas. Se resigna. Debe odiarla, como yo. Guarda sus euros, que bien ganados están por achicharrarse bajo el sol de las Tullerías y por sostener su sonrisa blanca, falsa. Como sus minitorres.

(...)
En las afueras de París hay un lugar oscuro donde máquinas infernales funden plomo, estaño y otros metales apestosos. En otro lugar cercano –igual de apestoso– camiones sin habilitar descargan enjambres de piezas reticuladas, ahí las pintan. De rojo, de rosa, dorado, marrón, beige, negro. Infames torrecitas de cinco o seis tamaños. Un ejército de inmigrantes ilegales sin barbijo y con soplete le ponen color a su muerte. 
Hay otro lugar donde las ponen a secar, y otro ejército (o peor: el mismo ejército) las guarda en bolsas, de esas grandes, de consorcio. Las reparten equitativamente por colores y tamaños. O al azar, no sé, aunque deben hacerlo equitativamente (como para poner algo de equidad en todo eso). Después, el ejército sale al sol, o a la nieve, o a la lluvia, al viento, a la indiferencia, a las nenas caprichosas, con sus minitorres frescas oliendo a pintura prohibida (por tóxica) ensartadas en un alambre.
Tranquilos, todo pasa lejos de Les Marais. En Les Marais una pálida hada puede comerse una flor de pétalos helados con sabor a lavanda. 
¿Dónde va el ejercito de inmigrantes cuando no da para más? Debe hacinarse en una casa tomada en Pantin, o en algún lugar parecido, cualquier otro lugar que quede más allá del 19 arrondissement. 
Todo pasa así, adentro-afuera. Adentro, papás condescendientes y nutritivos, que te dejan disfrazar de lo que quieras, que te compran el disfraz, te festejan, te sacan fotos y las suben a su cuenta de instagram. Afuera, te suben a un barco, te llevan al lugar más oscuro del barco, para poder sacarte de un país en donde si te quedás, te mutilan. El clítoris, por ejemplo –si sos nena– o te enseñan a cargar una mochila explosiva –si sos nena o nene, indistintamente–. Después te sacan de la oscuridad del barco (con suerte te sacan, también podés morirte ahí, de hambre, de fiebre, de sed) para llevarte a otro lugar donde nada es lo que parece. O sí, capaz es lo que parece, pero no podes tocarlo. Tenés que quedarte en el suburbio, pintando las torrecitas. 
Sería maravilloso que el mundo fuese un lugar uniforme. Pero no."