martes, 17 de febrero de 2015

TIC TAC, Capítulo IV


"Verónica tiene calor. En cualquier momento se largará una lluvia de gotas gordas, frías. Verónica se va a resignar y va a comprarse un paraguas. Pero ahora tiene calor. 
No entiende la cola interminable ante cada cosa. Tan temprano. Orsay, Louvre, Notredame. Tampoco entiende a los vendedores de paraguas. Entiende menos a los que venden recuerdos. Todos venden el mismo recuerdo: torres eiffeil. 
Torres en miniatura, de hierro, doradas, marrones, de todos colores. Los vendedores, negros, amontonan torrecitas. Las llevan ensartadas en argollas de alambre. Los vendedores son los aguateros de la modernidad. No solo porque son negros, no solo por eso, pero sí: fundamentalmente por eso. 
Una familia pasea, son llamativos. A Verónica le llaman la atención. Padre, madre, nena y nene. Nene en la mochila de padre. Nena disfrazada de hada rubia, dando saltos alrededor de las piernas de padre. Madre atrás, gorda, no gorda no: madre embarazada. Madre, padre, nena y nene son pálidos y amarillos. Encandilan, de tan rubios, encandilan. El hada mira con fascinación la argolla de mini torres. Padre la deja elegir. Nena elige una. La del medio. 
Pendeja de mierda. Lo hace a propósito. Tiene torres de todos los tamaños y colores, pero la señorita posa su dedo de perla sobre la torre más difícil de desenganchar. El vendedor amaga, ofrece al pequeño monstruo alado otra torre, una más fácil. Una parecida, roja, igual de roja, apenas más chica que la ungida por la nena. Pero la nena hace una mueca –ensayada y probada– y el pálido padre interviene. This one. Fuerte y claro.
El negro desarma su grillete de eiffeilcitas. Se resigna. Debe odiarla, como yo. Guarda sus euros, que bien ganados están por achicharrarse bajo el sol de las Tullerías y por sostener su sonrisa blanca, falsa. Como sus minitorres.

(...)
En las afueras de París hay un lugar oscuro donde máquinas infernales funden plomo, estaño y otros metales apestosos. En otro lugar cercano –igual de apestoso– camiones sin habilitar descargan enjambres de piezas reticuladas, ahí las pintan. De rojo, de rosa, dorado, marrón, beige, negro. Infames torrecitas de cinco o seis tamaños. Un ejército de inmigrantes ilegales sin barbijo y con soplete le ponen color a su muerte. 
Hay otro lugar donde las ponen a secar, y otro ejército (o peor: el mismo ejército) las guarda en bolsas, de esas grandes, de consorcio. Las reparten equitativamente por colores y tamaños. O al azar, no sé, aunque deben hacerlo equitativamente (como para poner algo de equidad en todo eso). Después, el ejército sale al sol, o a la nieve, o a la lluvia, al viento, a la indiferencia, a las nenas caprichosas, con sus minitorres frescas oliendo a pintura prohibida (por tóxica) ensartadas en un alambre.
Tranquilos, todo pasa lejos de Les Marais. En Les Marais una pálida hada puede comerse una flor de pétalos helados con sabor a lavanda. 
¿Dónde va el ejercito de inmigrantes cuando no da para más? Debe hacinarse en una casa tomada en Pantin, o en algún lugar parecido, cualquier otro lugar que quede más allá del 19 arrondissement. 
Todo pasa así, adentro-afuera. Adentro, papás condescendientes y nutritivos, que te dejan disfrazar de lo que quieras, que te compran el disfraz, te festejan, te sacan fotos y las suben a su cuenta de instagram. Afuera, te suben a un barco, te llevan al lugar más oscuro del barco, para poder sacarte de un país en donde si te quedás, te mutilan. El clítoris, por ejemplo –si sos nena– o te enseñan a cargar una mochila explosiva –si sos nena o nene, indistintamente–. Después te sacan de la oscuridad del barco (con suerte te sacan, también podés morirte ahí, de hambre, de fiebre, de sed) para llevarte a otro lugar donde nada es lo que parece. O sí, capaz es lo que parece, pero no podes tocarlo. Tenés que quedarte en el suburbio, pintando las torrecitas. 
Sería maravilloso que el mundo fuese un lugar uniforme. Pero no."

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