viernes, 14 de agosto de 2015

Sine Lumine


Algo pasa cuando se corta la luz. Es como pelearse con el novio. 
El novio está ahí, viene, va, vamos al cine, a la plaza, nos abrazamos, o no. Nos besamos, mal, bien, mucho con lengua –al principio–, mucho sin lengua, después. 
El novio está. Podemos pasar unos días sin verlo, porque sabemos que está. 
Está y es natural que esté. El novio es un backup de felicidad. Una caja de seguridad llena de certezas, o incertidumbres, pero llena. 
Un día peleamos con el novio, supongamos que peleamos fulero. Que peleamos tanto que estamos seguras de que está vez dijimos más de lo que cualquier persona sensata diría en una discusión. Quemamos el disco rígido. Chau backup. Entonces, ya sin el novio, cada espacio de tiempo duele. Una hora duele. Cruzar la calle duele. 
Tragar duele, respirar duele.
Con la luz pasa lo mismo.

Está la luz y es natural que esté.
Un día se corta la luz. Y como una cosa lleva a la otra, al rato nomás se termina el agua. No es que el agua sea eléctrica, es que el agua no sube sola hasta el tanque distribuidor, la sube el milagro físico de la bomba de vacío motorizada por la electricidad. Algo tan ubicuo como girar una canilla y que salga agua fría, la de al lado y que salga agua caliente, o apretar un botón y que litros de agua cristalina borren nuestros desechos o mejor: poder seleccionar la temperatura y la presión perfectas con la ergonomia de una monocomandos; todo ya fue, es pasado, es la naturalidad que, cuando estaba, no supimos valorar.
Digo yo que no supimos valorar, porque si se cortó la luz por algo será.
Estoy al día. No me explico en qué pude haberla ofendido.

El ascensor no funciona. La simpleza de vivir en los altos ahora es un acto irracional. De más está decir, pero lo digo igual, que no hay wi-fi. Ni TV. Ni nada, casi nada.
No hay radio, primero porque ya no existen las radios a pilas y si existieran seguro no tienen pilas o las tienen sulfatadas y bajar a comprar pilas supone el riesgo de gastar plata –demasiada plata en seis pilas doble a– y que la radio no funcione. Además está el esfuerzo de bajar y de subir. Las radios eléctricas –¿Quién tiene una radio eléctrica hoy en día?– por razones obvias no funcionan (segundo) y (tercero) las radios online se alimentan de internet. Solo un rumor de ruidos desde abajo, alguna voz humana que se destaca y el resto es imaginar conversaciones. En las sombras de la tarde imaginar es toda una aventura.

Leer. Es maravilloso. Pero a las 6PM ya no se puede seguir leyendo, ni pegados al vidrio de la ventana. Siempre está el recurso de la vela (eso abunda, gracias a la moda de las velas perfumadas), pero me da miedo de que algo se prenda fuego. Digo miedo por no decir pavor. Pavor a, por ejemplo, apoyar la vela azul, la redonda, la que compré en Uruguay, sobre el piso del baño y que en un descuido, en medio de la clásica postura higiénica (inclinación hacia adelante) se me incendien los pelos. Qué espanto. Entonces, deambulo por la casa con el Ipad iluminándome el camino. ¿Linterna? Las linternas son cosa del pasado, sobre todo por lo de las pilas. Pasa lo mismo que con los aparatos de radio. Lo mismo no, peor, porque las linternas usan pilas más grandes, caras e inhallables.

Lo que mata es la falta de agua. El agua es lo primero. No puede faltar. ¿Cuántos días se sobrevive sin agua? No sé, pero impera ir hasta la planta baja a juntar agua en baldes y subir infinitos escalones “por las dudas”, por las dudas qué no se sabe. Es necesario llenar botellas, una no: dos. Hay que asegurarse de regar las plantas como si jamás hubiésemos dejado de regar las plantas cinco o seis días. Es invierno, qué tanto. Hay que asegurarse de que haya agua para el gato. Agua para la perra. Que no les falte, válgame dios, como si nunca hubiese mirado indiferente el fondo semi-seco de esas vasijas. Ah… pero ahora NO HAY AGUA y por eso, porque NO HAY, uno no puede actuar con naturalidad. No puede no haber.

No estoy sola. Por las escaleras oscuras desfilan mis vecinos. ¿Luz de emergencia? Bien, gracias. Mis vecinos se van iluminando los escalones con sus teléfonos celulares. Cada tanto te iluminan, te encandilan. Nos reconocemos en la oscuridad, como los perros. Es un alivio que usen sus celulares. Siempre es un alivio ver a un semejante haciendo lo mismo que uno. Bajo. Subo. Me cruzo con once vecinos ¡once vecinos! Juro que jamás me crucé con tantos vecinos en el ascensor, ni en ningún otro lugar de este edificio. Todos están movilizados por la fiebre de la carencia cargando con baldes y botellas. ¿Para qué quiere esta gente tantos baldes de agua? ¿Qué hago yo, incluso, con tres baldes y dos botellas para mi solita? 

Del agua de las botellas me lavo los dientes, lleno la pava para el mate, le doy a las mascotas. Un balde para el inodoro, dos para las ollas para ponerlas a calentar. ¿A calentar? ¿A quién quiero engañar? No me puedo bañar con un jarrito. ¡Dejame de joder! ¿Quién sos? Si hace… cuarenta años nomás (?) la única forma de bañarte que conocías era con un jarrito. Porque a papá y a mamá se les había ocurrido mudarse a la casa en construcción y ya se sabe cómo son las cosas en una casa en construcción. Frío, un frío de cagarse, porque en el conurbano bonaerense hace cuarenta años, en invierno, hacía un frío de cagarse, y había que bañarse metiéndose en la bañera reluciente y tirándose uno mismo agua tibia con un jarrito mientras se soñaba con que de las flamantes canillas cromadas saliera humeante y abundante AGUA de una buena vez.
Ahora, que vaya a saber cómo me urbanicé hasta la estupidez, decidí que ni en pedo me voy a bañar con un jarrito a la luz de la vela. 

Tengo un plan: trataré de amortizar los años de pago compulsivo a la cadena de gimnasios más famosa de Buenos Aires. 
Bajo lookeada como para hacer spinning. 
Una vez probé el spinning. Al día siguiente no me podía ni sentar. ¿Qué clase de persona elige  hacer spinning voluntariamente? ¿Cómo harán para sentarse y sonreír el resto de los días de su vida? La clase de spinning está llena, saludo a todos como si los conociera y sin titubear rumbeo hacia el vestuario. Tengo derecho a una ducha caliente. Una ducha caliente no se le debería negar a nadie. El pelo no me lo mojo, no soy estúpida. Si me mojara el pelo debería salir así al invierno húmedo y frío y después quién disciplina las crenchas. Antes de volver a la torre de aislamiento haré una pequeña inversión: voy a cruzar hasta la peluquería por lavado y secado. 

Listo. Estoy limpia. Esto es vida. Como si jamás me hubiese saltado un baño. Vieja careta.
Ahora, a aprender de las gallinas. Cuando no se ve nada, se cierra los ojos y a dormir. 
Clic. 
Y pensar que en algún lugar del mundo la gente vive así. Qué digo mundo, en algún lugar de Formosa sin ir más lejos. Ojalá que en la próxima vida no me toque África. Ni Formosa. La capital sí, que dicen que está linda, me refiero al monte. 

Podría ser peor, ¿Ves? No sé de qué te quejás, podría ser peor, podrías estar a oscuras como ahora, pero en medio de un monte rodeada de alimañas. Bueno, entonces no me quejo… Y que, por favor, bendice a San Edesur. Amén.

1 comentario:

Gallega dijo...

Gracias! me gusta mucho tu blog!