lunes, 18 de enero de 2016

Una de fútbol

Fútbol Club Barcelona, 17 de enero de 2016



El partido había empezado sin muchos prolegómenos. Justo cuando estaban por celebrar el #messi5, mi celular avisó que no tenía más espacio para hacer fotos. Me tuve que poner a borrar cosas y arrancó el partido y casi que ni me doy cuenta.
Apenas una voz nombrando la formación de los visitantes seguida de una sutil abucheada general y —en continuado— la misma voz que nombra a los locales; entonces sí: prolija ovación para cada uno. Para no ser menos, digo ¡Bravo! cuando nombran a Mascherano.
Silbato y empieza el encuentro.
No me puedo meter en el partido así nomás, por empezar porque soy mujer y segundo porque no estoy acostumbrada a ver fútbol desde otra cosa que no sea una pantalla plana con sus respectivos enfoques, encuadres y repeticiones. Mucho menos estar como ahora, con los jugadores a veinte metros. Porque mi asiento está pegadito nomás al córner izquierdo, fila tres, en el césped casi, diría.
Me lleva un minuto hacer la composición de lugar: para acá van atacar los vascos. 
Durante el primer tiempo, los goles del Barça serán —porque seguro que habrá goles del Barça— en el otro arco. Por ahora tendré que conformarme con tener cerca a Claudio Bravo, el arquero de la selección de Chile, vestido de naranja flúo, tranquilo, cuidando el arco. También tengo cerca —y esto es bueno— a Gerard Piqué, el marido de Shakira, que es lindo, pero lindo de verdad. En eso estoy, distraída en los cuádriceps de Piqué, cuando veo que hace algo con sus pies, algo malo, algo que deja la pelota en los de un rival, que, ni corto ni perezoso, avanza, toque, pase, giro y, ¿gol del Athletic? No, casi. Apenas por arriba del travesaño. Recién van dos minutos. Ajá, la cosa promete.
Es impresionante esto de que entre la gente  y el juego haya nada más que unos hombres de seguridad desperdigados y los carteles de publicidad. Por ahí también haya un foso, pero no lo veo. No hay nada parecido a alambrados, mucho menos rejas, para-avalanchas, ni ninguna otra cosa típica de esas que adornan nuestras canchas.
Algo pasó en el otro extremo. Todos de pie y yo distraída en el estadio.
Minuto tres, tres y algo. Al uruguayo Suárez le hicieron penal, parece. No, es mucho más grave: el árbitro le puso roja al arquero del Athletic. 
Un hombre menos y penal antes de los cinco minutos. Que pesadilla, pobre entrenador. Los del Barça se abrazan como festejando. No los hinchas: se abrazan los jugadores.
—Es una exageración que hayan echado al arquero, con amarilla hubiera bastado —dice una mujer, hincha del Athletic.
—Aplicaron la ley del último recurso —dice mi novio.
Algo más dice un hombre grande, pelado, abrigado con una bufanda del Barça, algo que no llego a oír bien. Cada uno dice lo que piensa y nada malo pasa. 
Se va el arquero, frustradísimo, y detrás de él, otro jugador, bajito, ¿el diez? Es tan bajito que debe ser un armador, un diez o un punta, nada de un defensa. Este partido se va a poner aburrido. 
En el fondo de mi corazón quiero que ganen los vascos. Obvio. 
Por dos razones: Soy de River Plate (y acabamos de perder la Final del Mundo con el FCB) y (2) siempre me pongo del lado del más débil.
Entra el arquero suplente. Todo listo para la ejecución a doce pasos.
El estadio de pie. Ovación y banderas en alto. Son dos o tres banderas montadas en palos que mientras la pelota está en juego se mantienen bajas, respetuosamente.
Hay aliento desde atrás del arco del Athletic donde se convierte el primer gol. 
Messigol.
“Messigol”…, bué. Cuando puedas, querido, hacete un gol en la sele.
Los chicos —me doy cuenta de que las tribunas están llenas de niños, con sus padres, sus madres, sus amigos de la escuela— levantan bufandas azulgrana, se ríen y gritan cuando se pone en movimiento la pelota— con voces chiquitas, ingenuas: me-ssi, me-ssi, me-ssi.
Que amores. Son los únicos que siguen de pie..
Piqué quiere reivindicarse de la pifiada inicial con un tiro al arco que va a la nada misma. Gracias, bombón, volvé para abajo que acá te veo mejor.
El Athletic, atrás. Atrincherado.
Hace frío en la noche del Camp Nou.
Suena un ritmo de bombo y redoblante que por un momento creo que sale de algún parlante porque lo que se ve en las tribunas es tan ordenado que no entra en escena ningún bombo. Pero hay, son unas pocas voces.
Barca: toque y toque.
Quince minutos, apenas pasados y se desata una injusticia.
El Athletic hace una jugada de contragolpe que —a mis ojos— es la repetición exacta de la que terminó en penal y roja. 
La misma jugada, en el arco contrario, doce minutos después.
El 10 del Athletic avanza hacia el gol, supera a un defensor con el cuerpo (igual que antes hizo Suarez, no, igual, no, este lo supera con mayor delicadeza) y cuando está en el área chica, cuando peligra el arco del Barça, Bravo estira la mano y... lo baja. Con la mano. Revolcón del 10 del Athletic y… ¡Córner!
—¿Cómo córner? ¿Esto no fue penal, también? —pregunto, ya sin importarme mucho las formas.
— …
Qué gente mansa la del Athletic.
Barca: toque y toque.
Enjambre de piernas en el área visitantec. Neymar tiene hambre de gol. Se nota.
Neymar es generoso con el 4, uno rubio, pero el 4 la pone en el cielo.
Iniesta es más petiso de lo que pensaba, eso sí: tremendo jugador, porque cuando pasa la pelota se nota que la pelota hace lo que él quiere.
Suarez avanza por el medio, lo cruzan dos defensores, uno de cada lado, cuando ya no puede más: levanta la cabeza y se la habilita, como una cuchilla, a Neymar.
Treinta minutos y lo dicho: Neymar tiene hambre de gol: 2-0.
Cuando tenga al uruguayo de este lado voy a gritarle un par de cositas, porque soy de River Plate ya lo dije.
Tiro libre para el Barca. Barrera. La tribuna se llena de estrellitas blancas. 

No se puede entrar al estadio con nada que pese más de 500grs, eso advierten en la página web, pero cuando uno llega no le practican nada parecido a un cacheo. Nadie te toca, nadie te mira demasiado.
Uno llega con un par de hojas blancas impresas en un locutorio de El Raval, hay varios locutorios en ese barrio. Ese estaba regenteado por un hombre que hablaba catalán, únicamente catalán. Uno se imprime las entradas y mira las hojas impresas en una láser agónica y a uno le entra una duda elemental: si las entradas serán truchas y ahí nomás otra duda, un poco más sofisticada: que apenas salga del locutorio, el tipo se va a sentar en la computadora número diez, abrirá las descargas y se imprimirá mis entradas otra vez, para venderlas, o —en el mejor de los casos— para llevar a su novia a ver al Barça.
Pero no, uno llega a los molinetes y muestra las hojitas y apenas las miran y apenas le cortan un pedacito de la punta y nos dicen, amablemente, que “debemos seguir por la rampilla, tomar hacia la izquierda, vale, y más adelante, mirar bien, estéis atentos, vale, hasta la puerta dos”. Y uno entra y es una fiesta, ya es una fiesta el estadio con la gente llegando y eso que faltan nada más que veinte minutos, para qué más, si hay asientos para todos. Y qué bueno, que no eran truchas las entradas. 

Momento foto. El entretiempo es un gran momento foto. Mostrando la camiseta del glorioso River Plate, el que, de acuerdo al rigor empírico de los torneos es el segundo mejor equipo del mundo hasta la próxima final.
Momento de hablar con los vecinos de tribuna, que sois argentinos, que yo de aquí, que yo del Pais Vasco, que vosotros si que sabéis comer, que empieza el segundo tiempo con una malísima noticia para los que estamos de este lado: hay cambio. El peor cambio: Messi.
No importa, con tener al uruguayo cerca para poder gritarle un par de cositas me conformo.
A los niños vecinos de tribuna si les importa, se enojan, lloran, se frustran.  
El segundo tiempo pasa rápido. Cuatro goles más, es sabido.
Neymar me enamoró, que garra, mi dios.
Al Uruguayo, al que se mandó tres al hilo, el hat-trick como le dicen, no pude decirle lo que pensaba.
“¡Uruguayo! —pensaba decirle (porque soy de River Plate y me quedé con la vena)— ¡Es la redonda blanca, uruguayo!”
Pero no pude decirle nada por dos razones: (1) cuando lo tuve a tiro de grito, de frente, bien cerca, grité: “uruguayo” y el tipo hizo un giro, una gambeta, con ese cuerpo contundente que tiene que uno no sabe de dónde saca la posibilidad de movimiento, dejó atrás a dos y me dejó muda. Dos: la pelota no era blanca; era amarilla y naranja. Preciosa sí, pero la frase me quedaba muy larga y perdería todo efecto.

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